Capítulo 35
Adrián le quería contar lo que Joaquín no había sido capaz de decir en alto, pero decidió que era mejor callárselo hasta que salieran de hablar con la persona encargada del gimnasio.
El agente no quería distraer a Irene con habladurías, y menos aún con las de Tomás.
Después del espectáculo del día anterior en el comedor y de los comentarios desagradables, ni siquiera a él le apetecía hablar de Aguilar.
Pero se lo quería contar para que cuando estuvieran en comisaría supiera lo que había ocurrido y estuviese preparada para responder.
Le recibió con una sonrisa. Irene ya se imaginaba por qué estaba nervioso, pero ella también prefería esperar a que salieran.
El gimnasio estaba a medio gas a esas horas de la mañana, como ocurre en cualquier otro.
No era el tipo de centro deportivo reluciente y moderno que se encontraba en los barrios de moda, sino uno de esos locales viejos y desfasados que tuvieron su momento de gloria décadas atrás.
El suelo era de goma y mostraba huellas de miles de zapatillas y las paredes estaban pintadas en un tono con el que el paso del tiempo no se notara demasiado.
La historia del barrio estaba impregnada en aquellas cuatro paredes.
Irene empujó la puerta de cristal y varias personas se giraron para ver quiénes eran.
Entrenaban en silencio y cada uno estaba a lo suyo.
Solo se escuchaba la música que habían escogido con especial cuidado para que fuera del gusto de la mayoría de quienes eran clientes asiduos al local.
Adrián echó un vistazo rápido, anotando mentalmente cada detalle, pero sin decir nada.
El mostrador estaba en la entrada, una mesa robusta con papeles amontonados en una esquina y un portátil abierto.
Un hombre de mediana edad levantó la vista.
Su rostro tenía aspecto de haberse curtido en esas instalaciones.
A la mandíbula cuadrada y a los músculos desproporcionados no les sorprendió la presencia de los agentes.
El gesto le delató. Estaban esperando a que fueran.
Era cuestión de tiempo, ya que Carla trabajó allí.
—Buenos días, somos los agentes que llevan el caso del asesinato de Carla Miret —dijo Irene con cordialidad y simpatía.
—Buenos días. Aitor Mota. Suponía que no tardarían mucho en aparecer por aquí —resumió.
—¿Podemos hablar con el dueño?
—Soy yo —respondió dudando si era bueno que lo vieran con ellos o no.
—Siento incomodarle, pero ya se habrá enterado de que han asesinado a Nuria Miret y creemos que ambos casos están relacionados. Necesitamos hablar con usted. Es importante —resumió convincente cuando se apoyó en el mostrador para que no le escuchara nadie más que el interesado.
Aitor se rascó la nuca y asintió con la cabeza hacia una pequeña oficina lateral. La puerta estaba entreabierta y dejaba ver un despacho improvisado con una mesa cubierta de carpetas, varias botellas de agua, algún trofeo polvoriento y un par de sillas plegables.
—Siéntese —dijo, apartando un par de revistas del asiento más cercano.
Aitor echó una mirada rápida hacia el gimnasio como queriendo comprobar quién estaba pendiente de la escena. Nadie parecía reparar en ellos, pero sabía que ese simple gesto revelaba precisamente lo contrario.
Irene se sentó frente a él. Adrián, en silencio, abrió su cuaderno y colocó el bolígrafo encima, preparado para registrar lo que hiciera falta.
No tenía que intervenir, solo estar atento, como le había indicado Irene el primer día.
Aitor se dejó caer en la silla con un suspiro breve, apoyando los codos sobre la mesa.
Fingía serenidad, pero había una tensión en su postura que no pasaba inadvertida.
—Por aquel entonces el dueño era mi padre, pero yo ya trabajaba aquí. Pueden preguntarme lo que quieran. Ya hablé con los inspectores que llevaban el caso cuando ocurrió. No creo que les pueda aportar más que entonces —advirtió con vehemencia.
Irene le sostuvo la mirada. Prefería que él hablara un poco más, darle la cuerda necesaria para ver hacia dónde quería llevar la conversación.
Aitor se removió en la silla. Durante unos segundos, pareció no tener claro si debía hablar o no.
Irene se inclinó hacia delante, dándole el tiempo que necesitaba para decidirse.
—Miren, agentes, aquí todo el mundo está pendiente de las preguntas que están haciendo. Nadie quiere líos, y menos de asesinatos. El barrio es pequeño y la gente habla —dijo en voz baja.
—Queremos respuestas de los dos asesinatos, no rumores —respondió Irene con calma.
—Ya, pero Nuria ni siquiera era de aquí —resolvió con tono chulesco.
—Carla trabajaba aquí, era trabajadora de su padre y, por lo poco que sé de usted, estoy convencida de que estaba enamorado de ella, como el resto del barrio.
No me creo ni lo más mínimo que no supiera nada de la vida de Carla.
¿Sabe por qué? Se lo voy a decir: Llevo años interrogando a gente y hay una cosa que sé de los tipos como usted, y es que cuando se enamoran, van de colegas.
Por eso estoy segura de que conocía las confidencias de Carla y que más de una vez lloró en su hombro —argumentó sin gesto en el rostro.
Adrián casi ni respiró.
—¿Quién le ha dicho que estaba enamorado de ella? —se interesó Aitor.
—¿Quién? Me lo ha dicho usted mismo con el altar que le tiene en una esquina del mostrador. No se habrá pensado que no lo iba a ver. Investigamos asesinatos, somos bastante observadores. —Sonrió con insuficiencia—. ¿Me cuenta lo que le dijo Carla o prefiere seguir haciéndose el tonto?
—De acuerdo. No sé quién fue el asesino, si es esa la pregunta.
En el barrio casi todos los chicos estaban enamorados de Carla.
Yo me sentía un privilegiado porque trabajaba en el gimnasio de mi padre.
—Sonrió—. David no se creía la suerte que había tenido.
Yo todavía me pregunto cómo lo consiguió.
¿Le han visto? No es nada del otro mundo…
—Se distrajo unos segundos al mirarse—. El caso es que venía a buscarla casi todos los días.
Carla tenía horario de tarde. Venía después de comer y se quedaba hasta el cierre, o incluso más, si David tardaba en venir.
Era muy simpática, y buena persona. Me acuerdo de ella casi todos los días.
Al entrar y mirar a la recepción… —concluyó con sinceridad.
—Entiendo. ¿Recuerda si el día del asesinato pasó algo especial?
—Aquel día no pasó nada especial. David vino y se fue con él. Creo que era fin de semana. Luego los vi otra vez en la discoteca.
—¿Qué opina de David?, ¿se portaba bien con ella?
—Muy bien. Se querían. Carla no soportaba estar en casa y se querían escapar para estar juntos —recordó de repente—. Ahora que estoy hablando con ustedes, acabo de acordarme de que Armando se enfadó mucho con su hermana cuando se enteró de que se iba con David.
—¿Los vio discutir?
—Sí, y a Nuria y Carla también. —Asintió y se frotó las manos.
Adrián lo miraba y apuntaba en el cuaderno.
—Primero vamos a centrarnos en Armando. ¿Nos puede contar lo que ocurrió? —requirió Irene ocultando su alegría ante aquel testimonio. Esperaba que lo que decía Aitor fuera verdad.
—Fue unos días antes del asesinato. Armando estaba con los ojos llorosos en la puerta.
Fue entonces cuando vino David y se comenzaron a dar puñetazos como locos.
Carla salió para intervenir y se llevó alguno de refilón.
Tuvo suerte, porque ese no llevaba mucha fuerza.
Al final consiguió separarlos. —Se crujió los dedos al apretarlos con la otra mano—. Armando estaba enfadadísimo.
—¿Le dijo algo Carla de forma confidencial? —Se interesó Irene para saber si ella le explicó qué había pasado.
—Sí, claro. Cuando los vi pegarse, salí a ayudar a Carla para separarlos y, cuando lo conseguimos, escuché la conversación entre los tres.
—¿Había más gente viendo la pelea? —preguntó Irene y miró de reojo al cuaderno de Adrián.
—Sí, había varios testigos. Les puedo dar los nombres, apellidos y números de teléfono —añadió con satisfacción.
—Genial. Luego nos los da. Ahora, dígame, cuando se quedaron los cuatro, ¿por qué discutieron?
—Armando se había enterado de que se iba a ir con David —dijo Aitor, que seguía haciendo el movimiento de crujirse los dedos.
—¿Y se enfadó por eso?
—No, se enfadó porque se lo había ocultado. Armando solo hablaba de que no confiaban en él. Por eso, cuando intentó sacar a David de la cárcel y no lo consiguió, desapareció. Estaba convencido de que no había sido él —concluyó Aitor.
—¿Y por qué discutió con Nuria? —Aitor bajó la mirada—. ¿Aitor? —preguntó Irene, escéptica por su reacción.
—Por Mariano —murmuró lo más bajo que pudo—. Estaba con un menor del centro cultural.
Adrián le miró, concentrado.
—Pero no entiendo —soltó, volviendo a mirar los apuntes—. Nuria vino aquí, así que supongo que sería Nuria quien vino a decirle algo. Además, por lo que ha dicho, no era lo normal que viniera Nuria. Siempre venía a buscarla David —dedujo Adrián.
—Tiene razón en todo lo que ha dicho —Irene sonrió a su compañero—. ¿A qué vino Nuria?
Aitor se echó hacia delante y volvió a cruzar los brazos encima de la mesa. Se notaba que echaba de menos a Carla y hablar de ella le dolía.
—Nuria vino enfadada. Entró y empezó a gritar.
—El tono de dolor de Aitor conmovió a Irene—.
No la dejó ni hablar. Nuria entró y la cogió por el cuello.
También había testigos ese día. El primero, mi padre.
Aunque ya está mayor y su memoria no es lo que era.
Puede que ni siquiera se acuerde de ese día…
—Gracias, Aitor. Pero es importante que nos cuente qué escuchó —le apremió la inspectora.
Adrián se había enganchado a la historia como si estuviera viendo una telenovela.
—Carla iba a denunciar a Nuria porque Armando le contó lo que estaba pasando por las noches cuando sus padres se iban.
—¿Cuántos años tenía Mariano? —preguntó Adrián.
—En ese momento ya era más mayor, pero cuando empezó la relación, por lo que decía la gente —matizó—, unos doce o trece años. Aunque tampoco se lo podría confirmar, pero puede ser. Estuvieron años juntos. Creo que Nuria estuvo con el chaval unos cuatro o cinco años.
—Estarían enamorados —dijo con ironía.
—Lo ha dicho en plan burla, pero creo que estuvieron juntos mucho tiempo. Es rumorología, pero cuando se escucha el mismo cotilleo varias veces es porque puede que sea verdad. —Aitor levantó las cejas.
—¿Y por qué Armando no denunció a su tía antes de decírselo a Carla? —preguntó Irene mirando a Adrián.
—Armando no hacía nada sin el consentimiento de Carla y, además, era menor de edad. Por eso, se lo dijo a ella, para que detuviera aquella situación —declaró Aitor.
—¿Cómo sabes tantos detalles? —preguntó Adrián con el ceño fruncido.
—Por desgracia para mí, era su confidente, no su novio. Sabía todo de Carla, desde su color favorito hasta la hora, día y destino de cuándo se iban a escapar. —Suspiró al recordar a Carla.
—¿Habló con los inspectores del caso y les dio tanta información?
—Por supuesto. Respondí pregunta por pregunta. Creo que el policía que tenía los ojos azules suponía quién era el asesino. —Se colocó la mano en la boca para taparse y susurrar a continuación—. Era más listo que el otro.
—¿Samuel Hernández?
—Ese, el de los ojos azules. Era muy listo.
—¿Tú quién crees que mató a Carla? —preguntó sin rodeos Irene.
—Mariano Castro. Desapareció. El día siguiente cogió sus bártulos y nunca más se supo nada de él.
—Pero tenía familia, ¿no preguntaron por él? —dudaba de la percepción de Aitor.
—La madre era una drogadicta. Por eso iba tanto al centro cultural donde conoció a Nuria. Su padre se había ido cuando Mariano era muy pequeño, no creo ni que se acordara de él. Además, cada poco tenía un chulo-padrastro nuevo. —Se encogió de hombros.
—Una última pregunta, Aitor. —Irene se levantó y se subió el pantalón sutilmente por la cintura—. ¿Tiene relación con Mariano o con Armando?
Aitor negó con la cabeza.
—Lo siento.