No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

La mañana había llegado demasiado pronto, aunque Irene apenas había pegado ojo.

No necesitaba mirarse al espejo para saber que su rostro delataba una noche en vela.

Le bastaba con la sensación de cansancio que le pesaba sobre los hombros.

El agua de la ducha había corrido unos minutos, como si pudiera arrastrar lo ocurrido con Tomás la noche anterior.

Seguía sintiendo la misma presión en el pecho.

Fue a la cocina y se sirvió un café del día anterior.

Lo hizo de manera automática, sin hambre ni ganas.

Con el primer sorbo se movió hasta una de las sillas de la cocina.

Se frotó la cara y se quedó observando el líquido marrón en la taza.

Dudó. No sabía qué hacer, pero sí sabía que no podía dejar que se repitiera lo ocurrido la noche anterior.

La reacción cobarde y cómo se paralizó hizo que Tomás se creciera más con su actitud.

El rostro de Aguilar riéndose cuando miró por el retrovisor se le vino a la mente como un aguijonazo de realidad dolorosa.

No estaba preparada para afrontar lo que ocurrió.

Sin embargo, y sin explicación aparente, estaba convencida de que Aguilar fue quien la secuestró.

Cuando estuvo investigando fue uno de los sospechosos, y ahora, después de escuchar su risa y comprobar su manera de actuar, decidió que no lo iba a dejar pasar.

No solo serviría para pasar página, sino para descubrir qué ocurrió con el resto de las niñas.

Debían estar en algún sitio, quizá enterradas.

La posibilidad de que estuvieran vivas era irrisoria.

«Ojalá hubiera podido salvarlas».

Sabía que el psicópata que las secuestró no las habría dejado vivas durante tantos años.

Era muy peligroso. Se jugaría demasiado.

Nunca se verificó que las otras niñas que desaparecieron en la misma época que ella hubieran sufrido el secuestro a manos de la misma persona.

Tenía que volver a rescatar el caso. Cuando tuvo el enfrentamiento con el comisario, le quitó los informes y las investigaciones de sus propias manos.

Pero sabía dónde podía encontrarlas y quién la iba a ayudar.

El sonido del móvil la sacó de su ensimismamiento.

«¿Marcos?».

El inspector le contó de nuevo su situación personal. Después de tranquilizarle, le ordenó que no volviera al trabajo hasta que Nieves se encontrara totalmente recuperada y el bebé estuviera fuera de peligro.

Cuando colgó, la sonrisa burlona de Tomás volvió a su mente.

Soltó la taza para colocar cada una de sus manos a los lados de la cabeza y su mirada en el suelo.

Lo que más le dolía no era el comentario en sí, sino la certeza de que, en comisaría, esas palabras ya estarían multiplicadas, deformadas, pasando de boca en boca como un rumor inevitable.

Le revolvía las entrañas pensar que, después de tantos años de esfuerzo, de cicatrices y de noches de miedo, todavía hubiera quien redujera su vida a un chiste.

Una parte de ella sentía la tentación de no ir a comisaría, y con la llamada de Marcos lo confirmó.

Era una manera de no exponerse a las miradas de los compañeros y a los comentarios fuera de lugar.

Ya se había acostumbrado a ellos, pero sabía que volverían como el primer día.

Aguilar no perdería tiempo para burlarse de ella en cuanto cruzara la puerta.

Pero la otra parte, la que le había llevado a ser policía, no podía conformarse con el silencio.

Debía apoyarse en alguien para conseguir superar esos miedos.

No quería molestar a Joaquín, pero era la persona que la ayudó la primera vez, y ahora lo volvería a hacer.

Se levantó, decidida, y fue a la habitación para vestirse. Cuando estuvo lista, llamó a Adrián.

—Quedamos en el gimnasio Atlanta directamente. Así damos menos paseos. Coge un taxi, luego volveremos los dos a comisaría.

—Perfecto. En media hora nos vemos en la puerta —confirmó Adrián con gran disposición, la cual formaba parte de su personalidad risueña y agradable.

—¿Te pasa algo? —preguntó Irene, despistada.

—No —dijo dudando.

—¿Seguro? —insistió con las llaves de casa en la mano y un pie en el rellano.

—Sí, sí. Luego hablamos, que si no perdemos la mañana. A ver si me das tiempo a llegar a la misma vez que tú —sonrió con la voz.

—Está bien, pero sé que te pasa algo. No te vayas a pensar que no me he dado cuenta.

—Bueno, venga. Ahora te veo —contestó para colgar el teléfono.

«¡Maldito Tomás! ¡No ha perdido el tiempo! ¡Estaba deseando llegar para reírse de mí!».

Cerró la puerta y decidió bajar por las escaleras hasta el garaje de su casa.

Le iba dando vueltas a la voz dubitativa de Adrián.

Era de esas personas a las que no le gusta el conflicto ni las habladurías, así que había decidido callarse, al menos por el momento, para que Irene no se sintiera mal, y dar por zanjado lo antes posible el conflicto.

Pero esta vez no iba a ser tan rápido. Irene no lo iba a dejar pasar.

Iba a terminar con él hasta desvelar quién era realmente ante todo el mundo.

Encendió la radio y el móvil comenzó a sonar.

Miró la identidad de la llamada. Parecía que estaban sincronizados.

Joaquín Requejo, su amigo, su mentor, y el policía a quien más admiraba, estaba llamándola.

Sin lugar a duda, Tomás habría montado un espectáculo en el comedor, y el rumor comenzaría a circular hasta los oídos del comisario.

—Hola, Joaquín —dijo a través del altavoz.

—¿Dónde estás, Irene?

—En el coche. Estamos con el asesinato de Carla.

—Vale, ¿dónde iréis hoy?

—Vamos al gimnasio donde trabajaba. Por cierto, la mujer de Marcos no se ha recuperado del todo y le he dicho que se quede con ella —recordó Irene.

—Vale, no te preocupes. Mejor así, para que esté trabajando y no se concentre es mejor que se quede con ella —dijo Joaquín siguiendo la conversación.

Irene le conocía demasiado como para saber que la había llamado con un único objetivo.

El comisario nunca llamaba en vano. Su trabajo requería de concentración y eficacia.

Para que te dedicara unos minutos tenías que haber hecho algo, o muy bueno, o muy malo.

La posibilidad de que llamara a un agente para preguntarle que estaba haciendo era nula. Sus minutos estaban muy cotizados.

—¿Qué ha pasado?, ¿me lo vas a decir ya? —preguntó Irene sin rodeos.

—Tomás ha estado diciendo estupideces en el comedor. Sabes de lo que te hablo, ¿verdad? —Investigó el comisario antes de seguir hablando.

—Sí, de ayer por la noche —reconoció al instante.

—Se habrá inventado los detalles, pero los dos sabemos que ese trauma existe. ¿Qué te ocurre, Irene? Esto no puede seguir así.

—Lo sé. ¿Qué quieres que haga? Si no me dejas saber quién fue, no lo voy a superar nunca —dijo para intentar que le permitiera volver a investigar. Lo iba a hacer de igual manera, pero si la dejaba no tendría que esconderse ni hacerlo a sus espaldas.

—Irene, eso es una estupidez. El trauma no tiene nada que ver con eso, tienes que pasar página de una vez. Si estuviera muerto, ¿crees que irías paseando por las calles de noche?, ¿es eso lo que me quieres decir?

—No sé lo que haría, pero no estaría en esta situación. Cuando estaba investigando estaba mucho mejor. Me obligaste a dejarlo y han vuelto los recuerdos, las pesadillas y los pasos por la calle. Si me dejaras seguir investigando…

—Será una broma, ¿no? Lo que me estás pidiendo es que te deje hacer lo que te dé la gana con mis agentes, y eso no puede ser. No vas a poner a los sospechosos que te dé la gana en una sala de interrogatorios. ¡Son agentes de la ley! ¡Por dios, Irene! Piensa con la cabeza —alzó el tono de voz.

La inspectora llegó al barrio de Carla. Toqueteó el móvil para que volviera a la aplicación del GPS.

—Vale —respondió, sin añadir nada más.

—¡Genial! Ahora, encima, te has enfadado conmigo. —El comisario se cruzó de brazos en su despacho.

—No es que me haya enfadado, pero lo que te estoy pidiendo no es para tanto.

Es resolver un caso del cual no se sabe que es lo que pasó.

Ni siquiera sabemos si fue un secuestro ni si las niñas están vivas o muertas.

—Irene no recordaba cuántas veces había dicho aquellas mismas palabras, pero Joaquín no había entrado en razón.

—Siempre con lo mismo —se quejó, harto de escuchar a Irene con las mismas excusas de siempre.

Se hizo un silencio de varios minutos. Irene no aguantaba la presión de que su pasado no le dejara vivir su presente.

—Irene, lo siento —interrumpió el silencio—. Pero sabes que no puedo… —Joaquín era sincero, no podía permitir que sus propios agentes fueran interrogados como vulgares ladrones.

—Sé que no puedes, pero si no me dejas, no lo voy a superar nunca.

Esas pesadillas no han dejado de regresar.

Aun sueño con aquel maldito saco en la cabeza.

—Moqueó sin dejar de llorar—. Daba escalofríos, y aun siendo una adulta sueño con ese maldito psicópata.

Joaquín, me cortó el pelo, me pintó las uñas y los labios como si fuera una prostituta de diez años.

—Lloró cada vez más fuerte—. Me dices que lo supere.

¿Cómo se supera eso? ¡¿Cómo?! —gritó sin dejar de llorar.

—Te entiendo, Irene, de verdad. Pero no puedo.

—Tragó saliva antes de continuar—. Cuando investigaste la primera vez, lo pasé a la jefatura superior y me lo negaron.

No quieren dar que hablar a los medios de comunicación.

Si esto saliera en prensa sería la ruina de la reputación policial.

Tienes que entenderlo, Irene. No puedes pedirme que me salte mi cargo y renuncie a mis valores.

Soy policía porque creo en las leyes y en la justicia.

El día que no lo haga tiraré mi placa a la basura, pero hoy no es ese día.

Tengo y quiero respetar las leyes y la jerarquía de la policía.

No puedo hacer lo que me da la gana, ¿lo entiendes?

—Lo entiendo. —Respiró profundo en tandas de cuatro segundos antes de continuar—. Voy a seguir con el caso. Supongo que luego te veré. Llamaré a Patricia. Puede que me dé algunas pautas para no parecer una loca cuando cae el sol —dijo con resignación.

—Te espero aquí. Ven cuando salgáis del gimnasio. Es importante que hablemos. Tenemos que solucionar esto de una vez por todas —añadió con pena.

—Vale. No te preocupes por mí, creo que ya he dado con la única solución que se me ocurre.

—¿Cuál? —preguntó sorprendido.

—Luego hablamos. Ya estoy viendo a Adrián. —Le saludó con la mano mientras buscaba sitio para aparcar.

—Vale.

«Puede que renunciar a ser policía sea la única solución», pensó Irene con un nudo en la garganta.