Capítulo 33
Irene salió tarde de comisaría. Se había quedado investigando más horas de las que había pensado en busca de alguna pista clave que hubiera pasado por alto.
Debido al último ataque de ansiedad que le ocurrió tras la cena con sus padres, no quería salir de noche a no ser que fuera imprescindible.
Miró por la ventana y vio que estaba oscuro.
Comprobó la hora en el ordenador y levantó la cabeza para ver el movimiento de comisaría.
Estaba prácticamente sola. Pensó que Joaquín volvería a su despacho a lo largo del día, pero no había sido así.
Decidió que era hora de irse a casa. Cogió el bolso, se puso el abrigo y apagó el ordenador.
Tenía que superar aquel trauma. En el fondo, Tomás tenía razón, era una loca traumatizada y paranoica que había acusado a todo el mundo sin pudor.
Había gente que se lo había tomado de manera indiferente, pero a otros, como Tomás, les dolió en lo más profundo y aprovechaban cualquier situación para echárselo en cara.
«Vamos, Irene, no eres ninguna cobarde. Ya no eres esa niña. Eres una adulta segura de sí misma y solo tú diriges tu vida».
Las frases de motivación le ayudaban a creer en sí misma.
Andaba por el pasillo como si el suelo estuviera cubierto de brasas.
Necesitaba llegar rápido al coche y más rápido del coche a casa.
Se había marcado micro objetivos, como le había indicado Patricia, para que fueran fáciles de cumplir y así tuviera la sensación de que poco a poco conseguiría el gran objetivo final.
Empujó la puerta principal del edificio.
El aire nocturno le rozó la cara, y con él, el miedo de estar sola y a la merced de la noche.
Se subió el cuello del abrigo, que le daba una falsa sensación de protección, y comenzó a andar más deprisa, pero no lo suficiente como para que pareciera que estaba paranoica.
La calle estaba casi desierta, más por el frío que por la hora.
Sin embargo, los recuerdos del secuestro vinieron a su cabeza de golpe y amontonados.
Aquella imagen de un hombre con un saco en la cabeza, cortándole el pelo y pintándole las uñas, la atemorizó tanto que las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
No podía pensar, solo andar y llorar. Sintió un cosquilleo incómodo en la nuca.
Las semanas con aquel secuestrador le habían dejado una marca que ningún tratamiento ni ninguna terapia habían conseguido borrar.
Las manos apretaron con tanta fuerza la correa del bolso que las uñas se le clavaron en la palma de la mano y comenzó a sangrar levemente.
Se tiñeron de un rojo vivo. Algunas pequeñas gotas se quedaron impregnadas en la correa y otras cayeron al suelo.
Estaba a pocos metros del coche. Una sonrisa de impaciencia floreció en su rostro. Estaba segura de que lo iba a conseguir. El primer objetivo estaba a punto de ser alcanzado y, además, no le había pasado nada.
Oyó un chasquido, una risa y unos pasos detrás de ella. Se giró bruscamente con el corazón en un puño y un nudo en el estómago. Una silueta apoyada contra una pared se iba acercando a su posición.
—¿Vas con prisa, inspectora? —La voz sonaba relajada.
Irene escuchó una sonrisa liviana. No podía hablar. El miedo se había apoderado de ella. Se había quedado paralizada, como aquel día. Sabía que estaba en peligro y cualquier otra persona hubiera echado a correr, pero ella no, ella se quedó allí paralizada. Inmóvil.
La silueta de Tomás Aguilar emergió de la sombra.
A Irene se le heló la sangre, pero reaccionó haciendo un esfuerzo para no parecer una niña asustada.
—Joder, qué susto me has dado —intentó recomponerse.
Tragó saliva. Comprobó dónde estaba el coche y comenzó a andar de nuevo.
Tomás soltó una carcajada seca.
—¿Un susto? ¿No se puede caminar solo por la noche? A lo mejor mañana me denuncias por haberte secuestrado. —Volvió a soltar una gran carcajada.
La frase cayó como un mazazo. Irene trató de disimular, tenía que hacerlo. Se metió las manos en los bolsillos y se dio cuenta de que estaban llenas de sangre.
—Tengo un poco de prisa —dijo sin pararse.
Tomás la seguía a pocos pasos por detrás. Irene entrecerró los ojos. Ya había llegado al coche.
«¡Menos mal!».
Tomás se apoyó en su coche sin parar de sonreír. Irene le miró y abrió la puerta. Tenía la pistola en la parte de atrás del pantalón y no iba a dudar en utilizarla si era necesario.
—Me ha sorprendido verte por aquí. Tenía entendido que no salías por las noches, que te quedabas encerrada porque seguías traumatizada con lo de tu secuestro —lo dijo con una naturalidad hiriente.
—No, eso era antes. Por favor, apártate del coche, tengo prisa —intentó sonar lo más segura y convincente que pudo.
—Vivo aquí cerca. Me mudé hace unos años. Te he visto salir tan rápido, que he decidido acercarme para acompañarte al coche. Soy majo, ¿eh? —Se acercó más.
Irene le empujó bruscamente y se metió rápido en el coche. Tomás comenzó a golpear el cristal con un gran cabreo por haberle apartado de malas maneras.
—¡Estás loca! No sé cómo Joaquín no te quitó esa placa. Las paranoicas como tú deberían estar encerradas, no haciendo como que son inspectoras. —Apretó la cara contra el cristal y su expresión de odio la fulminó.
—¡Vete a la mierda! —Encendió el motor.
—Solo repito lo que todo el mundo comenta. Deberías arreglarte la cabeza. Lárgate de aquí. Nadie te quiere en la comisaría, ni siquiera Joaquín. ¡No te lo dice porque le das pena! —gritó con odio.
Irene no contestó. Su instinto le gritaba que no se mostrara frágil, que no le diera el placer de ver que sus palabras le hacían daño.
Irene sostuvo la mirada sin pestañear. Sabía que, si se iba rápido, Tomás se quedaría con la sensación de que había ganado, de que le tenía miedo, y no era así. Él no era nadie para ella.
Tomás rodeó el coche con una sonrisa y movimiento firme. Intentaba que cediera y que sufriera. Aquel miedo no iba a volver. Era una adulta, una policía que podría manejar esa situación.
Aguilar se reía entre dientes. Notó cómo disfrutaba por haberla incomodado. Aquel simple gesto le hizo tomar la decisión irrevocable de que no iba a parar hasta saber quién fue la persona que la secuestró y jugó con ella durante semanas.
Comenzó el camino hacia su casa. La mirada acuosa observó por el retrovisor del interior a Tomás.
Se reía y movía la cabeza disfrutando del miedo que le había hecho pasar.
Irene mantuvo la calma con la respiración entrecortada y sin dejar de apretar el volante con las manos.
Las giró y vio la sangre seca. Comenzó a llorar con gran dolor, pero con la decisión tomada.
«Fue él. Si no, ¿por qué iba a conocer mis miedos y mis traumas? Fue él. Fue él».