Capítulo 32
Marcos abrió la puerta con cuidado, procurando no hacer ruido.
El silencio del piso lo recibió como una bofetada.
Cerró con la misma suavidad con la que abrió, para no despertar a Nieves.
Dejó las llaves sobre el mueble del recibidor, dentro de un bol de cerámica que su mujer había comprado en un mercadillo medieval.
—¿Cariño? —preguntó en voz baja.
Nieves se asomó desde el salón con expresión cansada pero feliz de que ya estuviera en casa. Llevaba el pijama, el moño deshecho y la tez pálida.
—Hola. —La voz era casi inaudible—. No te preocupes, que estoy bien.
Marcos dejó la chaqueta en el respaldo de una silla del salón y se acercó de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —Sabía que algo iba mal—. ¿Has vuelto a sangrar? —Tragó saliva.
Ella asintió y bajó la mirada. El inspector le cogió la cara con ambas manos y la obligó a que lo mirara.
—¿Has ido al hospital sola? —Se le cayó una lágrima. Sintió que le había vuelto a fallar.
—No, he llamado a urgencias y me han dicho que, si no era mucho, era mejor que no me moviera. Tengo que hacer reposo absoluto —balbuceó con los ojos repletos de lágrimas.
—¿Seguro? Me estás asustando.
—Tranquilo, estoy bien. Solo tengo que descansar. —Le agarró la mano y apretó con fuerza—. No va a volver a pasar, ¿vale?
—Vale. —Marcos la apartó suavemente y le acarició la mejilla—. Venga, túmbate. Yo me ocupo de todo. Solo tienes que descansar y no hacer nada.
La cogió de la mano y tiró con delicadeza de ella para llevarla a la cama. Ella se recostó despacio, suspirando al acomodarse entre las almohadas. Marcos le cubrió las piernas con la manta y le volvió a dar un beso en la frente.
—Descansa. Voy a darme una ducha y preparo algo ligero para cenar, ¿te parece bien?
—Claro, pero no quiero que te molestes. Seguro que estás cansado. Soy un estorbo. Lo sé. —Comenzó a llorar tapándose la cara con las manos.
Marcos se acercó y se las apartó.
—Eso no es verdad. Por favor, Nieves, solo piensa en ti y en el bebé. Lo demás no es importante —dijo convencido.
—Vale —murmuró cerrando los ojos.
Marcos salió del cuarto despacio, procurando no hacer ruido.
Cada vez estaba menos entero, cada día era menos Marcos y más un alma en pena.
Se sentía impotente, no podía hacer nada por solucionar el problema.
Todo lo que podía hacer era esperar y observar.
La mezcla de rabia y miedo le arañaba la piel.
Se fue al baño, cerró la puerta con suavidad y encendió el grifo de la ducha.
Dejó que el agua corriera con fuerza para que no le escuchara.
Se apoyó sobre el mármol del lavabo con ambas manos y bajó la cabeza.
Su pecho comenzó a subir y bajar con cada llanto desgarrador que contenía en la garganta para que Nieves no lo escuchara.
Apretó los dientes intentando sofocar un sollozo, pero al final cedió.
Un gemido roto escapó de su garganta y tuvo que cubrirse la boca con la mano para que ella no lo oyera. Se había derrumbado.
El agua seguía cayendo, enmascarando el sonido de su llanto.
Pensó en lo que había vivido su mujer en los últimos años con los abortos.
Pensó en el brillo apagado de sus ojos cada vez que veía un carrito, ropa o la carita de un bebé.
El inspector se sentía inútil como nunca.
Ella siempre había estado ahí para apoyarle en todo y ahora que ella lo necesitaba, había fallado…
otra vez. Era incapaz de protegerla. Podía perseguir criminales, enfrentarse a un sospechoso sin temblar, pero no podía hacer nada por su mujer ni por su hijo nonato.
—No puedo más —susurró entre dientes.
Golpeó el lavabo con el puño, no con mucha fuerza, pero con la suficiente para descargar un poco de la frustración que le carcomía.
Se dejó caer de espaldas contra la pared y se deslizó hasta sentarse en el suelo con las rodillas dobladas y los brazos apoyados en ellas.
Lloró durante un buen rato, hasta que el llanto se fue apagando y dejando vacío el pecho.
Cerró los ojos. Por un instante, deseó no tener que volver al trabajo al día siguiente.
Solo le importaba quedarse en casa con Nieves.
Si renunciaba, si pedía una excedencia, perderían la estabilidad económica.
Pero ¿qué sentido tenía el dinero si los dos se hundían en lo más profundo de una depresión insalvable?
Se enjuagó la cara con las manos, inspiró hondo y cerró el grifo.
Se obligó a ponerse en pie, mirarse al espejo y recomponerse.
Sus ojos estaban enrojecidos, pero debía salir como si nada.
No podía fallarle ahora, era lo único que podía hacer.
Debía ser la persona en la que podía apoyarse.
Abrió la puerta y volvió al dormitorio. Nieves seguía durmiendo. La contempló unos segundos.
—Aguanta, por favor —murmuró—. No sé qué haría sin ti.
Se acercó para apartarle el pelo y besarla en la frente. Después fue a la cocina, abrió la nevera para preparar algo de comer. Sin embargo, no podía pensar en otra cosa que en su mujer.
«Voy a llamar a Irene. No puedo ir a trabajar».