No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 31
67%

Capítulo 31

El comedor de la comisaría estaba medio lleno, a esa hora extraña en la que se cruzan los que entran de la tarde con los que salen de la mañana.

La televisión, de fondo, emitía noticias sin sonido.

Alguien había dejado los subtítulos activados y en una barra roja desfilaban los titulares, a los que nadie miraba.

En las mesas, el ruido de bandejas y cubiertos era la banda sonora habitual.

Irene y Adrián ocuparon una mesa pegada a la pared, la misma en la que se sentaron el día anterior.

Marcos dejó la bandeja con un gesto torpe y cansado.

Se sentó después de resoplar. Tenía el móvil boca arriba, una manía nueva desde lo de Nieves.

Se frotó la nuca antes de hablar, como si hasta eso se le hiciera un mundo.

—He repasado el informe del caso de Carla y no hay nada. Las veces que fueron a hablar con David no están en ningún lado, y tampoco los interrogatorios. Puede que fuera un despiste, no digo yo que no, pero hay que reconocer que es raro, ¿no?

Irene no apartó la vista de él, pero agarró la tapa del bolígrafo y lo enganchó en el cuaderno, cerrándolo con naturalidad.

Adrián entendió el gesto y, sin ruido, deslizó la carpeta con los apuntes hasta esconderla con el antebrazo.

El resto de los compañeros estaban comiendo, pero ellos continuaban con el caso de manera incansable, a pesar de que la batería se les estaba acabando.

No era fácil seguir el ritmo sin dormir suficientes horas.

—¿David te dijo las fechas? —quiso saber Irene para intentar adivinar qué es lo que pasó.

—No, dijo «varias veces», pero ya está. No quería que pareciera que no tenía ni idea de lo que estaba hablando, así que no quise preguntar más y quedar como un inepto. —Marcos lanzó una mirada breve a su alrededor, pero sin ver nada—. No sé, es todo muy raro.

Adrián arqueó una ceja, más sorprendido que indignado.

—¿Por qué querría hablar con él sin dejar huella? —pensó Irene en voz alta.

—Eso es lo que yo quiero saber —Apartó el vaso del refresco de Irene con hielo ya casi derretido—. Hasta que lo sepamos, es mejor no decir nada a nadie.

—Exacto. Hasta que lo sepamos, esta información no sale de aquí —recalcó Irene, mirando a los dos.

Marcos asintió y volvió a mirar el móvil.

—Irene, me tengo que ir a casa —dijo disculpándose—. Nieves ha pasado la mañana bien, o eso dice…, pero prefiero estar con ella un rato. Si queréis, esta tarde puedo trabajar desde casa.

—¿Te importa buscar a Armando por las redes sociales? Me gustaría saber si se hablaba con sus padres y con Nuria después del asesinato de su hermana. Por si acaso —dijo Irene. Se echó hacia atrás y se frotó la cara con brusquedad—. Estoy cansada y no pienso con claridad.

—No te preocupes, luego me pongo a ver si encuentro algo que nos ayude en la investigación —respondió Marcos.

—Vale, gracias. Vete ya, y dale recuerdos —dijo la inspectora.

—Sí, dale un beso de mi parte también. No la conozco, pero eso es lo de menos. Espero que todo esté bien —dijo con sinceridad Adrián.

—Gracias, chicos.

Marcos se marchó con la prisa de quien quiere salir antes de que haya un cambio de planes. Apenas dio dos pasos cuando dos siluetas ya iban hacia ellos. Iván Salcedo y Rubén Cebrián entraban con los tápers de la comida. Marcos no los conocía, así que se limitó a saludar como a cualquier compañero.

—Hombre, ¿qué tal, chicos? —saludó Rubén con su toque serio—. ¿Os molestamos? —Levantó el táper.

—Claro que no. Sentaos —respondió Irene cogiendo la carpeta del caso.

Iván Salcedo se dejó caer sin pedir permiso, ladeando la silla para tener espacio. Comenzaron a sacar la comida y los cubiertos de casa para empezar a comer mientras hablaban con Adrián e Irene.

—¿Cómo va lo vuestro? Sin ánimo de cotillear —añadió Salcedo.

—Avanzando, más o menos —respondió Adrián.

—Eso no suena muy bien. Se te nota en la cara, inspectora. El trabajo es duro —bromeó Rubén y se llevó el tenedor a la boca.

—Nos hemos cruzado con el nuevo, con Marcos. Adrián nos ha dicho que su mujer tiene un embarazo complicado, ¿está bien? —preguntó Salcedo, serio.

—Sí, ¿y vosotros?, ¿qué tal el turno?

Rubén resopló.

—Turno partido, mi favorito —dijo con sarcasmo—. Me encanta venir y tirarme aquí todo el día. En fin. ¿Algo interesante por aquí o seguimos con hurtos y broncas de comunidad? Están brotando como las setas últimamente.

—Nosotros, lo de siempre. Investigando. Intentando encajar las piezas que tenemos, como se suele decir —dijo Irene.

Iván miró la comida y comenzó a seleccionar lo que no le gustaba.

—¿Y qué tal con Adrián? Estoy seguro de que lo está haciendo fenomenal —preguntó Iván.

—Aprendiendo —contestó el aludido.

—Con Irene seguro que aprendes, otra cosa es sobrevivir en el intento —añadió Rubén ladeando la cabeza.

Irene sonrió. Sabía que lo había dicho por la mala fama que tenía. Pero tanto Iván como Rubén sabían que era inmerecida.

Durante unos minutos mantuvieron conversaciones sobre banalidades.

A la inspectora le estaba viniendo bien tener compañeros en el trabajo.

Se distraía un poco antes de volver al trabajo.

El cerebro se oxigenaba y reiniciaba para empezar con más energía.

A veces cinco minutos hacían que volvieras con más fuerza que al principio.

La puerta del comedor se abrió y un silencio milimétrico se insertó, no porque entrara alguien importante, sino porque lo hicieron con autoridad.

Tomás Aguilar y Héctor Lozano cruzaron el umbral con esa cadencia que divide la sala entre los que miran y los que fingen no hacerlo.

Aguilar era odiado por casi todos y Lozano era su secuaz.

A veces parecía que solo le seguía para reírse cuando tocaba y darle la razón como a los tontos.

—Vaya, vaya —soltó Lozano sin disimular—. Menuda reunión de lujo —dijo con una falsa sonrisa.

—Cebrián, Salcedo, ¿qué hacéis con esta? —dijo Aguilar, refiriéndose a Irene.

Parecía una pregunta, pero no lo era. El odio del que tanto hablaba Irene había llegado. Por eso la inspectora no solía ir al comedor, no le gustaba ver la cara a algunos de los especímenes.

—Nada, matando diez minutos antes de volver a la carga —respondió Salcedo sin querer entrar en ninguna discusión.

—Ya, claro. —Aguilar revisó a Irene con desdén.

—¡Cuidado, Aguilar, que a mí los idiotas no me dan ningún miedo, y menos un idiota como tú! —exclamó Irene con una desafiante sonrisa.

Adrián se levantó.

—Venga, haya paz. Vámonos, Irene.

—Te voy a dar un consejo gratis, Adrián. Te lo digo por tu bien. No te hables con esta. —Miró a Irene—. En cuanto te des la vuelta empezará a decir que la secuestraste o cosas por el estilo. Es mejor tenerla lejos. —Aguilar apretó los puños.

—Si tanto lo temes, será por algo, ¿no? —respondió Salcedo.

—A mí me puede investigar lo que quiera y cuando quiera —dijo Cebrián con gesto pusilánime.

Irene les sonrió y agachó la cabeza en señal de agradecimiento porque hubieran salido en su defensa.

—Como vosotros queráis. Os estaba ahorrando acusaciones futuras por su parte, pero bueno, es vuestra decisión —elucubró Aguilar.

—Vámonos, Aguilar. El aire está enturbiado por este lado del comedor —añadió Lozano.

—No deberíamos cargar a la gente con mochilas ajenas —insistió mirando a Irene—. Sí, vámonos, Lozano.

Irene le sostuvo la mirada sin apartarla ni parpadear. Cebrián apretó los labios a punto de decir algo, pero Salcedo le tiró de la manga por debajo de la mesa. Cuando le miró, negó con la cabeza.

Adrián, aún de pie, miró a Irene. Ella no necesitaba ayuda, solo testigos.

—Voy a repetirlo. —Aguilar se dio la vuelta, no podía perder la batalla—. Hay expedientes que apestan y hay gente que hace que te salpiquen. Si buscáis problemas, adelante. Si no, dejad de buscarlos donde no os llaman.

—¿Ya habéis terminado? —preguntó Irene con calma clínica.

Aguilar sostuvo la mirada un segundo más de lo imprescindible. Movió la cabeza hacia su amigo Lozano y se marcharon, sincronizados en cada paso. El comedor recuperó el ruido de fondo y el aliento contenido se esfumó con los agentes Aguilar y Lozano.

—Menudo ambientazo, ¿eh? —Rio Salcedo.

—Ya ves. Vamos, Irene, tenemos cosas que hacer para perder el tiempo con esos payasos. —Adrián recogió sus pertenencias de la mesa.

—Sí, tienes razón. Por cierto, chicos, muchas gracias por defenderme. —Los miró con agradecimiento.

—De nada, mujer, somos compañeros. Sé que siempre has pensado que estabas sola, pero nunca ha sido así. Lo que pasa es que no preguntaste, preferiste aislarte para que no te hicieran daño, y eso, a veces, no está tan bien como nos pensamos —Salcedo jugaba con su bigote.

—Ahora, con más razón, gracias —repitió Irene.

A veces solo escuchas ruido, pero si prestas atención, verás que siempre hay algo más.

Las amenazas disfrazadas y el desprecio envuelto en sonrisas eran habituales en las frases de Aguilar y Lozano.

A Irene no le importaba, ya sabía que en la vida hay gente que intenta amargarte la existencia a toda costa para encontrar ellos la felicidad.

Pero esta vez había sido distinto. Irene se había dado cuenta de que no se necesitaba un ejército, sino un par de personas firmes y que no se dejaran aplacar por voces repletas de ruido y sin valor.

Basta con aguantar la tormenta. El sol saldrá igual cada mañana.