No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Esperaba haber acertado con la decisión de dejar en la investigación del caso a Adrián.

Se merecía una oportunidad. Había ido vestido de civil, como le había dicho el día anterior.

Aquello le produjo ternura y a la vez le demostró que estaba motivado para investigar.

De lo único de lo que no estaba del todo segura era de si la fidelidad hacia ella era mayor que hacia el comisario.

La historia que rodeaba a la muerte de Samuel tenía demasiados recovecos y a Irene la tenía en tensión.

No podía dejar de pensar en otra cosa que no fuera Samuel y el motivo de que apareciera muerto durante esa investigación.

Necesitaba conocer el motivo y las circunstancias que habían terminado con la muerte del inspector.

Irene condujo hasta el centro cultural, como no podía ser de otra manera. Adrián, a lo largo del viaje, agradeció que le dejara ir con ella. Cuando se montó en el coche sacó la libreta del bolsillo en una demostración clara de que estaba entregado a la causa.

Las puertas del centro cultural cedieron con un ruido sutil que indicaba que necesitaban un pequeño engrase.

El edificio era de fachada sencilla y con aspecto ajado por el tiempo, como el resto de los edificios del barrio.

Sin embargo, escondía un interior sorprendentemente vivo, con entradas y salidas constantes de personas.

El murmullo de las clases con las voces de profesores y alumnos se escuchaban desde la puerta.

Irene echó un vistazo rápido al vestíbulo.

Paneles de corcho con carteles descoloridos, horarios de actividades y un tablón de fotos que la inspectora supuso de antiguos alumnos con voluntarios y profesores del centro.

Miró con atención por si en alguna salía Nuria. «Nada, ni rastro de ella. Qué raro».

Adrián avanzó un paso por delante y se apoyó en el mostrador improvisado al fondo, tras el cual había una mujer que revisaba papeles.

Llevaba el pelo corto y unas gafas de montura fina que le daban un aire más serio del que probablemente tenía.

Vestía un jersey de tonos neutros y pantalones oscuros, funcional y discreta.

Cuando los agentes se acercaron, la observaron a distancia corta y comprobaron que era menos agraciada de lo que parecía a los pocos metros que la separaban de la puerta principal.

Al verlos, la mujer levantó la vista de nuevo y dejó a un lado los documentos.

—Buenos días, ¿puedo ayudarles? —preguntó con la mejor de sus sonrisas.

Irene mostró su placa para no perder tiempo en protocolos o discusiones innecesarias que solo la sacaban de quicio.

—Queremos hablar con la persona responsable del centro. Es por un asesinato. Urgente —dijo con el tono más bajo de su repertorio, pero a la vez firme y seguro.

La mujer asintió con rapidez, sin sorpresa aparente, aunque sus manos se entrelazaron sobre el mostrador con un gesto que denotaba cierta tensión.

—Soy yo. Mi nombre es Silvia Casas. —Se levantó y guardó los documentos en el primer cajón—. Podemos ir a mi despacho, si lo prefieren.

Salió del mostrador para guiarlos.

—Sí, es lo mejor. —Irene se dio la vuelta y siguió a Silvia con la mirada—. Por favor, usted primero. La seguimos.

—Gracias —añadió Adrián, que estaba más nervioso de lo que parecía.

Silvia comenzó a caminar por un pasillo a la derecha.

Irene fue observando los detalles del centro.

Nunca se sabía qué podría ser útil para resolver el caso.

Las puertas entreabiertas de las aulas dejaban entrever el interior, lleno de mesas, sillas y estanterías repletas de material escolar.

Había murales de colores con nombres de los chicos y frases motivacionales para que no abandonaran los estudios.

Silvia caminaba con paso ágil, pero sin volverse a mirarlos, como si quisiera terminar cuanto antes con aquel trámite. Al llegar al final del pasillo, abrió una puerta y les cedió el paso.

—Por favor, pasen. Aquí estaremos más tranquilos y sin interrupciones —dijo con cordialidad.

La estancia era pequeña, con un escritorio repleto de carpetas, un ordenador portátil antiguo y dos sillas frente a él. Cerró la puerta con un clic suave y, por primera vez, los miró directamente sin apartar los ojos a los pocos segundos.

—Bien, ustedes dirán —dijo, cruzando los brazos—. ¿Qué quieren saber exactamente?

—Venimos por el asesinato de Carla Miret, ¿le suena?

—Por supuesto. Ocurrió en el barrio, hace bastante tiempo. Yo por aquel entonces era voluntaria. Carla tendría ahora más o menos mi edad —añadió con pena.

—Perfecto. Queremos profundizar sobre uno de los chavales que acudía al centro. Se llamaba Mariano Castro —dijo y observó la reacción—. Por descontado, decirle que todo lo que se hable aquí es confidencial. —Irene se acercó a la mesa con gesto serio.

—Por supuesto. Faltaría más. —Tragó saliva.

Adrián, sentado junto a Irene, inclinó levemente la cabeza, anotando el nombre en su cuaderno con letra clara, precisa. Luego levantó la vista hacia Irene, esperando la siguiente pregunta.

—Cuéntenos todo lo que recuerde de él. Por favor, no escatime en detalles —pidió la inspectora, con un tono neutro.

Silvia entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Era un chico complicado, pero totalmente comprensible por la familia de la que venía.

Su madre era una yonki de manual que no se ocupaba de él —recordó y suspiró—.

Tenía dieciséis años cuando empezó a venir aquí.

Problemas en casa, peleas en la calle…, lo típico.

Pero aun así tenía claro que quería salir de aquí a cualquier precio.

Al principio pensé que se integraría con deporte, con talleres…

, pero no. Apuntaba mucho más alto. Venía por Nuria y lo tenía claro.

Irene arqueó una ceja.

—¿Por Nuria? —preguntó desconcertada.

—Sí —afirmó Silvia—. Al principio, ella se ofreció a tutelarlo, a darle apoyo extra, era lo normal.

Cuando un chico llega se le asigna un tutor para hacerle el seguimiento dentro del centro.

Es aleatorio, depende del tutor que tenga más chicos.

Nuria, en ese momento, tenía menos chicos porque no vivía aquí, aunque solía venir con frecuencia a ver a su familia.

—Vivía en Cuenca.

—Sí, eso es. Al principio venía menos, pero luego empezó a venir más.

—¿Por qué?, ¿más trabajo? —preguntó Irene con sarcasmo.

Silvia sonrió en el mismo tono.

—Más dedicación a sus alumnos. Al principio a nadie le pareció raro. Pensamos que estaba entregada al objetivo del centro. Darles a los chavales del barrio los recursos para que mejoraran sus vidas.

—¿Entonces?

—Fue cuando comenzaron las cosas raras, por decirlo de alguna manera.

Silvia titubeó, mirando un instante el bolígrafo entre sus manos.

—Mariano comenzó a ser posesivo con ella.

Se quedaba hasta tarde para acompañarla hasta casa y que no le pasara nada.

Siempre encontraba una excusa para quedarse a solas con ella.

Mariano estaba todo el día en el centro, ayudando a otros chicos.

Mi opinión es que lo hacía para estar cerca de ella mientras no levantaba sospechas.

—Hizo una gran pausa—. Nuria nunca se lo confirmó a nadie, pero le seguía el juego del tonteo.

Le gustaba que un chico malo estuviera pendiente de ella.

Adrián anotó algo rápido. Sus ojos se cruzaron con los de Irene un instante. Ambos sintieron un destello de incomodidad con la conversación. Intuyeron que la historia iría en aumento.

—Luego comenzaron las situaciones raras. Yo misma lo vi con mis propios ojos. No sabían que estaba aquí y me los encontré besándose en una de las aulas.

—¿Está segura?

—Estoy segurísima. Incluso ya estaban medio desnudos —añadió incómoda.

—¿Había una relación personal entre ellos? —Irene quería escucharlo de su boca.

—Sí. Nuria no le puso límites —respondió Silvia, más tajante—. Eso era gasolina para alguien como Mariano.

Irene inclinó la cabeza, evaluando las palabras.

—Ya, entiendo. ¿Vieron algo raro en su comportamiento después del asesinato de Carla?

—Desapareció. Fue como si se lo hubiera tragado la Tierra. Un día dejó de venir y nadie volvió a verle.

—¿Y Nuria? —preguntó Adrián por primera vez, con voz baja pero firme. Era su única intervención, pero bastó para que Silvia le mirara directamente.

—Nuria tampoco volvió. Se desvanecieron a la misma vez. Juntos o no, no tengo ni la más remota idea. Pero desde que se fueron, el centro y el resto de los chicos empezaron a ir mejor.

—¿Tiene el informe que hizo Nuria de Mariano Castro cuando estaba en el centro? —Quiso saber Irene si la suerte los acompañaba.

—Supongo que estará en los expedientes. ¿Lo quieren?

—Si es posible, nos ayudaría —dijo Irene con voz amable.

Silvia se levantó y se dirigió hacia un archivador, abrió uno de los cajones en cuya letra estaba la del primer apellido de Mariano.

Solo tardó unos minutos mientras los agentes se miraban con dudas sobre qué era lo que había pasado en ese mismo centro cultural hacía tantos años.

—Aquí lo tienen —Silvia se lo tendió a Irene.

La inspectora abrió la carpeta. Pasó las páginas hasta encontrar un informe de seguimiento.

Había notas breves, pero con un patrón que le hizo fruncir el ceño.

Se exculpaba en cada una de las notas. «Mariano es persistente en acompañarme.

Creo que deberían cambiarle de tutor». Era la última que aparecía en el informe que Nuria escribió.

Estaba fechada un año antes del asesinato.

Irene señaló la nota con el dedo. Adrián se inclinó para leerla y asintió.

Ambos demostraron que estaban de acuerdo sin hablar ni mirarse.

—¿Alguien más sabía de esta relación? —Cerró la carpeta con un golpe seco.

—Claro. Algunos chicos del centro lo insinuaban, pero no había pruebas —admitió Silvia—. Le tenían como una especie de ligón, pero cuando Carla murió, los rumores cesaron. Era, como se suele decir, un secreto a voces.

—¿De repente?, ¿por qué? —indagó Irene.

—Por miedo, agentes. El barrio entero tenía miedo a Mariano, y no era para menos. Había tenido varios enfrentamientos violentos y robos con arma blanca.

—Pero ¿tenía amigos?

—No lo sé, Mariano era impredecible, y Nuria tenía el poder de controlarlo. —Silvia los miró, encogiendo los hombros—. Siento no poder ayudarles más. Nosotros solo tenemos seguimiento de los chicos cuando asisten al centro. Si dejan de venir, no podemos hacer nada por ellos.

Irene se recostó en la silla, reflexionando. Una frase de Silvia se le marcó a fuego en la cabeza: «Nuria tenía el poder de controlarlo».

Mariano era un adolescente problemático, con una relación inapropiada con Nuria y un asesinato en su entorno. Todo encajaba si le añadíamos que Nuria quería confesar. Mariano era el autor del asesinato de Carla, y cuando Nuria le dijo que quería confesar la verdad, la mató.

Adrián rompió el silencio.

—¿Creen que fue Mariano? —preguntó.

—No lo sé, eso solo lo sabe él. Si me pregunta si era capaz de matar a alguien, le diría que sí sin dudar. Pero ante la pregunta de si él mató a Carla, no lo sé. Tendría sentido que quisiera acabar con los rumores.

—Nadie lo decía, pero todo el mundo sabía que Nuria estaba con un menor de edad, ¿no?

—Exacto. Es un poco embarazoso.

—Entiendo. ¿Y los padres de Mariano?

—Sé que la madre estaba muy enganchada a las drogas, en cuanto a lo demás, no lo sé.

Ya le digo que no podemos hacer informes de su vida privada sin el consentimiento de los padres.

En este caso, él venía porque quería, pero su madre no dio consentimiento.

Así que el informe que les he dado ni siquiera debería existir —matizó Silvia.

—Gracias, Silvia.

Los agentes se levantaron.

—¿Nos podemos quedar con esto? —Irene levantó la carpeta.

—Claro —Silvia asintió, aliviada de terminar la reunión—. Espero que encuentren al responsable.

—Nosotros también lo esperamos.

Le dieron la mano para despedirse y salieron del despacho. Adrián rompió el silencio mientras recorrían el pasillo que los llevaba a la salida del centro.

—Esto no me gusta, Irene.

—A mí tampoco, Adrián.

Mientras Silvia miraba por la ventana de su despacho y los agentes salían del centro, la vida del barrio continuaba.

Las madres con los niños, los adolescentes en bicicleta y los vecinos charlando en los parques y en los portales guardarían silencio.

Habían decidido guardar un secreto que todos los integrantes del barrio conocían, pero que nadie iba a decir por un miedo atroz hacia el recuerdo de un Mariano violento y sin conciencia.

Irene no lograba comprender qué había llevado a Nuria a cruzar la línea de la cordura y tener una relación con un menor.

No hablaba solo de lo legal, sino de lo más profundo.

De la traición a su propia vocación y a los valores que defendía en su trabajo.

¿Qué la empujó a mirar a un menor de aquella manera? ¿Soledad?, ¿desesperación?

La inspectora apretó la mandíbula. Daba igual el motivo, eso ya no era importante, ahora lo importante era descubrir lo que desencadenó la decisión de Nuria. Demasiadas vidas rotas por un amor que no tenía explicación ni lógica.

—Vamos, Adrián, tenemos mucho que hacer. Quiero repasar este informe de arriba a abajo.

«Esto no ha terminado», se prometió, sintiendo cómo el miedo y la determinación se mezclaban en su pecho. Quien mató a Nuria y a Carla sigue por ahí.

«No hay crimen perfecto», se repitió la misma frase que le hacía continuar cuando no encontraba la luz.