Capítulo 29
Marcos pasó el control de seguridad de la prisión sin apenas mirar a los lados.
Estaba tan concentrado en revisar el caso mentalmente para no fallar, que no prestaba atención a nada más.
Los arcos metálicos, el sonido seco de las puertas blindadas al cerrarse tras él, todo contribuía a tensarle los hombros.
Había comenzado a sudar. La presión autoimpuesta de hacerlo perfecto le estaba pasando factura en ese momento.
Irene era comprensiva y se podía hablar con ella, lo había comprobado con su propia situación personal.
Que hubiera confiado en mandarlo solo, decía mucho de ella como persona.
Por lo que la idea de que se le olvidara algo le estaba atormentando incesantemente desde que salió de comisaría.
Era la primera vez que llevaba el peso total del interrogatorio sin que Irene amortiguara los errores si los cometía.
Esperó a que el funcionario lo guiara a la sala de entrevistas y repasó mentalmente lo que quería preguntarle a David.
Cada detalle, cada gesto, era importante en la investigación.
Irene había hecho hincapié en que lo fundamental para obtener información útil era hacer las preguntas adecuadas.
Por eso, no dejaba de pensarlas. Estuvo en el primer interrogatorio de David, y en el fondo eso le daba cierta tranquilidad.
Sabía que estaban intentando sacarlo de allí y colaboraría en lo que pudiera para conseguir dicho fin.
—Inspector, por aquí —le indicó el funcionario.
Marcos asintió, siguiendo el sonido firme de las llaves que sonaban en el cinturón del hombre. El pasillo, las paredes y las luces eran las mismas que recordaba a pesar de los nervios.
Llegaron a la sala. Una mesa anclada al suelo y dos sillas eran todo el mobiliario. Era una sala distinta a donde estuvo con Irene. El funcionario asintió antes de salir y cerrar la puerta. Marcos respiró hondo para centrarse. David entró con una sonrisa esperanzada y barba de varios días.
—Hola, inspector. Me alegro de verle. —Su tono era firme, pero cansado.
Se dejó caer en la silla, cruzando los brazos.
—¿Han avanzado? —preguntó apoyando los codos en la mesa y echando el cuerpo hacia delante.
—Sí, por eso he venido. Estamos haciendo todo lo que podemos y lo más rápido posible. Hemos hablado con Javier Castaño, ¿sabes quién es?
—Sí, claro. Era el mejor amigo de Armando —recordó con melancolía.
—Nos ha comentado que Nuria mantenía una relación con un chaval del centro cultural del barrio, ¿sabías algo de eso? —Marcos sentía una gran curiosidad por conocer la respuesta.
—Sí, se lo dije a Samuel, pero me dijo que eso era imposible de probar. —Se encogió de hombros con decepción.
—Es difícil de probar, pero si varias personas lo corroboran se crea una duda razonable. Javier lo ha confirmado y supongo que si vosotros lo sabíais existirá más gente, ¿no?
—No lo sé. Supongo que en el centro lo sabrían. —Se calló de repente.
—¿Qué pasa? Estamos intentando ayudarte, si no nos das toda la información, no podemos hacerlo. No tienes que encubrir a nadie, David. Y, sobre todo, no le debes nada a nadie. Estás aquí porque te dejaron solo. Nadie apostó por ti —recordó con dureza el inspector.
David suspiró después de agachar la cabeza.
—Armando lo sabía, pero nunca dijo nada. Él pensó que tampoco era importante y que, si empezaban a investigar y salía a la luz, la reputación de su familia se iría al garete. No podía hacerle eso a sus padres después del asesinato de Carla.
—¿Carla sabía lo de Nuria con Mariano? —continuó indagando.
—Sí, se lo contó unas semanas antes.
—¿Armando?
—Sí, le dijo que Nuria se lo traía a dormir, pero que por las noches se iba a su habitación. Bueno, a la de sus padres, que era donde dormía Nuria cuando venía a Madrid —explicó con más detalle.
—¿Te lo contó Carla?
—Sí, eso es. Me lo contó un día que fui a buscarla al gimnasio y Nuria estaba allí.
Estaban las dos gritando en la puerta. Casi se pegan y todo, menos mal que llegamos yo y Aitor, que era el hijo del dueño del gimnasio —dijo David, rascándose la barba con un gesto tranquilizador—.
Cuando las separamos, Carla me lo dijo. Se lo había contado Armando, pero al principio no se lo creyó.
A los pocos días de saberlo, Nuria trajo a casa a Mariano a jugar con los chicos, así que Carla hizo guardia para ver si lo que decía Armando era cierto.
—¿Y lo era?
—Exacto, lo era. Se iba por la noche cuando creía que los demás estaban dormidos. Luego se levantaba antes que los chicos y se volvía a meter en la cama. Era asqueroso. Yo me quedé de piedra cuando me enteré. —David apretó los puños, que tenía sobre la mesa con las esposas puestas.
—¿No hablasteis con el chico ni con sus padres? —preguntó Marcos, sorprendido.
—Era la idea, pero no dio tiempo. Todo pasó muy rápido.
Carla primero quería hablar con Nuria, que terminara con esa situación asquerosa.
Pero ella lo negó. Entonces comenzó a portarse aún peor con Armando.
—Los ojos de David se volvieron brillantes—.
Me dolió tanto verlo en aquella situación, y luego, míreme…
El pato lo pagué yo y él se fue huyendo sin mirar atrás. Se escondió.
—¿Crees que fue Armando quien mató a Carla?
—¿Armando? Imposible —dijo rápido—. Bueno, en realidad, ya no lo sé.
Marcos comenzó a repasar el cuaderno de notas. No quería pasar nada por alto.
—¿No hablasteis con Mariano?
—Carla sí lo hizo, pero el chaval negaba todo.
Decía que Armando y Javier le tenían manía, que por eso lo hacían.
Lo escenificó con mucha maestría, según me contó Carla, con llanto incluido —Carraspeó—.
Siempre pensé que fue él, pero como Samuel me dijo que era un menor escuálido y débil, era imposible, lo terminé descartando hasta que vinieron ustedes.
No sé decirle, pero me pareció raro que lo descartara tan rápido, sin investigar ni nada. O al menos a mí no me dijo nada.
—Puede que sí lo investigara. ¿A ti te parece que fuera un inspector a punto de suicidarse? —preguntó directo.
—No —respondió con los ojos bien abiertos—. Me está diciendo… ¿Le mató el asesino de Carla? Me dijeron que fue un suicidio —dijo con un hilo de voz.
—No lo sabemos, pero este caso tiene demasiadas sombras y muertes…
—¿Han hablado con Armando? —preguntó con desesperación David.
—No, estamos en ello.
—Encuentren a Armando —apremió David.
—¿Y Mariano? Acaba de decir que siempre pensó que fue él —el tono de voz de Marcos expresaba desconcierto.
David tragó saliva antes de hablar.
—La última vez que Armando vino a verme me dijo que lo iba a matar. Pensaba que fue él quien mató a Carla —confirmó David tras mucho pensárselo.
—¿Qué? —Alzó la voz—. ¿Por qué no nos lo dijo antes?
—¿Hubiera servido de algo? Samuel no me creyó y el otro inspector tampoco.
—¿Qué otro inspector?, ¿Joaquín Requejo? —Marcos sintió que le daba vueltas la cabeza.
—Sí, exacto. Hablé con ellos varias veces. Siempre venían juntos —confirmó, confundido por su reacción.
—Está bien, David. Tengo que irme. —Miró el reloj para disimular, pero lo único urgente era llamar a Irene para decírselo—. Tenemos que encontrar a Armando.
—¿Me pueden mantener informado? Lo único que hago aquí es pensar en ello todo el tiempo, desde que me levanto hasta que me acuesto —balbuceó a punto del llanto desesperado.
Marcos dio varios golpes en la puerta para salir.
—David, puedes estar seguro de que te voy a sacar de aquí. Me cueste lo que me cueste —aseguró, mirándolo fijamente y con la mandíbula apretada.
Marcos salió de la cárcel lo más rápido posible. En su mente solo se repetía una única frase: «Tengo que llamar a Irene».