No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 27
59%

Capítulo 27

Irene decidió pasarse por casa de Marcos. Pensó que era una tontería avisarle, ya que no le había contestado al primer mensaje, lo mejor era comprobar que todo estuviera bien y quedarse tranquila.

Aparcó justo enfrente del edificio con un movimiento brusco del volante.

Apagó el motor y se quedó unos segundos pensando si había hecho bien.

A lo mejor molestaba y no era oportuno presentarse en su casa sin previo aviso, pero no podía esperar.

Se había imaginado lo peor. No sabía muy bien qué decirle a Marcos ni qué iba a encontrarse dentro.

Sin embargo, era mejor ir que no hacerlo y que hubieran necesitado su ayuda y no se la hubieran pedido por vergüenza.

Irene era la primera en pedir dedicación absoluta al trabajo, pero entendía que esto era diferente.

La desidia de Marcos había traspasado el teléfono cuando hablaron por la mañana.

Cogió aire, salió del coche con decisión y cruzó la acera.

Al llegar al portal, un vecino entraba y le sostuvo la puerta sin mirarla.

Subió por las escaleras y llegó al piso de Marcos y Nieves.

Antes de llamar, se alisó el pelo con la mano, un gesto automático que solía hacer cuando estaba nerviosa.

Marcos abrió enseguida. Llevaba una camiseta gris arrugada y tenía el cansancio acumulado en los ojos hinchados. Irene pensó que podría ser de no dormir o de haber estado llorando por la tensión acumulada.

—Hola, Marcos, perdona que te moleste. Como te he mandado un mensaje y no me has contestado, estaba preocupada. Solo quería saber cómo estabais.

Nieves la escuchó, se quitó la manta que tenía sobre las piernas y se asomó a la puerta.

—Hola, Irene. Qué sorpresa más agradable. Pasa, no molestas en absoluto. No estábamos haciendo nada. Pasa —insistió con una de las manos en la barriga.

—¿Seguro? No quiero molestar. Solo quería saber si estaba todo bien.

Marcos se apartó de la puerta y Nieves la cogió de la mano para tirar de ella hacia el interior.

—No estábamos haciendo nada importante. Viendo una película para distraernos, pero no estaba surtiendo mucho efecto. Así que, si nos cuentas algo que nos distraiga, nos harías hasta un favor. —Nieves se sentó en el mismo sitio en que estaba cuando llegó Irene y se colocó la manta de nuevo.

—¿Quieres algo de beber? —preguntó Marcos, aún de pie.

—Un vaso de agua, por favor.

—¿Qué tal sola en comisaría? Siento mucho que Marcos no haya ido, pero lo pasé muy mal y no quería estar sola. Te puede parecer una tontería, pero con solo recordarlo se me pone la piel de gallina. —Los ojos de Nieves se volvieron brillantes.

—No es ninguna tontería, de verdad. Ya se lo dije al comisario. Puede estar un par de días contigo, hasta que estés mejor. —Dibujó una sonrisa en su cara.

—No te imaginas las ganas que tenemos de que nazca el niño. Hemos pasado ya dos pérdidas y ahora esto. La doctora dice que está todo bien, pero con cualquier malestar te pones en lo peor.

Marcos se sentó al lado de su mujer y apoyó la mano en su muslo, para después apretarlo con cariño.

—Irene, siento mucho haberte fallado. Sé que esperabas más de mí y te he dejado tirada…

—Eh, de eso nada —le interrumpió rápidamente—, aquí nadie ha fallado a nadie. No soy la más indicada para dar consejos, pero lo estáis haciendo muy bien. Lo más importante está aquí dentro, en estas cuatro paredes. Lo demás da lo mismo. Así que no quiero que pienses en otra cosa, ¿vale?

—Claro, pero ¿de verdad lo piensas?, ¿que no te he fallado?

—Por supuesto. Prefiero que te tomes un par de días y estés con Nieves antes de que estés en comisaría o investigando el caso y estés pensando en lo que pasa en casa —dijo convencida—.

No suelo decir cosas que no pienso —replicó con una leve sonrisa—, y si, cuando vuelvas, tienes que salir corriendo para estar con ella, lo entenderé.

Este trabajo puede esperar. Tu mujer, no.

El inspector soltó una carcajada nerviosa, mitad de alivio y mitad de incredulidad.

—Irene, nunca pensé que ibas a estar en mi casa diciendo algo así.

—Yo tampoco —admitió, encogiéndose de hombros—. Supongo que tener a un gran compañero nuevo me está ablandando. —Bebió el vaso de agua de un trago.

El ambiente se tornó en comprensión y tranquilidad.

Marcos se reclinó sobre su mujer y suspiró levemente.

Irene lo miró fijamente. Había algo en él que le recordaba a sí misma años atrás.

La lucha interna por demostrar fortaleza cuando por dentro estás destrozado y lleno de dudas.

Ella tuvo a Joaquín, y ahora, Marcos la tendría a ella.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de proteger a alguien más allá del deber profesional.

Se levantó, cogió su chaqueta y se dirigió hacia la puerta.

—Cuídala y cuídate tú —dijo.

Nieves miró a Marcos y movió los ojos en dirección a Irene.

—¿Por qué no te quedas a cenar? El otro día nos lo pasamos bien. Luego te acompaño al coche. —Le guiñó el ojo.

Irene se rio.

—De acuerdo. Tampoco me espera nadie en casa.

—¡Genial! Yo me encargo de la comida. Últimamente no pienso en otra cosa —dijo Nieves feliz al coger el móvil y entrar en una aplicación de comida a domicilio.

Irene quería hablar con Marcos sobre la conclusión a la que había llegado con Samuel y cómo se había puesto Joaquín cuando se lo dijo. Le estaba dando vueltas y necesitaba contárselo a alguien en confianza.

—Voy al baño, que con esto del embarazo no paro de ir. —Sonrió Nieves al salir del salón.

La inspectora aprovechó el momento.

—Marcos, tengo que contarte una cosa. No es importante, pero quiero que lo sepas. —Resopló.

—¿Qué pasa, Irene? —Se interesó con preocupación al ver su expresión.

—Bueno, es que creo que a Samuel le asesinaron porque descubrió algo del caso de Carla. Se lo he dicho a Joaquín y no veas cómo se ha puesto. Me ha ordenado que deje de darle vueltas. Que se suicidó y punto. —Encogió los hombros—. ¿Crees que fue un suicidio?

—Irene, déjalo. En serio, creo que a Joaquín le afecta mucho el tema. Era su compañero y está seguro de que se suicidó. Si metes más el dedo en la llaga después de la advertencia explícita que te ha dado el comisario, vas a pagar las consecuencias —le aconsejó Marcos.

—Ya, pero hasta hace unos días ni siquiera lo sabía, y ahora se pone así de raro. Creo que no se suicidó. —Irene cada vez estaba más convencida.

—Te estás metiendo en terreno pantanoso. Hazme caso, déjalo estar. Si a lo largo del caso vemos alguna conexión, lo hablamos. Pero, al menos por el momento, déjalo —insistió moviendo la cabeza—. Espérate hasta que yo vuelva, ¿vale?

Nieves entró de nuevo al salón, moviendo el móvil.

—Ya he pedido. ¿Y esas caras? —preguntó extrañada.

—Cosas del trabajo —contestó Marcos para no involucrar a su mujer.

—Hablando de eso, hoy estoy mejor y no he sangrado nada.

Si quieres vete mañana a trabajar, y si me encuentro mal o vuelvo a sangrar, te aviso.

No quiero que empieces faltando con lo que te ha costado llegar a ser inspector.

—Le dio un beso a su marido en la mejilla a la vez que le agarraba del brazo.

—¿Estás segura? —indagó Marcos, para asegurarse de que no lo decía por cumplir.

—Sí, estoy segurísima. Además, Irene ha dicho que puedes salir corriendo si te necesito. Aunque no habrá ningún problema. —Sonrió mientras se acariciaba la barriga haciendo círculos—. Estaremos bien —aseguró.

—De acuerdo. Entonces cenemos, y mañana hablamos de trabajo en comisaría. —Marcos miró a Irene para guiñarle un ojo cuando su mujer no le veía.

Aquella era la señal para que supiera que continuarían la conversación sobre el extraño suicidio de Samuel Hernández.