Capítulo 26
Seguía pensando en la conversación con Joaquín cuando se fue al comedor de comisaría.
Con el trabajo que tenía, lo normal es que le pillara fuera de comisaría a la hora de comer.
Por eso, no se llevaba nunca comida de casa.
Ese día tampoco era una excepción. Se compró un sándwich de la máquina y anduvo en modo automático hasta el comedor.
Estaba ensimismada y no miró quién estaba allí. Adrián la abordó.
—Vente a comer —invitó—. Qué raro que estés aquí —le dijo con su tono normal de amabilidad.
—Ya, tienes razón. Lo normal es que no me dé ni tiempo a comer. Siempre de un lado a otro. ¿Qué tal? —Se paró en la entrada del comedor.
Adrián llevaba un táper en la mano.
—Bien. Estoy a dieta. Así que me traigo verduras y fruta todos los días —alzó el táper.
—¿A dieta? Si estás fenomenal —dijo con sorpresa.
—Gracias. —Hizo una reverencia con la cabeza—. Pero es para que se me noten los abdominales. —Sonrió.
—Ah, vale. —Comenzó a reírse—. Ya me parecía raro.
Adrián la cogió del brazo y tiró de ella.
—¿Comes con nosotros? —Señaló el banco en el que solía comer con varios agentes.
—Eh…, no sé —dudó con cierta incomodidad ante la propuesta—. Ya sabes que no caigo bien a la mayoría de los compañeros, y no quiero estropear la comida a nadie —explicó, mirando a su alrededor—. No te preocupes, si solo es un sándwich. Me lo comeré en mi sitio y todos tranquilos. —Se dio la vuelta.
—No, no, nada de eso. —La agarró de nuevo—. A los compañeros con los que yo como les caes bien —dijo con una sonrisa—. Sorprendentemente. —Soltó una ligera risilla.
—¿Qué le caigo bien a Salcedo y a Cebrián? —preguntó con los ojos bien abiertos.
—Sí, exacto. A Iván Salcedo y a Rubén Cebrián les caes bien. De hecho, dicen que eres la que tiene más cojones en toda la comisaría —susurró al oído de Irene.
La inspectora ladeó la cabeza con una amplia sonrisa de satisfacción.
—Me has convencido.
Convencida, fue a la mesa y Adrián apretó el paso, más feliz que ella.
Cuando la veía por la comisaría sentía mucha pena de que muchos de los agentes cuchichearan a sus espaldas o soltaran miles de improperios injustos hacia Irene sin conocerla de nada.
Cuando Adrián entró a trabajar, lo primero que hizo fue conocer a todo el mundo y después sacar conclusiones.
Nunca se había dejado influenciar por nadie, por eso admiraba a Irene, le recordaba a él y su forma de ser.
Y a la vez era consciente de que era doloroso no tener a nadie al lado.
—Salcedo, Cebrián, ¿os importa que coma con vosotros? —preguntó educadamente mientras Adrián aguardaba detrás de ella.
—Por supuesto. Faltaría más —dijo Iván Salcedo.
Fue trasladado de otra comisaría hacía más de veinte años. Parecía que siempre estaba enfadado, pero pronto Irene descubriría que solo era su expresión habitual.
—Irene, ponte aquí. —Rubén Cebrián apartó el abrigo que tenía en la silla de al lado—. Puedes sentarte con nosotros cuando quieras. A nosotros también nos caen mal los otros estúpidos —dijo directo.
—Lo siento. A veces parezco borde, pero no lo soy. Simplemente pienso que le caigo mal a todo el mundo y ni siquiera intento llevarme bien con nadie —se justificó la inspectora.
Irene se sentó y sacó el sándwich.
—¿Qué tal el caso de Carla? —preguntó Iván.
—Bueno, estamos en ello. Esta mañana se vino Adrián conmigo. Ha sido diferente, pero vamos por el buen camino —explicó sin mucho detalle mientras partía el sándwich en pequeños trozos para comérselos.
—Me acuerdo de ese caso, yo ya estaba aquí cuando ocurrió —dijo Salcedo con voz baja.
—¿Te acuerdas de algo? El informe está regular —matizó Adrián apretando los labios.
—Samuel se suicidó durante ese caso. Yo también estaba aquí —intervino Cebrián—. Fue duro para todos. Samuel era buena persona. Sus dos hijas eran pequeñas y Joaquín lo pasó fatal.
—¿Dos hijas?
—Sí, eso es. Joaquín estuvo de baja varios meses —añadió Salcedo.
—Bueno, no vamos a hablar de eso, que Irene ya lo sabrá por la boca del comisario —dijo Cebrián echando una rápida mirada hacia la puerta.
—No, solo sé que se suicidó y que lo pasó mal. Era su compañero. —Irene se moría de ganas de que le contaran más y de preguntar sin parecer una cotilla, pero se tuvo que contener.
—Yo me acuerdo hasta de ti. Del día que llegaste muerta de miedo. Joaquín te trajo envuelta en una manta. Te trataba como si te fueras a romper en cualquier momento —recordó Salcedo.
—Y hasta hoy —terminó de decir Cebrián.
—No me acuerdo de vosotros… Bueno, no me acuerdo de nada, ni de ese día ni de los anteriores —dijo con pena.
—Es normal. Hablemos de otra cosa. —Adrián acarició la espalda a Irene.
—No, tranquilos, estoy bien. Pero si pudiera recordar a quien me secuestró… —Irene siguió comiendo, con la mirada perdida.
—Cuando superes el trauma de ese día, lo recordarás. Lo he visto en varios testigos con traumas similares —Adrián estaba convencido de lo que decía.
—¿No te acuerdas de nada? —indagó Cebrián.
Irene negó con la cabeza.
—¿Y sigues pensando que fue alguien de aquí? —preguntó Salcedo.
—No es que lo crea, es que lo sé. Lo investigué.
—No somos muchos los que estábamos en esa época —dijo Cebrián serio.
—En realidad, nunca dije que fuera policía en esa época —recalcó Irene.
—Uf, entonces los sospechosos aumentan —dijo Adrián pensativo, mirando su alrededor—. Irene, si crees que está aquí aún, no deberías dejarlo pasar, aunque el comisario te lo prohíba.
—Bueno, no sé, si te dijo que lo dejaras sería por algo, ¿no? Puede que te afecte más, hija. —El gesto de Salcedo se volvió paternal—. Digo yo. Lo mejor siempre es dejar estar las cosas como están. Pero si empiezas a ponerte mal y a darle vueltas… A veces lo difícil es saber parar.
—Tiene razón, Irene. Puede que remover el pasado te traiga más desgracia que felicidad —Cebrián apoyó la opinión de su compañero.
Irene dio el último bocado al sándwich.
—Gracias por comer conmigo. La verdad es que me ha gustado estar con vosotros. Cuando paréis para tomar un café me avisáis, ¿vale?
Salcedo se tocó el bigote repleto de canas y sonrió.
—Claro, hija. Y si te podemos ayudar con cualquier caso antiguo, solo tienes que decirlo —dijo Cebrián con las manos en la barriga.
—Por cierto, Adrián, mañana no te pongas el uniforme.
Irene miró el móvil. Marcos no le había contestado.
«¿Estarán bien?».