Capítulo 25
Cuando llegaron a comisaría, Irene enseñó a Adrián cómo tendría que hacer el informe para añadirlo al expediente.
Le dejó ocupado mientras ella iba a revisar el antiguo.
Cuando estaban hablando con Javier Castaño no dejaba de visualizar un papel manuscrito con «Centro cultural El Sol».
Quería estar segura de que aquella imagen era de ese caso y su mente no le había jugado una mala pasada mezclando casos.
Se sentó en su sitio, encendió el ordenador para revisar el correo y después abrió la carpeta del expediente.
«¡Sabía que te había visto!».
Le hizo una foto por miedo a perderla y la volvió a guardar en la carpeta. En aquella nota no solo aparecía el nombre del centro cultural, sino que, en el reverso, había otro nombre: Mariano Castro.
En ese momento, multitud de preguntas se arremolinaron en su mente.
El nombre no estaba en ningún otro sitio y la letra era de Samuel.
No es que la conociera, pero conocía perfectamente la de Joaquín, y no era suya.
Por descarte, supuso que Samuel Hernández siguió la pista del centro cultural y daría con esa persona.
Pero lo raro era que nadie lo había nombrado.
A Irene le pareció extraño. Ni siquiera estaba segura de que tuviera que ver con el caso, pero debía hacer un último intento antes de descartarlo, o al menos, apartarlo hasta que fuera al centro cultural.
Supuso que aquel sitio era una zona de reunión para las personas del barrio.
Javier Castaño se había mostrado colaborador y continuaba viviendo en el barrio, por lo que podría saber quién era esa persona y el motivo por el que Samuel lo escribiría en el mismo papel que la anotación del centro cultural.
Lo llamó. Lo cogió a los pocos segundos.
—Hola, Javier, perdona que te moleste, pero necesito tu ayuda —dijo Irene sin rodeos.
—Hola, inspectora, claro —respondió sorprendido de que lo llamara a unas horas de estar en su casa.
—¿Sabes quién es Mariano Castro?
Rio antes de contestar.
—Por supuesto. Era el chico que Nuria traía a casa para jugar con nosotros.
—¿Y de qué le conocía? Ella vivía en Cuenca. No entiendo la relación entre ella y el centro cultural. ¿Se llama El Sol?
—Sí, es el centro del barrio. Se dan clases de refuerzo para el colegio y el instituto. Además, antes daban clases de futbol, baloncesto y ajedrez. Distraían a los chicos para que no se dieran a la mala vida —explicó con brevedad.
—¿Y Nuria qué tiene que ver con eso?
—Era voluntaria en el centro. Cuando venía, solía acercarse para echar una mano a chicos con problemas en el colegio.
—¿Qué quiere decir «con problemas»?
—No sé explicarle bien, pero eran chicos con problemas de agresividad o que no aprobaban y necesitaban como una especie de refuerzo. No sé si me entiende —Javier intentó aclararlo con la información que tenía.
—¿Tú no ibas?
—¡Qué va! Yo ya era un caso perdido desde que nací. David sí iba, y más chicos. Mariano era el preferido de Nuria, le ayudó con los deberes durante muchos años —recordó—. Lo traía mucho a casa de Armando para que tuviera amigos. O eso decía ella. —Carraspeó.
—¿Qué pasa?
—No estoy seguro de contárselo, es complicado.
—Puede que sea importante para sacar a David de la cárcel y descubrir quién fue la persona que asesinó a Carla —suplicó Irene, tamborileando con los dedos encima de la mesa.
—Bueno, verá, se decía que tenían una relación muy especial, ¿me entiende?
—No, la verdad —dijo con sinceridad.
—Que estaban liados.
Irene soltó una carcajada.
—Eso solo serían chismes. Ella ya era una adulta de unos cuarenta años y él un crío menor de edad. ¿Cómo se iba a liar con él? —preguntó retóricamente.
—Como quiera, pero yo le digo que era verdad.
—¿Por qué piensas que lo era?
Javier se recolocó en el sillón de su casa y se cambió el teléfono de oreja.
—Mire, cuando Nuria lo traía para «jugar» con nosotros era los fines de semana —recalcó con sinceridad—.
Mariano se pensaba que éramos tontos. Armando y yo nos lo hacíamos porque nadie nos habría creído, pero lo cierto es que siempre supimos que era verdad.
Mariano se levantaba por las noches para irse a la cama con Nuria.
Lo hacía sigiloso y en silencio. Luego, antes de que nos despertáramos, volvía a la cama de la habitación de Armando, donde dormíamos los tres.
Si no le daba tiempo iba rápido al salón y decía que estaba desayunando o cualquier otra excusa.
—¿Carla lo sabía?
—No lo sé, pero creo que lo mejor que pueden hacer para encontrar al asesino es hablar con Armando. Adoraba a su hermana y no pudo con lo que pasó.
—¿Qué es lo que no dices? —indagó Irene, echándose hacia atrás en la silla. Estaba segura de que no le decía todo lo que sabía.
—Lo siento. Busquen a Armando.
Cuando colgó el teléfono, Irene aún estaba en shock.
La idea de que Nuria Miret estuviera con un crío a escondidas de los padres hizo que se le erizaran los pelos del cuerpo.
Era una trabajadora social que ayudaba a los niños.
Desde que empezó la investigación se había dado cuenta de que Nuria no era la buena persona que aparentaba.
Tenía un lado oscuro que había estado ocultando durante años, pero que al final había terminado venciéndola.
Joaquín entró en la sala con gesto cansado.
Miró el reloj y se dio la vuelta para coger un café de la máquina.
Irene escuchó de fondo al resto de compañeros saludándole y se levantó para buscarlo con la mirada.
Lo localizó en la máquina, hablando con un agente, así que cogió la carpeta del caso de Carla y entró en el despacho para esperar a que se acercara.
Se sentó tranquilamente y se cruzó de piernas.
Tenía el cuello girado hacia la puerta cuando Joaquín la vio al llegar.
—¿Qué haces aquí? Espero que esté todo bien.
—Bueno, más o menos.
Irene le explicó la llamada de Marcos para que conociera el motivo por el que no había ido a trabajar y por qué se había ido con Adrián a un interrogatorio.
—Vale. Espero que Nieves se mejore. Luego le llamaré para preguntarle. Tampoco quiero molestarlos.
Joaquín se quitó la chaqueta y la puso en el perchero que había junto a su escritorio. Bebió un sorbo de café antes de sentarse.
—Bueno, ¿y? Supongo que has venido a decirme algo más.
—He encontrado esto en el expediente de Carla. —Sacó la nota manuscrita—. ¿Es la letra de Samuel?
Joaquín la cogió y asintió.
—Era un genio. Mariano Castro era un chaval que tenía una relación con Nuria Miret —prosiguió Irene con el caso.
—¿Con un chaval? —preguntó extrañado.
—No hay nada de eso en el informe —afirmó el comisario con el ceño fruncido, sin entender a dónde quería llegar Irene.
—No, exacto, no lo hay. Solo esta nota manuscrita de Samuel. Pero al hablar con algunos amigos del círculo de Carla han ido saliendo relatos de este centro cultural, donde Nuria colaboraba cuando venía.
—Irene, no creo que ese chico matara a Carla, si es ahí a donde quieres llegar. —Joaquín apoyó los codos en la mesa y suspiró.
—No creo que él la matara porque no tenía ningún motivo para hacerlo, pero tampoco lo tenía David y está en la cárcel.
—Te conozco y sé que no has venido por eso, ¿me lo cuentas ya?
Irene se levantó y cerró la puerta del despacho. Se frotó la cara antes de volver a hablar. Necesitaba coger fuerzas para soltarle la bomba a Joaquín.
—Creo que a Samuel le mataron porque descubrió quién era el asesino. No se suicidó.
—¿Qué tonterías estás diciendo, Irene? —Se levantó de golpe de la silla—.
Yo estuve en su casa cuando se suicidó. Lo vi con mis propios ojos.
—Comenzó a andar por el despacho, frotándose la frente—.
No te lo conté antes porque me imaginaba que iba a pasar algo parecido.
Irene, la vida es así. A veces, la gente se suicida, y más los policías.
Vemos mucha mierda todos los días. Es complicado superar lo que hay ahí fuera, ¿sabes?
Samuel, con el caso de Carla, no pudo más.
Cuando llegamos y vimos a esa chica ahí tirada en la cera con toda la sangre por el suelo, llegó al límite. Y punto.
—Pero…
—No, Irene, ya está. Se acabó. Cuando abrí el expediente y vi las notas de Samuel estuve tentado de quitarlas, pero pensé que a lo mejor perjudicaba el caso, por eso las dejé.
Pero que digas que no se suicidó es el colmo.
Sabía que ibas a investigarlo, pero no que llegarías a la conclusión de que le habían asesinado.
—Negó con la cabeza—. Cierra el caso y saca a David de la cárcel.
Está ahí por mi culpa, porque no supe hacer mi trabajo y me dejé llevar por las emociones.
La muerte de Samuel me afectó mucho, ¿sabes?
Se volvió a sentar, más calmado después de respirar varias veces.
—No te quito el caso porque eres la mejor inspectora, pero quiero que dejes estar el suicidio de Samuel. ¿Me lo prometes?
—De acuerdo. Lo siento. Pensé que si investigaba un poco más descubriría el motivo por el que se suicidó y empezarías a estar mejor —se disculpó, avergonzada.
—Te lo agradezco, pero hay cosas que es mejor dejarlas como están, ¿vale?
—Vale.
Irene salió del despacho sintiéndose culpable.
La reacción de Joaquín la sorprendió. Nunca le había visto tan enfadado.
Ella solo quería ayudarle, pero después de verle así le comenzó a llamar más la atención el motivo por el que la gente cuchicheaba a sus espaldas sobre el tema del suicidio de Samuel.
Había ocurrido algo, no sabía el qué, ni siquiera se hacía una ligera idea, pero lo iba a descubrir.
Tenía que hacerlo. Pero debía ser cuidadosa para que el comisario no sospechara que le había ignorado y seguía con la investigación.
Irene estaba convencida de que Samuel fue asesinado por culpa de la investigación del asesinato de Carla Miret.