Capítulo 24
Después de hablar con Javier Castaño habían planeado el día para ir a buscar a Beltrán Romero.
Tenían la dirección y lo más productivo para avanzar era no postergar los interrogatorios.
Le daba pena que Marcos no estuviera y poder enseñarle más para que fuera el mejor inspector en cualquier investigación.
Pero la familia es más importante. Cuando se montó en el coche, y antes de comenzar el viaje a casa de Beltrán, le mandó un mensaje para saber cómo estaba Nieves.
Se había quedado intranquila con lo que le había contado esa misma mañana.
Adrián esperó en el asiento del copiloto a que arrancara.
—¿Todo en orden?
—Sí, tranquilo, estaba hablando con Marcos.
Arrancó el coche y comenzó el camino a casa del siguiente de la lista del círculo social más cercano de Nuria. Irene comenzó a pensar en silencio, pero Adrián tenía ganas de hablar después de su primer interrogatorio y no tardó en romper el hielo.
—¿Qué te ha parecido lo que ha contado Javier Castaño? ¿Útil?
—Muchas de las cosas que ha dicho, ya las sabíamos. Pero hay algo que ha pasado sin detalle que me ha llamado la atención. —Irene estaba dándole vueltas desde que lo dijo.
—¿El qué? —Adrián repasaba sus notas. Pero no había estado en los anteriores interrogatorios y ni siquiera había visto el expediente antiguo, por lo que estaba un poco perdido.
—Lo del centro cultural. Ha dicho que Nuria le traía un chico para que jugara con ellos.
—Bueno, eso lo hacen muchas madres. La mía me obligaba a jugar con un vecino que me caía fatal.
Lo hacen cuando se llevan bien con la madre, pero el niño no tiene amigos.
Así que tú pagas el precio de que tu madre sea simpática.
—Dibujó una sonrisa y apuntó en la libreta que había colocado en sus muslos al sentarse en el coche.
—Ya, pero Nuria no pintaba mucho porque no era la madre de nadie, ¿no te parece raro?
—No, la verdad.
—No sé. —Giró el volante y cambió de dirección.
—¿Qué pasa?
El GPS anunció el cambio de rumbo y empezó a recalcular la ruta de nuevo mientras la pantalla con las carreteras y las indicaciones se intentaba centrar en la nueva dirección.
—Tengo que ir a comisaría. En el informe anterior faltan muchos datos e investigaciones que Samuel dejó sin terminar.
Pero le gustaba mucho poner papelitos con cosas apuntadas, y creo que esos dichosos papelitos son pistas que seguía y no terminó de ordenar —lamentó Irene al pensar en Joaquín y lo mucho que debió sufrir.
—¿Samuel Hernández?, ¿el ex compañero del comisario? —Carraspeó.
—Sí, ese. ¿Qué pasa? Si tú no le conociste —preguntó, mirándolo de reojo.
—Ya, pero se dicen muchas cosas de su suicidio… —Adrián no era ningún chismoso y no le gustaba hablar de Joaquín con Irene, ya que todo el mundo sabía que tenían una relación de amistad.
—¿Qué cosas, Adrián?
—Da igual, déjalo. Es mejor que no lo sepas. Eres muy impulsiva y me puedo meter en problemas por un cotilleo que a mí ni me va ni me viene —zanjó Adrián. Se arrepentía de haber abierto la boca.
—Te prometo que no voy a decir nada, pero necesito que me lo digas. Joaquín nunca me mencionó a su compañero. Ha sido por este caso que descubrí que existía —dijo con gran intriga.
—Deberías hablar con él. Es lo mejor. Él te contará lo del compañero mejor que nadie, ¿no te parece?
—Vale, se lo preguntaré, pero dime qué es lo que se dice, por favor.
Irene no iba a dejar escapar la oportunidad de que le dijeran qué había pasado o al menos lo que se rumoreaba en la comisaría.
Ella no era bien recibida en la mayoría de los corrillos que hacían los agentes para comer y era improbable que se enterara de que hablaban del comisario a sus espaldas.
La relación de Joaquín e Irene no era ningún secreto, por eso nadie le hablaba mal de él.
—Está bien. —Suspiró Adrián—. Pero no me metas en movidas. Y que sepas que negaré ante cualquiera haber tenido esta conversación contigo. —Movió la cabeza con resignación.
—Te prometo que jamás pronunciaré tu nombre en presencia de ningún policía. —Se puso la mano en el corazón mientras seguía sujetando el volante con la otra.
—Se dice que Samuel no se suicidó, pero que Joaquín encubrió todo —dijo con voz baja y mucha culpabilidad.
—¿Que no se suicidó? Pero habría una investigación o algo por el estilo, ¿no?
Adrián se encogió de hombros.
—No lo sé. Yo por ese entonces ni siquiera era policía.
Fue hace muchos años, en la época de este caso.
Hace veinte años. —Puso los ojos en blanco—.
Supongo que solo lo sabrán los agentes más veteranos.
Puedes hablar con ellos, pero como se entere Joaquín…
Se va a cabrear —advirtió Adrián, enseñándole la palma de la mano, para que tuviera claro que estaba sola en esa andadura kamikaze.
—Puedo llegar a ser muy sutil y pasar inadvertida.
—De eso nada, bonita, es un tema muy recurrente en las comidas. Lo que pasa es que, como tú eres la protegida, no te enteras de nada, pero le ponen de vuelta y media, ya me entiendes.
—No sé por qué, es un buen comisario —añadió Irene sin dejar de mirar la carretera.
—No lo sé, Irene, nosotros no estábamos por aquel entonces, pero parece que los veteranos no tienen muy buenos recuerdos de cuando Joaquín era inspector. Que su compañero se suicidara dio mucho que hablar entonces y ahora —continuó hablando en voz baja.
—Bueno, vamos a dejarlo estar. No es de nuestra incumbencia —mintió como una bellaca.
«No te preocupes, que ya me enteraré por mi cuenta», pensó Irene al llegar a comisaría.