No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

Irene había conducido hasta la dirección que aparecía en el padrón de Javier Castaño.

Llevaba más de veinte años ahí, así que la inspectora imaginó que debía ser la casa de sus padres y que no se había molestado en cambiarla cuando se independizó.

Además, era el mismo barrio en el que ocurrió el asesinato.

—Es aquí —dijo Irene mirando el GPS.

—Pues vamos a ello. Estoy un poco nervioso, la verdad.

—Te podías haber cambiado antes de venir. Se me ha olvidado decírtelo. Me he dado cuenta ahora. —Se dio un pequeño golpe en la frente.

—Bueno, ya no hay solución. —Se encogió de hombros.

—Sí, tienes razón. Venga, vamos. Solo espero que no tenga problemas con la ley ni reticencia a los Cuerpos de Seguridad del Estado —deseó antes de abrir la puerta.

Anduvieron hasta la puerta del edificio. Irene sentía que llevaba en ese barrio toda la vida. Desde que tenía el caso entre manos había ido tantas veces que creyó que había visto a las mismas personas yendo a la compra y bajando a los perros.

El edificio rojizo en el que vivía Javier Castaño tenía una imagen más caótica que donde vivían Rita y Diego. Había personas ociosas en los bancos que rodeaban las casas y las miradas furtivas al verlas hicieron que se pusieran alerta.

—Esto no me gusta mucho. Acuérdate de no venir de uniforme mañana. Vamos a evitar que nos identifiquen por la calle en primera instancia. —Miró a Adrián y a las personas cercanas de soslayo—. Me gusta ir segura por la calle. En este barrio no le caemos bien a la gente.

—Se nota. Para una vez que me sacas de comisaría y nos van a curtir el lomo —dijo en voz baja y con frustración.

—Bueno, vayamos a lo que hemos venido y nos largamos. —Irene apretó el paso.

Se pararon en el portal. Irene comprobó de nuevo el número en el papel en que lo había apuntado antes de salir a comisaría y pulsó.

—¿Sí?

—Hola, soy la inspectora Irene Vega. Venía a hablar con Javier Castaño por el asesinato de Carla Miret, hace veinte años —especificó. No quería recibir una negativa porque pensaran que estaban ahí por otro motivo.

—¿Cómo que por el asesinato de Carla? Eso fue hace muchos años.

—Sí, lo sabemos. Han encontrado asesinada a su tía Nuria Miret y creemos que el asesino es el mismo, si pudiéramos hablar con el señor Castaño… —Irene miraba al telefonillo suplicante.

—¿Solo es para eso?

—Sí, señor Castaño, es solo para eso. Somos de homicidios, todo lo demás no es asunto nuestro. Es importante. Si nos puede ayudar se lo agradeceríamos mucho. —Miró a Adrián.

Sin más palabras, sonó el ruido desagradable que indicaba la aceptación del interrogatorio. Irene empujó y Adrián la siguió con media sonrisa en el rostro.

—¿Tengo que hablar o decir algo? —preguntó asustado.

—No, tranquilo. Por casualidad, no te habrás traído una libreta para apuntar, ¿no?

Adrián sonrió y sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de la chaqueta de policía.

—¡Genial! Si te parece bien, para luego acordarnos de lo que hemos hablado con él, apunta los datos más importantes. Luego lo rehacemos en comisaría para meterlo en el informe y que lo pueda leer Marcos cuando vuelva, ¿vale?

—Claro.

El edificio no tenía ascensor y Javier vivía en el tercero.

Tanto Irene como Adrián estaban en forma, así que subieron a paso ligero.

Cuando llegaron al rellano, Javier estaba en la puerta entreabierta, con cierta desconfianza sobre lo que le habían dicho antes de subir.

Aún tenía puesto el pijama y no tenía intención de quitárselo a lo largo del día.

—¿Me enseñan las placas? —quiso confirmar Javier.

Ambos agentes las enseñaron al llegar a la entrada de su casa.

—De acuerdo, pueden pasar. Pero ya les digo que no quiero líos. Seguro que es por lo del asesinato, ¿verdad?

—Segurísimo. —Asintió Irene, guardándose la placa en el bolsillo de atrás del pantalón.

La puerta se cerró con un leve crujido. El interior estaba sumido en un caos cotidiano. Junto a la entrada, un par de zapatos desparejados por el suelo y un abrigo arrugado y con mal olor colgado a medias en una silla de mimbre. Javier encabezaba la marcha hasta el salón.

—Sentaos, por favor —dijo en un intento de ser amable, señalando el sofá de un color irreconocible y con cojines hundidos.

«Esto es una pocilga». Irene sintió repulsión al sentarse, pero tenía que guardar el tipo si quería conseguir información.

—Siento el desorden, hoy no era día de limpieza y tampoco esperaba visita. —Se sentó con las piernas abiertas en el sillón que estaba frente a la televisión—. Ustedes dirán a qué venía tanta urgencia. ¿No seré sospechoso? —Ladeó la cabeza al preguntar.

—No, tranquilo, usted no es sospechoso. Como le he dicho hace unos minutos, ha aparecido asesinada Nuria Miret. ¿Recuerda el caso de Carla? —Irene prefirió acortar la explicación si Javier recordaba el pasado y el asesinato de Carla.

—Perfectamente. David no fue el asesino. —Se echó hacia adelante y colocó los codos sobre las rodillas.

—Lo sabemos, por eso estamos aquí. Nuria mintió en su declaración, se iba a retractar de ella. Creemos que por ese motivo la asesinaron —resumió Irene.

Adrián sacó la libreta y el bolígrafo para apuntar.

Lo único que tenía que hacer era escribir las ideas importantes.

La idea de no tener que intervenir y solo ser oyente le pareció de lo más enriquecedora para ser la primera vez que salía de comisaría en un caso de asesinato.

Patrullar no era tan gratificante como estar interrogando a sospechosos.

—Entiendo que el único perjudicado si Nuria hablaba era el asesino, ¿no?

—Exacto.

—Vale, ¿y qué quieren de mí? —preguntó con el tono que había utilizado desde el principio, lleno de desconfianza.

Se removió en el asiento. El aspecto de Javier era sucio y desaliñado. Adrián pensó en cómo podría haber terminado en aquella situación tan extrema, carente de higiene y seguramente con un oficio no del todo legal para poder mal vivir.

—He visto su declaración, pero es confusa. Como si no estuviera terminada —señaló Irene sosteniendo la mirada a Javier.

—Hablé con el inspector Samuel… No me acuerdo del apellido. Me acuerdo del nombre porque se llamaba como mi primo. Creo que se suicidó, o eso decían por el barrio.

«¿Por qué se suicidaría Samuel?». Aquella pregunta se repetía sin cesar en la mente de Irene una y otra vez desde que empezó con el caso.

—¿Y nos podría ayudar a reconstruir esa noche? —Javier asintió—. ¿Vio a Carla el día del asesinato?

—No, lo siento, no la vi. Armando y yo éramos muy amigos.

A veces me quedaba a dormir en su casa. Jugábamos a la consola y, si se nos hacía tarde, pues me quedaba.

—A Javier le parecía muy normal actuar de aquella manera cuando eres joven y quieres jugar con tus amigos—.

A veces también venía otro chico del barrio con el que Nuria nos obligaba a jugar.

Los padres se iban de viaje a veces y nosotros aprovechábamos para jugar hasta tarde porque Nuria nos dejaba.

No nos regañaba, como lo hacían sus padres.

—¿Estaba en casa de Carla?

—Sí, pero cuando nos enteramos de lo que había pasado ya estaba allí la policía. Así que no les puedo ayudar mucho porque es como si no hubiera estado. Lo siento.

—¿Sabe de alguien que quisiera hacer daño a Carla?

—No, pero tampoco éramos amigos. Mi amigo era su hermano Armando. Era muy buen tío, la verdad. No superó nunca la muerte de Carla y que metieran a David en la cárcel —dijo con pena.

—¿Sabe por qué Armando se fue después de eso?

—No podía seguir viviendo aquí. Se le rompía el corazón cuando veía a los padres de David. Él sabía que no era ningún asesino, y por culpa de su tía iba a cumplir una ristra de años en la cárcel. —Se calló—. Lo pasó muy mal —repitió.

—¿Tiene contacto con él?

—No, se marchó y no volvió a mirar atrás. Me hubiera gustado irme con él. A veces pienso que, si me hubiera ido, no estaría en toda esta mierda. —Abrió los brazos para que miraran su casa—. A veces no se puede escapar del barrio. En fin.

—Por lo que me dice, conocía a Nuria de quedarse a dormir en casa de los padres de Armando, ¿no?

—Digamos que sabía quién era. Una malnacida, para abreviar. —Sonrió con suficiencia—. A Carla la adoraba, pero con Armando era una auténtica bruja. Le trataba fatal, le insultaba y le excluía de todos los planes que hacía con Carla.

—¿Y los padres lo sabían? —preguntó Irene, extrañada.

—Supongo que sí. Carla era la niña de sus ojos. Sin embargo, lo que hiciera Armando le daba igual. Luego iba de simpática con la gente del barrio porque iba a ayudar al centro cultural. Pero yo sabía que era una desgraciada. Solo era de cara a la galería.

—No lo entiendo, ¿los hermanos se llevaban bien?

—Mucho. Carla adoraba a Armando y viceversa.

—¿Y Armando no hablaba con sus padres? —Irene cada vez estaba más confundida por lo que se vivía en esa casa.

—No lo sé. A mí Armando me dijo que Nuria les daba dinero a sus padres y, como les dejaba la casa de Cuenca para ir algunos fines de semana, pues no les interesaba llevarse mal con ella. Era la gallina de los huevos de oro.

—El dinero mueve montañas —comentó la inspectora de manera inconsciente.

Adrián la miró moviendo ligeramente la cabeza al asentir.

—¿Quién cree que mató a Carla?

—No lo sé. Pero seguro que David no fue. —Se calló de repente.

—¿Qué pasa? Cualquier detalle puede ser importante.

—Cuando ocurrió, no se hablaba de otra cosa en el barrio.

Había gente que decía que había sido David, porque si no Nuria nunca le hubiera incriminado.

Se llevaba muy bien con él e iba con Carla a verla a Cuenca.

—Apretó los labios—. Pero David no fue. Así que a quien encubriera tendría que ser alguien muy cercano —prosiguió—, y si era tan cercano, ¿qué motivo tendría para matar a Carla?

—En el expediente está clasificado como accidental —dijo Irene con la duda como idea principal.

—Puede, pero quien lo hizo sabía que se daría en la cabeza.

—Dudó unos segundos—. Armando y yo nos levantamos cuando llegó la policía.

Yo siempre estuve convencido de que le dieron con el bolardo con intención.

Carla vivía en ese portal, es imposible que no supiera que estaba ahí.

Además, la postura era… fue como si estuviera sentada. No sé… ¿No tienen fotos del asesinato?

Irene y Adrián negaron.

—Está claro que yo no soy un experto, pero les digo que esa postura no era de alguien que tropieza y se cae. Hicieron el paripé y la colocaron un poco para que pareciera eso, pero no es lo que pasó. Quien la mató sabía que se daría en la cabeza y moriría.

—De acuerdo. Si tenemos más preguntas, le llamaremos. —Irene se levantó y Adrián siguió sus pasos.

—Claro.

Los acompañó hasta la puerta. El rostro de Javier había cambiado. Se notaba que hablar de Armando le había afectado.

—Gracias de nuevo, Javier. —Irene le dio la mano.

—¿Les puedo pedir un favor? —rogó Javier, sujetando la puerta de la entrada.

—Claro.

—Si ven a Armando, ¿les pueden decir que sigo siendo su amigo? —dijo con pena.

—Cuenta con ello, Javier —contestó Irene con una sonrisa—. Espero que lo encontremos y le podamos dar tu mensaje.