No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Irene llegó temprano a comisaría. Sorprendentemente había dormido bien la noche anterior.

Sentía que la investigación iba por buen camino y repetir los interrogatorios al círculo social de Carla estaba aportando información nueva y útil.

Aún quedaban cabos sueltos, pero la inspectora estaba convencida de que si tiraban de los hilos adecuados descubrirían la verdad y, lo más importante, la identidad del asesino.

El sonido del móvil la sacó de los interrogatorios antiguos del expediente de Joaquín. Todavía tenía el móvil en el bolso. Cuando llegó solo se preocupó de tener el termo con el café encima de la mesa.

«¿Marcos? Qué raro».

—Hola, Marcos, ¿todo bien? —Su preocupación se palpaba a través del teléfono.

—Hola, Irene. Sí, bueno…, en realidad no. Ayer Nieves sangró un poco y fuimos al hospital —susurró con una voz que dejaba patente las pocas horas que había dormido—. Está todo bien, pero ya ha tenido dos abortos y está bastante nerviosa.

—Tranquilo. Quédate en casa con ella —le interrumpió—.

Lo que tienes ahí es más importante que todo lo demás —dijo comprensiva—.

Yo me apaño sola mientras Nieves se recupera.

Además, recuerda que eres mi primer compañero, así que trabajar sola no es ningún problema para mí —dijo para quitar hierro al asunto.

—Lo siento, Irene, de verdad, pero es que no puedo dejarla sola.

La última vez casi cae en depresión —dijo a punto de romperse—.

Intento mantenerme entero para que ella no caiga, pero para mí también ha sido muy duro.

Desde que nos conocimos quisimos formar una familia y, después de dos abortos…

Lo hemos superado, pero si vuelve a ocurrir y está sola no me lo perdonaría en la vida —balbuceó.

—¿No estabas con ella cuando ocurrió?

—No, Irene, la dejé sola. Estuve tan concentrado en ser inspector que no supe cuidar lo que tenía en casa.

Casi echo a perder todo por mi carrera, y ahora me he dado cuenta de que Nieves es mi punto de apoyo.

Es la persona que me mantiene cuerdo y que me levanta cuando me caigo.

Así que, si tengo que renunciar a mi trabajo para que ella esté bien, lo haré. —Marcos lloraba.

—Compañero, no tienes que renunciar a nada. Ya te he dicho que te cubro. Puedes quedarte en casa los días que necesites. Cuando venga Joaquín hablaré con él. Pero estaos tranquilos, ¿vale? Yo me quedo al pie del cañón.

Irene tranquilizó al inspector. Le dijo las palabras que necesitaba oír para pensar exclusivamente en su familia. La investigación seguiría adelante, estuviera él o no. La salud de Nieves y el bebé eran más importantes.

—Gracias, Irene. Te lo agradezco muchísimo —dijo secándose las lágrimas y hablando en susurros para que Nieves no le escuchara—. Necesito estar con ella.

—Lo sé. Deja de llorar y abrázala. Seguiré con el caso sola, no debes preocuparte por eso.

Tómate unos días, Marcos. Creo que es lo mejor.

Si estás aquí, pero con la mente en casa, tampoco harías bien el trabajo.

Por eso mismo quiero que me prometas que solo vendrás cuando el riesgo haya pasado, ¿me lo prometes?

—Te lo prometo. Gracias.

—Venga, anda, vete con Nieves a darle cariño. Por la noche os preguntaré qué tal vais, ¿vale?

—Claro. —Suspiró—. Eres una buena compañera, ¿lo sabías?

—Lo sé, por eso no quería un compañero. Soy como un perro: leal hasta la muerte.

Irene colgó el teléfono con una sonrisa de felicidad. Comprobar cómo Marcos quería tanto a su mujer la llenó de alegría. Para ella, la debilidad de Marcos era precisamente su gran fortaleza. Y a la vez, una señal de que sin duda entraba en la categoría de buena persona.

Cogió los papeles del expediente y observó que Joaquín había interrogado al mejor amigo de Armando Miret.

«Puede que sea buena idea hablar con él antes que con el propio Armando».

Creía que le podría dar la información con más libertad y franqueza que el propio Armando.

Se llamaba Javier Castaño. Se sacudió de los hombros la carga personal y centró la mirada en el expediente abierto frente a ella.

Se levantó de la silla con decisión para buscar a Adrián.

En ese momento, recordó a Joaquín cuando le dijo que hablara con él si necesitaba ayuda.

La sugerencia había sido todo un acierto, ya que, con la baja repentina de Marcos, una mano le iba a venir muy bien.

Buscó con la mirada a Adrián hasta que dio con él.

Se encontraba en la fotocopiadora con varias carpetas en la mano.

El comisario todavía no había llegado. «Tendrá alguna reunión importante». Enfiló el pasillo que los separaba.

—Hola, Adrián. Necesito tu ayuda. Marcos hoy no puede venir y tengo que buscar a una persona —resumió.

—Hola, Irene, te ayudo en lo que quieras. Ya me dijo Joaquín que a lo mejor me lo pedías. —Sonrió—. También me dijo que no te agobiara si no me decías nada —dijo en voz baja.

—Bueno, ya sabes lo exagerado que es.

—Tengo aquí la dirección de Beltrán Romero que me pediste, y las llamadas del móvil de trabajo de Nuria todavía no han llegado. —Adrián cogió la carpeta y sacó una hoja con la dirección.

—Qué eficacia. Muchas gracias.

—¿Quieres que vaya contigo a algún lado? Tengo que llevar este informe a Juan Luis. —Miró hacia su sitio por si le estaba esperando.

—Sí, vamos a buscar primero la dirección de Javier Castaño. Creo que nos puede dar información acerca del hermano de Carla —explicó con los ojos entrecerrados, sin dejar de darle vueltas—. Ve si quieres, te espero en mi sitio mientras busco la dirección, ¿vale?

—Claro. Así cojo el abrigo —dijo conteniendo la alegría de ir con Irene—. Es la primera vez que voy a algo tan importante —bajó la voz— y encima contigo. —Estiró los labios en una sonrisa.

Irene negó con la cabeza llevándose una mano a la cara.

—No sabes lo que dices —dijo sarcástica—. Mañana todo el mundo te odiará tanto como a mí. Yo creo que no es ningún privilegio.

—Yo creo que sí. ¿Sabes por qué? Mi madre siempre dice que quien no la ha hecho, no la teme —susurró en el oído de la inspectora—. Si ellos la temen, solo hay una explicación posible.

Las palabras de Adrián le hicieron sentirse bien.

Una persona más en quien confiar era algo fundamental para Irene.

En ese momento, comprendió por qué Joaquín insistió en que Adrián les ayudara.

Era buen compañero y lo había podido verificar con sus propios ojos.

Era complaciente y no le gustaban los conflictos, pero tampoco dudaba en decir lo que pensaba si se daba la circunstancia.

Adrián llevaba varios años en la comisaría, y desde el inicio congenió con Irene, pero la reticencia de la inspectora a hablar con los compañeros le hacían recular ante cualquier conversación, a no ser que ella la comenzara.

Adrián Montoya era meticuloso, de esos que revisan hasta tres veces un informe antes de entregarlo, aunque esté impecable.

No levantaba nunca la voz, pero aquello no era sinónimo de debilidad, sino de educación.

Tenía una manera de observar a la gente que incomodaba, como si pudiera ver más allá que el resto del mundo.

Prefería escuchar antes que hablar, pero cuando lo hacía era directo y sin florituras.

No era impulsivo, sino constante, y alguien a quien podrías confiar el más íntimo secreto.

Era el secuaz perfecto para los inspectores.

Podía sostener el peso de una investigación tan complicada como la que se traían entre manos y que, a pesar de los infortunios, no se derrumbaba.

Por eso, la personalidad de Irene le recordaba a la suya propia.

Solo hay una manera de afrontar las desavenencias de la vida y es levantarse una y otra vez hasta vencerlas.

El agente volvió e Irene agitó el papel donde tenía la dirección de Javier Castaño.

—Vamos. —Irene comenzó a andar mientras se ponía el abrigo y sujetaba la correa del bolso con los dientes.

—Dicen que no dejas conducir a nadie, ¿es verdad?

Irene sonrió sin dejar de andar.

—Claro que es verdad, así que ni lo sueñes —respondió con la correa aún en la boca.