Capítulo 21
Después de la reunión improvisada con Diego y Rita, los agentes se fueron a comisaría.
El día había sido fructífero. Habían recopilado datos relevantes que no estaban en los informes de Joaquín.
Irene se dio cuenta de que tendrían que hacer la investigación desde el principio.
Joaquín no estaba pasando por un buen momento y la investigación fue la principal perjudicada.
Puede que, si se hubiera centrado en los interrogatorios al círculo social de Carla hubieran obtenido resultados diferentes. O incluso que Nuria estuviera viva.
Irene subió a comisaría, pero Marcos se marchó a casa.
Nieves le había llamado un par de veces para comprobar si le faltaba mucho para llegar.
No era normal que estuviera tan insistente.
Le preguntó un par de veces si se encontraba bien y confirmó que sí.
Sin embargo, Marcos sabía que no era verdad.
Algo estaba pasando. Puede que fuera una tontería, pero quería llegar a casa lo antes posible.
Abrió la puerta y solo cuando vio la cara de su mujer se quedó más tranquilo. Se acercó a ella y la abrazó mientras le olía el pelo.
—¿Qué te pasa? ¿Seguro que estás bien? —insistió de nuevo.
Nieves se puso a llorar sin dejar de apretarle cada vez más fuerte. Marcos le cogió la cara para mirarla fijamente e intentar escudriñar qué era lo que no decía.
—Estoy sangrando un poco y estoy asustada —dijo al fin, con las lágrimas resbalando por las mejillas.
—¡Vamos! —exclamó el inspector cogiendo el abrigo de Nieves del perchero de la entrada.
Cogió a Nieves por encima de los hombros.
La abrazaba y la consolaba con palabras de cariño y afecto.
No tardaron mucho en llegar al hospital.
Vivían cerca del Gregorio Marañón, al que Marcos había ido con Irene hacía unos días.
Entraron por urgencias. Nieves no dejaba de llorar.
No tuvieron que esperar mucho para que salieran a atenderla.
Marcos no se separó de ella ni un solo momento.
Aguantó las lágrimas para que su mujer no se derrumbara aún más.
Se sentaron en la consulta con las manos unidas.
Llevaron a Nieves a una sala aparte para que le hicieran una ecografía y comprobar que el niño estaba bien.
—Está perfectamente. No se preocupen, ha sido solo un pequeño susto —dijo después de unos escabrosos segundos.
Marcos no había soltado a Nieves ni un solo momento. Incluso cuando estaba tumbada en la camilla, el inspector no soltó su temblorosa mano.
—¿Está segura de que el niño está bien? —insistió Marcos.
—Segurísima —confirmó la doctora con una sonrisa.
Marcos abrazó a su mujer.
—Sabía que todo estaba bien. Bruno es un niño fuerte.
La relación entre Marcos y Nieves era fuerte.
Habían vivido situaciones trágicas a lo largo de los años.
El miedo de la pareja no era infundado. Nieves ya había sufrido dos abortos y el temor de que este fuera el tercero inundaba sus pensamientos día y noche.
Cuando vio una pequeña mancha roja, los miedos se desataron como una ráfaga de viento.
La cabeza comenzó a darle vueltas y el sudor empapaba su frente y las palmas de sus manos.
No se lo quiso decir a Marcos por miedo a que volviera a suceder.
Tomó la decisión de esperar a que llegara y dar tiempo a comprobar si el sangrado continuaba.
Por suerte, había sido solo un susto. Sin embargo, ya estaba en embarazo de riesgo y, pese a lo que dijeran los médicos, la pareja estaba muerta de miedo.
La doctora les aseguró que todo estaba bien, que aquellos pequeños sangrados podían ocurrir sin ser el presagio de nada malo. Nieves asintió con una sonrisa tensa y Marcos la besó en la frente, intentando contagiarle una calma que ni siquiera él sentía.
De camino al coche, ella se aferró a su brazo.
—No me dejes sola, ¿vale? —le suplicó, apretando más fuerte.
Marcos asintió, tragándose las palabras que le ardían en la garganta. No podía decirle que, mientras la sujetaba, su cabeza seguía atascada en las fotos del caso, en los cadáveres y en las preguntas que aún no tenían respuesta.
—¿Seguro que estás bien y no quieres volver al hospital? —Le apartó un mechón de pelo de la frente para mirarla a la cara.
—No, estoy bien, de verdad. —Su voz sonaba cansada, pero firme—.
Lo siento, me asusté mucho. Pensé que… bueno, que había vuelto a ocurrir, y no quería venir sola para que me dieran la noticia…
—Comenzó a llorar de nuevo—. Para que me lo dijeran a mí sola, como la última vez.
No podría soportarlo de nuevo. Por favor, Marcos, no me dejes sola.
Marcos sintió un pinchazo en el corazón. Tenía razón. La dejó sola y no se lo perdonaría nunca. Pero ahora no podía borrar los errores que ya había cometido, solo intentar no volver a cometerlos.
—No te voy a dejar sola, te lo prometo. —Le cogió la cara con ambas manos y le dio un beso—.
No va a volver a pasar. No estás sola en esto.
Voy a estar contigo para lo que necesites.
No te preocupes más, ya nos han confirmado que está todo bien.
Bruno está bien —recalcó para que Nieves dejara de llorar.
Marcos le limpió las lágrimas de las mejillas.
En el coche, Nieves le sujetó la mano antes de que arrancara.
—Marcos, no quiero que mañana vayas a trabajar. Por favor —susurró sin dejar de moquear.
—Tranquila, es lo que voy a hacer. Cuando lleguemos a casa voy a llamar a Irene para decírselo. No te preocupes, ella me cubre, somos compañeros —dijo con una sonrisa y una templanza que calmó los nervios de Nieves al instante.
El inspector la abrazó en el aparcamiento con una mezcla de alivio y miedo que martilleaba su interior.
Lo había prometido y lo iba a cumplir. Lo que más le importaba en la vida eran Nieves y Bruno.
Sentía dejar tirada a Irene en mitad del caso, pero bajo ningún concepto dejaría a su mujer sola en ese momento de sus vidas.
La apretó contra su pecho. Marcos estaba dividido entre dos mundos que no podían mezclarse, pero estaba seguro de que encontraría una manera de conciliar ambas situaciones y no fallar en ninguna.