Capítulo 20
Salieron de casa de Andrea dándole vueltas a la conversación.
Les había dado información útil, pero faltaba saber si era certera y, en caso de que lo fuera, cómo encajaba en la vida de Carla.
Primero tendrían que interrogar a Diego.
En el expediente de Joaquín ponía que no habían hablado directamente con él.
Habían pasado muchos años, pero podría aportar información nueva, ya que cuando ocurrió no hablaron con él.
—¿Quieres que vayamos a buscar a Diego? —preguntó Irene de camino al coche.
—No sé, lo que tú veas. Nos pilla de camino, así que creo que deberíamos aprovechar para avanzar. —Caminaba al lado de Irene con las manos en los bolsillos del abrigo—. Si te encuentras bien.
—Me encuentro bien. Gracias. ¿Puedes llegar tarde a casa? No quiero que Nieves me coja manía. —Esbozó una sonrisa.
—Tranquila, le caes muy bien, por eso no hay problema. La llamo para avisarla y ya está. —Asintió y se montó en el asiento de copiloto.
—Vale. —Encendió el motor—. Creo que deberíamos hablar lo antes posible con Armando Miret. Era el único que estaba en casa la noche del asesinato de Carla y conocía a las dos víctimas. Puede que aporte más información que sus padres.
—Vamos por orden, Irene, que te aturullas y luego se nos quedan cosas pendientes. Primero iremos a hablar con Diego Molina.
—Tienes razón. Además, puede incluso que su declaración dé un vuelco a la investigación —dijo positiva mientras se ponía el cinturón—. Si quieres llama a Nieves.
—Voy a mandarle un mensaje a Adrián para que nos dé la dirección de Diego Molina y luego hablaré con ella.
—Vale. —Encendió la radio.
El coche avanzaba por una carretera secundaria con un traqueteo constante. El tráfico era prácticamente nulo en aquella zona.
Irene pensó que era normal que Andrea hubiera decidido irse allí y apartarse del mundanal ruido.
Irene mantenía la vista fija en la carretera, pero su mente estaba lejos, atrapada en una noche de hacía veinte años que no había vivido pero que parecía perseguirla como si hubiera estado allí.
Andrea había repetido lo mismo que dijo la primera vez, pero en esta ocasión había ampliado información.
La mejor amiga de Carla parecía una mujer comprensiva y noble.
Podía haberse equivocado con la primera impresión, pero le dio la sensación de que el interrogatorio de Joaquín no había rozado los límites del aprobado.
Faltaban demasiada información e interrogatorios, pero sí había preguntas inocuas que no eran útiles.
Se le pasó por la cabeza que había ocultado información por algún motivo, pero rápido cambió de opinión.
Era una locura. Puede que al repetir los interrogatorios un simple detalle que Joaquín pasó por alto fuera la diferencia.
Un recuerdo difuso, demasiado vulnerable con el paso del tiempo, o demasiado cómodo para encajar en la versión oficial, podía ser el detonante para otra pista.
Irene creía que la clave de cualquier investigación eran las preguntas en los interrogatorios.
A veces, una pregunta puede desembocar en información relevante para encontrar al asesino.
El murmullo del motor servía como telón de fondo junto a las canciones de la radio para los pensamientos de la inspectora.
Si Andrea decía la verdad y se habían ido juntos, ¿qué ocurrió desde que David la dejó en el portal?
No había ni una cámara, ni un vecino, ni un testigo que le viera marchase de allí, pero sí una testigo visual que iba a retractarse de su declaración.
Irene sabía que todavía era pronto para dar nada por sentado.
Adrián les había mandado la dirección de la casa de Diego e Irene, como era costumbre, la introdujo en la aplicación de GPS del móvil.
Marcos miraba la carretera, respetando el momento de ensimismamiento de su compañera.
El retrovisor le devolvió la sombra de sus propios ojos cansados, y supo que hasta que no hablaran con Diego no descansarían por la multitud de nombres que tenían sobre la mesa.
Hasta ese momento, ninguno había sido descartado, pero tampoco eran sospechosos.
Diego Molina vivía en el mismo barrio en el que se había criado. Había cambiado de edificio y de calle, pero había querido quedarse cerca de sus padres y amigos.
Una mujer les abrió la puerta. Los agentes supusieron que sería la mujer de Diego.
—Hola, ¿les puedo ayudar?
—Hola, somos policías. Necesitamos hablar con Diego Molina, ¿está en casa? —dijo Irene con voz cordial.
—No está, lo siento —respondió la mujer, nerviosa.
—¿Sabe dónde le podemos encontrar o si vendrá pronto a casa? —insistió Irene, que no estaba dispuesta a irse sin hablar con él.
—No creo que tarde mucho. —Miró la hora—. Creo que en una hora más o menos estará aquí. Pero si les puedo ayudar en algo…, soy su mujer, me llamo Rita.
—Es por un asesinato que ocurrió hace veinte años, Carla Miret —intervino Marcos, que seguía de pie al lado de Irene.
—Sé de quién me hablan. Yo también soy del barrio e iba por aquel entonces al gimnasio donde trabajaba Carla —dijo con voz temblorosa y se abrazó a sí misma—. ¿Quieren pasar y le esperan dentro? —invitó apartándose de la puerta.
—¿Seguro? —quiso asegurarse Irene, antes de traspasar el umbral.
—Claro. Carla era un encanto de chica, y si les puedo ayudar estaré encantada. —Asintió dibujando una fugaz sonrisa.
—De acuerdo —respondió Irene mirando a Marcos.
Enfilaron el pasillo, como les indicó Rita, hasta la cocina. Era un piso grande, de alrededor de cien metros cuadrados. En la cocina había un banco de madera con una mesa a juego.
—Siéntense, por favor —Estiró la mano en dirección al banco para que se sentaran—. ¿Un café?
—Gracias. Los dos con leche y mucha azúcar —respondió Marcos.
Rita avanzó hacia la encimera que tenía a pocos metros y comenzó a preparar una cafetera.
—Pueden preguntarme lo que quieran mientras viene Diego —se ofreció Rita a un interrogatorio in situ .
—¿Recuerda algo de esa noche? —Irene había decidido hacer preguntas más genéricas y pasar a las concretas cuando llegara Diego. No iba a desaprovechar la oportunidad.
—Yo por aquel entonces no estaba con Diego, ni siquiera le conocía.
Bueno, solo de vista. Lo que sí recuerdo es ver en la discoteca a Carla y David.
Estaban muy enamorados. Carla era preciosa y tenía muchos pretendientes, pero ella solo tenía ojos para David.
Cuando le declararon culpable… —Rita se quedó parada de espaldas a ellos—.
Me pareció imposible. ¿Por qué iba a querer matarla? —Se giró.
—Parece que fue involuntario —quiso aclarar Marcos.
—No lo creo. Ustedes no vieron cómo la trataba.
Para ser realista, Carla estaba muy por encima de las posibilidades de David.
Ni siquiera él se creía que pudiera estar con ella.
Jamás la trataría mal ni le daría un empujón.
—Negó con la cabeza—. Es mi opinión, por supuesto, pero me es imposible de creer.
—¿Conocía a David Ruiz?
—Sí, cuando íbamos al colegio, nuestros padres nos llevaban al centro cultural del barrio para que nos ayudaran a hacer los deberes —relató, poniendo la cafetera italiana en la vitrocerámica—.
Pero a medida que fuimos creciendo la relación se fue perdiendo.
Este no es el mejor barrio y muchas de las personas que viven aquí no tienen muchos recursos, como por ejemplo mis padres o los padres de David.
—¿Qué quiere decir con eso? —indagó Irene.
—Los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos, pero a veces las cosas no salen como se planean.
David dejó de estudiar y comenzó a vender drogas.
Nada del otro mundo, ¿saben? Pero los padres de Carla no querían que estuvieran con una persona así.
Quería que saliera de este ambiente. —Suspiró—.
Pero ellos se enamoraron y no tenían nada que hacer.
—¿Discutió con sus padres? —Marcos se imaginó que se refería a que se iban a escapar juntos, pero prefirió que les diera más información que no supieran.
—No lo sé, pero se rumoreaba que intentaban separarlos. Se veían a escondidas, para que los padres no lo supieran.
—Pero la acompañaba hasta el portal, ¿no? Eso es lo que declaró David Ruiz.
—Sí, pero lo hacía cuando sus padres no estaban.
—Sin embargo, dejaban en casa a su tía, Nuria Miret, para que los vigilara, ¿no es así?
—Sí, pero creo que se traía algún pacto con ella. Nuria no se lo contaba a los padres —respondió Rita, colocando en la mesa los vasos, el azúcar y la leche—. Por eso a veces iban a verla juntos y se quedaban en su casa.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? —Marcos quería hacerse una idea de la relación de David y Carla para encontrar el motivo de por qué Nuria mentiría.
Se escuchó cómo introducían las llaves en la puerta.
—Es Diego —supuso Rita con una sonrisa.
Salió de la cocina para recibir a su marido.
Se escuchó cómo le informaba de las personas que estaban en la cocina.
Rita quería evitar que pensaran mal si escuchaban cuchicheos, así que habló en voz alta para que los agentes no tuvieran ninguna duda de lo que habían hablado en la entrada de la casa.
Diego entró con gesto serio, pero sin sentirse incómodo.
Estiró la mano y se presentó. Los inspectores se levantaron para estrecharla.
La cafetera comenzó a sonar y Rita colocó un vaso más en la mesa.
Luego, les sirvió el café. Los cuatro se sentaron alrededor del banco de madera.
Se veían las caras sin tener que estar acomodándose según quien hablaba.
—Pueden preguntarme lo que quieran, pero no creo que aporte mucha información en un caso de hace tantos años. En realidad, yo era amigo de David. A Carla la conocía, pero solo porque era su novia —explicó Diego con los brazos sobre la mesa.
—Hemos repasado el interrogatorio con Andrea y nos ha dicho que se iban a escapar juntos en unos días antes de que la asesinaran, ¿es cierto?
—Sí, es cierto. Andrea lo pasó muy mal con el asesinato de Carla. A los pocos meses lo dejamos. Quería escapar de aquí. —Se encogió de hombros.
—¿Tenía miedo? —preguntó Irene, rodeando el vaso de café con las manos.
—No lo sé, nunca me dijo el motivo, pero yo creo que sí. Hubo un miedo generalizado en el barrio. Las chicas comenzaron a tener miedo a ir solas por la calle, así como sus padres. Supongo que era normal.
—¿Cuánto tiempo llevaban juntos David y Carla? —Marcos recordó la pregunta que se había quedado sin responder.
—Uf, no sé decirles. Carla no cayó rendida a sus pies desde el principio.
—Sonrió al recordarlo—. Primero se apuntó al gimnasio para verla todos los días.
Éramos jóvenes y pensábamos que nos íbamos a comer el mundo.
El asesinato de Carla dejó tocado al barrio para siempre. —El dolor se sentía en la voz de Diego.
Irene comenzó a perderse en lo que sentirían las chicas cuando ocurrió el asesinato y tenían que volver solas a casa. Puede que Andrea tuviera la misma sensación que tenía ella hoy en día. El miedo es muy difícil de superar, pero lo iba a conseguir. No iba a dejar que controlara su vida.
—Diego, ¿tiene relación con David? —preguntó Marcos, cada vez más cómodo en la cocina de la pareja.
—No. Era mi amigo, pero después de que le declararan culpable tuve que elegir —dijo con pena.
—Todo el mundo le consideró culpable porque lo había dicho un juez. —Tragó saliva—. Pero yo creo que no lo hizo él. Sin embargo, por la presión de mis padres y de cómo la gente los trataba porque yo me hablaba con David, tuve que dejar de ir a verle.
—¿Cuántas veces fue?
—Antes del juicio, muchas. Íbamos varios amigos del barrio.
Incluso aquellos a los que la gente tachaba como malas compañías.
Pero supongo que con el paso del tiempo las relaciones se van perdiendo.
—Aclaró Diego. Bebió un sorbo del café—.
Al principio, cuando ya fue condenado, me llamó alguna vez por teléfono, pero se dio cuenta de que no quería mantener el contacto. Siempre estaba ocupado.
—¿Qué es lo que no nos cuenta? —Intuyó Irene con suspicacia.
Diego miró a Rita, confuso. No estaba seguro de querer remover el pasado, pero su conciencia nunca terminaba de callarse.
—Deberían hablar con Armando, el hermano de Carla.
Él quería mucho a David y lo pasó muy mal cuando le culparon de asesinarla y entró en prisión.
Lo defendió a capa y espada. Incluso cuando íbamos a verle, él también se venía a escondidas de sus padres.
—Diego posó la mirada en el café que no dejaba de remover con la cucharilla—.
Cuando David entró en prisión y Armando fue mayor de edad, se marchó del barrio. Nunca más volvimos a saber de él.
—¿Nadie del barrio?
—Eso es, nadie —confirmó Diego con su mujer dándole la mano por debajo de la mesa.