No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Los agentes estaban discutiendo sobre el siguiente paso en la investigación cuando Joaquín se acercó sin dejar de menear un papel en el aire con una sonrisa en la cara.

—Tengo una sorpresa agradable para vosotros. Aquí tenéis la orden para registrar la casa de Nuria. Os veo bastante perdidos y quería revisar con vosotros el expediente de Carla. La otra vez os fuisteis corriendo y ni siquiera lo hablamos. —Joaquín se apoyó en el borde de la mesa.

—Creo que es mejor que vayamos a la casa de Nuria. Puede que encontremos una pista que nos ponga en el camino correcto —sugirió Irene, cogiendo el papel y asegurándose de que ya tenían luz verde para entrar.

—Sí, bueno, pero es un momento. Irene, muchas veces te pierdes por ansiosa y por no terminar lo que empiezas —le recordó el comisario, a lo que Marcos asintió varias veces.

—De acuerdo. —Se sentó de mala gana y se cruzó de brazos.

Joaquín se levantó. Movió la mano para que le siguieran a su despacho.

No quería recordar el caso que más dolor le había provocado delante de todo el mundo.

Marcos andaba detrás de Irene sin dejar de pensar que el suicidio de Samuel tuvo algo que ver con el caso.

Insistía en darle un repaso por algún motivo.

«¿Por qué querría recordar un momento doloroso si no es por una buena causa?».

Por el momento, decidió guardarse aquella conjetura para sí hasta que estuviera solo con Irene para decírselo. Puede que ella pensara igual o que tuviera otra forma de verlo que le quitara esa idea de la cabeza.

Entraron en el despacho de Joaquín y Marcos cerró la puerta. Irene se remangó los pantalones antes de sentarse. Acto seguido se cruzó de piernas con la mirada puesta en el comisario.

—Ya nos puedes decir a qué viene tanto secretismo —sugirió Irene.

—No es secretismo, son conclusiones que saqué y no se tuvieron en cuenta. No estaba en mi mejor momento y la investigación del caso de Carla puede que fuera un poco…

—¿Chapucera? —Irene le ayudó a terminar la frase.

Marcos se había sentado al lado y abrió los ojos para indicarle que se había pasado con el comisario a sabiendas que su compañero se suicidó en esa época.

—Sí, por desgracia, sí. Cuando metieron a David en la cárcel estaba convencido de que era el asesino, pero obviamente, es lo que quise ver. —Tragó saliva antes de continuar—. Bueno, el caso es que me gustaría ayudaros, ahora que puedo hacerlo.

—¿Qué es lo que te callas, jefe? —preguntó Irene, expectante.

—Bueno, creo que la mejor amiga de Carla mintió —confesó el comisario sujetándose la cabeza con la mano sobre la mesa.

—¿Por qué piensas eso? —preguntó Irene.

—No aparece en el informe porque no la llegamos a interrogar al tener indicios razonables y porque Samuel apareció muerto a los pocos días.

—Carraspeó, nervioso—. Pero el novio de Andrea era uno de los mejores amigos de David Ruiz.

Acompañó a Andrea al interrogatorio y a la salida confirmó lo que dijo su novia.

Puede que ahora ya no estén juntos y sus versiones difieran de lo que dijeron entonces.

—Perdona, Joaquín, pero no entiendo a qué te refieres exactamente —alegó Marcos, moviendo los dedos sobre el reposabrazos de la silla.

—Es solo una intuición. No tengo ninguna prueba que demuestre lo contrario, pero sé que si hubiera estado en otro momento no lo habría dejado pasar.

—Meneó la cabeza—. Mintieron los dos. No sé el motivo ni si encubrían a alguien, pero me pareció altamente sospechoso que siendo los dos amigos de David declararan que le vieron esa noche en la discoteca con Carla sin aclarar nada más.

—Puede que fuera la verdad y no tuvieran más que decir. Los testigos no pueden mentir —le recordó Irene con retintín.

Joaquín la fulminó con la mirada.

—Lo sé, gracias por el apunte. Mirad, me siento culpable porque la investigación que hice fue nefasta, pero como Nuria testificó que vio a David con sus propios ojos, cualquier prueba basada en testimonios la habría echado atrás a ojos del juez…

, ya me entendéis. —Irene y Marcos asintieron sin hablar.

Ambos esperaban a que adelantara su versión sobre lo ocurrido.

Al menos, lo que él pensaba y no quería decir en voz alta—.

No es tanto lo que dijeron como lo que se callaron.

—¿Estamos hablando de una corazonada? —preguntó Marcos.

—No exactamente. Nosotros trabajamos con pruebas, pero es cierto que lo que nos lleva a ellas es la intuición.

Aunque yo lo llamaría experiencia. Cuando tratas con tanta gente que te quiere engañar, desarrollas un sentido que detecta las mentiras.

Puede que en ese momento no lo tuviera afinado por las circunstancias y por el tiempo que llevaba en el cuerpo de policía.

Sin embargo, ahora mismo estoy convencido de que no contaron todo lo que sabían.

Puede que lo que ocultaron ni siquiera ocurriera esa noche, ¿me seguís?

—Yo creo que sí. Crees que había una historia detrás del asesinato de Carla. El motivo del asesinato venía de tiempo atrás. No fue fortuito —argumentó Marcos.

—Sí, eso es. Puede que si lo repasamos lo descubramos.

—Pero, Joaquín, eso no puede ser. La autopsia reveló que se dio con el bolardo de la entrada.

Incluso puede que fuera un accidente. —Irene no estaba convencida de la conclusión del comisario.

Pensaba que estaba tan concentrado en solventar lo que hizo mal, que buscaba complicaciones donde no las había.

El comisario miró a Irene con ternura. En aquella mirada se rogaba una oportunidad para arreglar su error.

—Irene, tiene razón, no perdemos nada por intentarlo. Volver a reconstruir el caso desde el principio. —Marcos echó una mano a la desesperación del comisario.

—Además, podemos hablar con Adrián para que nos ayude. Así seremos más en la investigación —añadió el comisario.

Se levantó de la silla y se colocó en el borde de la mesa con los brazos cruzados. Miró primero a Marcos y luego a Irene.

—Hay que encontrar la relación. Y solo la vamos a encontrar si pulimos la investigación del primer caso. —Guardó silencio unos segundos.

—Como queráis, pero creo que nos equivocamos volviendo hacia atrás. Creo que revisar la casa de Nuria y encontrar a Beltrán Romero puede darnos más información que el pasado —concluyó Irene levantándose.

—Puede que tengas razón, Irene. Pero necesitamos encontrar la conexión entre el pasado y el presente. Tenemos claro que el asesino es el mismo, pero si no sabemos qué pasó entonces, no podemos descubrir qué ha pasado ahora.

—Habría que pedir la información de los mensajes. Seguro que el asesino habló con él en algún momento —recordó Irene.

—Eso ya no es como antes. Ahora todo el mundo utiliza WhatsApp y no te dan la información tan rápido. Ten en cuenta que, mientras tanto, David sigue en la cárcel. Hay que sacarlo de ahí, y para ello necesitamos una duda razonable para relacionar al asesino en los dos crímenes —sintetizó Marcos.

—Si es necesario podemos hacer un equipo que investigue el caso de Carla y otro el de Nuria —sugirió Joaquín, centrado en buscar soluciones y no problemas, como hacía Irene.

—Puede que sea buena idea. Si hacemos dos grupos terminaremos antes. —Marcos estaba de acuerdo con la sugerencia del comisario.

—No, no, de eso nada. Más gente cotilleando y haciendo mi trabajo, no.

—Se levantó de la silla—. Joaquín, somos perfectamente capaces de hacerlo solos.

Si metemos a más agentes la información se diluye.

No vamos a fastidiar un caso para arreglar otro, que, sin lugar a duda, también destrozaremos, ¿no te parece?

—Vale. —Levantó los brazos—. Como quieras, pero hay que hacerlo. Lo siento, Irene. Pero no pienso dejarlo pasar, aunque te moleste y sea un error mío —justificó Joaquín con la culpabilidad sobre sus hombros.

Marcos no sabía cómo actuar. Se habían levantado los dos y no le había quedado muy claro cuál era el siguiente paso, así que se quedó esperando en silencio a que alguno dijera qué hacer o a dónde ir.

El despacho de Joaquín estaba repleto de cajas de archivo definitivo de color marrón. Tenían los números de expediente y Marcos detuvo su mirada en varios de ellos. Joaquín se dio cuenta y suspiró sin decir nada. La inspectora se percató de aquellas miradas.

—¿Qué pasa?

—Nada. Cuando tenga algo que deciros, lo sabréis —dijo sin dar pie a más conversación.

—Como quieras —Irene se encogió de hombros y abrió la puerta del despacho—. Vamos, Marcos.

—¿A dónde? —preguntó al levantarse y estar seguro de que no iba a volver a entrar.

—A casa de Nuria. Necesito saber qué es lo que estoy buscando. —Irene caminó varios metros para coger el abrigo y el bolso que colgaban en la parte de atrás de la silla.

Joaquín se acercó a ella para que el resto de los agentes no se enterara de nada que tuviera que ver con el caso.

—No, Irene, quiero que vayáis a buscar a Andrea —ordenó con firmeza para no entrar en una discusión con ella—. No es una sugerencia.

—Pero…

—Irene, vamos —La interrumpió Marcos. No quería ninguna discusión.

El inspector era nuevo en la comisaría, pese a ello, había entendido que Joaquín era el comisario y que Irene en ocasiones traspasaba la fina línea que separaba las sugerencias como amigo y mentor de las órdenes como comisario.

Irene suspiró de mala gana y se abrochó el abrigo con la mandíbula apretada.

—Vamos a buscar a Andrea, la amiga de Carla Miret. Envíame la dirección de la chica. —Se dio la vuelta para mirar a Joaquín—. Por favor, míranos la dirección en el padrón de Beltrán Romero. Creo que es una persona importante en la vida de Nuria —añadió Irene.

—¿Algo más? —preguntó Joaquín con desdén.

—Sí, el móvil del trabajo de Nuria. Tampoco lo hemos encontrado. Puede que nos dé alguna información útil.

Irene se dio la vuelta y empezó a andar mientras se volvía a hacer la coleta.

—Adrián os ayudará. Ahora le digo lo que necesitáis —alzó la voz.

Irene se paró en seco, pero no se dio la vuelta. Joaquín sabía que se había enfadado porque notó cómo sus hombros subían un par de centímetros y apretaba los puños.

El comisario necesitaba que Irene se integrara con los compañeros de una vez.

Trabajar en solitario no le estaba viniendo bien, aunque ella creyera que sí.

Ahora estaba Marcos y podía ser la pieza fundamental para que entendiera que el trabajo en equipo es más fructífero si se hace, obviamente, en equipo.

Aunque Irene creía que en esos casos la información se diluía, y esa era la excusa perfecta para no trabajar con nadie.