Capítulo 17
Después de salir de la consulta de Esmeralda, estuvieron seguros de cuál era el motivo por el que Nuria cambió de opinión sobre su primer testimonio en el juicio del asesinato de Carla.
Sin embargo, no les ayudaba a encauzar la investigación para descubrir al asesino.
Durante la tarde estuvieron en comisaría, buscando pistas y repasando lo que ya tenían.
A media tarde, Irene decidió que era hora de conocer a Nieves.
Había llamado a Marcos varias veces y el inspector cada vez se estaba poniendo más nervioso por los mensajes acerca de su ubicación.
Pararon en un restaurante chino. Nieves había insistido en que tenía antojo, y sugirió la posibilidad de que la cena podría ser de ese restaurante en concreto.
Irene sonrió al ver cómo Marcos iba poniéndose colorado con la petición de su mujer, pero que a la vez no sonara como una imposición.
Después de las risas fueron y pidieron para llevar los platos que Nieves sugirió.
Se presentaron en casa con varias bolsas repletas de táperes de plástico de comida china.
Nieves los abrió con una gran sonrisa de satisfacción.
Le dio un gran beso a su marido. A Irene la abrazó.
—¿Qué tal la investigación? —preguntó Nieves mientras sacaba la comida y la colocaba en varios platos.
—Bueno, no te queremos aburrir con nuestro trabajo, no es muy divertido —respondió Marcos de camino a la cocina para coger los cubiertos y las servilletas que se le habían olvidado en el primer viaje.
—Siéntate —le dijo Nieves a Irene dando golpecitos con la mano en la silla que estaba a su lado.
—Nuestra víctima tenía metástasis. Sabía que se iba a morir, por eso quería arreglar lo que hizo. —Irene se acomodó en la silla. Se sentía como si los conociera desde hacía años.
—¿En serio? Vaya faena, ahora que iba a hacer lo correcto, la asesinan. —Nieves cogió los cubiertos que Marcos le dio para acercárselos a Irene.
—Bueno, en realidad lo iba a hacer porque se iba a morir. Es la única explicación para que cambiara de opinión después de tantos años —sentenció Irene.
—Ya me ha contado Marcos un poco por encima.
Así que más o menos estoy enterada de cómo vais en la investigación.
Lo único que no entiendo es cómo después de tantos años vais a dar con el auténtico asesino.
—Nieves se sirvió y comenzó a comer. Últimamente le hacía una ilusión exagerada sentarse a la mesa a comer.
Luego, con la tripa llena, dormía de un tirón.
—Solo nos queda una manera. —Irene removía el arroz tres delicias, pensativa.
Marcos se sentó enfrente de Irene y la miró intentando escudriñar qué era lo que pensaba.
—Tenemos que investigar a Carla, no a Nuria. Es la única opción. Centrarnos en la primera víctima —resolvió Irene, mirando a su compañero.
—Eso es muy complicado, Irene. Después de tantos años, las pruebas más fiables son las que tenemos en el informe del comisario —respondió convencido. Se echó la comida y comenzó a comer sin dejar de mirarla.
Le sorprendía la personalidad de Irene, siempre saltaba de una idea a otra sin desarrollar ninguna. Era la primera vez que la veía centrarse en una.
—La primera víctima, Carla. Es la única manera de encontrarlo —repitió Nieves—. Normalmente los amigos saben más que los padres de sus propios hijos. Además, yo he visto en los documentales de asesinos en serie que siempre cometen fallos.
—Ya, por eso habrá que volver a interrogar a los amigos de Carla. Puede que ahora vean todo de otra manera o aporten información que hace años no dieron por miedo —añadió Marcos, tapándose la boca llena de comida.
—Es complicado, pero no imposible. Sabemos que en el informe de Joaquín faltan personas del entorno cercano a Carla. Él tampoco pasaba por un buen momento, y puede que se le pasaran detalles —excusó a Joaquín.
—También puede que saquemos información con recursos que ahora tenemos y antes eran impensables —adelantó Marcos.
—¿Los padres de la chica no son sospechosos? —Irene y Marcos la miraron—. A ver, lo digo porque Nuria tendría que mentir por alguien más importante que su propia familia, ¿no? ¿Os parece una locura? —Nieves sonreía con angustia. No estaba segura de no haber dicho una tontería.
Marcos e Irene se rieron a la vez.
—¡Eso es justo lo que habíamos pensado nosotros! —exclamó Marcos, sorprendido.
—Nieves, te vas a tener que venir con nosotros a investigar mañana. —Irene no quería que sintiera que había una conexión entre ellos más allá de lo profesional o una amistad. Quería dejar claro en todo momento que era inexistente.
Nieves se tocó la tripa antes de soltar una risotada.
—No puedo, tengo que hacerte la bufanda. —Se levantó de la mesa y fue hacia una cesta de mimbre que tenía al lado del sofá—. Mira, ya te he hecho la mitad. Así no me aburro y se me pasa el tiempo más rápido.
Irene cogió la bufanda y la miró con agradecimiento.
—Me encanta, de verdad. Muchas gracias. Me la voy a poner todo el invierno. —Le dio un abrazo.
—Gracias a ti por enseñar a mi marido. Por cierto, cuídamelo bien, que no quiero que el niño se quede huérfano. —Los ojos de Nieves se volvieron acuosos al instante.
Irene le cogió la mano.
—De eso puedes estar segura. No dejaría que le pasara nada. El pequeño Bruno puede estar tranquilo. Su padre está en buenas manos. —La voz de Irene estaba cargada de convicción.
La cena fue divertida e intensa a partes iguales.
Irene no se imaginaba que iba a conocer a la pareja perfecta.
Marcos y Nieves llevaban juntos desde el instituto.
Desde el día en que se conocieron, se enamoraron, o así al menos lo contaba Marcos.
Nieves era una persona agradable y empática que entendía a la perfección el trabajo de su marido.
Siempre quiso ser inspector de policía y al fin, y tras años intentándolo, lo había conseguido.
En las palabras de su mujer se percibía el orgullo que sentía hacia él.
Irene sintió envidia de la buena al ver cómo se querían y hablaban uno del otro.
Sin embargo, la pena tampoco le dio tregua esa noche.
Estaba convencida de que ella no iba a conseguir tener jamás una relación así.
A través de anteriores relaciones había aprendido que sus traumas eran un gran obstáculo para mantenerlas a lo largo de los años.
Las pesadillas o los miedos que iban y venían en ciertas situaciones habían conseguido paralizarla.
Aquello no era algo con lo que cualquiera quisiera lidiar a lo largo de su vida.
Era más cómodo cambiar de novia que ayudar a la que ya tenían.
Después de recoger la mesa y fregar los platos, se sentaron en el sofá. Nieves se recostó en el hombro de Marcos mientras continuaban hablando del trabajo. No tardó en quedarse traspuesta con la boca abierta.
—Me voy a casa, Marcos. Así ya descansáis los dos.
Irene se levantó para coger el abrigo que había dejado en el perchero de la entrada.
Observó que ya era de noche. Comprobó la hora en el reloj.
«No es muy tarde». Después de lo que le había pasado la última noche, no quería llegar tarde a casa.
Pero con la cena y la conversación interminable el sol se había ido y la oscuridad de la noche ya se notaba en la calle.
No había pasado la media noche, pero en invierno la gente suele marcharse antes a su casa por el frío que se instala en las calles cuando la luz solar desaparece.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcos. La notaba rara, pero desconocía el motivo.
Se levantó del sofá con preocupación. Colocó a Nieves con cuidado para que no se despertara cuando se movió.
Irene miró de nuevo la oscuridad de la noche.
No quería que el trauma dirigiera su vida y, a la vez, no quería que Marcos supiera que el terror a la noche había vuelto.
No era porque le diera vergüenza, sino porque no quería cargarle con esa responsabilidad casi sin conocerse.
Se llevaban bien y tenía una buena relación, pero no se podían considerar amigos.
Además, tenía a su mujer embarazada dormida en el sofá.
No iba a pedirle que la acompañara hasta el coche. Ya era mayorcita, y encima era policía.
—¿Qué te pasa, Irene? —repitió Marcos con el ceño fruncido.
—Nada, no te preocupes —dijo con una sonrisa forzada.
Aquella sonrisa hizo que Marcos sospechara que pasaba algo más grave de lo que decía.
Irene abrió la puerta y Marcos la cerró.
—¿Estás segura de que no te pasa nada? Pensé que éramos compañeros, Irene.
Tienes que confiar en mí. ¿Es porque es de noche?
¿Tiene que ver con lo de tu secuestro? He leído mucho acerca de los traumas que sufren las víctimas que han pasado por ese tipo de situaciones.
—Marcos se calló con los ojos clavados en su compañera.
—Tienes razón en lo de la confianza, Marcos, pero no te quiero cargar con nada que no te corresponda, no sé si me entiendes. Además, es una tontería, de verdad. Seguro que se me pasa. Lo tengo que superar, ¿sabes?
—Un compañero es alguien que arriesga la vida contigo. Yo pongo mi vida en tus manos y viceversa. Tengo el derecho de conocer los traumas de mi compañera. —Sonrió y estiró la mano para coger el abrigo.
Irene le paró la mano para que dejara el abrigo. Marcos la miró con ojos tristes, como si le partiera el corazón que no confiara en él.
—De acuerdo, pero avisa a Nieves. —Bajó la mirada—. Gracias.
—Sé que no nos conocemos de hace mucho tiempo, pero quiero que te quede claro que una amistad no se mide por el tiempo, sino por la conexión o por la entrega de sus miembros a la causa.
—Marcos ladeó la cadera para dejar el peso en la pierna contraria—.
Mi madre siempre me decía que era un redicho, y puede que tuviera razón.
—Sonrió—. Pero me gusta dejar las cosas claras desde el principio.
Tus traumas son mis traumas, ya que me afectan directamente.
Puede que no seamos compañeros para siempre, pero ahora mismo sí lo somos.
¿Y sabes una cosa? Ese trauma de tu secuestro lo vamos a superar juntos.
Todo es cuestión de tiempo, y en este caso no va a ser menos.
Dio la vuelta para avisar a Nieves, que asintió y le dijo adiós a Irene con la mano en alto.
Marcos volvió y ahuecó el brazo para que Irene lo cogiera con una sonrisa.
—Muchísimas gracias. Por primera vez, estoy convencida de que lo voy a superar.
—Irene, no solo lo vas a superar… Vamos a encontrar al desgraciado que te hizo esto. Cuando esté entre rejas, no irás nunca más con miedo por la noche. Te lo prometo.