No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

La conversación con Joaquín estaba presente en su cabeza.

Las palabras que le había confesado, cargadas de un dolor que apenas se había atrevido a mostrar, habían dejado en Irene una huella inesperada.

Pero a la vez había dejado patente la complicidad que seguía viva entre ellos.

Nunca lo había visto tan vulnerable como aquel día.

Jamás lo había escuchado hablar de algo con tanto dolor y honestidad.

Y de pronto, después de hablarlo había vuelto a su ser.

Todo encajaba de nuevo y la relación se había fortalecido.

La confianza, que por un momento se tambaleó, había salido reforzada.

Ambos tenían en su interior una herida difícil de ocultar.

Salió del despacho con el cuerpo ligero, como si se hubiera liberado de la rabia acumulada durante días por el secreto revelado de Samuel Hernández.

La idea de que no la había traicionado, sino que la había intentado proteger, le provocó un extraño alivio.

A su manera, él seguía siendo su mentor, esa ancla que siempre había tenido en la comisaría cuando todo se tambaleaba.

Mientras recorría los pocos metros de pasillo hasta su mesa, pensó en lo complicado que debía haber sido para Joaquín abrirse y hablarle del suicidio de su compañero.

Quizás la idea de descubrir el motivo por el que lo hizo le diera la paz que Joaquín necesitaba.

En cuanto llegara a su sitio se lo contaría a Marcos.

No debían cesar en su idea de descubrir la verdad.

Por primera vez en días, no sentía que todo fuera una batalla constante.

Había algo de paz en reconocer que no siempre tendría todas las respuestas de golpe, que algunas verdades llegarían a su debido tiempo.

Con esa idea, vio a Marcos y le levantó las cejas como indirecta. Él entendió el gesto a la perfección.

«Buenas noticias».

Se sentó sin dejar de mover las cejas. Le dijo que Joaquín le había contado lo del suicidio de Samuel, pero ellos tenían la obligación de encontrar el motivo que le llevó a hacerlo para darle la paz que se merecía.

Marcos aceptó de inmediato. Ahora no solo tendrían la investigación del asesinato de Nuria Miret, sino que también deberían encontrar el nexo con el caso de Carla y el motivo del suicidio de Samuel.

La inspectora estaba encantada con tanto trabajo, porque eso significaba que no tendría tiempo para pensar en otra cosa, y menos aún en sus traumas infantiles.

—Bueno, pues después de ponernos al día —Marcos colocó los brazos tras su nuca—, he localizado una de las llamadas inusuales de Nuria en los últimos días.

—A ver, sorpréndeme.

—Recibió una llamada hace unos días del Hospital Gregorio Marañón. La doctora se llama Esmeralda Adañez. —Sonrió—. Me ha costado un poco localizarla, pero mientras estabas con la psicóloga he sacado provecho a la espera.

—Eso está muy bien. No necesitas que te enseñe mucho, vas a ser muy buen inspector —dijo orgullosa.

—¡Vaya! Gracias, pero eso no es todo. He quedado con ella en… —Miró el reloj— dos horas.

Marcos se levantó rápido y cogió el abrigo que había colocado en la parte de atrás de la silla. Irene aún tenía el bolso entre las piernas cuando Marcos empezó a andar por el pasillo.

—¡No te pienso dejar conducir, aunque llegues el primero! —exclamó Irene, siguiendo los pasos de su compañero mientras se ponía el abrigo por el pasillo.

Marcos llegó primero a la calle y esperó a Irene en la puerta. No sabía dónde estaba el coche de su compañera y no tenía ninguna intención de conducir. Estaba convencido de que sería la típica persona que te va poniendo pegas mientras conduces, y eso le sacaba de quicio.

—Vamos. Como he llegado tarde, he tenido que aparcar un poquito lejos —comentó, sin dejar de andar.

Marcos se colocó la bufanda que le acababa de hacer su mujer. Había tenido algunos problemas durante el embarazo y le habían dado la baja laboral. Nieves se aburría en casa y le había comenzado a tejer una bufanda de color negro. Marcos se la puso, orgulloso. Quería a su mujer por encima de todo.

—Mira, Irene, ¿te gusta? —dijo moviendo la bufanda alrededor del cuello una y otra vez—. Me la ha hecho Nieves.

Irene aminoró el paso y se puso a la altura de Marcos para tocarla y ver la prenda más de cerca. Asintió con una sonrisa.

—¿Y la mía? —preguntó con gracia.

—En cuanto te conozca, seguro que te hace una. Nieves es muy detallista y, como sepa que te gusta, lo mismo te hace dos o tres de distintos colores para que te combinen con la ropa. —Marcos miraba parte de la bufanda que colgaba del cuello.

—Entonces tendréis que invitarme, ¿no te parece?

Irene no se creía lo que acababa de decir. La terapia con el compañero estaba funcionando. Las pautas de Patricia para formar un equipo estaban dando sus frutos. Solo tenía que abrirse y dejar que Marcos entrara en su vida y viceversa.

—Cuando gustes. ¿Te apetece hoy? Tienes que avisarme con tiempo para que Nieves te prepare una cena de anfitriona. — Marcos estaba contento por la conexión con Irene, y que quisiera conocer a Nieves le había descolocado después del comentario que tuvo el primer día acerca de sus vidas privadas.

—¡Hecho! Cenamos juntos y así la conozco. —Irene apretó el botón del llavero del coche dentro del bolsillo del abrigo.

El ruido de apertura sonó.

Marcos llamó con una sonrisa a su mujer desde el coche.

Irene aprovechó para saludarla y darle las gracias por la invitación.

Entre risas y frases prudentes llegaron a la conclusión de que era mejor que compraran algo de cenar cuando fueran para casa.

No querían que Nieves hiciera la cena con una baja durante el embarazo.

Nieves insistió en que se encontraba bien, pero Irene prefirió que comenzara con su bufanda.

Llegaron al hospital. Aparcaron en uno de los garajes cercanos donde te cobraban más de lo que valía, pero debido a la escasez de sitio en los alrededores decidieron no perder el tiempo.

Los agentes estaban nerviosos por la cena con Nieves esa misma noche, pero cada uno por distintos motivos.

Al salir del aparcamiento sintieron la cantidad de ruidos de ambulancias y bullicio de personal alrededor de los grandes edificios que componían el hospital.

—¿Por dónde entramos? —preguntó Irene.

—Por la puerta principal. Eso es lo que me ha dicho la doctora cuando he hablado con ella —respondió Marcos al mirar el reloj—. Vamos bien de tiempo.

—Espero que no nos hagan esperar. —Apretó los labios agarrando la bandolera con las dos manos.

—Supongo que me habrá dicho esta hora porque puede hacernos un hueco. Le comenté que era importante y que era por el caso de asesinato de una paciente suya —le adelantó Marcos.

Anduvieron hasta el interior del hospital y la temperatura aumentó de golpe. Una oleada de calor les rozó la cara cuando las puertas automáticas se abrieron al detectar su presencia. Marcos se aflojó la bufanda e Irene comenzó a desabrochar los botones de su abrigo.

—Por ahí —señaló Marcos con el dedo al comprobar el número de consulta que le había dicho la doctora con los carteles de una de las paredes.

El olor tan típico de los hospitales comenzó a llegar a los agentes a medida que se iban adentrando en las habitaciones.

Los quejidos de dolor y los susurros, así como los pitidos de las máquinas conectadas, hacían que el ruido aumentara por segundos.

El barullo era considerablemente alto para ser una zona donde hay gente enferma.

Incluso se encontraron a varios agentes custodiando a un preso en uno de los pasillos.

Marcos leyó el nombre de la doctora en un letrero junto al número de la puerta.

—Toca para que sepa que estamos aquí. Falta poco para la hora que nos ha dicho —aconsejó Irene.

La inspectora se quitó el abrigo para colgárselo en el brazo y sentarse en una de las sillas de plástico azul.

Marcos dio varios golpes sutiles en la puerta. Escuchó un «adelante» al otro lado y abrió. Iban vestidos de calle, así que se palpó la placa para asegurarse de que la llevaba, por si tenía que enseñársela.

—Hola, soy el inspector Marcos Bernal. Hablamos por teléfono —se presentó, agarrando la puerta por el picaporte.

—Hola, inspector, puede pasar —dijo sonriente.

Marcos avisó a Irene con un gesto de la mano.

—Ella es mi compañera, Irene Vega, es la inspectora encargada del caso que nos ha traído hasta usted.

Esmeralda se levantó rápidamente y estrechó la mano a los dos.

—Por favor, siéntense. —Se notaba en su voz que Esmeralda estaba nerviosa. No solía recibir ese tipo de visitas y quería ayudar en todo lo posible.

Los agentes se sentaron y la doctora hizo lo mismo cuando los vio acomodados.

—¿En qué puedo ayudarles, agentes? —Carraspeó.

—Primero, agradecerle que nos haya atendido tan rápido. Su teléfono es uno de los pocos «no habituales» de los que recibió una llamada la víctima y nos gustaría saber el motivo por el que hablaron —comenzó a hablar Marcos después del pestañeo de Irene para que lo hiciera.

—¿De quién se trata? Necesito que me den el nombre. Soy oncóloga, puede ser que recibiera una mala noticia. No suelo dar buenas, para qué engañarnos. —Suspiró con los dedos preparados en el teclado.

—Nuria Miret.

Esmeralda se subió las gafas y tecleó el nombre con los dedos índices.

Fueron unos segundos, pero a los agentes se les hizo eterna la espera.

—¡Aquí está! —exclamó la doctora, mirándolos por encima de las gafas.

—¿La recuerda? —preguntó Marcos con incertidumbre por la respuesta.

—No, lo siento. No les voy a poder ayudar en eso.

Tengo muchos pacientes y es imposible acordarme de todos los que han estado aquí.

Lo único que les puedo decir es su estado de salud y los datos que registré en la consulta.

—Se encogió de hombros—. Lo siento, de verdad, pero ni siquiera recuerdo a las personas que estuvieron a primera hora de la mañana.

Irene sintió una gran impotencia ante la sinceridad de Esmeralda. Por una parte, la entendía, pero por otra, sentía una gran congoja al ver cómo ni siquiera prestaba atención a sus pacientes. Rezó porque no todos los médicos sintieran esa indiferencia hacia sus pacientes.

—Entiendo. Supongo que será normal que no recuerde a todo el mundo.

Nos puede decir su estado de salud. Se lo haremos llegar al forense por si es concluyente para el estado en el que se la encontró o si los medicamentos influyeron —explicó con detalle.

Necesitaba ese informe lo antes posible.

Podrían estar a unos centímetros de conocer el motivo por el que Nuria cambió de opinión sobre su primera declaración.

—Les puedo imprimir el informe para que lo lean ustedes mismos. Tenía cáncer. Ya lo sabía en las primeras pruebas que le hicimos. Avanzaba muy rápido. —Leía en la pantalla después de pulsar la tecla de imprimir.

—¿Hacía cuánto que lo sabía? —Se interesó Irene, sin dejar de mover la pierna en un baile constante.

—Meses. —Esmeralda se arrastró en la silla con ruedas para coger el informe de la impresora. Se lo entregó a Marcos.

—Pero la llamaron desde aquí hace unos días. Lo hemos revisado en las llamadas de Nuria Miret —dijo para contrastar la información de las llamadas.

—Puede ser. Según el registro de las consultas, Nuria se hizo varias pruebas y tuvimos varias citas.

Hace días la llamé para informarle de las opciones que tenía para empezar con la quimioterapia.

—Esmeralda leía la pantalla del ordenador—.

Pero lo rechazó, sabía que no había solución. —Bajó la mirada con impotencia.

—Ya sabemos el detonante —susurró Irene al oído de Marcos mientras Esmeralda seguía enfrascada en el ordenador.

Marcos tenía entre las manos el informe, y su mirada se posó en los datos de contacto.

«Beltrán Romero».

Señaló el nombre con el dedo índice.

—¡Joder! —Irene bajó la voz, pero no ocultó su sorpresa.

—¿Qué ocurre?, ¿les puedo ayudar en algo más? —Se ofreció Esmeralda.

Irene sacó el móvil y buscó la foto del asesinato de Nuria. Era la única que tenía. Esmeralda era médica, por lo que no le pareció tan mala idea enseñarle la foto, por si la reconocía. Necesitaba saber quién era ese Beltrán y si fue con ella a la consulta.

—¿No le suena? —Le enseñó la pantalla.

La cara de Esmeralda cambió.

—Sí, ahora sí sé quién es. Siento mucho no haberla reconocido antes, pero como aquí no hay fotos ni nada…

—¿Venía con alguien? Es importante —dijo Marcos con tono de súplica.

—Sí, venía con su pareja. Supongo que será el contacto, al menos, es lo más frecuente —añadió Esmeralda para no parecer una chismosa.

Miró el reloj para asegurarse de que no se estaba pasando del tiempo que tenía antes de la siguiente consulta.

—¿Cómo sabe que era su pareja? —Irene se quería cerciorar de la impresión de la doctora.

—Bueno, venían de la mano, y cuando recibió el diagnóstico de la metástasis le dio varios besos en la boca. Creo que los hermanos no hacen eso. Aunque vayan ustedes a saber ahora, con las modernidades. —Tragó saliva y miró el reloj de nuevo con descaro para que se dieran por aludidos.

—Perdone por quitarle tanto tiempo. —Marcos se levantó—. Nos ha ayudado mucho.

Irene estiró la mano para despedirse.

—Sí, muchísimas gracias. Sobre todo, por la rapidez con la que nos ha atendido. —Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Marcos abrió la puerta con el informe médico de Nuria Miret en la otra mano.

—Gracias a ustedes. Si les puedo ayudar en algo más, ya saben dónde estoy —se despidió sin levantarse de la silla.