Capítulo 15
La sesión de Patricia había quedado atrás, pero no sería la última.
La había llenado de positividad. Había abierto una puerta que podría franquear sin problemas y con ella de la mano.
Le gustaba hablar con Patricia, no siempre había sido así, pero después de todo no tenía a mucha más gente con la que poder abrirse y que tuvieran la obligación de guardar silencio sobre lo que le había contado.
Se sentía segura exponiendo sus miedos. Aunque tampoco es que los mencionara abiertamente, pero Patricia sabía a lo que se refería con pocas palabras.
Al principio, pensaba que no la podía entender, y en el fondo lo seguía pensando.
Pero quizá sí pudiera ayudarla. Tenía razón en que necesitaba un compañero, si había acertado en esa sugerencia puede que el resto de los pasos a seguir tuvieran un impacto positivo en su trauma y al final solo se quedara en una triste etapa de su vida.
El tráfico hasta comisaría había sido más denso de lo habitual, lo que la había obligado a avanzar despacio, casi a trompicones, y tuvo más tiempo para pensar.
El volante entre las manos, la radio apagada y el sol resplandeciente le añadió alegría a los pensamientos de que aquel iba a ser un buen día.
Había encajado con Marcos a la perfección, y a pesar de lo que descubrieron el día anterior sobre Joaquín y su compañero, siempre podía contar con él.
No tardó más de lo necesario en llegar a su ayuda cuando le llamó llorando.
Siempre estaba ahí. A cualquier hora. Con cada frenazo repasó los consejos que le había dado Patricia.
Tenía razón cuando insistía en que el miedo no podía ser el motor de su vida, pero reconocerlo no lo iba a hacer más sencillo.
Cuando aparcó frente a comisaría, se miró en el espejo durante unos segundos.
Las grandes ojeras que adornaban sus ojos marrones daban pistas claras de que no había dormido bien aquella noche.
Joaquín se quedó con ella en casa hasta que se quedó dormida.
No dejó que avisara a sus padres y Joaquín lo dejó pasar.
A pesar de que no le gustaba que los mantuviera en la ignorancia.
Después de todo, ya era mayorcita para tomar sus decisiones y no la podía obligar a hacer nada.
Solo se mantenía a su lado en los peores momentos.
Al atravesar la puerta principal, recibió la multitud de ruidos habituales y a los que tanto estaba acostumbrada y que la hacían sentirse como en casa.
Las miradas indiscretas de compañeros ingratos no se hicieron esperar, como cada mañana.
Irene pasó como si no fuera consciente de ellas.
Cada paso hacia su puesto de trabajo la alejaba más de la vulnerabilidad que había mostrado en la consulta y la acercaba a lo inevitable.
No quería hablar con Joaquín de lo ocurrido la noche anterior, y menos de la sesión con Patricia, pero era consciente de que estaría comiéndose la cabeza en su despacho hasta que la viera aparecer.
No sabía qué decirle, pero intentaría mantener la compostura para no preocuparle más de la cuenta. Eso ya lo hizo el día anterior.
Al llegar al pasillo principal, vio la puerta de Joaquín abierta. «Estará esperando». Respiró profundamente, se recolocó el abrigo y, con la mejor cara que tenía en su repertorio, entró.
—¿Estás mejor? —preguntó cuando Irene cerró la puerta.
—Sí, creo que ha sido un episodio puntual. No creo que vuelva a ocurrir —respondió, sentándose.
Joaquín soltó el ratón del ordenador y se incorporó colocando los brazos sobre la mesa. Pensó detenidamente las palabras antes de volver a hablar.
—Tienes que olvidarte de la investigación del secuestro y del resto de las niñas.
—Meneó la cabeza y se pasó la mano por la cara—.
Sé que es duro para ti, pero fue hace años y no se encontró ningún rastro más que el tuyo, por eso te encontré.
Tienes que pasar página de una vez, Irene.
Sé que es fácil decirlo y difícil hacerlo, pero se te va a enquistar la vida y luego no podrás salir del remolino de emociones traumáticas.
—Le cogió la mano por encima del escritorio—.
Lo he visto más veces en víctimas de secuestro o violaciones. No quiero que tú engroses esas listas.
—¿Piensas que me voy a suicidar? —preguntó entrecerrando los ojos.
—No lo sé… No sé lo que se te pasa por la cabeza —admitió—. Pero lo que vi ayer es difícil de explicar. Necesito a Irene Vega. A la inspectora de homicidios, no a la niña asustada que rescaté.
Los ojos del comisario brillaban bajo la luz de los fluorescentes del despacho. Sus palabras eran auténticas y cargadas de sentimientos.
—No te preocupes. —Asintió—. Voy a superarlo de una vez.
Puede que todos tengáis razón y no haya que escarbar más.
— Irene se levantó—. La idea del compañero ha sido un acierto.
Marcos es un tipo excepcional y puedo contar con él en las investigaciones…
bueno, mientras siga aquí, claro. —Agarró el picaporte—.
Voy a seguir con el caso de Nuria Miret.
—De acuerdo. Si necesitáis algo sobre el caso de Carla, me dices —dijo con un largo suspiro de alivio al ver que Irene estaba mejor que la noche anterior.
Irene recordó al compañero de Joaquín. No entendía por qué nunca dijo nada y, ahora, con aquel ofrecimiento, tenía la oportunidad de preguntar. Se lo pensó durante unos segundos. Puede que no fuera buena idea, pero tenía que intentarlo. A lo mejor, después de su crisis, se lo confesaba.
Giró el cuello para hacer la pregunta sin soltar el picaporte.
—¿Qué te pasó con tu compañero de la investigación del asesinato de Carla Miret? Hemos intentado buscarle para preguntarle por la investigación y no le encontramos —dijo como quien no quiere la cosa.
A Joaquín le cambió la cara. Palideció y, después de unos segundos, contestó a la pregunta que tanto reconcomía por dentro a Irene.
—Nunca he hablado de esto con nadie, Irene. Fue la peor época de mi vida. Lo habrás visto en el informe, se llamaba Samuel Hernández. —Carraspeó tapándose la boca—. Se suicidó durante la investigación del asesinato.
—¿Por qué nunca me lo has dicho?
—No quería que te afectara después de tus problemas con los compañeros.
—Se levantó y se puso a su lado—. Después de su suicidio no volví a tener compañero.
No podía. Sentía como si le sustituyera.
Me hacía sentir mal conmigo mismo. La culpabilidad de no haberme dado cuenta a tiempo. No le pude salvar, ¿sabes?
—No fue tu culpa. Tendría sus propios motivos para hacerlo.
Joaquín apretó los labios.
—Si quieres otro día lo hablamos, cuando estemos más tranquilos los dos.
—Claro —dijo comprensiva.
—Podéis repasar el informe de la investigación y, si algo no está bien reconstruido o hay errores, ya sabéis por qué ha sido —dijo a modo de disculpa.
—No te preocupes. Vamos a intentar conseguir la máxima información del caso de Carla para encontrar al asesino. Cada vez estoy más segura de que no fue David Ruiz.
Irene estaba ansiosa por continuar con la investigación. Se secó las manos en los pantalones. Joaquín tenía su propio calefactor y con la puerta cerrada estaba comenzando a sudar.
Se abanicó con su propia mano.
—Me voy. Me estoy muriendo de calor aquí dentro. Deberías mirarte el termostato. —Abrió la puerta del despacho.
—¿Seguro que estás bien? —Quiso asegurarse el comisario.
—Creo que sí, ¿y tú?
—El suicidio de un amigo nunca se supera. Por eso nunca te lo dije. No quería que ese suceso en mi vida marcara la tuya, ¿lo entiendes? —susurró.
—Por supuesto que sí.