No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Después del ataque de ansiedad que sufrió la noche anterior, Irene se tranquilizó cuando Joaquín fue a buscarla.

Estuvieron hablando largo y tendido mientras la inspectora se relajaba.

Los recuerdos volvían y era obvio que necesitaba ayuda para comenzar a superarlo, así que decidieron que era importante que fuera hablar con Patricia.

No iba a ser tan rápido como quisiera, pero era necesario y, además, urgente.

A primera hora de la mañana, Irene estaba en la puerta de la consulta de Patricia, la psicóloga de la policía.

Llevaba años en terapia. En las últimas sesiones parecía que estaba mejor, por lo que Patricia decidió ir espaciando las veces que se veían al mes.

Pero con lo ocurrido, parecía que ese descenso de horas no había sido la decisión adecuada para los recuerdos de Irene. Habían vuelto, y con mayor fuerza.

Llamó a la puerta y esperó. Se escucharon pasos al otro lado, y en unos segundos, Patricia apareció con un gesto sentido y formal.

No eran amigas, su relación era profesional, pero tantas horas habían forjado una relación con tintes personales.

Patricia era una persona con un gran corazón y muchas ganas de ayudar.

Los traumas de los policías eran diferentes a los del resto de la población, y a veces era recomendable hablarlo con la psicóloga para que no se sintieran solos y pudiera derivar en un trauma mayor.

Joaquín sugería a los agentes a su cargo que al menos fueran a verla una vez al año. Aunque solo fuera para desahogarse.

—Pasa, Irene, te estaba esperando. —Se apartó de la puerta para que entrara a la consulta.

Irene no saludó. Se frotó las manos con nerviosismo y se sentó.

Patricia solía dejarle su espacio. La presión no era buena compañera, y si la presionaba podía perderla para siempre.

La relación construida estaba basada en la confianza ganada a base de esfuerzo y paciencia, pero con un mal paso por parte de Patricia podía mandar al traste todo lo construido.

—¿Me quieres contar qué pasó ayer? —preguntó con los dedos cruzados en la silla situada enfrente de la que estaba Irene.

—No sé si me voy a poder explicar con claridad sin que parezca que estoy loca —dijo al fin, después de tragar saliva.

El despacho de Patricia era un remanso de paz, que era lo que quería trasmitir. Los colores neutros, la escasa decoración y los grandes ventanales hacían que la luz que traspasaba por las rendijas de los paneles japoneses te hiciera sentir bien. Era como estar un día al aire libre.

—Ya te he dicho muchas veces que nadie está loco. Simplemente cada uno ve las cosas de una manera y afrontamos las situaciones de formas diferentes —explicó con calma.

Patricia tenía un aspecto cuidado. No era especialmente guapa, pero sabía sacarse partido.

Nunca vestía de forma llamativa, y los colores con los que solía vestir eran igual de neutros que los de su despacho.

En las sesiones apuntaba en un cuaderno, el cual provocaba verdadero rechazo a Irene, sentía que ahí era donde quedaban reflejadas sus paranoias infantiles.

—No lo he superado, ni lo voy a hacer, porque quien lo hizo sigue suelto por ahí —dijo con ira, escondiendo las manos entre los muslos. Sentía que se protegía de alguna manera.

—Esa no es razón para lo que pasó ayer. Irene, Joaquín me contó cómo te encontró, y tenemos que trabajar en ello, poco a poco, pero tienes que poner de tu parte —prosiguió cambiándose el pelo de lado—. Ahora, con tu nuevo compañero, lo estás intentando y vamos por el buen camino, ¿vale?

—Vale.

—Pero no es suficiente. ¿Te han venido recuerdos de tu secuestro?

—No —mintió.

—Bueno, entonces intenta decirme el motivo por el que ayer te dio un ataque de ansiedad, ¿puedes intentarlo? —dijo con voz tranquila y pausada.

—No solo fue ayer…, me pasa siempre, pero nunca te lo había dicho porque no quiero estar viniendo aquí y viendo cómo me miras con cara de «pobrecita, que loca está» . Ya me entiendes. —Se echó hacia atrás en la silla.

—Eso no es cierto, hemos hablado de esto muchas veces y te he dicho que estoy para ayudarte. ¿De verdad crees que me hice psicóloga para reírme de la gente que necesita mi ayuda?

—Claro que no.

—Entonces, vamos a centrarnos en solucionar el problema.

Por favor, Irene. Tienes que empezar a buscar tu lugar seguro en esas situaciones.

Lo puedes conseguir, pero primero vamos a encontrar el motivo por el que han vuelto a aparecer tus temores, o más bien, por qué ahora son más fuertes. ¿Te parece bien?

Irene tragó saliva y asintió.

—Quiero que estés a gusto y me cuentes lo que quieras. Así que dime que pasó ayer para que te comenzaras a sentir así. —Patricia escribió en el cuaderno.

Irene no podía ver desde su posición lo que había escrito, pero por dentro se moría de ganas de leerlo. Iba a hacer un esfuerzo por superar sus miedos. Por primera vez, le haría caso, no perdía nada. La escena del día anterior la asustó. Volvió a revivir las sensaciones que sintió en aquella casa.

—Estar sola de noche en la calle… Comencé a pensar que me estaban vigilando.

—Hizo un silencio antes de continuar—. Lo cierto es que siempre me pasa, por eso no me gusta salir por la noche.

Creo que la persona que me secuestró está esperando a volver a hacerlo. Que tarde o temprano volverá a ocurrir.

—Irene, ¿sigues pensando que quien te secuestró era un policía?

La inspectora bajó la mirada. Patricia esperó a que contestara, pero no lo hizo. Tras unos segundos de espera, comprendió que la respuesta era afirmativa.

—Lo primero que tienes que hacer es dejar de pensar que es un policía, y menos aún que está en tu comisaría —dijo Patricia con voz serena.

Volvió a escribir en el cuaderno.

—Eso no lo voy a poder hacer. Hice una investigación y sé que es uno de ellos. Las pruebas apuntan a que es un policía. Puede que ahora ya no esté en mi comisaría, pero lo estuvo —afirmó convencida de lo que decía.

—¿Y puede ser que veas pistas donde no las hay? ¿Conoces el término de «apofenia»?

Irene sonrió y soltó una carcajada. Se cruzó de brazos con ironía, sin dejar de mirarla.

—Soy inspectora del departamento de homicidios, ¿de verdad te piensas que no sé hacer mi trabajo? —matizó de manera hiriente.

—Por supuesto que lo sabes hacer. Lo has demostrado en infinidad de casos.

Pero este es tu caso y es diferente. Quieres encontrar a un culpable y lo buscas.

No vas a parar hasta que lo encuentres, y por eso mismo ves conexiones o patrones donde no existen.

Apofenia. Solo lo ves tú. —Patricia se echó hacia delante en la silla—.

¿Crees que Joaquín no es buen comisario?

—Por supuesto que lo es. De hecho, es el mejor comisario que conozco —afirmó, convencida de que así era. Además, era la mejor persona que conocía. De hecho, estaba ahí por él.

—Y entonces, ¿por qué crees que te hizo parar? ¿No sabe lo que hace? Si tus pruebas eran tan convincentes, ¿por qué te hizo dejarlo? —Patricia tenía el cuaderno entre sus muslos, con las manos encima, y sujetaba el bolígrafo con fuerza entre sus dedos finos y delgados.

Irene clavó la mirada en el suelo.

—Lo hizo porque no ibas por buen camino.

Joaquín fue quien te encontró y fue la persona que te salvó.

Fue el inspector que siguió el caso durante años.

Fuiste la única niña a la que pudo salvar de las cinco que desaparecieron, y por eso mismo no piensa dejar que vivas en el pasado.

—Respiró hondo. Irene debía entender que era ella misma quien no se permitía avanzar.

Olvidar—. Irene, tienes que salir de ese zulo en el que estabas.

Saliste en la vida real, pero en tu cabeza sigues allí.

Sé que es duro, pero tienes que olvidarlo.

Asintió con lágrimas en los ojos. Tenía razón.

Debía continuar. No encontraron al secuestrador ni se supo nunca si aquellas niñas fueron asesinadas y enterradas o aún seguían perdidas, pero ella consiguió salir gracias a Joaquín y la mejor manera de agradecérselo era aprovechar su vida.

La estaba echando a perder y ni siquiera era consciente.

—Ya no estás ahí. Tienes que darte cuenta de que saliste y estás a salvo —insistió.

Patricia se levantó y se colocó al lado de Irene.

—Nos vamos a centrar en avanzar poco a poco. Tienes que perder el miedo a salir sola por la noche. El secuestrador ya no está. Nadie te vigila. —Patricia sabía que aquel día Irene había dado el primer paso para olvidar, pero continuar avanzando solo dependía de ella misma.

—Ya he avanzado mucho en la relación con mi compañero.

—Tragó saliva mientras pensaba—. Es el objetivo que nos propusimos la última vez que nos vimos.

Es raro que me sienta bien en su presencia, incluso podría decir segura, nunca me había pasado.

—Volvió a mirar a Patricia—. Creo que es una gran persona y su forma de ser me ha hecho confiar sin tener miedo a hacerlo —declaró convencida.

—No todos los hombres te van a hacer daño, Irene. La persona que te secuestró era mala, pero eso no quiere decir que el resto de los hombres lo vayan a ser. Tienes que construir relaciones sanas con la gente de tu alrededor.

—Entonces creo que vamos por el buen camino. Esta semana también voy a quedar con un chico… —Sonrió secándose las lágrimas.

—Eso está muy bien. —Le acarició la espalda con cariño—. Estoy segura de que lo vamos a conseguir. Puedes hacerlo. —La miró—. Te lo mereces.

—Gracias —dijo emocionada.

—Pero tienes que dejar de pensar que tu secuestrador es un policía con el que te cruzas todos los días en la comisaría, ¿lo harás?

—No te lo puedo prometer sin mentirte —sonrió con tristeza.

—Prométeme al menos que lo intentarás —dijo Patricia con resignación.

—Vale, lo intentaré.