No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Las calles ya estaban oscuras cuando Irene aparcó cerca del portal de sus padres.

El frío de la noche arrastraba el cansancio del día y, sin embargo, no se sentía agotada.

Al contrario, había en su interior una calma extraña, como si poco a poco el nudo de rabia que la había amenazado horas antes se hubiera deshecho en silencio.

El día había sido largo, lleno de conversaciones incómodas y revelaciones inesperadas, pero también había tenido un matiz distinto.

Había notado que podía confiar en él cada vez más y la relación de compañeros iba en aumento.

Tenía ganas de conocer a su mujer, ya que estaba segura de que sería una gran persona, como lo era él.

Al principio lo había mirado con distancia, como a todos, convencida de que terminaría siendo otro compañero con el que cruzar pocas palabras y demasiadas rutinas.

Sin embargo, la complicidad aumentaba a medida que investigaban, debido a los gestos y detalles que conlleva el propio trabajo de policía.

La unión tendría que ser máxima para conseguir que sin hablar se entendieran y tuvieran ventaja en una situación de peligro.

El hecho de tener una conexión con alguien la había sorprendido gratamente.

Era una relación de amistad y profesionalidad que había empezado con buen pie.

Pensó en lo que le podía haber pasado a Joaquín con su compañero para no querer nombrarlo.

Irene nunca había oído hablar de él. Ni una sola vez.

Le dolió al principio, pero quizás se había confundido al pensar que el mutismo era por otro motivo que no fuera dolor.

Incluso puede que Joaquín nunca la obligara a tener un compañero porque entendía mejor que nadie lo que la propia palabra «compañero» significaba.

Esa idea había desarmado la furia inicial y, en cierto modo, la había sustituido por una especie de empatía silenciosa.

Quizá entender por qué se quitó la vida aquel hombre era la pieza que faltaba para que Joaquín pudiera cerrar de una vez su propio pasado.

Y si ella podía ayudarle a encontrar esa respuesta, aunque fuera sin decírselo directamente, tal vez no solo avanzaría en la investigación, sino que también le devolvería algo de lo mucho que le había dado.

Cruzó la acera y miró hacia el edificio familiar. Desde la ventana del salón se filtraba una luz cálida y se le dibujó una sonrisa leve, casi involuntaria. El día terminaba con más preguntas que certezas, pero también con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola.

Entró en la casa de sus padres con las llaves. Su madre, Sara, fue la primera en ir a recibirla. Al verla le dio un gran abrazo con una sonrisa.

—¿Qué tal, hija? ¿Estás liada esta semana? Papá está poniendo la mesa con tu hermana y Juan, que han venido a cenar con nosotros.

Elia era su hermana mayor. Se había casado con Juan hacía un par de años.

Se habían unido en la idea permanente de buscar un novio a Irene y no cesaban en la búsqueda.

Juan llegaba todas las semanas con un nuevo candidato de su trabajo.

Era informático y trabajaba en el departamento de sistemas.

Se podía tirar horas contando anécdotas de la gente que pedía archivos y de cómo encontraban archivos personales en la nube.

Siempre insistía en que no había que guardar nada en los ordenadores del trabajo.

—Hola, papá —saludó Irene, dándole un beso a su padre.

—Hola, hija. Elia y Juan están en la cocina, que tu hermana se ha empeñado en hacer un asado y quería experimentar con la ayuda de tu madre —explicó con un gesto de que no entendía mucho de que iba todo aquello.

Juan llegó por el pasillo y entró en el salón, donde estaba Irene con Paco. Le dio una palmada a su suegro y un beso en la mejilla a Irene.

—Ya pensábamos que no venías. ¿Mucho trabajo? Si necesitas ayuda para recuperar algún archivo, aquí me tienes. —Le guiñó el ojo.

—Gracias, pero de momento no quiero que vayas a la cárcel. —Sonrió—. Mi hermana me mataría. No creo que nadie la aguantara —susurró sin dejar de sonreír.

—Eso es verdad —añadió el padre, colocando los cubiertos en la mesa.

Juan colocó la ensalada que llevaba en las manos.

—¡Quítate el abrigo! —gritó su madre.

Irene se lo quitó con una sonrisa.

—¡Venga, a sentarse todo el mundo! —Elia llegó sujetando el asado con los guantes del horno puestos.

Paco hizo sitio para colocar la fuente caliente. Elia miró a su marido con felicidad. Los presentes sabían que debían decir que estaba buenísimo, aunque estuviera asqueroso. Sara comenzó a repartir el asado mientras el resto no dejaba de adular a Elia por lo bien que olía.

—¿Qué tal vas de novios, hija? —preguntó Paco, que estaba preocupado por morir sin verla con pareja.

—Ay, papá, no empecemos con eso. Sabéis que no tengo tiempo para nada. Además, no quiero ni casarme ni tener hijos… de momento —zanjó para que la dejaran en paz.

—Bueno, pero un novio, para que no estés sola… —dijo con pena—. Hija, yo solo quiero que tengas a alguien que te cuide cuando tu madre y yo no estemos aquí.

—Vale, pero de momento no os vais a morir, ¿no? —Paco asintió—. Entonces aún tengo tiempo.

Juan comenzó a reír.

—Yo tengo un compañero muy majo al que le pareces muy guapa.

—¿Y cómo le parezco muy guapa si no me ha visto? —preguntó, temiéndose la respuesta.

—Tengo móvil y fotos tuyas. Une pistas —dijo con sarcasmo.

Irene puso los ojos en blanco. No le gustaban las citas a ciegas, y menos conocer a un amigo de su cuñado, pero lo cierto es que estaba cansada de estar sola.

Llegar a casa y que nadie la estuviera esperando se le hacía cada día más pesado.

Se sentía como un cachorro sin madre. Sabía que su familia siempre iba a estar ahí, pero necesitaba una pareja en la que apoyarse diariamente, sentirse querida.

Sin embargo, sus traumas la hacían recapacitar.

Tenía sentimientos de soledad, pero a la vez miedo a que le ocurriera algo malo.

Aquella experiencia tan traumática en su vida había calado tan hondo en su personalidad que no dejaba entrar a nadie.

Las pesadillas estaban volviendo. Solo lo sabía Joaquín.

No veía necesario preocupar a sus padres con el suceso que no dejaba de irrumpir en sus sueños.

—Venga, enséñame una foto. Lo mismo os cumplo el deseo —dijo Irene con guasa.

Juan sacó el móvil del bolsillo para buscar rápido una foto de su compañero.

—Mira que guapete es, ¿verdad? —Se rascó la barbilla con la mano libre—. Tu hermana ha dicho que no es tan guapo como yo, obviamente, pero que te podría gustar.

Juan buscó la mirada de Elia para confirmar que el plan estaba funcionando.

—Hija, queda con ellos. Si el chico es majo. Todos hemos visto la foto —añadió Sara, con el tenedor a medio camino entre el plato y su boca.

—Si te parece bien, para que no quede violento, podemos hacer una cena en nuestra casa y le invitamos. Así no es tan raro, y si luego no te gusta, te vas y ya está. ¿Qué te parece? —Elia estaba emocionada ante la reacción de Irene. Por norma general, su respuesta era negativa desde el principio.

—Venga, pero me dejáis en paz durante un par de meses con fotos de más chicos, ¿vale?

—Claro, claro. —Paco se llevó la mano al pecho.

El resto de la familia asintió, convencidos de que era la única oportunidad que tendrían de que saliera un poco de casa para algo que no fuera ir a trabajar. Debido al secuestro, Irene no salía de casa por la noche a no ser que fuera imprescindible.

—Hagamos la prueba, pero ya os digo que, si no me gusta, no pienso volver a quedar con él por mucho que me insistáis —quiso dejar claro.

—Por supuesto. Nunca se sabe, hermanita. Este puede ser el principio de un gran amor. —Elia miró a Juan, contenta—. Y, si os hacéis novios, podemos salir los cuatro —dijo con grandes esperanzas puestas en la futura cena.

—No empecemos, Elia —Irene puso los ojos en blanco.

Se había divertido en la cena. Le gustaba estar con la familia y acumular recuerdos felices.

Formar parte de la vida de personas a las que quería tanto le hacía sentirse afortunada.

Aquella cena que preparaban una vez a la semana le daba fuerzas para continuar hasta la semana siguiente.

Disfrutaba con su compañía y a la vez le recordaba que no se encontraba sola. Tenía a gente que la quería.

La calle estaba vacía y silenciosa cuando se despidió de Elia y Juan en el portal.

Habían aparcado en direcciones contrarias.

Comenzó a caminar deprisa cuando cruzó la esquina.

Apretó el abrigo contra su cuerpo y las llaves del bolsillo.

No había nadie y, sin embargo, la sensación de vulnerabilidad le recorría la espalda como un escalofrío.

Era absurdo, lo sabía, pero no podía evitar recordar.

Había pasado media vida enfrentándose a hombres capaces de cosas mucho peores que acechar a una mujer en la oscuridad.

Pero allí estaba, con el pulso acelerado, contando mentalmente los metros que le faltaban hasta el coche.

Se obligó a mirar al frente, pero los reflejos de los escaparates apagados le devolvían la sombra de una mujer más cansada de lo que quería admitir.

Esa imagen, apenas un destello en el cristal, le hizo pensar en lo frágil que podía llegar a ser pese a todo su empeño en mostrarse firme.

Quizá era eso lo que más le enfadaba, que todavía existiera un hueco en ella para el miedo, para las dudas.

El sonido metálico de un cubo al caer le hizo dar un respingo.

No había nadie, solo un gato que se escabullía, pero el sobresalto bastó para apretar aún más las llaves en la mano.

Irene apuró el paso, con la respiración entrecortada hasta que por fin alcanzó el coche.

Cerró la puerta de golpe, apoyó la frente en el volante y dejó escapar un suspiro largo, como si soltara algo que llevaba demasiado tiempo dentro.

No era miedo a la oscuridad ni a lo que pudiera encontrar, sino un miedo a sí misma, a no poder controlar esas heridas que se volvían abrir cuando bajaba la guardia.

Encendió el motor y las luces iluminaron la calle vacía.

No había nadie, nunca lo había habido, y aun así no podía librarse de la idea de que algo la seguía acompañando siempre: su propia inseguridad.

Apretó el volante y comenzó a llorar con la cabeza agachada. No podía ser que todo estuviera volviendo de nuevo. Esta vez no estaba segura de poder superarlo.

Llamó a Joaquín.

—Hola, Irene.

No contestó, solo escuchaba su llanto.

—¿Dónde estás? Voy ahora mismo.