Capítulo 12
Irene se quedó en silencio hasta que llegaron al barrio en el que se encontraba la comisaría.
—¡Es que todavía no me lo creo! —exclamó con un gran enfado.
—Tranquilízate, ya sé que es tu mentor, pero si no te ha dicho nada de lo que ocurrió, será por algo. No creo que te lo haya querido ocultar. Simplemente tendrá un motivo. —Asintió con una amplia sonrisa para dar por zanjado el tema.
—No lo entiendes, Marcos, es más que eso. Cuando decidí que no quería compañero, hubiera sido un momento ideal para contarme lo que le pasó al suyo, ¿no?
—Sí, tienes razón, pero pregunta antes de juzgar. Siempre es lo mejor —le aconsejó Marcos.
—Puede que tengas razón, pero creo que lo voy a dejar pasar hasta que esté un poco más tranquila. —Respiró profundamente.
—Irene, déjalo estar. Si quieres, cuando terminemos con el caso y ya no estés tan nerviosa, le sacas el tema. Pero recuerda que hay que escuchar primero —insistió sin dejar de mirarla.
La inspectora asintió.
—Puede que sea una tontería y ya está. Incluso que no me lo quisiera contar para no perjudicarme.
—Claro, puede —confirmó.
Marcos abrió la puerta para subir a comisaría.
—Vamos, tenemos cosas que hacer, ¿no te parece?
—Sí. Vamos.
Irene salió del coche y fue tras los pasos de Marcos.
David le había soltado la bomba casi sin pestañear, como si hablara de algo secundario, y a ella todavía le martilleaban sus palabras.
El compañero de Joaquín se había suicidado durante la investigación de Carla.
Y nadie, absolutamente nadie, le había contado nada en veinte años.
Joaquín menos que nadie. Irene notaba cómo la sangre le hervía en las sienes.
Sintió un nudo en la garganta, mitad rabia, mitad decepción.
Le había dicho a Marcos que se callaría, pero no estaba segura de que fuera capaz de hacerlo cuando le viera.
Su mente no dejaba de darle vueltas mientras andaba.
El aire le rozaba las mejillas sonrojadas por el frío y las preguntas se le arremolinaban sin respuestas.
¿Cuántas cosas más le habría ocultado? ¿En cuántos silencios había confiado ciegamente mientras se dejaba la piel en cada caso?
Por un momento, quiso subir las escaleras de dos en dos, empujar la puerta de su despacho y encararle hasta que le dijera la verdad. Pero no lo hizo.
El aire frío le había ayudado a ordenar las ideas.
Marcos la miró con los ojos llenos de preocupación, caminaba atento a sus gestos, como si supiera la tormenta que rugía por dentro.
Él había intentado suavizarlo, pero puede que mañana volviera a surgir la necesidad de saber qué había pasado y el motivo por el que no se lo había dicho.
En el vestíbulo, el bullicio habitual de teléfonos sonando y pasos apresurados los recibió como un murmullo lejano.
Irene subió los escalones con calma, más de la que realmente sentía.
Había tomado la decisión y la mantendría.
Adrián salió a su encuentro cuando los vio en el rellano. Apuró el paso por las prisas que le había metido Joaquín antes de irse de comisaría.
—Hola, chicos. Soy Adrián —dijo con alegría al saludar a Marcos, que no le conocía.
—Toma, Irene, me ha dicho el comisario que te lo diera en cuanto entraras por la puerta. Parece que es urgente. —Le dio una carpeta con el logo de la policía.
La inspectora la abrió y leyó por encima cada una de las hojas. Se lo pasó a Marcos para que lo viera.
—Es el registro de las llamadas de Nuria —comprobó Marcos.
—Exacto. Gracias, Adrián. ¿Te ha dicho algo más?
—No, solo eso. Si necesitáis algo, me decís —dijo antes de irse.
—Encantado —Alzó la voz Marcos, a lo que Adrián levantó la mano.
Anduvieron hasta sus puestos de trabajo y se sentaron. Marcos encendió el ordenador. Esperó a que se encendiera mientras miraba a Irene.
—Parece un tío majo, ¿no? —dijo Marcos para entablar una conversación con su compañera.
—Lo es. Siempre está dispuesto a ayudar. Además, es una persona de fiar y que pasa desapercibido.
—Te lo he dicho porque hay compañeros que te hablan. No todo es malo.
—Sí, Adrián se incorporó después de lo que pasó y, como no le gustan los rollos, se mantuvo al margen desde el principio. No le comieron la cabeza, aunque lo intentaron. Y mucho.
—Bueno, intenta no darle muchas vueltas al tema. Si estás feliz con los compañeros que hablan contigo, pues listo. Los malos rollos hay que dejarlos a un lado. —Le guiñó un ojo—. Vamos a darle una vuelta a lo que hemos hablado con David, ¿no?
Irene cogió la carpeta de las llamadas y revisó las que hizo el día del asesinato.
—¿Te parece si nos repartimos las llamadas? —preguntó Irene.
—Lo que tú veas, pero no creo que hiciera tantas llamadas el mismo día, ¿no? —añadió confuso, apoyado en los reposabrazos de la silla.
—No, hombre, vamos a revisar las llamadas y mensajes de meses anteriores. No creo que conociera al asesino esa noche. Lo que quiere decir que cabe la posibilidad de que hablara con alguien de lo que ocurrió. —Se rascó la cabeza, pensando en lo que había dicho David en la cárcel.
—¿Qué pasa, compañera? —Marcos estaba mirando la primera hoja de las que le había pasado Irene.
Asintió para sí misma.
—¿Irene?
—Sí, perdona, es solo que después de hablar con David, me parece que tiene razón. —Echó la silla hacia adelante y se pegó a Marcos.
—¿A qué te refieres? —preguntó, aún con las hojas en la mano y el brazo en alto.
—Pues que la persona a quien cubría tenía que ser más importante que su propia sobrina… —Levantó las cejas y asintió a la misma vez—. ¿No se te ocurre nadie?
Marcos la miró fijamente con los ojos muy abiertos.
—¿Estás pensando en el hermano de Nuria? —El inspector tragó saliva.
—¿Se te ocurre alguien más? —Irene estiró el cuello.
Le parecía que no podría haber nadie más importante en la vida de Nuria que su propio hermano—.
Además, si lo pensamos y analizamos con cabeza, llegamos a la conclusión de que antes eran uña y carne, pero después del asesinato de Carla dejaron de hablarse.
Iba a confesar que mintió. No creo que sea casualidad. ¿Crees que no tiene lógica?
—Sí, la tiene, pero es que Raúl y Ariadna nos dijeron que estaban de viaje ese fin de semana, y por eso Nuria estaba cuidando de sus sobrinos —recordó, tocándose el pelo.
—¿Y si era una coartada?
—Pero entonces Joaquín lo habría descubierto en su investigación —insistió en desestimar la hipótesis de Irene.
—Puede ser, pero también es plausible que, si su compañero se suicidó, estuviera despistado —susurró al colocarse de nuevo en la silla con mal gesto.
Marcos miró a su alrededor para comprobar que nadie estaba escuchando. Resopló antes de hablar.
—Vale, escúchame una cosa. Si no vas a olvidar que te haya ocultado información, si te hace sentir mejor, podemos repasar la investigación del asesinato de Carla…
—Hizo una pausa para volver a resoplar antes de terminar lo que había pensado.
Aunque ya se había arrepentido con solo pensarlo—.
Podemos investigar qué es lo que pasó con el compañero.
En el informe viene el nombre de otro agente.
Irene se frotó las manos con una sonrisa de oreja a oreja.
—Me parece muy buena idea, aunque puede que tu mujer no esté muy de acuerdo. No te quiero robar tiempo, Marcos. Te agradezco la idea, y lo cierto es que me ayudaría a distraerme.
—Pues ya está, dicho y hecho.
Marcos sacó la carpeta del informe que les dio Joaquín. Y señaló un nombre junto al del comisario en la primera hoja.
—Aquí tienes al compañero. Puede que lo que descubramos no sea agradable y ese sea el motivo por el que ha guardado silencio tantos años —dijo Marcos como último intento para que cambiara de opinión.
—Ya.
—¿Entonces?
—Tengo que saber el motivo por el que no me lo ha dicho. Supongo que habrá sido doloroso, pero quiero saberlo. Me ayudaría a entender por qué no ha confiado en mí —se le atragantaron las palabras.
—Que no te lo haya dicho no quiere decir que no confíe en ti o cualquier otra historia que te hayas montado en la cabeza.
Irene cruzó los brazos.
—Te recuerdo que la idea ha sido tuya. —Levantó las cejas.
—Ya, ya, no me lo recuerdes. Creo que el camino escogido no nos va a llevar a un buen final. —Sonrió.
—De eso puedes estar seguro, compañero. —Asintió con una leve sonrisa.