No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 11
24%

Capítulo 11

Era una cárcel de máxima seguridad. El edificio estaba en buen estado, con una fachada de ladrillo gris y algunas zonas de color amarillo oscuro.

Marcos nunca había estado allí. Se quedó un momento observándolo desde la distancia.

Tenía grandes dimensiones y la zona estaba en completo silencio.

El lugar parecía abandonado y a simple vista no se detectaba actividad en su interior.

—¿No has estado nunca en una cárcel? —preguntó Irene sin expresión en el rostro.

—No, nunca. Solo las he visto en las películas, para qué engañarnos —contestó sin dejar de observar, con las manos en los bolsillos.

—En la realidad son parecidas, pero peor cuidadas y dan más miedo, para qué engañarnos —repitió la última frase de su compañero—. No creo que sea día de visita, por lo que puede que tengamos que esperar un poco hasta que nos dejen verle.

—No creo que se niegue a hablar con nosotros. Estar aquí dentro tiene que ser muy deprimente. Y más aún, si él no lo hizo —recalcó con voz lastimera.

—Bueno, eso de momento no lo sabemos. A veces todo apunta a que no, pero después aparece la verdad y confirma lo que habíamos descartado. —Encogió los hombros y llamó al interfono de la entrada.

—Supongo que se tendrá que agarrar a cualquier resquicio de duda con la esperanza de poder salir, aunque lo haya hecho. —Hizo un ligero movimiento de balanceo mientras esperaba a que contestaran.

—Ahora hay que tener paciencia hasta que consigamos entrar. Espero que hayas desayunado fuerte en casa. —Sonrió—. Porque vamos a estar un buen rato esperando.

—No pasa nada, es parte de nuestro trabajo —dijo Marcos, mirando el cielo encapotado.

La cárcel era aún más grande de lo que parecía desde fuera.

Uno de los trabajadores los acompañó durante todo el trayecto hasta la sala donde, después de una larga espera de más de media hora, entró David.

No era día de visita, por lo que cumplir el protocolo era más tedioso que los días que estaban preparados para recibir a los familiares de los presos.

David era un hombre sin ningún rasgo atractivo a simple vista.

Era alto, delgado, y un gesto triste invadía cada uno de sus gestos y miradas.

Al entrar en la sala donde esperaban Irene y Marcos se quedó entre confundido y asustado.

No esperaba ninguna visita. Cuando le dijeron que la policía quería hablar con él, sintió temor de no volver a ver la luz del sol.

Desconocía el motivo de la visita ni lo que querrían los policías.

Decidió que lo mejor que podía hacer era mantener la calma y ser prudente.

Se pasó la mano por la cabeza rapada varias veces debido al nerviosismo de la reunión.

David era una persona que se alteraba con facilidad.

La cárcel había cambiado su personalidad de un extremo a otro.

Ya no era el chico alegre y dicharachero ni confiado de hacía varias décadas.

Su principal rasgo era la desconfianza ante cualquier situación o persona.

—Hola, David, soy la inspectora Irene Vega, y él es mi compañero, el inspector Marcos Bernal. —Se sentó de nuevo en una de las sillas de acero frío.

—Hola —dijo David, y se sentó colocando las manos esposadas sobre la mesa.

—Entiendo que estés desubicado y nervioso —intervino Marcos para calmar los ánimos—, pero hemos venido a ayudarte. ¿Sabes quién es Nuria Miret? —preguntó y esperó a que David asintiera—. Ha aparecido asesinada.

Los agentes observaron con detenimiento la reacción del presidiario.

—¡No puede ser! —exclamó con las manos en la cara y los ojos brillantes—. Eso significa que voy a pasar aquí el resto de mi vida. ¡Es injusto! —gritó con dolor—. Llevo aquí media vida y voy a morir aquí dentro por un crimen que yo no cometí —continuó, alzando la voz.

—Te vamos a ayudar, y si no fuiste tú, te sacaremos de aquí. Pero primero tienes que ayudarnos tú —prosiguió Irene, sosteniendo la mirada a David—. ¿De qué conocías a Nuria?

David negó con la cabeza varias veces y se frotó los ojos antes de que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas demacradas.

—Era la tía de Carla, mi novia. Miren —dijo con la voz rota y la mirada gélida—, alguien mató a mi novia.

El día que la asesinaron, yo la dejé en el portal de su casa.

Le di un beso y me marché. El asesino estaría observando y cuando me fui la mató.

—Se pasó la lengua por los labios antes de continuar—.

Nuria testificó que me vio matarla, pero era mentira.

Encubría a alguien, ¿a quién? No lo sé —Alzó la voz al contestar—.

Lo único que les puedo decir es que Nuria me jodió la vida.

Ahora iba a intentar enmendarlo. Vino a verme hace un par de semanas.

—Cogió aire para poder seguir hablando—. Vino a pedirme perdón.

—¿Perdón? —preguntó Irene, sorprendida.

—Sí, porque por su testimonio estoy aquí.

Marcos ladeó la cabeza para mirar a Irene. Lo que narraba David era muy extraño.

—¿Y por qué te iba a querer ayudar? —quiso saber Irene.

—Me dijo que se arrepentía. En la celda tenía una tarjeta de mi abogada, se la di para que se pusiera en contacto con ella.

Me quería ayudar a salir de aquí. Incluso quería testificar que mintió en el juicio, si era necesario.

Si no me creen, pueden preguntar al guardia que me trajo la tarjeta de Berta Zamora —se justificó antes de que pusieran su palabra en tela de juicio.

—Era lo único que apareció en la escena del crimen de Nuria —confirmó Marcos—. Pero no tiene sentido que te quisiera ayudar después de veinte años. Supongo que la mala conciencia no aguanta tanto tiempo en silencio. —Frunció el ceño.

—Miren, no lo sé. Lo único que les puedo decir es que alguien quiere que esté aquí para siempre por un crimen que no cometí. Y parece que lo está consiguiendo —explicó con dureza, pero aguantando la imagen de tipo duro.

Irene escuchaba a David, procesando cada una de sus palabras.

—¿Quieres decir que la persona que mató a Carla fue la misma persona que ha matado a Nuria? —resumió.

—Exacto. No hay otra persona que pueda querer matar a Nuria ahora que iba a retractarse de lo que dijo, ¿no?

Sé que para la gente soy un asesino y no tengo ni corazón ni voz, pero no es así.

Estoy en la cárcel por una injusticia llena de prejuicios, como ocurre a lo largo de la vida a cualquier persona.

La única diferencia es que a mí me llevó a la cárcel.

Yo era un chaval que trapicheaba y no iba a al instituto.

Tenía malas compañías y me dejaba influenciar por gente no recomendable, pero eso no me convierte en un asesino.

—Se echó hacia atrás y cerró los ojos un par de segundos—.

Cuando Nuria vino por primera vez, me dieron ganas de matarla aquí mismo.

Fue su testimonio lo que me encerró. El juez creyó antes a una mujer de bien que trabajaba ayudando a personas, que a un quinqui como yo.

Pero cuando la vi… Me pidió perdón y me prometió que me ayudaría.

—¿No te dijo a quién encubrió? —insistió Irene.

—No. Se lo pregunté varias veces, pero no contestó. Me dijo que lo descubriría llegado el momento. —Se encogió de hombros.

—¿Conocías de antes a Nuria? ¿A quién crees que podría encubrir si era el asesino de su propia sobrina? —preguntó Marcos, desconcertado.

—No lo sé, pero debía ser alguien cercano a ella.

Nuria quería mucho a Carla. No meter al verdadero asesino entre rejas para salvarlo, solo tiene una explicación: era aún más importante para Nuria que la propia Carla —puntualizó David, con la esperanza en sus ojos de que alguien por primera vez, desde hacía muchos años, le escuchara y le creyera inocente.

Irene cruzó las piernas y se recolocó en la silla sin dejar de mirar a David. Tuvo la sensación de que decía la verdad pero, por desgracia, no tenía información relevante que los llevara a una línea de investigación clara.

—¿Se te ocurre alguien que quisiera matar a Carla? —preguntó Marcos.

David negó con la cabeza.

—Lo siento. Carla era una chica con una gran vida social.

Era lo que más me gustaba de ella. —Sonrió por primera vez—.

Nunca me imaginé que alguien como Carla se fijara en mí, y menos aún que me quisiera de una manera tan pura como lo hizo ella.

—Cogió aire para no llorar—. Cualquier persona podría querer apagar la luz con la que brillaba. La gente es muy envidiosa y mala.

—Entiendo lo que dices, y lo siento. Pero, David, tienes que recordar. Alguien de la vida de Carla estaba relacionado con Nuria, y de manera muy especial, ¿lo entiendes?

—Lo sé, pero si fuera tan fácil, el inspector del asesinato de Carla lo hubiera encontrado, y no lo hizo. Él sabía que yo no lo había hecho, pero aun así me dejó aquí, pudriéndome.

—¿Joaquín Requejo? —Irene quiso confirmar que se trataba de su mentor.

—Sí, ese inspector. Aunque supongo que con las cosas que pasaron luego, su vida tampoco mejoró y caería en errores. Por eso no hizo una buena investigación —dijo intentando justificar lo que ocurrió.

Las miradas contrariadas de los agentes se cruzaron. Irene sintió cómo su corazón comenzaba a bombear más fuerte.

—¿Qué quieres decir?

—El otro policía que investigaba con él se suicidó antes del juicio. ¿No lo sabían?

—No —contestó Marcos, al ver que Irene se había quedado paralizada.