No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Irene y Marcos llegaron a comisaría y fueron directos al despacho de Joaquín. Irene asomó la cabeza por el umbral de la puerta para ver si estaba ocupado. El comisario estaba concentrado en la pantalla del ordenador.

—Ya estamos aquí —dijo Irene a modo de saludo.

—Hola, chicos, ¿qué tal hoy? —preguntó, dejando de prestar atención a lo que estaba haciendo.

Marcos pasó, saludó levantando la mano y se sentó junto a Irene.

—Bien, ahora ya sabemos que sí la mataron —resumió ella.

—Vaya, vaya… Entonces, lo más seguro es que esté relacionado con el caso de Carla. ¿Vosotros qué opináis? —Frunció el ceño, sosteniendo la mirada a los agentes.

Ambos se miraron antes de contestar.

—No lo sabemos, esa es la verdad. Tendríamos que hablar con más gente. Estamos esperando el listado de llamadas. Quizá podamos sacar información relevante de las últimas personas con las que contactó —sintetizó Marcos, apoyado en el respaldo de la silla.

Irene se acomodó, orgullosa de su respuesta. De momento no le había dado tiempo a enseñarle mucho, pero la actitud de Marcos era inmejorable, lo que hacía que Irene confiara en su criterio y le diera manga ancha para llevar la investigación solo, aunque ella le fuera guiando.

—He repasado el expediente y puede que se me pasara algo por alto.

Si no estáis seguros de que el asesinato de Nuria esté relacionado con el de Carla, lo más prudente sería ir a hablar con la persona más perjudicada, ¿no?

—añadió Joaquín mirando de soslayo las notificaciones de los correos que estaban entrando.

—¿Algo importante? —preguntó Irene.

—Que tenga que ver con vosotros, no —respondió Joaquín.

—Volviendo al tema de David Ruiz, yo creo que lo más sensato es ir a hablar con él. Incluso podríamos comprobar las visitas. Puede que Nuria fuera a verle, ¿no te parece? —preguntó Marcos mirando a Irene.

—No sé…, ¿y si todo lo ha preparado él desde la cárcel? —insinuó la inspectora.

—Irene, por favor, que no es un capo de la droga. —Sonrió Joaquín—. Marcos tiene razón, id a hablar con él. Puede que os resuelva más de una incógnita. —Joaquín dejó clara su opinión para volver a mirar el correo.

—Puede que tengáis razón, no perdemos nada. —Irene encogió los hombros, dándose por vencida. No estaba segura de que fuera buena idea.

—Me gustaría que fuerais lo más rápido posible en este caso, ya que puede que, por mi investigación, haya un inocente en la cárcel. —Carraspeó el comisario.

—Está bien, iremos ahora mismo. ¿Sabes algo del registro de llamadas? —preguntó Irene.

—No, pero no deberían tardar en llegar. Los informáticos suelen mandar ese tipo de cosas a primera hora de la mañana. Si aún no lo tienes en el correo, puede que no os llegue hasta mañana —explicó, levantándose para que se marcharan—. Venga, chicos, que tengo una llamada importante.

—¿Con quién? —preguntó Irene, sabiendo que le sentaría mal.

Joaquín la miró sin responder y la empujó suavemente hacia la puerta. Marcos observaba atónito la situación.

—Venga, vamos a ver a David. ¿Quieres que conduzca yo? —preguntó a Irene.

—No, eso nunca. —Irene echó a andar hacia la puerta.

—Por cierto, una cosilla. Deberías ir a hablar con el hermano de Carla. Testificó que estaba durmiendo en casa, pero a mí siempre me dio la sensación de que estaba mintiendo —añadió Joaquín.

—¿Y por qué no continuaste con la investigación? —preguntó Marcos.

—Bueno, a veces los comisarios no te dejan seguir con un caso cuando ya se sabe el veredicto del jurado —argumentó con la mano en la puerta—.

Además, esa época fue especialmente delictiva y asesinaron a varias personas, lo que hizo que estuviéramos manejando varios casos con el mismo personal y los inspectores desbordados.

—Se encogió de hombros y cerró la puerta.

Irene ya estaba en la puerta del departamento e hizo un ademán con la mano para indicarle a Marcos que espabilara.

Se rehízo la coleta antes de salir de comisaría.

Era un día lluvioso y las ráfagas de viento no daban tregua.

El pelo de Irene estaba más despeinado de lo normal.

Marcos se volvió a colocar la cazadora y seguía los pasos de su mentora.

Notaba la frialdad de Irene cuando se cruzaba con el resto de los compañeros.

A él le saludaban, pero a Irene había policías contados que le decían algo.

La mayoría la ignoraban, era como si no existiera para ellos.

Había algo en ese silencio, en esas miradas fugaces y conversaciones que se interrumpían justo cuando ellos pasaban, que resultaba demasiado evidente.

Cuando llegaron al coche, observó a Irene, y era como si ya hubiera olvidado el desfile de gestos secos que acababan de atravesar.

Sin embargo, Marcos no podía quitarse de la cabeza que ahí pasaba algo más.

Había un motivo que, por el momento, ella no tenía intención de contarle.

—¿Siempre es así? —preguntó Marcos al montar en el coche.

Irene se colocó el cinturón y sonrió.

—Parece que tú también lo has notado. Me alegro de no estar tan loca como ellos insinúan —dijo irónica.

—¿Por eso no quieres compañero? —Se arrepintió al momento de hacer la pregunta—. Lo siento, no debería meterme donde no me llaman.

—Marcos, la verdad es que no te lo iba contar, más que nada porque no quiero influenciarte y que pienses que estoy loca. Pero, como tú mismo has visto con tus propios ojos, hay algunos agentes que no me quieren aquí —explicó sin mirarle para poder terminar de hablar sin llorar.

—No lo entiendo, pero no quiero que me lo cuentes si no estás preparada para hacerlo —añadió Marcos mesándose el pelo, nervioso.

Irene arrancó el coche para hablar con David Ruiz lo antes posible.

—Cuando era pequeña me secuestraron durante más de dos semanas. No recuerdo quién lo hizo ni tampoco claramente lo que ocurrió. Lo único que recuerdo es a Joaquín apareciendo por el bosque espeso y cogiéndome en brazos. —Se secó la lágrima que resbaló por su mejilla sin dejar de mirar la carretera.

Marcos observó el colgante de una piedra de color negro que había colgado en el retrovisor. Irene lo vio.

—Es para que me proteja de las energías negativas.

—¿Y funciona? —preguntó con una sonrisa.

—No lo sé, pero por si acaso.

—Pues, cuando puedas, tráeme una, que creo que también la necesito. —Asintió con la cabeza.

—Eso está hecho. —Giró el volante para coger la desviación que indicaba el GPS del móvil—. Joaquín fue el inspector de mi caso y, desde entonces, no ha dejado de preocuparse por mí. Me hice policía por él y aquí estoy.

—Pero… ¿y lo de los compañeros qué tiene que ver con eso? Perdona, pero no lo entiendo —dijo pasándose la lengua por los labios secos.

—Cuando yo desaparecí, no fui la única. Hubo varias niñas que también lo hicieron, pero nunca las encontraron. —Cogió aire antes de continuar—. Fui la única superviviente.

—¿Nunca aparecieron? ¿Ninguna?

—Ninguna. Por eso continué con la investigación de Joaquín en cuanto me hice policía.

Los datos me llevaron a que la persona que secuestró a las niñas era un agente de esta comisaría…

Y ya te puedes imaginar el resto. —Irene alzó las cejas y le miró por primera vez desde que se montaron en el coche.

—Ya, entiendo. Pero ¿no es mejor saber quién es o descartar la pista que quedarse con la intriga?

—Eso pensé yo, pero muchos de esos agentes que ves se me echaron encima y me hicieron la vida imposible. Por esa razón no quiero compañero.

—¿Solo por eso?

—Sí, varios compañeros se sintieron ofendidos por mi osadía, y otros, por solidaridad con ellos, decidieron dejar de hablarme también. Ya da igual —dijo con resignación.

—¿Qué te dijo Joaquín?

—No le quedó otra que obligarme a dejar de investigar.

Así que aquellas niñas que desaparecieron y nunca volvieron a casa pasarán a ser un recuerdo —resumió al borde del llanto—.

Es personal, yo pude ser una de ellas. Si Joaquín no hubiera seguido investigando…

Mis padres nunca hubieran podido pasar página.

—¿No quieres que investiguemos por libre? Joaquín no tiene por qué enterarse. Supongo que tendrás un expediente extenso. —Marcos quería ayudar a Irene. No le gustaban las injusticias y esa era una que no tenía ni pies ni cabeza.

—Me quitó el expediente y me mandó al psicólogo. Por eso me permite no tener compañero. Desde entonces el ambiente en comisaría cambió. No me hablo con muchos de ellos, estoy convencida de que más de uno ni siquiera sabe el motivo por el que no me habla. —Negó con la cabeza.

—No puedes dejarlo así.

—Fue hace años. Me he acostumbrado a trabajar sola.

—¿Y por qué cediste a ser mi compañera? —preguntó Marcos con una gran curiosidad.

—Joaquín me habló de ti. Había estado informándose con tus compañeros y el resto de los agentes de tu otro puesto.

—Suspiró—. Yo no quería, para qué engañarte, pero la psicóloga de la policía me ha obligado a hacerlo.

Dice que tengo que superar el miedo a los hombres y dejar que alguien me ayude.

Parece que me gusta controlar todo, como ya te dije, y no confío en los hombres desde lo que me pasó —confesó Irene, liberada tras terminar de hablar.

—Vaya, qué responsabilidad. —Marcos asentía, incrédulo.

—No me gusta abrirme ni contarle mis problemas a nadie, pero, ahora que vas a ser mi compañero, creo que es buena idea que la confianza sea mutua.

En este trabajo nos jugamos la vida algunas veces, y puede que un día me la tengas que salvar, o yo a ti, ¿no crees? —Giró la cabeza hacia él tras aparcar.

—Puedes contar con mi apoyo y con mi amistad. —Asintió con agradecimiento.

—A ver, puede que sea un poco cabezona a veces, e incluso que no atienda a razones, pero soy una persona leal y no pido menos de lo que doy. Es justo, ¿no te parece?

—Creo que sí.

—Una última cosa: no me falles. Si lo haces, no solo te cargarás mi confianza, sino la posibilidad de que vuelva a confiar en nadie más —advirtió.

—Te prometo que eso no pasará. Pero antes de hacer una bola de algo, habla conmigo. Las cosas siempre se pueden solucionar.

—De acuerdo. Ya hemos llegado. —Sonrió Irene.