Capítulo 9
Irene y Marcos salieron de la ONG. El día seguía siendo gris y estaba chispeando.
—¿Algo calentito antes de irnos? —sugirió Marcos subiéndose la cremallera de la cazadora.
Irene miró hacia arriba y observó las nubes negras antes de responder.
—Sí, venga. Así ponemos en común lo que llevamos hasta ahora. Por cierto, me ha gustado el interrogatorio —comentó Irene con un esbozo de sonrisa.
—Vaya, me alegro. Gracias por el final. Nunca se me hubiera ocurrido lo del móvil —señaló.
—Bueno, pero esos pequeños detalles te los dan la experiencia y las equivocaciones.
Cuando ya has estado investigando en varios casos se te van ocurriendo cosillas de uno y de otro.
No es porque yo sea más lista. En un par de meses, y con varias investigaciones a tus espaldas, a ti también te surgirán ideas de la nada —explicó para hacerle saber que iba por el buen camino.
Anduvieron un par de metros y vieron una cafetería. No querían alejarse, ya que el cielo les advertía de que pronto volvería a llover.
—¿Este mismo? Así estamos cerca del coche —dijo Marcos deteniéndose en la puerta.
—Sí, tienes razón. Para un café rápido cualquier bar nos vale —dijo al entrar la primera.
Irene se había quedado mirando el teléfono por unos segundos. El gesto le había cambiado y su concentración en la pantalla había aumentado.
—¿Algo malo? —Marcos se apoyó en la barra.
—Espera un segundo. Me acaba de llegar la autopsia al correo —informó sin dejar de leer.
Marcos ya sabía cómo le gustaba el café, así que no necesitaba preguntar para pedirlo.
—Vale, lee tranquila.
El murmullo de las conversaciones se mezclaba con el repiqueteo de las tazas y el siseo constante de la cafetera.
El pan recién tostado y la bollería caliente eran los desayunos más comunes en las mesas.
Tras la barra, un camarero con el delantal manchado iba y venía sin descanso, sirviendo cafés con una mano rápida mientras gritaba los pedidos a la cocina.
Las mesas estaban ocupadas por oficinistas con la mirada aún pegada al móvil, como Irene, obreros con monos azules y manos curtidas, y un par de jubilados que discutían animadamente de política.
El tintinear de las cucharillas contra la porcelana creaba una música intermitente de fondo.
Cerca de la puerta, una mujer removía distraída su café, mientras su chaqueta colgaba del respaldo de la silla.
Un grupo de estudiantes, con mochilas apiladas junto a las patas de la mesa, compartía una bandeja de churros, riendo a carcajadas.
Cada vez que se abría la puerta, una corriente de aire frío se colaba en el local, mezclándose con el calor denso que manaba la plancha, donde chisporroteaban huevos y lonchas de beicon.
—La han matado —dijo Irene cuando el camarero terminó de echar la leche en su vaso.
—¿Confirmado con la autopsia? —Marcos sopló el café antes de beber.
—Sí, pero no se veía cuando estuvimos en el Retiro porque la apretaron con la bufanda. El forense lo ha confirmado con los vasos sanguíneos rotos alrededor del cuello, para que nos entendamos —explicó Irene.
—No sé, compañera, a mí me da que tiene relación con el caso de Carla. Parecía una mujer con una vida normal que iba a trabajar y poco más. —Levantó las cejas.
—Para nada. Siempre hay algo más. Ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos —dijo en voz baja—. Yo no digo que no esté relacionado, pero lo que es obvio es que si mintió cuando testificó fue porque defendió al verdadero asesino, ¿no?
—Sí, es la explicación más lógica y plausible —confirmó Marcos con la mirada perdida en la gente del bar.
—Pero lo que no entiendo es el motivo de que lo haga ahora, ¿por qué después de tantos años?
—Es que es eso, a mí también me chirría que decidiera retractarse ahora —apoyó a Irene.
—No es que me guste buscarle tres pies al gato, pero ¿y si lo de la tarjeta fue una pista falsa para engañarnos y que fuéramos en esa dirección? —Irene dudaba de que el camino fuera en línea recta.
—Puede que te parezca obvio y pienses que hay gato encerrado, pero a lo mejor hay más secretos de los que te piensas —puntualizó en voz baja.
—¿Qué quieres decir? —Irene bebió del café por primera vez.
—Bueno, pues que, aunque Joaquín hiciera la investigación, puede que se le pasara algo por alto, o incluso que tuvieran pruebas que no se pueden reconocer como ahora. No sé, pueden ser muchas cosas —elucubró Marcos, cogiendo una de las banquetas de la barra.
—No creo que se le pasara nada, la verdad, le conozco desde hace muchos años.
Por propia experiencia, te digo que lo más seguro es que algún testimonio fuera falso.
Es de lo más normal. Pero eso ya lo sabrás, la gente miente por norma general.
Después de tantos años, la gente se arrepiente, y sobre todo en los casos en los que has mentido por alguien, en plan…
por lealtad, y después te das cuenta de que esa persona ni siquiera te habla ni valoró nada de lo que hiciste.
—Irene argumentó su postura con las palabras que le dolían desde el corazón.
—Bueno, pues, si te parece bien, podemos repasar los testimonios del informe de Joaquín. Así podremos descartar definitivamente la relación del caso de Carla con el de Nuria, o bien, confirmarla. —Sacó la cartera y le dejó el dinero sobre la barra.
—No, de eso nada. No quiero que me invites —se quejó Irene con el brazo a medio camino para devolver las monedas a Marcos.
—Irene, por dios, que no te estoy comprando un chalé con piscina. —Soltó una carcajada.
—Tienes razón. —Sonrió—. Entonces, la próxima vez pago yo.
—¿En la autopsia no hay nada más relevante? —Se acordó Marcos de camino a la puerta.
—Sí, que la atacaron por detrás. Según las marcas, el agresor la estranguló colocándose detrás de ella —especificó Irene.
—¿Eso quiere decir que lo conocía? —Se paró a un paso de la puerta y miró al cielo sin dejar de prestar atención a su compañera.
—No estoy segura, pero creo que fue la persona con la que quedó ese día.
Nuria se había arreglado para la ocasión, lo que quiere decir que esa persona era importante para ella de alguna manera.
Creo que sí lo conocía y que tiene relación con el caso del asesinato de la sobrina.
—Empezó a andar—. Sé que te dije que las cosas se demuestran y que nada de corazonadas, pero a veces, cuando tienes varias piezas sueltas, empiezas a intuir claramente la línea de investigación a seguir.
—Creo que la experiencia es un grado, y eso no se aprende en ninguna academia —resumió sin acritud.
Abrió el coche y entraron rápido para resguardarse del frío.
—Vamos a comisaría a hablar con Joaquín y luego decidimos, ¿te parece? —sugirió Irene.
—Por mí, perfecto.