No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

La mañana había amanecido gris, con un cielo bajo que parecía aplastar los edificios del centro.

El tráfico era lento y monótono, y el limpiaparabrisas del coche de Irene arrastraba las gotas de lluvia como si estuviera cansado.

Ella miraba por la ventanilla sin decir nada, repasando mentalmente las preguntas que tenía para la mujer con la que iban a hablar.

Marcos había hecho un buen trabajo. No podía saber si la relación a lo largo del tiempo sería buena o no, pero, aunque lo fuera, el inspector tenía fecha de caducidad como compañero.

Marcos aprendería con Irene un par de casos y luego se marcharía.

Por unos segundos, Irene pensó que podría pedirle que se quedara si la relación era fructífera para ambos y tenía esa conexión que hay entre compañeros.

El hecho de que estuviera casado y su mujer embarazada le daba la seguridad de que era un buen hombre.

La ONG ocupaba un edificio de ladrillo visto, con letrero deslucido y un portón metálico de color verde, donde la pintura empezaba a desconcharse. A esa hora, la calle estaba medio vacía, salvo por un repartidor que descargaba cajas de cartón y una mujer que barría la acera frente a una panadería.

Irene aparcó junto a la cera y apagó el motor. Rápido vio a Marcos cerca de la puerta, pero lo suficientemente lejos para no levantar sospechas. La inspectora levantó la mano y Marcos la vio inmediatamente. Corrió hacia su posición.

—Buenos días. ¿Entramos? —preguntó Marcos encogido por el frío.

Irene bajó del coche y se colocó a su lado. Sintió el mismo frío que Marcos y cómo el aire de la mañana se le colaba por el cuello del jersey.

—Buenos días. Sí, creo que es mejor que entremos ya. Puede que al ser primera hora de la mañana tengan menos jaleo que dentro de un par de horas, que empezará a llegar más gente, ¿no te parece?

—Ni idea. Lo cierto es que no entiendo muy bien qué es lo que hace esta gente. —Marcos miró el letrero.

—Hoy puede ser el día que salgas de dudas.

—Señaló la entrada con la barbilla—. Vamos.

Yo pregunto en la recepción. ¿Te parece bien interrogarla?

Luego, si veo que falta algo o se me ocurre alguna cosilla antes de irnos, lo pregunto al final —sugirió Irene moviendo las piernas con pequeños saltos para entrar en calor.

—¿En serio no te importa? —preguntó, gratamente sorprendido por la proposición de su compañera.

—Quiero que te sueltes, y es lo mejor. Pero con calma, no te voy a dejar solo ni vas a llevar el peso de la investigación. Somos un equipo y lo haremos los dos, ¿te parece? —Le guiñó el ojo.

—Venga. —Movió los brazos para relajarse.

Irene asintió y anduvieron los pocos metros que los separaban de la entrada.

Las paredes, pintadas de un blanco ya apagado, estaban cubiertas de fotografías enmarcadas. Algunas de ellas ya tenían las esquinas amarillentas, como si llevaran años colgadas sin que nadie se atreviera a sustituirlas.

Un pasillo estrecho partía desde el recibidor, con puertas a ambos lados.

De una de ellas llegaba el sonido lejano de un teclado, constante y rápido; de otra, el rumor de varias voces mezcladas, como una conversación interrumpida cada pocos segundos por el timbre de un teléfono.

Irene se detuvo un instante frente a una de las fotos más grandes.

Era Nuria. Marcos se dio cuenta e hizo lo mismo.

Vieron a una Nuria más joven, con un chal de vivos colores, con el brazo por encima de los hombros de varios chicos.

Parecía una especie de clase. Podía ser un grupo de apoyo o algo por el estilo, ya que no había nada característico en el lugar donde se hizo la foto.

El gesto de su boca era amable, pero sus ojos parecían tristes.

Marcos miró a Irene de reojo para comprobar si se había dado cuenta del rostro de Nuria con unos cuantos años menos.

Un hombre con un jersey gris y gafas redondas apareció desde el pasillo. Tenía las mangas arremangadas y una carpeta sujeta contra el pecho. Caminaba con prisa, pero se detuvo al verlos.

—Hola, ¿os han atendido? —preguntó el hombre amablemente.

—Hola. No, queríamos hablar con Carmen Navarro, ¿es posible? —Irene sostuvo la mirada al interlocutor.

—¿Tenían cita con ella? Se lo pregunto porque Carmen no siempre trabaja en la oficina. Es trabajadora social, puede que no venga a la oficina. También visita los centros —explicó con una educación exquisita.

—No, lo siento, no tenemos cita, pero es urgente. ¿Sabe quién es Nuria Miret?

—Claro, es nuestra compañera. También es trabajadora social —puntualizó.

—Y no siempre está aquí, ¿no? —preguntó Marcos y miró a su compañera.

«Ahora ya sabemos por qué nadie de su trabajo la echó en falta. Nunca estaba en el mismo sitio. Podía estar en la oficina o en cualquier centro», concluyó Irene para sí misma.

—Exacto. Pueden sentarse ahí. —Señaló unas sillas de plástico—. Voy a ver si está alguna de las dos y os pueden atender.

—Gracias.

El hombre se alejó con pasos acelerados.

—¿Por qué no le has dicho la verdad? Que Nuria está muerta —Se interesó Marcos al sentarse junto a Irene.

—¿Para qué? Es mejor decírselo a Carmen y ver cuál es su reacción, así podremos evaluar si dice la verdad o no —supuso Irene en voz baja, acercándose a Marcos para que nadie los escuchara.

El hombre volvió, apurado.

—Seguidme. Carmen sí está. Se tiene que ir en unos minutos, pero os atiende antes de irse —les informó con una sonrisa—. Sed breves, porque no tiene mucho tiempo.

Atravesaron el pasillo, pasando por oficinas pequeñas repletas de archivadores, mesas atestadas de papeles y plantas que parecían sobrevivir a duras penas.

Al fondo, una sala acristalada dejaba ver a una mujer con el pelo corto que los esperaba, con las manos cruzadas sobre una carpeta abierta.

Su mirada, fija en ellos, parecía pesar más a cada segundo antes de pronunciar palabra.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó con gran simpatía.

—Buenos días, somos los inspectores Marcos Bernal, y mi compañera, Irene Vega. Necesitábamos hablar con usted sobre un asunto delicado.

—Claro. Siéntense, por favor. —Carmen señaló las sillas que tenía enfrente de su mesa.

—¿Sabe quién es Nuria Miret? —comenzó Marcos.

—Por supuesto, es mi amiga y compañera. —Tragó saliva—. ¿Está bien? Hace un par de días que no consigo hablar con ella —intuyó la mala noticia.

Marcos miró a Irene, que asintió con la cabeza.

—Lo siento. Ha aparecido muerta en el Retiro —dijo Marcos con pena en la voz.

Carmen se echó las manos a la cabeza y se quedó mirando a los agentes con ojos brillantes.

—¿La han asesinado?

—¿Por qué lo pregunta? —respondió Marcos.

—Si hubiera sido una muerte natural no habrían venido a verme, ¿no?

—Todavía no está confirmado, pero en el caso de que sea un asesinato, necesitamos que nos ayude a encontrar a quien lo ha hecho. —Marcos pensó que era más conveniente contar con su apoyo que tratarla como una sospechosa.

—Tienen mi plena y absoluta colaboración en lo que necesiten —recalcó Carmen, apoyando los codos en la mesa—. ¿Creen que ha sido alguien del trabajo?

—Estamos investigando el entorno de Nuria. ¿Sabe si tenía algún enemigo? —preguntó Marcos.

—Compañeros de trabajo, no. Pero nosotros trabajamos con padres y niños conflictivos en situaciones extremas, por lo que cualquiera de ellos puede haber perdido los nervios. —Miró a ambos lados—. Ya entienden lo que quiero decir —susurró.

—Entiendo, pero ¿se le viene alguien a la cabeza? Puede que Nuria le hubiera hablado de alguna persona en concreto. Nos ayudaría mucho si pudiera hacer una lista de gente con la que tuvo algún problema o discusión relevante.

Carmen sostuvo la mirada del agente. Se colocó la mano en la barbilla y empezó a hacer un repaso mental.

—Lo siento, no se me ocurre nadie ahora mismo —resolvió—. Nuria llevaba trabajando aquí varios años. Cuando yo entré, ella ya estaba en la plantilla. Así que no les podría decir. Si me dejan un par de días puedo preguntar al director, puede que sepa decirles algo más que yo.

—Por supuesto. ¿Sabe si Nuria tenía pareja?

Carmen negó con la cabeza.

—Lo único que les puedo decir es que vivía sola y que quedaba con un hombre desde hacía tiempo. Creo que no eran pareja, pero se veían de manera asidua —respondió cambiando de postura—. Sin embargo, no les podría decir dónde vive ni su teléfono. Solo sé que se llamaba Beltrán.

—De acuerdo —dijo Marcos al recordar que la mujer se tenía que marchar y miró a Irene—. No sé si mi compañera le quiere hacer alguna pregunta más.

—Sí, solo tengo una pregunta, ¿tenía móvil de empresa? Se lo pregunto porque normalmente a las personas que tienen parte de su jornada laboral fuera de la oficina le facilitan uno — preguntó Irene para estar segura de que las llamadas que habían pedido del móvil de Nuria serían las únicas.

—Sí, tenemos uno —respondió, sorprendida por la pregunta.

—Genial. Necesitamos que nos dé el número.

Carmen lo escribió en un papel después de buscarlo en su teléfono.

—Aquí tiene. —Estiró la mano con el papel en ella.

—Gracias. —Se levantó Irene—. Por favor, piense en lo que le ha dicho mi compañero sobre si tuvo algún problema en el trabajo con alguna familia.

—Por supuesto. También preguntaré a mis compañeros acerca del hombre con el que quedaba, por si acaso saben algo.

Marcos e Irene se despidieron de Carmen con un apretón de manos.

—Por cierto, ¿Nuria nunca le habló del asesinato de su sobrina Carla? —añadió Marcos antes de salir por la puerta.

—Sí —respondió de pie mientras se acercaba a la puerta para despedirse de los agentes.

—¿Y qué le comentó? —Marcos se quedó intrigado, sin dejar de mirarla.

—Qué había testificado y que le había arruinado la vida a un chico. Pero nunca me habló con claridad de aquello. Le reconcomía por dentro. No quería profundizar en el tema, se sentía incómoda y triste a la vez.

—¿Se sentía culpable? —intervino Irene.

—Sí, esa es la palabra.

—Pero ¿culpable de qué?

—No lo sé. —Carmen negó con la cabeza—. Nunca me lo dijo. Alguna vez, cuando salíamos, se ponía un poco contenta y sacaba ese tema, pero en cuanto le preguntabas se secaba las lágrimas y decía que no quería hablar más. —Se cruzó de brazos—. Siento no serle de más ayuda.

—De acuerdo. No se preocupe, nos ha ayudado mucho. Si recuerda algo, llámenos —se despidió Irene antes de salir por la puerta.

Los agentes tenían la sensación de que Carmen era la mejor amiga de Nuria y callaba más de lo que decía.

Nuria había dejado de hablarse con su hermano, por lo que tendría que haber buscado en quién apoyarse.

Si no era Carmen, puede que el hombre con el que quedaba, Beltrán, fuera más un simple amigo o pareja ocasional.