Capítulo 7
Marcos aparcó frente al edificio de su casa.
Apagó el motor con una sonrisa. Se quedó unos segundos en el coche, repasando lo que había ocurrido en el interrogatorio.
Tenía buena impresión de Irene y percibía cómo se tomaba en serio su trabajo.
Podría aprender de ella más de lo que en un principio esperaba.
Irene se tomaba la molestia de hacerle partícipe en cada uno de los pasos que daban en la investigación, y eso le gustaba y le hacía crecer la confianza en sí mismo como inspector.
El día se le había hecho corto, pero mientras subía las escaleras sentía que las piernas le pesaban debido a la falta de sueño.
El embarazo de Nieves también le estaba afectando.
El pasillo del portal olía a la comida que estaría preparando algún vecino.
Por lo que le entraron ganas de devorar la cena que le habría preparado Nieves con cariño.
Al abrir la puerta, lo recibió el sonido apagado de la televisión y el olor al hogar, pero no a comida.
El calor del radiador le golpeó el rostro y sintió cómo se le aflojaba el cuerpo.
Su mujer estaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas y una taza de infusión entre las manos.
La barriga, cada vez más redonda, se notaba incluso bajo la tela del jersey ancho.
Su cansancio aumentaba con cada día que pasaba.
—Hola —dijo Nieves esbozando una sonrisa cansada.
—Hola, cariño —respondió al dejar las llaves en el cuenco de la entrada y se acercó al sofá donde le esperaba con los brazos abiertos—. ¿Cómo te encuentras?
—Pues como una ballena, y sin dejar de pensar en comida. —Sonrió, señalándose la barriga.
Marcos se recostó a su lado y le acarició el pelo. El calor que irradiaba con el embarazo le daba más sueño, pero se había fijado en que no había cocinado. Así que él se ofrecería a hacer la cena o, si tenía algún antojo en especial, la pediría.
—Pareces agotado, ¿mal día? —Se acomodó en el sofá y le cogió la mano.
—No, para nada. Irene es una buena policía. Creo que voy a aprender mucho con ella. Me hace partícipe en todo lo que hacemos, y eso me gusta. Así lo hago y, si meto la pata, está conmigo para corregirme. No me la esperaba así… No sé. —Torció el morro.
—¿Así cómo? —preguntó Nieves sin dejar de acariciarle la mano.
—Simpática. Tiene tan mala fama de borde que me lo había creído. —Se encogió de hombros—. ¿Qué quieres de comer?
—Prefiero pedir algo, así no manchamos nada. Estoy cansada hasta para ir al baño—se quejó Nieves con una sonrisa.
—Bueno, entonces no hagas nada. —Sonrió—. Ya estiro yo el brazo para coger el móvil —soltó una carcajada.
Nieves le dio un golpe suave en el brazo con una sonrisa.
—¿Algo en concreto? ¿De qué tenemos hoy antojo? —preguntó Marcos antes de meter la pata y pedir algo que no pudiera comer.
—No sé, vamos a mirarlo juntos y decidimos, ¿vale? —Colocó la cabeza en el hombro de su marido para ver las fotos de los restaurantes.
Marcos sonrió, sacó el móvil y buscó en la aplicación de comida a domicilio.
Mientras ella miraba concentrada y pulsaba con el dedo sobre las fotos de las comidas que le habían llamado la atención.
En aquel instante, el agente pensó fugazmente que esa normalidad era un lujo que no todo el mundo podía permitirse y, quizás, con el caso que tenía entre manos, se acercaba el día en que también ellos tendrían que luchar por mantenerla.
Marcos no quería renunciar al puesto que siempre había ansiado tener, pero tampoco iba a renunciar a su familia.
Debía aprender a compaginar ambas cosas sin perder ninguna por el camino.
Después de comer, Nieves estaba muy cansada y se fue a dormir temprano.
Marcos aún no tenía sueño y se quedó en el sofá después de darle un beso a su mujer en la cama.
Sin embargo, no dejaba de pensar en el caso y en lo que se le había ocurrido para investigar a Nuria Miret más allá de los canales formales.
Las redes sociales estaban muy desarrolladas en la actualidad y casi todo el mundo tenía un perfil y había subido alguna foto.
Aunque fueran una o dos. No perdía nada por intentarlo.
Así que se metió en su propio perfil y comenzó una búsqueda exhaustiva para dar con Nuria y su entorno más cercano.
Se llenó de esperanzas al verificar que no había más de unas decenas de personas con aquel nombre.
Comenzó a descartar por la foto. Hasta que al final dio con la que buscaba.
Las fotos eran públicas y varias de ellas tenían etiquetadas a otras personas.
Comenzó la investigación. Habían pasado más de dos horas cuando Marcos miró el reloj, pero lo hizo con una grata satisfacción.
—Aquí tenemos a Carmen Navarro, amiga y compañera del trabajo —murmuró para sí.
Miró el reloj y no le pareció lo suficientemente tarde como para llamar a Irene. No perdía nada por intentarlo. Estaba orgulloso de lo que había conseguido y no le gustaba perder el tiempo, al igual que a su compañera.
Esperó varios tonos hasta que descolgó.
—Hola, Marcos, ¿ha pasado algo? —preguntó con preocupación.
—Hola, Irene. No, tranquila, no es nada malo. Solo que, como mi mujer se acuesta pronto por el tema del embarazo, me he puesto a cotillear por las redes sociales a nuestra víctima —dijo con tono de intriga.
—¿Y? —preguntó con una sonrisa—. Sorpréndeme.
—Era trabajadora social.
—Ya… ¿Y? Sigo sin entender qué es lo que pasa —respondió Irene con tono desconcertado.
—He estado mirando la empresa y antiguas fotos que aparecen en la web, de gente que pasó por sus manos, quiero decir, a los que ayudó. También era psicóloga y, a veces, si era necesario, trabajaba como mediadora familiar —murmuró.
—¿Estás en casa?
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—Entonces, ¿por qué hablas tan bajo?
Marcos soltó una gran carcajada.
—Es que mi mujer tiene el sueño muy ligero. Tengo miedo a despertarla y que me mande a comprar pasteles o algo raro que sea imposible conseguir a estas horas. Si te digo la verdad, no es por no ir, es que luego es imposible aparcar en mi barrio —explicó entre risas.
—Ah, vale. Bueno, pues si quieres mañana lo hablamos, ¿te parece?
—Por supuesto. Perdona por molestarte —se disculpó.
—No me has molestado. Todo lo contrario, te lo agradezco, ya hemos adelantado mucho. Ahora sabemos que puede que el asesinato no esté relacionado con Carla. Puede que sea derivado de su trabajo. Tendremos que ir. Pásame lo que tengas hasta ahora y vamos mañana, ¿te parece?
—Claro. Muchas gracias, Irene.
—Gracias a ti. Así da gusto tener compañero —dijo Irene de corazón.
—Creo que somos el dúo perfecto. Voy a aprender mucho de ti, estoy seguro.
—De lo que puedes estar seguro es de que te voy a enseñar todo lo que sé —confesó Irene.
El móvil sonó con los mensajes de Marcos con los enlaces de los que habían estado hablando.
—¿Te ha llegado? —preguntó Marcos.
—Sí, espérate, que lo voy a mirar —dijo Irene al despegarse el móvil de la oreja y poner el altavoz para observarlo atentamente.
—Claro, míralo tranquilamente si quieres y mañana lo vemos juntos —recalcó Marcos para no presionarla.
—Vale, así te vas a dormir con tu mujer. —Se calló un segundo—. Marcos, mañana quedamos a primera hora en la puerta de esa ONG. Puede que su amiga, Carmen, ni siquiera sepa lo que ha pasado.
—Puede ser. No me gusta ser portador de malas noticias, pero es parte de nuestro trabajo —dijo Marcos con angustia.
—A nadie le gusta dar malas noticias. Pero nuestros casos siempre comienzan con una persona asesinada, así que somos portadores de malas noticias por excelencia. —Irene apretó los labios a pesar de que sabía que no la veía.
—Tienes razón. —Suspiró—. Mañana nos vemos, compañera —añadió con retintín.
—Por supuesto, compañero. No llegues tarde. Odio a la gente que lo hace.
—Tranquila, no soy de esas personas. Suelo llegar antes por defecto.
—Entonces nos llevaremos bien.