No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 6
13%

Capítulo 6

Irene y Marcos se fueron del despacho de Berta sin dejar de preguntarse si había dicho la verdad o no. Nunca lo iban a saber. Quizás estaban suponiendo que el caso estaba relacionado con el asesinato de Carla y partían de una hipótesis errónea.

—Creo que deberíamos investigar primero la vida de Nuria. Estoy pensando que puede que estemos equivocados y no esté relacionado, ¿no? —dijo Irene nada más abandonar el portal.

—Solo hay una manera de saberlo. Puede que si hablamos con David salgamos de dudas. —La miró sin dejar de andar.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que no hay nadie mejor para saber si Nuria dijo la verdad que el propio David. Puede que siempre haya dicho la verdad y nunca le hayan querido escuchar —explicó Marcos al montarse en el coche.

Irene le miró, pero no le dijo nada. Arrancó en silencio mientras meditaba.

—No sé. Puede que tengas razón, pero prefiero no dar pistas a nadie de lo que estamos haciendo. —Se desvió para echar gasolina—. Puede que tengas razón, pero si no tenemos nada más que testimonios antiguos de otro crimen es imposible hacer una investigación en condiciones.

—Te entiendo —dijo Marcos—. Primero quieres investigar a la víctima, ¿no es así?

—Exacto. Después de todo, ahora, quien ha sido encontrada muerta es la tía, Nuria. Puede que esté relacionado o puede que no. Incluso puede que haya sido un robo que salió mal —argumentó Irene.

—Los dos sabemos que eso es poco probable.

—Lo sé. —Sonrió—. Pero me estoy tomando muy en serio enseñarte de la manera más adecuada y eso conlleva dar los pasos en orden y los correctos. Nada de suposiciones o de corazonadas.

—Apuntado.

—Entonces, vamos a hablar con la científica y a pedir las últimas llamadas del teléfono de Nuria. Puede que no saquemos mucho de ahí, pero a veces te sorprenderías de a quiénes llaman cuando saben que los van a matar —terminó de decir Irene, apoyada en la puerta del coche—. Ahora vengo.

—Perfecto. Voy a llamar a mi mujer, a ver qué tal se encuentra.

Mientras esperaba a que contestara al teléfono, Marcos tuvo una idea.

Pensó que podría echar un ojo a las redes sociales de Nuria.

Puede que apareciera con la familia o con amigos en algunas fotos y con un poco de suerte estuvieran etiquetados.

Quizás podría hablar con ellos. Le pareció raro que nadie hubiera puesto una denuncia de desaparición.

Le dio pena pensar que nadie había echado en falta a Nuria.

«Estoy bien. Aprende todo lo que puedas. Te quiero».

Fue el mensaje que leyó cuando Irene volvió al coche.

—He mandado unos correos mientras esperaba para pagar. Necesitamos las llamadas que hizo e ir a su casa —informó Irene.

—Vale. ¿Y la autopsia? —se interesó Marcos.

—Todavía no sabemos nada. Tendremos que esperar.

—¿Y para ir a su casa no debemos tener una orden?

—Sí, por eso vamos a ir primero a la casa de los padres de Carla. El padre de Carla es el hermano de Nuria. Puede que ellos nos sepan decir algo y ni siquiera sepa que está muerta. —Irene suspiró al recordar sus propios traumas.

—¿Todo bien? —preguntó Marcos al observar el gesto compungido de su nueva compañera.

—Sí, tranquilo. Solo que me da pena que nadie haya puesto una denuncia de desaparición. —Se encogió de hombros.

—Ya, yo también he pensado lo mismo. Es muy triste que haya aparecido una mañana asesinada en extrañas circunstancias y nadie de su familia se haya preocupado —sintetizó Marcos, atusándose el pelo con ojos tristes.

—Ahora que estamos hablando de esto, creo que puede que sí estén relacionados. Si hablamos con los padres y nos dicen que no mantenían el contacto, puede que nos digan por qué no se hablaban. —Irene pensaba en voz alta, aún sin haber salido de la gasolinera.

El coche de atrás empezó a pitar. Irene miró por el retrovisor y observó cómo un conductor con movimientos parecidos a los de un orangután se movía dentro de su vehículo.

—¿Qué haces? Mueve el coche. —Marcos interrumpió sus pensamientos—. ¿Irene? —insistió al ver que no movía el coche.

La zarandeó levemente para que reaccionara.

—Sí, perdona. Es que a veces no puedo controlar mi ira y necesito tomarme unos segundos para no salir hecha una furia —explicó sin mucho detalle.

—Mueve el coche —repitió Marcos, pensativo.

La inspectora arrancó y salió de la gasolinera con la mirada clavada en el retrovisor. Desde hacía unas noches le habían vuelto algunos recuerdos que creía olvidados. Situaciones normales y que a nadie llamarían la atención la dejaban bloqueada.

«Tengo que ir a hablar con Patricia. Puede que Joaquín tenga razón».

Irene condujo manteniendo una conversación banal con Marcos hasta la casa de los padres. Le informó de los procedimientos internos y de algunas preguntas que el nuevo inspector tenía en mente.

No tardaron más de veinte minutos hasta que llegaron a casa de los padres de Carla. Irene había revisado por encima el expediente y sabía que habían declarado que no estaban en casa el día del asesinato de Carla. Puede que ahora aportaran más luz sobre el caso de Nuria.

La casa de Raúl y Ariadna estaba en una calle tranquila a las afueras, con fachadas bajas y jardines delanteros cuidados a medias.

El seto de la entrada tenía huecos por los que se colaba la vista, y el portón chirrió al abrirlo.

La pintura de la puerta principal estaba desconchada, como si nadie se hubiera preocupado de renovarla en años.

Desde fuera se escuchaba el eco amortiguado de una televisión encendida, sin que se entendieran las palabras, solo el rumor constante.

Cuando Ariadna abrió, llevaba un delantal salpicado de harina y el pelo recogido en una coleta.

Tras ella, el pasillo estrecho conducía a un salón con cortinas pesadas que filtraban una luz grisácea y muebles que parecían haber sido comprados décadas atrás.

Sobre una estantería, varias fotografías enmarcadas mostraban rostros serios, en blanco y negro, junto a otras más recientes de un hombre y una mujer abrazando a un joven con sonrisa forzada.

Ariadna les hizo pasar sin demasiadas palabras, apartándose para dejarles sitio en el pasillo.

Marcos, más atento a los detalles, se fijó en el perchero de madera junto a la puerta, donde colgaban un par de chaquetas gastadas y un par de zapatillas viejas de andar por casa.

El salón estaba dominado por un sofá tapizado en tonos marrones, con cojines que no combinaban entre sí, y una mesa baja con un mantel de hule decorado con flores descoloridas.

Sobre la mesa, un cenicero con varias colillas y una taza de café con restos fríos.

Raúl, sentado en un sillón reclinable, se incorporó con esfuerzo.

Llevaba una camisa arrugada y unas gafas de lectura que se quitó lentamente, como si le molestara que lo interrumpieran.

Ariadna indicó a los agentes que tomaran asiento, mientras ella recogía la taza y desaparecía un momento hacia la cocina. Desde allí llegó el sonido metálico de una cucharilla contra la loza, seguido de un murmullo ahogado de voces, quizá la televisión, que seguía encendida en otra habitación.

Irene sacó la libreta de su bolso y la colocó sobre sus muslos, sin abrirla todavía.

Marcos, en cambio, se acomodó en el borde del sofá, con las manos entrelazadas, observando cada gesto de Raúl, que no apartaba la vista de él.

Había un silencio denso, como si todos esperaran que fuera el otro quien rompiera el hielo.

—¿Saben por qué hemos venido? —preguntó Irene directamente.

—Supongo que David ya habrá puesto algún recurso de esos que dicen los abogados y se habrá abierto la investigación del asesinato de mi hija, ¿no? —supuso Raúl.

—Seguramente. —Asintió su mujer, secándose las manos en el delantal al aparecer de nuevo por la puerta.

—No, ha aparecido alguien de su familia en extrañas circunstancias. —Marcos tragó saliva, pero no había tiempo que perder en la conversación.

El matrimonio se miró con extrañeza y el ceño fruncido sin entender aquellas palabras.

—Lo siento, pero no entiendo a qué se refiere —dijo al fin Raúl.

—¿Hace mucho tiempo que no hablaba con su hermana Nuria? —preguntó Irene después de carraspear.

—¿Ya vienen con la retahíla de que mi hermana se inventó el testimonio? ¿Es eso? —Raúl dejó entrever su enfado.

—No es eso. Por favor, tranquilícese —intercedió Marcos rápidamente.

—¿Entonces? —preguntó con el rostro desencajado.

Raúl acababa de relacionar las palabras de los agentes que estaban sentados en el salón de su casa. «Extrañas circunstancias» retumbó en su cabeza.

—Es mi hermana la que está muerta, ¿verdad? —preguntó con los ojos brillantes.

—Sí, eso es. Ha aparecido muerta en el Retiro. Lo sentimos mucho, pero necesitamos hacerles unas preguntas —apuró Irene con pesar.

Raúl comenzó a frotarse los ojos y Ariadna se colocó a su lado. Comenzó a acariciarle la espalda con suavidad.

—¿La han asesinado? —preguntó la mujer.

—De momento no le podemos confirmar. Están realizando la autopsia. Pero necesitamos saber si habían perdido el contacto —insistió Irene.

—Sí, hace unos años que no nos hablábamos —contestó Raúl intentando mantener la entereza después de recibir la noticia.

—¿Cuándo nos podrán confirmar si ha sido asesinada? —preguntó Ariadna.

—Lo antes posible. En cuanto nos den la información, se lo haremos saber —respondió Marcos, que se había recolocado en el sofá.

—¿Saben si tenía algún enemigo o alguien que le quisiera hacer daño? —preguntó Irene observando cada reacción del matrimonio ante la pregunta.

—Hace años que no hablábamos con ella, así que no se decirles —respondió Raúl entre balbuceos.

—¿Crees que puede estar relacionado con el testimonio que dio en el juicio de Carla? —intervino Marcos.

—No lo sabemos. Ya testificamos en su día.

Cuando ocurrió el asesinato de Carla nosotros no estábamos aquí.

Nos fuimos de fin de semana, y por eso estaba aquí mi hermana.

Estaba cuidando de los niños. Eran mayores, pero así nos quedábamos más tranquilos, porque eran varios días —recordó Ariadna sin despegarse de su marido.

—No les pudimos ayudar antes ni podemos ahora. Lo sentimos mucho, de verdad —puntualizó Raúl.

—De acuerdo. —Irene se levantó—. Si recuerdan algo que les dijera Nuria que pueda ser útil para la investigación, se lo agradecemos.

—Pero ¿ha sido un asesinato? —preguntó Raúl contrariado.

—No se lo podemos confirmar, pero tiene pinta de que alguien le robó y la asesinó, o bien, al contrario. Ha aparecido sin bolso ni móvil. Lo único que llevaba consigo era una tarjeta de la abogada de David Ruiz —explicó Irene con el propósito de que les dieran algún tipo de información.

—¿Del asesino de Carla? —Raúl miró a su mujer.

—¿Berta Zamora no sabe nada? Bueno, qué tontería. Aunque supiera algo, no lo diría —recalcó Ariadna con tono amenazador.

—Nos ha confirmado que nunca habló con ella —confirmó Marcos al levantarse para seguir a su compañera.

—Lo único que les podemos decir ahora es que, con lo que tenemos ahora mismo, parece que alguien la asesinó y el motivo parece estar relacionado con Carla. Puede que no sea así, pero es lo que parece.

Caminaron hacia la puerta y la pareja los acompañó. Raúl ya estaba más relajado. No había asimilado la noticia, pero la conversación le había hecho pensar en el motivo por el que dejó de hablarse con su hermana durante tantos años.

—Una última pregunta, Raúl, ¿el motivo por el que dejaron de hablarse estaba relacionado con el asesinato de su hija? —quiso saber Marcos, que no iba a quedarse con la duda por muy inapropiada que fuera la pregunta.

—No, no tiene nada que ver. Simplemente cambió su personalidad y comenzó a no tener tiempo para nosotros.

Creo que nos fuimos distanciando con la muerte de Carla.

Nuria la adoraba, y con aquel suceso le dolía vernos.

Le recordábamos lo que pasó y el recuerdo de Carla era insoportable para ella —explicó Raúl con pesar.

—Entiendo —comprendió Marcos—. Si recuerdan algo, llámennos, por favor. Puede que les parezca una tontería, pero puede ser importante para la investigación.

Mientras bajaban por las escaleras, Irene repasaba cada palabra que Raúl y Ariadna habían pronunciado.

Habían respondido a todo con una calma que resultaba casi incómoda.

Demasiados seguros y correctos. Y, sin embargo, algo en sus miradas se había escapado de su control: un destello de inquietud cuando mencionaron a Nuria.

Irene lo archivó en silencio. Sabía que, en casos como aquel, las piezas pequeñas eran las que más tarde encajaban con un golpe seco.