No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Berta se quedó pensativa. Se levantó y apartó la pesada cortina para asomarse a la calle.

La aparición del cuerpo de Nuria Miret removía sentimientos e incertidumbres pasadas.

Pero no solo era eso, sino que, si alguien había matado a Nuria, el entorno de David sería el principal sospechoso.

La venganza había sido una justificación para el ser humano a lo largo de la historia.

Así que la deducción de Berta no era tan descabellada.

Se sentó y buscó el expediente. Era antiguo y no lo encontró.

Lo buscó entre los archivadores de cartón que tenía detrás de la mesa.

Estaba nerviosa, y no era por la cantidad de cafés que se había tomado en lo que iba de mañana.

Lo encontró. Se sentó y colocó la carpeta en la mesa.

Estuvo varios minutos mirándola sin abrirla.

Tenía el nombre de David Ruiz escrito en mayúsculas, con trazo firme en la portada.

Recordó la cantidad de horas que había pasado releyendo aquellas hojas que con total seguridad ya tendrían un color amarillento.

Desde que los policías habían ido a verla, sentía una presión en el pecho que no conseguía soltar.

Al principio, pensó que era desconcierto.

Pero ahora sabía con seguridad que los hechos, como ya predijo, no encajaban.

Nuria era la única testigo del asesinato de su sobrina y ahora estaba muerta.

Berta no creía en las coincidencias.

«¿Quién tenía interés en que muriera? ¿Por qué justo ahora? ¿Habría sido alguien cercano a David?».

Abrió la carpeta y buscó el teléfono de los padres de David. Nunca dudaron de la inocencia de su hijo. Sabían que no era el mejor adolescente de la época y sus relaciones sociales no eran las más convenientes, pero no era un asesino.

Cogió el móvil con dudas sobre cómo enfocar la llamada. Se frotó las sienes antes de marcar el número. Necesitaba asegurarse de lo que estaba pasando. No iba a conseguir tener paz interior hasta que descubriera la verdad. Esperó, escuchando cada tono con más incertidumbre.

Salvador leía el periódico con gesto ausente mientras Dolores recogía los restos del desayuno. Era una mañana cualquiera, tranquila, sin llamadas ni visitas. La cafetera aún goteaba en la encimera cuando el teléfono fijo comenzó a sonar. Ambos se miraron extrañados.

—¿Sí? —respondió Dolores.

—Hola, soy Berta Zamora. ¿Se acuerda de mí?

—Hola, Berta. Claro que me acuerdo. David me dijo que estaba volviendo a hablar contigo, que ibais a recurrir —dijo con tono feliz, esperando recibir buenas noticias.

—Sí, hace unas semanas hablé con él. Teníamos pendiente una reunión en la cárcel la semana que viene.

Berta se sintió culpable. Dentro de unos días tenía que ir a hablar con David, y ni siquiera había comenzado a repasar el expediente para recordar los testigos y las pruebas que tenían contra él.

—Genial. La noto rara, ¿ha pasado algo malo? —preguntó Dolores, intuitiva.

—No estoy del todo segura, por eso la llamaba —dudó cómo decirlo.

—Estoy con mi marido. Voy a poner el altavoz para que él también escuche lo que tenga que decirnos.

—Claro, verán… No sé muy bien cómo decirles esto. —La escucharon coger aire.

Los padres de David se miraron escépticos, sin saber a qué venía tanto secretismo.

—Ha venido la policía a verme. ¿Recuerdan a Nuria Miret?

Dolores soltó una gran carcajada.

—¡¿Cómo olvidar a esa malnacida y mentirosa?! —exclamó Salvador con ira.

—Ya, bueno, ha aparecido muerta en el Retiro —dijo al fin, sin dejar de frotarse la cara.

—¿Muerta o asesinada? —Quiso saber Dolores con el ceño fruncido y sosteniendo la mirada a su marido.

—No lo tengo claro, pero supongo que, si han venido a verme, es que la han asesinado. La policía la ha relacionado con el caso de Carla directamente y, en consecuencia, con su hijo.

—Ya, pero esto nos beneficia, ¿no? Quiero decir que, si la principal testigo que acusó sin pudor a mi David está muerta, es bueno, ¿no? —Dolores estaba ansiosa por conocer la respuesta.

—No estoy segura de la respuesta. Creo que relacionan el asesinato con el entorno de David. No sé si me están entendiendo.

—La hemos entendido perfectamente. Nos está preguntando si la hemos matado nosotros, ¿no es eso?

—Sí, eso es.

—Pues no, creemos que con uno de nosotros en la cárcel por asesinato es más que suficiente, ¿no le parece?

—Ya, claro. Por supuesto. —Comenzó a ponerse más nerviosa—. Quiero prevenirles de que no tardarán en ir a visitarlos. Estén preparados y no digan nada inapropiado —recomendó.

—Berta, nuestro hijo no fue, y lleva años en la cárcel. Si Nuria está muerta, necesitamos que lo saque de ahí. Ya ha perdido casi toda su vida. —La congoja de Dolores se sentía en cada una de sus palabras.

—Es lo que voy a intentar, se lo puedo asegurar. Pero primero necesito saber el motivo de que David tuviera tanta urgencia en reunirse conmigo. —Pensó unos segundos—. Estaba especialmente contento. ¿A ustedes no les dijo nada?

—No —mintieron.

—De acuerdo. En cuanto hable con él y preparemos la nueva estrategia me pondré en contacto con ustedes.

—Gracias, Berta. Por favor, sáquelo de ahí.

—Pueden estar seguros de que lo intentaré con todas mis fuerzas.

Colgaron. La abogada dudaba que los padres no supieran nada. David tenía buena relación con ellos y siempre estaban pendientes de él. Nunca perdieron la esperanza de que saliera de la cárcel. Estaban completamente seguros de que era inocente.

A Berta no le gustaba lo que estaba ocurriendo. De repente, recordó la visita de una persona que no quiso esperar. Salió del despacho y fue con pasos rápidos hasta la recepción. La madera del suelo crujió y sintió ese ruido como cuchillas en la cabeza.

—¿Te acuerdas de la persona que vino hace unos días y no quiso esperar a que terminara la reunión? —preguntó sin preámbulos.

La recepcionista levantó la vista y pensó si aquella pregunta tenía trampa para echarle en cara algún error y luego una bronca monumental de esas que a Berta le encantaban para gritarle y descargar tensión con un motivo.

—Sí, me acuerdo. Intenté que no se fuera, pero no la iba a coger del brazo para volver a sentarla, ¿no? —contestó a la defensiva.

—Por supuesto. Pero ¿te dijo su nombre? —preguntó ansiosa sin disimularlo.

—No me acuerdo, pero lo apunté por aquí.

Comenzó a pasar las hojas de la agenda donde tenía anotadas las reuniones y los clientes que habían llamado.

—¡Aquí está! —exclamó con alegría—. Se llamaba Nuria Miret. ¿Qué pasa?, ¿te suena?

Berta se quedó inmóvil unos segundos.

—Por supuesto que me suena. Ha aparecido muerta —dijo sin mirar a la trabajadora.

Se dio la vuelta sin comprender qué es lo que estaba pasando.