Capítulo 4
Marcos bajó el parasol por tercera vez desde que habían salido.
No es que lo necesitara, pero el silencio en el coche empezaba a resultarle incómodo.
Irene conducía con gesto concentrado, los ojos fijos en la carretera y una mano apoyada sobre la palanca de cambios.
El termo de café reposaba entre los dos y su aroma llenaba el habitáculo.
—¿De cuánto está tu mujer? —preguntó de pronto, sin apartar la vista de la carretera.
Marcos tardó un par de segundos en reaccionar.
—¿Me estás preguntando por la cuenta extraña en semanas que llevan las embarazadas? Porque eso es un lío. No entiendo por qué no hablan por meses, como todo el mundo. —Se encogió de hombros.
—Sí —sonrió—, tienes toda la razón. Es bastante lioso. Entonces, ¿de cuántos meses?
Él sonrió, algo aliviado de que la conversación y la relación entre ellos fuera por buen camino.
—Creo que ya son seis.
—Me pareció que lo del detalle de los pastelitos era un antojo de los gordos —supuso Irene.
—Ya, y lo peor es que no es la primera vez. Pienso que es una excusa para fastidiarme a altas horas de la madrugada. —Soltó una carcajada por la broma—. Me encantan las personalidades de las mujeres. Soy vuestro fan.
—Eso está bien. Después de todo, estás aquí por una.
—Mi madre es la mejor madre, y no exagero.
—Seguro que no. Y volviendo a los pasteles, estaban bastante buenos. Espero que vuelva a tener otro antojo dentro de poco —dijo Irene. Estaba empezando a pensar que Marcos era un buen tipo, como Joaquín ya le había advertido.
—Seguramente. Está en modo antojo nivel experto. Ayer quería pastelitos de crema, pero no de cualquier sitio, sino de los de la calle Delicias, y allí que fui.
—Creo que te darán una medalla. ¿Es niño o niña?
—Niño, se llamará Bruno. Al principio, no me convencía el nombre, pero ahora me encanta. Lo dices enfadado y queda bien. — Los ojos le brillaban de felicidad. Se notaba en el tono de su voz que estaba contento por lo que estaba ocurriendo en su vida.
Irene aparcó y pulsó el botón del freno de mano.
—Te tengo que confesar que al principio no estaba convencida de que esto fuera a funcionar, ya sabes, lo de tener un compañero. Pero creo que eres un buen hombre, marido, y seguro que padre. —Asintió con la cabeza—. Te estoy dando una oportunidad, y son muy exclusivas. No se las doy a cualquiera.
—Me alegro. Y sí, no te vas a arrepentir. Soy buena gente. —Hizo un silencio antes de volver a hablar—. No soy el más listo, pero sí el más fiel. Lo que puedes tener claro es que no te voy a decepcionar y que puedes confiar en mí.
—Gracias —dijo Irene pensativa. Lo sintió con la misma sinceridad con la que Marcos lo dijo.
—Y a ti, ¿te espera alguien en casa? —Se arrepintió después de preguntar.
—Tranquilo —contestó al ver su cara—, solo tengo una planta moribunda. Por eso no me gustan. Se secan y no hay manera de revivirlas. Se empeñan en morir en cuanto entran en mi casa.
—Al menos no te obligan a ir a por pastelitos. —Marcos miró el edificio—. ¿Es este?
—Sí, aquí está la simpática. —Apretó los labios.
Aparcaron el coche y anduvieron hasta el portal. Irene se quedó mirando los telefonillos para comprobar que el despacho estaba señalizado con un pequeño cartel.
—Aquí es. —Empujó la puerta.
—Es nuestro día de suerte. —Empujó más fuerte que Irene.
El timbre resonó en el interior del piso con un zumbido antiguo, de esos que vibraban más de la cuenta.
Irene echó un vistazo al cartel de la puerta: «Berta Zamora, abogada».
No había otros nombres. El portal era de los antiguos que había por Madrid capital.
Repleto de madera, con un ascensor viejo con puertas que ahora se consideran vintage y el suelo original que delataba cada paso.
Sonó el clic de la cerradura, empujaron la puerta y vieron a una señorita muy sonriente detrás de una mesa al estilo abogado que tanto les gustaban para decorar los despachos.
Entraron en un recibidor estrecho, donde un perchero de pie sostenía un único abrigo negro y un paraguas con mango de madera.
A la izquierda, había un pasillo alargado donde los agentes supusieron que estaría el despacho.
Las paredes estaban cubiertas de cuadros enmarcados con documentos jurídicos, diplomas, fotos en blanco y negro de juzgados, manifestaciones feministas de los años noventa, e incluso una imagen borrosa de Berta cuando era joven, flanqueada por dos personas que parecían ser sus padres.
—Es de los abogados que te piden que les dones los órganos antes de mover un papel —le susurró Irene y volvió a mirar a la recepcionista al momento.
—Buenos días, ¿tenían cita? —preguntó con el tono más desagradable que tenía.
—Hola, somos policías. —Imitó el tono y sacó la placa—. Tenemos que hablar con Berta Zamora. Es bastante urgente.
—Un momento, por favor.
La señorita de tono antipático se levantó para desaparecer con pasitos pequeños y rápidos por el pasillo de madera y luces tenues.
—No me gusta enseñar la placa, pero cuando se ponen así, ya sabes, en plan ñoño, es la mejor manera de terminar —argumentó Irene con cierta satisfacción.
La recepcionista volvió con un tono infinitamente más amable.
—Es el despacho del final. —Señaló con la mano.
Anduvieron con el crujir del suelo y Marcos se dio la vuelta para mirar a su compañera, que seguía su estela.
En el despacho estaba Berta, sentada con la mirada clavada en el ordenador, aparentando estar muy ocupada y restando la importancia de que dos agentes estuvieran en su despacho.
Había una gran ventana tapada por unos visillos gruesos y la lámpara de techo emitía una luz cálida, demasiado dorada para esa hora del día.
—Hola, somos policías de homicidios. Perdone que le molestemos —dijo Irene, profesional.
—No me molestan para nada. Por favor, siéntense —dijo levantándose y haciendo un movimiento con la mano para que tomaran asiento.
Irene notó que la mujer no se había maquillado, pero conservaba un aplomo que imponía. Tenía las uñas cortadas, sin pintar, y el pelo recogido de forma descuidada en un moño alto. En su mirada no había rastro de debilidad.
—Gracias. Somos Irene Vega y Marcos Bernal. Venimos porque han asesinado a Nuria Miret y lo único que llevaba encima era su tarjeta —explicó sin florituras.
—¿Nuria Miret? —preguntó con la ira aflorando en sus ojos.
—¿La conoce? —preguntó Marcos sabiendo la respuesta.
«Buena jugada, compañero», pensó Irene sin distraerse.
—Por supuesto que la conozco. Metió a un inocente en la cárcel por su testimonio falso. —Alzó la voz a la misma que su tono de piel se volvía más rojo.
—¿No ha hablado con ella últimamente? —preguntó Irene, contrariada.
—Por supuesto que no —repitió la coletilla.
—¿Y sabe por qué ha aparecido muerta y lo único que tenía era su tarjeta? —insistió.
Berta pensó unos segundos lo que tenía que responder. Solía colaborar con la policía, pero nunca era su cuello el que estaba en juego.
—¿Soy sospechosa?
—¿Debería? —Parpadeó Irene.
—¡Claro que no!
—¿Dónde estuvo ayer por la noche? —preguntó Marcos para ponerla más nerviosa.
—Aquí hasta las nueve o diez de la noche. Luego bajé a cenar al bar de abajo porque ya era muy tarde. —Cruzó los brazos encima de la mesa—. Pueden preguntarlo.
—Está bien. Supongo que hablaremos pronto. —Irene se levantó.
—Un momento, ¿solo me van a preguntar eso? —quiso saber, a punto de perder los nervios.
—Bueno, solo estaba la tarjeta, y supusimos que tendría algo que decir, pero ya vemos que no. —Se calló con la idea de que comenzara a dar información útil.
Marcos observaba a Irene, interviniendo cuando ella le miraba de soslayo. Quería que participara de manera activa, no solo que estuviera presente.
—La vi el día del juicio hace al menos veinte años. Ella testificó en contra de mi cliente, David Ruiz. Aún está cumpliendo condena porque ella mintió. David ni siquiera estaba allí en ese momento —matizó Berta.
—Hubo una investigación —dijo Irene con el ceño fruncido.
—Lo sé, pero había una testigo, Nuria. Así que, el juez creyó que había suficientes pruebas circunstanciales que apoyaban su testimonio.
—¿Y no era así? —preguntó Marcos, que se reacomodó en la silla.
—Por supuesto que no. David estaba en su casa. Sus padres estaban allí, pero como no podían asegurar a qué hora llegó porque estaban durmiendo… Ya se pueden imaginar lo que pasó. —Levantó las cejas con soberbia.
—Como quieras. Ya hablaremos más adelante —se despidió Irene.
Marcos siguió a su compañera sin decir nada más hasta que salieron del portal.