Capítulo 3
La puerta de la comisaría crujió al abrirse, rompiendo el silencio oscuro de la madrugada.
Era de noche cuando cruzó la puerta con un bostezo y una coleta mal hecha.
Recordó las que le hacía su madre cuando iba al colegio, que le dejaban el rostro sin expresión de tanto que se la apretaba.
No había descansado y cada paso que había dado hasta llegar le había costado más de lo habitual, como si las piernas le pesaran el doble que el día anterior.
Se había preparado un café con leche al que había echado azúcar sin control.
Muy dulce, como le gustaba. Las luces estaban apagadas, igual que en el resto de su planta.
Solo una lámpara permanecía encendida al fondo del pasillo.
«Joaquín. Su vida es más triste que la mía».
El murmullo apagado de un ordenador en reposo y el bufido del comisario eran los únicos sonidos que la acompañaban.
Irene avanzó sin prisas. Sabía que Joaquín saldría a abordarla con expresión compasiva, como siempre que llegaba de madrugada.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la cara que Irene había imaginado.
—No he podido dormir, así que no empieces a darme la chapa, te lo pido por favor —suplicó al sentarse en su sitio y encender el ordenador.
—Irene, no seas desagradable. Te lo pido, por favor —replicó sus palabras.
—¿Qué quieres que te diga, Joaquín? Pues pensé que estaba mejor, que lo había olvidado. Hacía mucho que no soñaba con nada de lo que me pasó, pero me equivoqué. Esta noche me he levantado empapada en sudor. Era tan real —dijo con la voz temblorosa.
—Es que fue real, y tienes que superarlo. —Se sentó en la silla que había heredado Marcos.
—Ya lo sé, debes de pensar que yo quiero ser una policía traumatizada, pero no es así —alzó el tono de manera inconsciente.
Joaquín no dijo nada, solo la miró. Aquella cara hacía que Irene se viniera abajo como cuando se conocieron.
—Lo siento —se disculpó, frotándose la cara con las manos.
—Irene, tienes que ir a ver a Patricia, seguro que ella te puede ayudar a gestionarlo.
—Llevamos mucho tiempo así, esto no resulta, y Patricia hace lo que puede, pero es imposible que me pueda entender una persona que no ha pasado por lo mismo que yo. Por muy psicóloga que sea —matizó con cariño.
—¿Lo intentamos?
—Solo voy a superarlo cuando sepa quién es, Joaquín —dijo con la voz temblorosa y con un movimiento repetitivo en una de las piernas.
Irene giró la cabeza para coger el bolso que había dejado colgado en la silla y sacar el termo de café.
No quería hablar hasta que se le pasara la congoja que sentía en el interior de su estómago.
Abrió el termo y bebió. El comisario la conocía demasiado para saber que estaba cogiendo aliento para no llorar delante de él.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó sin estar seguro de si darle espacio era lo mejor.
—No, quiero que te quedes conmigo.
—Puedes cogerte una excedencia. A veces ayuda no estar al pie del cañón.
—No, si me quedo en mi casa mirando al techo puede que acabe peor de lo que estoy.
Joaquín se echó hacia atrás en la silla.
—¿Has recordado algo más?
Irene negó con los ojos acuosos y Joaquín se llenó de impotencia. «Tantos años sin ningún avance».
—Sé que soy un estorbo desde el día que me rescataste de aquella lúgubre casa.
Lo siento, de verdad, puede que ni siquiera merezca estar en este puesto.
Puede que, si no he sido capaz de resolver mi propio caso, no sea la persona idónea para un puesto de este calibre.
—Se quitó la goma de la coleta y se la volvió a hacer igual de mal.
—Eres la persona más capaz que conozco. Además, vamos a resolver el caso que tenemos entre manos. Si hay una policía que encuentre las pistas que nadie ve y conecte crímenes pasados y presentes eres tú. —Le cogió la mano para que no empezara a morderse las uñas.
—Lo dices porque soy un completo desastre. —Se animó con las palabras del comisario.
—Venga, voy a por un café de esos ricos de la máquina. —Sonrió.
Irene hizo el gesto de vomitar mientras el comisario comenzaba a encender las luces.
Marcos entró en ese momento por la puerta del departamento con una caja de pastelitos.
—Pero bueno, ¿y esto? —dijo Joaquín, que conocía la pastelería.
—Fui ayer porque mi mujer tenía antojo, está embarazada y cogí una cajita pequeña para nosotros —explicó Marcos—. Es para caerle bien a Irene —susurró a Joaquín en el oído.
—Eso es misión imposible, ni lo intentes —dijo mientras retomaba el camino para sacar café—. ¿Quieres uno? —Señaló la máquina.
—Claro, si no se me va a hacer bola.
Marcos fue hacia su sitio y dejó la caja al lado de Irene. Se quitó el abrigo y observó su rostro demacrado.
—¿No has dormido bien? —Su tono se tornó comprensivo.
—No, la verdad es que muy poco. Creo que un par de horas. Me desvelé y luego ya fue imposible volver a conciliar el sueño —contestó y actualizó el correo.
—¿Quieres? El azúcar le sube el ánimo a cualquiera —intentó ser amable.
—Bueno, ya ha empezado mal el día, así que solo queda mejorar, ¿no?
—Claro, esa es la actitud. —Se frotó las manos del frío—. ¿Aquí se puede subir la calefacción?
—Es central, así que olvídate de esa idea. Si quieres más calor, te traes más capas.
Joaquín venía con los dos cafés e Irene levantó el termo.
—¿Tienes el expediente? Estoy nervioso. Es mi primer caso —Marcos miraba al comisario.
—Sí, lo tengo en el despacho. —Se comió uno de los pasteles de un solo bocado.
—¡Que no se te olviden las gafas! —exclamó Irene—. Siempre se le olvidan o las pierde. No entiendo por qué no las lleva puestas siempre.
El comisario volvió con el expediente y cogió una de las sillas cercanas.
—Me he tomado las molestias de haceros unas copias cuando he venido, así que quiero que os las leáis antes de seguir. Por cierto, antes de que lo descubráis, ya os confirmo que la tarjeta de la abogada que llevaba es la del asesino de su sobrina —se adelantó.
—¿Qué? —preguntó Marcos con la copia en los muslos.
—La sobrina de la víctima, Carla, fue asesinada hace años. El asesino fue David Ruiz, que ahora está en la cárcel. La tarjeta es de la abogada que lo representó en el juicio —sintetizó Joaquín.
—¿Y por qué iba a llevar su tarjeta? —preguntó Irene.
—No lo sé, pero lo que sí sé es que David Ruiz fue a la cárcel porque Nuria Miret declaró que vio cómo la mataba desde el balcón de la casa. —Resopló.
—Bueno, entonces ya te lo has leído tú. —Se levantó Irene—. Así que nos vamos a ver a la abogada. —Cogió un pastel y metió el termo en el bolso—. Vamos, Marcos.
—Voy, voy. Nos vamos a ver a la abogada —dijo sonriente por ser al primer sitio al que le llevaba Irene.
—No es muy simpática —añadió Joaquín.
—¿Quién? —preguntó Irene, dándose la vuelta para mirarlo.
—Me refiero a Berta Zamora, la abogada.
Irene sonrió mientras andaban por el pasillo para marcharse. Sabía que el comisario se había quedado preocupado por ella.