No debiste volver (Irene Vega 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Llegaron a la zona de la comisaría sin haber intercambiado ninguna palabra.

Marcos no estaba seguro de si era ella quien no quería un compañero, o es que nadie quería serlo.

El rostro de Irene era agradable, incluso era guapa, pero aquel carácter era el repelente perfecto para alejarte de ella en cuanto la veías.

El motor se detuvo, pero la voz de una tertulia en la radio seguía sonando con tono exaltado sobre una huelga de transporte. Marcos se desabrochó el cinturón en silencio. No le costaba entender por qué había parado antes de llegar a comisaría, había aparcado delante de un bar.

—¿Café? El de arriba está asqueroso. Aunque a Joaquín, por alguna extraña razón, le encanta, y tiene todo el día uno en la mano. —Se encogió de hombros.

—Claro —respondió siguiéndola hasta el interior del bar.

Bajaron una pequeña rampa hasta un local estrecho con paredes de color crema y mobiliario anticuado. El camarero, un hombre de gesto amable y sin un solo pelo en la cabeza le empezó a preparar el café sin que ella lo pidiera. Marcos se quedó mirando sin decir nada.

—Vaya marrón tienes, amigo —dijo el camarero señalando a Irene con una sonrisa.

—Eso es verdad, pero de cualquier situación se puede sacar algo bueno. Incluso de trabajar conmigo —respondió ella con voz lineal, sin expresión de que aquello fuera una broma.

—Te lo he dicho, un marrón —repitió el camarero en un susurro—. ¿Un café, amigo?

—Creo que sí, y bien cargado. —Marcos suspiró.

—Siento que te haya tocado conmigo, de verdad. No tengo buena fama. Es merecida, pero voy a intentar ser agradable por primera vez en mi vida. Si tengo algún fallo, tendrás que perdonarme —alegó Irene.

—No te preocupes, todos tenemos nuestras cosillas. —Cogió el vaso—. ¿Sabes si me han asignado un lugar de trabajo?

—Claro, a mi lado. No puede ser de otra manera.

—Perfecto.

—El hueco a la derecha está libre desde hace años. Que no se te ocurra poner plantas ni tonterías de colores —ordenó. Cogió el café, lo alzó hacia el camarero a modo de agradecimiento y empezó a andar hacia comisaría.

Marcos copió el gesto y la siguió.

La comisaría estaba completamente despierta.

Las luces encendidas en todas las estancias, agentes cruzándose de un lado a otro con carpetas en la mano y teléfonos que no paraban de sonar.

En un rincón, una impresora escupía papeles con ansiedad.

Era la primera vez que Marcos pisaba aquella planta, todo el mundo lo sabía.

Algunos agentes lo miraban con curiosidad disimulada, otros, con compasión.

Marcos no tardó en entender por qué. Todos los agentes estaban escépticos de que Irene tuviera un nuevo compañero.

A medida que andaban por el pasillo hasta sus puestos de trabajo, los susurros iban a en aumento. Marcos se sintió como un famoso.

Irene llegó hasta su mesa, se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de la silla. Luego se acomodó con lentitud, sorbiendo su café como si fuera lo único que la sostenía en pie.

—Este es tu sitio —dijo señalando la silla vacía a su derecha—. Por cierto, no toques mis notas y no abras mis cajones. Y, por último, no me cuentes tu vida. Si me interesa, ya te preguntaré.

—Entendido. Nada de plantas, ni de confidencias ni de conducir. —Soltó una carcajada.

Irene sonrió por un segundo.

—Puede que esto no salga mal del todo. —Levantó las cejas al posar el café en la mesa—. Vas cogiendo el ritmo, no eres tan torpe como parece.

—Mi mujer también me lo dice mucho. —Se echó las manos a la boca—. Vaya, se me escapó una confidencia.

Irene meneó la cabeza.

—Vamos a empezar. No tenemos la identidad de la mujer, así que primero veamos si está fichada por las huellas.

—¿Las tenemos?

—Sí, fue lo primero que les pedí a los compañeros para poder empezar.

Miraron el ordenador hasta que salió el mensaje que no querían leer. «No hay coincidencias».

—¡Joder! —Se echó hacia atrás en la silla.

Joaquín estaba en su despacho cuando escuchó a Irene empezar a despotricar.

Entonces recordó que era el primer día del nuevo compañero.

Esperaba que aún no se hubiera dado de baja por depresión.

Colgó el teléfono y salió para colocarse justo al lado de Marcos.

Habían hablado días antes, pero no se habían visto en persona.

—Hola, soy Joaquín Requejo, el comisario —dijo cordial, estrechándole la mano.

—Hola, comisario.

—¿Qué tal con esta?

—Muy bien, venimos de una posible escena de un crimen —dijo Marcos al volverse a sentar.

Joaquín se sentó en el borde de la mesa de Irene.

—¿Y por qué ya estás de mal humor? —preguntó con el ceño fruncido para focalizar la pantalla del ordenador. Se le habían olvidado las gafas en el despacho.

—La supuesta víctima no tenía nada encima y no sabemos quién es —se quejó Irene.

—¿No está fichada? —preguntó Joaquín con tono calmado.

—No.

—¿Has mirado en desaparecidos? —sugirió.

—No, pero ha sido esta noche, así que es imposible que ya esté incluida en el fichero.

Marcos miraba sin decir nada.

—Tendremos que esperar, no queda otra, Irene. No es culpa tuya, es mala suerte, pero es lo que hay. —Sostuvo la mirada a Irene, que estaba despistada—. ¿Qué es lo que pasa?

—Nada.

—¿Qué pasa? —repitió con retintín.

—Hay algo extraño en la postura de la víctima —dijo al fin—. ¿A que sí? —Miró a Marcos para que le diera la razón.

—La verdad es que sí. Parece como si la hubieran colocado antes de matarla o… robarle… —Marcos dudó si había utilizado las palabras correctas.

—De acuerdo. ¿Has hecho fotos antes de venir? —preguntó Joaquín.

—Sí. ¿Vas primero a por las gafas?

Joaquín se levantó de un salto para ir deprisa a por las gafas y volver. Al comisario le encantaba ayudar a sus agentes, y más en los casos de homicidio en los que tenía una amplia experiencia. Siempre fue su departamento favorito.

—Ya estoy preparado —informó el comisario, que volvió con las gafas puestas.

Irene cogió el móvil con las cejas levantadas. Suspiró antes de desbloquearlo y, con la foto en la pantalla, se lo pasó a Joaquín.

Los ojos del comisario se abrieron como platos.

—¿Tienes más?

—Sí, desliza. ¿Qué pasa? —Irene se levantó y se colocó a pocos milímetros de él para observar con atención su reacción.

—Creo que sé quién es. Se llama Nuria Miret —anunció—. Yo fui el inspector que llevó el caso del asesinato de su sobrina, Carla Miret, hace más de veinte años —explicó igual de sorprendido que los agentes.

—¿Podemos conseguir el expediente antiguo? —preguntó Marcos.

—Por supuesto. Si os parece bien que me una al equipo, mañana lo tenemos encima de la mesa y nos ponemos con ello, ¿vale?

—¿Nos vas a ayudar? —preguntó Irene, irónica.

—No creo que nadie os sea más útil ahora mismo que el policía que llevó ese caso, ¿no?

—Psé —respondió Irene con la cabeza ladeada.

—Vale, no es solo por eso, es que no quiero que martirices a Marcos. Me gustaría que no se cogiera la baja en menos de una semana —se justificó mientras andaba de camino a su despacho.

—Ya sé que soy un novato, pero esto no ha sido un robo —intuyó Marcos.

—No podría estar más de acuerdo contigo —dijo Irene.