No debiste volver (Irene Vega 1)
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Capítulo 1
No parecía muerta, solo sentada, como si esperara algo o a alguien.
Irene se agachó frente al banco, a pocos centímetros de las piernas cruzadas de la mujer.
Una bufanda gruesa le cubría el cuello hasta la mandíbula.
Las manos, enguantadas, descansaban sobre el regazo.
No había sangre. No había desorden. Solo silencio.
El silencio tenso del Retiro a las seis y media de la mañana con el cielo aún por decidir si amanecía.
Hacía pocos minutos que la habían llamado y era de las pocas que ya estaban allí, mirando a la mujer muerta del abrigo rojo.
No había podido dormir. Desde que entró en la policía había estado protegida por su gran mentor desde antes de que aprobara.
Decidió ser policía por él. Por quien ahora era el comisario: Joaquín Requejo.
Siempre le había permitido no tener compañero por su condición especial, pero cuando habló con su psicóloga, esta le dijo que ya era hora de que se adaptara a las circunstancias del trabajo y no al revés.
Ese era el motivo por el que estaba nerviosa y, a pesar de que era invierno y las temperaturas eran bajas, estaba sudando.
La relación con los compañeros de trabajo no era del todo fluida.
A pesar de que Joaquín le había dicho que su nuevo compañero encajaría perfectamente en el puesto y, sobre todo, con su personalidad, no dejaba de darle vueltas.
Irene no estaba tan convencida como el comisario de que así fuera.
Sintió cómo la tocaban con la punta de los dedos y se sobresaltó al instante.
El rostro sonriente, de un hombre alrededor de los treinta y algo, igual que ella, le miraba.
—Hola, Irene, soy Marcos, tu nuevo compañero. —Estiró la mano.
Irene se levantó para responderle con el mismo gesto. Sentía cómo se le disparaban las pulsaciones. Aquel experimento sugerido por la psicóloga de la policía e impuesto por el comisario no le gustaba en absoluto. Quería y necesitaba trabajar sola. Pero ahí estaba Marcos.
—Hola. ¿Marcos Bernal?
—Exacto. —Sonrió—. Ya me ha dicho el comisario que no quieres compañero, así que intentaré ser lo más profesional posible y que nos llevemos bien —dijo en un intento de romper el hielo.
Irene se cruzó de brazos para responderle, pero se contuvo. Se acordó de lo que le dijo Joaquín: «Si no tienes nada agradable que decir, te callas». Y eso fue lo que hizo, callarse.
—Tenemos un caso, Marcos —dijo después de unos segundos de meditación.
El nuevo compañero se puso a su lado y observó.
—Eres inspector, ¿no? —dijo Irene, haciendo de tripas corazón para parecer simpática.
—Sí, acabo de aprobar. No tengo experiencia y me han dicho que eres una de las mejores inspectoras. Así que estoy aquí para aprender todo lo que pueda.
—No creo que sea muy buena profesora, pero intentaré ser lo más agradable posible y enseñarte lo que he aprendido —dijo Irene, mirándole de arriba abajo sin comprender por qué tenía que cargar con un novato.
—Estoy listo. —Marcos sacó una libreta de su abrigo.
Dio un paso más cerca de Irene. No insistió más.
No quería empezar con mal pie. Probablemente pensaría que era una faena que le hubieran puesto como compañero a alguien sin experiencia, pero nadie nace sabiendo, y lo normal es que el agente más antiguo enseñe al más novato.
No le habían informado del motivo por el que Irene no quería compañero, pero supuso que con el paso de los días se enteraría. Ningún secreto se esconde eternamente.
—¿Quién la ha encontrado? —se interesó Marcos.
—Un hombre que hacía footing por el Retiro todas las mañanas a la misma hora. Nunca había visto a nadie sentado tan temprano y por eso le llamó la atención. Hizo el camino de ida y la vio, pero al volver para casa observó que estaba en la misma postura y se acercó —explicó Irene.
Marcos asintió mientras apuntaba en el cuaderno.
—¿Tenemos el nombre de la mujer?
—No tiene nada, solo la tarjeta de una abogada. —Irene sacó del bolsillo la tarjeta, dentro de una bolsa de pruebas transparente.
—¿En qué bolsillo estaba?
—En el izquierdo. No hay nada más. Ni señales de violencia, ni manchas de sangre. Puede que se hubiera quedado encerrada esta noche y, como hizo frío, al quedarse dormida le haya dado una hipotermia.
Marcos la miró con incredulidad sobre la hipótesis, pero no dijo nada.
—Ya sé que es poco probable, pero hasta que no tengamos la autopsia hay que suponer qué es lo que pasó, aunque no sea muy plausible. Nunca se sabe. —Dio un par de pasos para acercarse de nuevo a la mujer.
Anduvo alrededor del banco para asegurarse de que no se le había pasado nada. La bufanda parecía cara, igual que el abrigo rojo con botones dorados. Botas de tacón cuadrado, pelo canoso perfectamente peinado y labios pintados. No era una indigente, y tampoco nadie que saliera a pasear a esas horas.
—Puede que viva por aquí cerca —supuso Marcos.
—Puede, pero creo que había quedado con alguien. Va maquillada y con sus mejores galas.
—¿Quieres decir que va arreglada?
—Sí, eso es, arreglada —repitió Irene.
—A mí no me lo parece, va vestida normal, como cualquiera a quien le guste ir a la moda.
—No, se arregló para la ocasión. Nunca se puede estar seguro de nada, pero me da la sensación de que era una ocasión especial —respondió sin acritud, mirándola. Se acercó de nuevo a la cara de la víctima.
—¿Vamos a esperar a que venga el forense?
—No, tenemos trabajo y no nos necesita. Solo le molestaríamos —respondió sin mirarle.
Se agachó de nuevo y se fijó en las uñas de la mujer.
Estaban cuidadas y pintadas con un esmalte de color rojo oscuro.
En las arrugas profundas se dejaban ver los años que llevaba en sus espaldas.
La comisura del labio inferior apenas había caído.
Había algo en su expresión que no encajaba.
Irene pensaba que había quedado con alguien y no había terminado como esperaba.
—¿Sospechas que es una agresión? —preguntó Marcos, que se había colocado junto a ella, pero guardando la distancia personal.
—Sospecho de todo.
—Puede que solo haya sido un robo.
Irene se quedó pensando. Había barajado aquella posibilidad desde el principio, pero le surgía la pregunta de si quien le había robado era la persona con quién había quedado.
—No tiene bolso ni móvil. Ha sido un robo, seguro, pero quiero saber el por qué —dijo tajante—. No ha sido casualidad. Sabían que iba a estar aquí.
El viento sopló con más fuerza. La bufanda de Irene se movió, junto a un mechón rebelde que le cruzó la frente. No se lo apartó. Solo miró a la mujer muerta como si esperara que dijera algo.
—Vamos, tenemos que averiguar quién es la mujer —ordenó Irene.
—Perfecto. —Corrió detrás de ella.
—¿Has venido en coche? —preguntó Irene.
—¡Estás loca! Aparcar en esta zona de Madrid es una auténtica hazaña, por no hablar de lo que hubiera tardado en llegar. —Esbozó una sonrisa.
—Genial. Vamos en mi coche. Por cierto, eres mi compañero, pero la que conduce soy yo, siempre —recalcó—, ¿vale?
—Entendido —respondió apretando los labios.
—No es nada personal. Según mi psicóloga es porque necesito tener el control de las situaciones.
«Me ha tocado la inspectora más rara de todo Madrid», pensó Marcos, angustiado, sin dejar de seguirla.
—Necesitamos las imágenes de las entradas, si es que las hay —dijo Irene en alto—. Apúntalo.
—Hecho.