Capítulo 51
Irene observó la sala de interrogatorios a través del cristal.
Durante años había imaginado aquel momento.
Lo había hecho tantas veces que terminó construyendo una imagen imposible: un hombre capaz de inspirar terror con solo mirarlo; un monstruo.
Sin embargo, la realidad era mucho peor, porque Jano parecía una persona normal.
Estaba sentado al otro lado de la mesa con las manos esposadas delante del cuerpo.
Tenía la espalda apoyada en el respaldo y la mirada puesta en un punto incierto de la pared.
Parecía cansado. La inspectora tuvo la sensación de que Jano llevaba esperando aquel encuentro desde hacía años. No parecía nervioso.
Joaquín decidió que era mejor entrar solo. Irene estaba demasiado inquieta. No parecía preparada para afrontar una situación semejante. Marcos y Adrián intentaron calmarla, pero las manos le temblaban al mismo ritmo que el labio inferior.
—¿Estás bien? —preguntó Marcos mientras Adrián la agarraba por los hombros.
—No estoy segura.
—Es mejor que veas el interrogatorio detrás del cristal. No estás bien. Tienes que ser consciente de que es una situación complicada. No puedes asumirlo todo en un par de horas —explicó Joaquín mientras la miraba a los ojos.
—Tiene razón. Ya sé que no te gusta, pero es lo mejor —añadió Adrián.
Irene asintió. No podía pensar mientras lo veía allí sentado, tan tranquilo.
—Voy a entrar. Por favor, cuidad de ella —rogó Joaquín al equipo.
—Por supuesto.
No solo era el caso de Irene; también había marcado la vida de Joaquín. De formas distintas, Jano les había destrozado la vida a ambos.
Abrió la puerta y salió de la sala acristalada para entrar en la de interrogatorios. Jano esperaba sin prisa. Sabía que de allí iría a la cárcel. No albergaba esperanzas ni dudas.
Jano levantó la vista al escucharlo entrar. Joaquín tomó asiento delante de él.
—Nunca sospeché de ti —comenzó con voz triste.
—Lo sé.
Aquella respuesta pareció golpearlo con más fuerza de la esperada, porque era la verdad. Nunca sospechó de él. Ni una sola vez.
—¿Por qué Samuel? —Por fin formuló la pregunta que más veces se había hecho.
—Porque lo descubrió. Solo fue por eso. Supongo que esperabas otra respuesta. La respuesta de un psicópata, de un monstruo. Pero yo no lo soy, Joaquín. Llevamos media vida siendo amigos. Me conoces.
—No lo entiendo.
—Iba a detenerme y a llevarme a la cárcel. Todo el mundo me juzgaría cuando yo no había hecho nada malo.
—¿Qué? ¡Por el amor de Dios! ¡Has matado a gente! ¡No puedes decir que no has hecho nada malo!
—Hice lo que tenía que hacer. También era mi amigo, pero tomó las decisiones equivocadas, y yo tuve que tomar las mías —explicó con calma.
—¿Y Santiago?
—No tenía que haber vuelto a investigar. Por culpa de los padres, reabrió el caso. Nunca pensé que retomaría la investigación. —Bajó la vista—. Tuvo miedo durante años y abandonó el caso…, pero volvió. No le mereció la pena.
La naturalidad con la que respondió obligó a Joaquín a respirar hondo. No entendía quién era aquella persona que tenía delante.
—¿Solo los mataste porque te descubrieron? —preguntó para confirmarlo.
—Solo. No tenía otro motivo. Como ya te he dicho, eran mis amigos. Me dolió hacerlo, pero no tenía alternativa. —Tragó saliva.
Irene observó cómo Joaquín cerraba los ojos unos instantes. Solo pretendía confirmar el motivo, pero había descubierto algo mucho peor. Jano no tenía remordimientos por sus crímenes. Sabía que Joaquín estaba roto por dentro, pero tenía que continuar el interrogatorio.
—No veo necesario dar más detalles sobre los asesinatos. Si habéis llegado hasta mí, es porque lo sabéis.
—¿Y las niñas? ¿Por qué lo hiciste?
Jano lo miró con decisión. Entrelazó los dedos e hizo tintinear las esposas.
—Nadie las veía. Eran invisibles para sus familias.
—¿Qué coño significa eso? —estalló Joaquín.
—Irene lo sabe bien. Estoy seguro de que de eso sí se acuerda. Y, si no lo hace, que pregunte a su hermana —recalcó.
—Esas niñas tenían familias que las querían —replicó, enfadado.
—Te equivocas. No las querían.
Irene sintió rabia al escucharlo, pero no dejó que los sentimientos nublaran su mente. Se concentró en escuchar el interrogatorio. Debía ser tan profesional como Joaquín. Se removió en la silla mientras se le tensaban los músculos.
—No las querían lo suficiente —puntualizó—. Puede que tú creas que sí, pero no es cierto. Empezaron a quererlas cuando las perdieron, no antes.
—No tenías ningún derecho a llevártelas. Sabes que lo que hiciste está mal, ¿verdad? Secuestraste a unas niñas indefensas —le recriminó con dureza.
La convicción con la que hablaba Jano resultaba inquietante, como si las hubiera salvado de sus propias familias.
—No las secuestré para hacerles daño. Yo las cuidaba, les daba de comer y jugaba con ellas. Estaban encerradas, sí, pero eran felices conmigo.
—¿Y las uñas pintadas de rojo?
Jano sonrió con descaro.
—Ellas elegían los colores. Les gustaba jugar a pintarse las uñas. No había nada raro.
Al escucharlo, Joaquín se quedó petrificado. Se frotó la cara con inquietud.
—Las protegí. Tú no lo entiendes.
Joaquín se levantó y se acercó al cristal. Dio un golpe en el cristal. Irene sabía que era la señal, pero dudó.
—No es obligatorio que entres —dijo Adrián, angustiado.
—Lo sé.
—No le tienes que demostrar nada a nadie —añadió Marcos.
—Lo sé. Pero tengo que hacerlo por mí. Llevo años imaginando este momento. Tenerlo delante y preguntarle el motivo. —Se levantó—. Gracias, chicos. —Esbozó una breve sonrisa antes de salir.
A los pocos segundos apareció en la sala de interrogatorios junto a Joaquín. Se sentó en la silla que él había dejado vacía. Lo miró a los ojos durante varios segundos. Entonces los recordó.
—Hola, Irene. —Jano sonrió con cariño.
Aquella familiaridad le provocó un escalofrío.
—¿Te acuerdas de mí?
—Claro. Nunca dejé de cuidarte. Cuando nos vimos en el tanatorio y recordaste los lunares… —Se pasó la lengua por los labios—. Pensé que no tardarías en recordar lo bien que nos lo pasábamos jugando.
—¿Jugando?
—Sí, Irene, era un juego. Vosotras también os poníais la bolsa en la cabeza para jugar. Corríais por toda la casa y os escondíais —recordó con voz melancólica.
Irene miró a Joaquín, sin comprender qué ocurría. Hablaba como si fueran una familia.
—¿Te siguen sin gustar los guisantes? —preguntó Jano con frialdad.
Irene se quedó inmóvil, incapaz de responder.
—Siempre los apartabas. —Respiró profundamente.
La sala se quedó en silencio. Detrás del cristal, Marcos y Adrián también se quedaron paralizados.
—Elia te dejaba sola todas las tardes —comenzó con la mirada clavada en sus manos esposadas—. Tus padres trabajaban y te dejaban a su cuidado. Ella te abandonaba en el parque y se iba con sus amigos. ¿No te acuerdas de eso?
Irene sintió cómo el corazón se le encogía. Un aguijonazo de realidad le devolvió aquella imagen.
—Te dejaba llorando hasta la hora aproximada en que llegaban tus padres, para que no supieran que habías estado sola toda la tarde.
¿De verdad no lo recuerdas? —Irene no contestó—.
Aquel día no pude más. Te empujó sin dejar de reírse con sus amigas.
Luego se dio la vuelta mientras estabas en el suelo.
¡Te dejó allí! ¡Sola! ¡A una niña pequeña! —Alzó la voz, furioso.
—¡Eso no es verdad!
—¿Seguro? Sabes que es cierto lo que digo. Estuve meses observándote. Pero, cuando vi cómo te tiró y comenzó a reírse, supe que tenía que salvarte de esa familia.
—No quiero que hables de mi familia —advirtió Irene.
Joaquín se mantuvo al margen con los puños apretados. Sabía que, si intervenía, haría que Irene se sintiera más vulnerable.
—Cuando llegamos a casa con las demás, te alegraste tanto… Éramos felices. ¿Por qué piensas que luego no querías irte con tu familia? Ellos eran los malos, no yo. Yo te cuidé.
Irene comenzó a recordar. Aquel relato encajaba con sus recuerdos. Con la historia completa, todo cobraba sentido. «Eran reales». Siempre pensó que estaban distorsionados porque no entendía que hubiera sido feliz allí.
—¿Y entonces por qué quise escapar? Te apuñalé.
La expresión de Jano cambió. Dio un golpe con los puños en la mesa. Irene se asustó y echó la silla hacia atrás. Joaquín se acercó con gesto amenazante.
—No quiero ni un movimiento brusco más —le advirtió.
—Perdonadme, fue esa desagradecida de Lucía. Te comió la cabeza. Esa vocecilla de niña buena os engañó a todas. Con sus llantos…
Irene sabía que era verdad. Ahora comprendía por qué había salvado a Lucía y, sobre todo, por qué se había escondido. Lucía fue la única que no era feliz allí.
—¿Dónde están? —preguntó conteniendo las lágrimas.
—Las tuve que matar —contestó, afligido.
Jano se secó las lágrimas.
—Las quería mucho, pero ocurrió por vuestra culpa. Por tu culpa, Irene —matizó—. Sabía que la policía iba a venir a por mí. Participé en la búsqueda en la cabaña y tenía claro lo que tenía que hacer. —Volvió a mirarse las manos—. No sufrieron. Ya sabéis cómo lo hice.
—¿Las sedaste?
—Sí.
—¿Como hacías con nosotras? —le recriminó.
—No es lo que estás pensando. Solo fueron algunos días porque esa Lucía os alteraba.
No era la primera vez que intentasteis escapar.
Me pegasteis en varias ocasiones. No había otra manera de que estuvierais tranquilas mientras me iba a trabajar —prosiguió—.
Puede que no lo entiendas, pero solo os estaba protegiendo.
—¿Qué hiciste con sus cuerpos? —intervino Joaquín al ver que Irene estaba conmocionada.
—Las enterré. Las sigo cuidando todos los días. —Sonrió—. Les pongo flores y hablo con ellas.
A pesar de todas sus víctimas, Jano seguía sin entender el daño que había provocado. Creía que había cuidado de ellas durante todos aquellos años.
Joaquín respiró hondo. Le bastó mirar a Irene a los ojos para comprender cómo se sentía. Ya no quedaba nada más por comprender; solo faltaba cerrar el caso.
—¿Dónde están Alma, Leticia y Diana? —insistió Irene mientras contenía las lágrimas.
—Creo que ya lo sabéis. En el único sitio donde podía enterrarlas sin que las encontrarais antes de descubrir quién era —confesó sin ningún gesto de arrepentimiento.