No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

Ninguno había dormido más de tres horas.

Después de escuchar a Jano explicar con aquella tranquilidad enfermiza por qué había secuestrado a las niñas y dónde había escondido sus cuerpos durante veinte años, conciliar el sueño había resultado casi imposible.

Joaquín había pasado buena parte de la madrugada sentado en el sofá de su casa, mirando el techo.

Irene había dado vueltas en la cama sin conseguir cerrar los ojos.

Adrián y Marcos tampoco habían descansado demasiado.

Llegaron a la casa de Jano poco después del amanecer, antes que la Policía Científica.

Los cuatro quisieron estar allí desde el principio.

Se habían sentado en los escalones del porche de una vivienda que parecía tan normal como cualquier otra de la calle.

Quizá eso era precisamente lo que más les costaba aceptar: que, después de veinte años buscando respuestas en bosques, montañas, fincas abandonadas y casas perdidas en mitad de ninguna parte, la verdad hubiera estado enterrada bajo aquel jardín perfectamente cuidado.

Irene observó cómo varios agentes colocaban las cintas policiales alrededor de la zona señalada por Jano. El césped todavía estaba húmedo por el rocío de la mañana y algunas gotas permanecían suspendidas sobre las flores que decoraban el borde del camino.

—Todavía no me creo que estuvieran tan cerca de nosotros —murmuró Marcos mientras apoyaba los codos sobre las rodillas—. Hemos tenido suerte de descubrir que era él.

—¿Suerte? De eso nada. Cada uno de nosotros ha sido fundamental en esta investigación. Sin vuestra entrega al trabajo, el caso seguiría archivado —reconoció Joaquín—. Sois un gran equipo.

—Gracias, comisario. Ha sido un honor trabajar con vosotros —dijo Adrián, agradecido.

—Lo mismo digo —añadió Marcos.

—Gracias, chicos. Soy consciente de que lo habéis hecho por mí. Espero poder devolveros el favor algún día —confesó Irene.

La inspectora cogió la mano de Marcos y la apretó con fuerza.

—Tú también lo habrías hecho por nosotros. Estoy seguro. —Adrián se levantó—. Todavía nos queda mucho tiempo aquí. Voy a por café. ¿Alguien quiere?

—Sí, por favor. Muchas gracias, Adrián. —La inspectora agradeció el detalle. Estaba destemplada desde que hablaron con Jano la noche anterior.

Marcos y Joaquín levantaron la mano.

—¿Quieres que vaya contigo? —se ofreció Joaquín.

—No, quedaos aquí por si os necesitan.

Adrián se alejó mientras los demás continuaban sentados, mirando cómo trabajaba el equipo de la Policía Científica.

Descargaron el material necesario para comenzar la excavación.

Delimitaron la zona, tomaron fotografías y realizaron mediciones.

Trabajaban con sumo cuidado. Finalmente, comenzaron a retirar la tierra ante la atenta mirada de los agentes.

Irene sentía una mezcla de angustia y tristeza.

—¿Estás bien? —preguntó Joaquín.

—No lo sé. Ya no estoy segura de nada.

—Te entiendo. Es una sensación extraña. Una mezcla de alegría por haberlas encontrado y pena por el triste final. —Soltó el aire lentamente—. Samuel es quien merecía estar aquí, no yo.

—Sabes que no es cierto. Joaquín, te has dejado la piel para descubrir qué le pasó a tu amigo.

Lo has conseguido. Si no hubiera sido porque luchaste por averiguar la verdad, no las habríamos encontrado.

—Marcos hizo una pausa antes de continuar—.

Aunque Samuel ya no está, nos ha enseñado algo muy valioso: la amistad y el compañerismo.

—Así era Samuel. Prefería arriesgarse él antes que poner en peligro a los demás. Nos protegió a todos —recordó Joaquín, con las manos en los bolsillos.

Los tres guardaron silencio, pensativos. Durante unos minutos, pensaron en Samuel y Santiago.

—Ese fue el problema —dijo Joaquín, rompiendo el silencio—.

Cambió su vida por salvarlas. Y todo fue en vano.

Al final, Jano lo asesinó, igual que a Santiago.

Es muy triste. Este caso no solo se ha llevado una parte de nuestra alma y a cuatro niñas…

Se ha llevado la vida de un buen policía como Samuel y de un buen detective como Santiago.

—Joaquín hablaba con tanta angustia que tuvo que contener las lágrimas.

—Quiso proteger a tanta gente que no pensó en sí mismo —señaló Irene.

—No dio su vida para nada —aclaró Marcos—. Sin su investigación, habría sido imposible resolver el caso. Se aseguró de guardar todas y cada una de las pruebas que nos han llevado hasta Jano. Y Santiago continuó con la investigación aun sabiendo que podía acabar muerto.

—Es verdad. Eran un poco obsesivos —admitió Joaquín con una sonrisa—. Pero supongo que esa pequeña obsesión por salvar a los demás es lo que nos ha llevado hasta aquí hoy.

—Sí. Y, además, hemos hecho justicia por los dos. ¿No os parece? —Irene miró a sus compañeros.

Ambos asintieron. Joaquín estaba especialmente emocionado. Después de tantos años, seguía echando tanto de menos a Samuel que aún miraba hacia el lugar donde se sentaba en la comisaría al entrar por la puerta.

Cuando Adrián volvió con los cafés, Irene entró en calor con el primer sorbo. La inquietud por comprobar si la ubicación facilitada por Jano era cierta la llevaba a acercarse una y otra vez a la zona cercada y a regresar después a su asiento.

La tierra fue retirándose poco a poco hasta que comenzaron a distinguirse claramente los primeros restos. Después, el trabajo avanzó con cautela. Durante varios minutos solo se escuchó el sonido de las herramientas y el viento moviendo las hojas del árbol que presidía el jardín.

Habían pasado muchos años y solo quedarían restos óseos. Un agente de la Policía Científica fue el primero en desenterrar lo que parecía una sábana.

Las niñas estaban enterradas con especial cuidado. Jano las había colocado una junto a otra. Junto a los esqueletos aparecieron restos de vestidos, pendientes, pulseras infantiles y diademas. Eran detalles insignificantes para cualquiera, pero no para ellas.

—Es verdad que las quería a su manera —comentó Irene, angustiada.

Se había colocado en el límite de la zona cercada por la cinta policial. Aún sostenía el café que le había traído Adrián.

—Y precisamente por eso da más miedo, porque nunca entendió el daño que les hizo —razonó Joaquín.

—Por eso insistió en que las cuidaba todos los días. Había plantado flores alrededor de las tumbas. No podía adornarlas más sin levantar sospechas. —Adrián tragó saliva—. Este es uno de los casos más trágicos de los que he oído hablar.

Los restos de las tres niñas habían quedado al descubierto. Irene los observó en silencio. Durante varios minutos nadie fue capaz de decir nada.

—Sé que es una tontería, pero siempre tuve la esperanza de que pudieran estar vivas en algún sitio. Quizá viviendo una vida plena y feliz. Pensaba que podrían haberlo olvidado todo, igual que hice yo —confesó Irene. Se abrazó a sí misma al sentir un escalofrío.

—Lo siento, Irene —se disculpó Joaquín—. Siento que, después de tantos años, no hayas encontrado la paz que tanto necesitabas. El peso de ser la única superviviente de esta tragedia será difícil de sobrellevar sola. Pero estamos contigo. No quiero que lo olvides.

Irene se giró y esbozó una pequeña sonrisa.

—Como acabas de decir, soy una superviviente. —Bajó la mirada hacia los restos de las niñas—. Solo espero que, dondequiera que estén, descansen en paz.

El nudo de su garganta se hizo todavía más intenso.

—Estaremos bien —aseguró Joaquín mientras apoyaba una mano en su hombro.

—Lo sé. Nos tenemos los unos a los otros —resumió Irene con la mirada perdida en los restos de las niñas.

Mientras la Policía Científica continuaba trabajando a pocos metros, los cuatro comprendieron que aquella historia había llegado a su fin.

No solo había marcado a Irene y a Joaquín, sino que también formaría parte del pasado de Marcos y Adrián.

Jano había dejado una huella imborrable en quienes trabajaron en la investigación.

Nadie olvidaría jamás la imagen de aquellas tres niñas enterradas en el jardín.