No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Era de noche. Joaquín sabía perfectamente dónde estaría a esa hora. Decidió que era mejor acudir acompañado únicamente por agentes que no estuvieran involucrados en la investigación.

Después de que el nombre apareciera en la pantalla, todo había ocurrido demasiado deprisa. Marcos había intentado decir algo. Adrián había empezado a hacer preguntas. Irene se había quedado inmóvil, incapaz de apartar la vista del ordenador.

La prueba de ADN era irrefutable, pero, aun así, Joaquín necesitaba hacer una última comprobación.

Durante el camino no habló. Se sentía devastado.

Ahora entendía por qué Samuel se había comportado de aquella manera.

Sin embargo, no comprendía el motivo que lo había llevado a guardar el secreto. O quizá sí…, pero no quería verlo.

Durante años había intentado ponerle cara al hombre que había secuestrado a Irene.

Había sospechado de desconocidos, de compañeros, de personas cercanas, pero jamás de él.

«¡Qué gran error!», se repetía una y otra vez.

Por eso, cuando abandonó la comisaría, se sintió tan estúpido.

No podía dejar de recordar conversaciones, comidas, llamadas o tardes enteras desahogándose con él cuando la investigación no avanzaba.

Joaquín conducía con ambas manos aferradas al volante mientras las luces de la ciudad desfilaban frente al parabrisas. En más de una ocasión tuvo que obligarse a concentrarse en la carretera. Su mente seguía atrapada frente a la pantalla.

Seguía viendo el nombre.

Llegaron al aparcamiento y Joaquín miró a sus compañeros.

—Vamos. Quiero acabar con esto de una vez.

Los agentes asintieron.

Entraron en el gimnasio. La recepcionista levantó la cabeza al verlos cruzar la puerta. Joaquín no iba de uniforme, pero sus compañeros sí. Otra patrulla se quedó custodiando la puerta.

—Buenas noches, agentes. ¿En qué puedo ayudarlos? —preguntó, nerviosa.

—Buenas noches. Estamos buscando a Jano Salvatierra.

La mujer se mostró sorprendida. Lo conocía desde hacía muchos años.

—Estamos cerrando. Las personas que quedan están en los vestuarios —explicó mientras señalaba los vestuarios.

—Gracias.

Joaquín hizo un gesto a los compañeros de la puerta.

—No quiero que salga nadie de aquí hasta que terminemos la detención —indicó a la recepcionista.

—Por supuesto.

Antes de cruzar la puerta de los vestuarios, se giró.

—Esperad aquí. Primero quiero comprobar una cosa.

—¿Seguro?

—Sí, estad pendientes de mi señal para el arresto. No tardaré mucho.

Empujó la puerta y entró. El vestuario estaba vacío. Se oía correr el agua en la zona de las duchas. Joaquín se quedó quieto, esperando. Se sentó en un banco de madera situado frente a las duchas. Se cruzó de brazos cuando escuchó que se cerraba el grifo.

Jano salió de la zona de las duchas secándose el pelo con una toalla y con otra anudada a la cintura.

Se llevó la mano al corazón cuando lo descubrió allí sentado.

Joaquín contuvo el llanto al ver que tenía delante a la persona que había matado a su mejor amigo y que le había hecho creer durante años que se había suicidado por su culpa.

Era un ser despreciable y sin escrúpulos.

—¡Qué susto me has dado! ¿Estás bien?

Joaquín no respondió. No podía. Un nudo en la garganta le impedía articular palabra. Se limitó a observarlo en silencio. Durante años habría reconocido aquella voz en cualquier parte. Era la voz de su amigo Jano, pero ahora solo oía la de un asesino.

—¿Ha pasado algo? —Jano se colocó la toalla sobre los hombros.

—He venido porque necesito comprobar una cosa.

—¿El qué? —preguntó sin entender qué ocurría.

—Tu pierna.

—¿Qué?

—Ya me has oído —ordenó con voz firme—. Ahora.

Por primera vez desde que se conocían, ninguno de los dos sabía exactamente qué papel estaba interpretando el otro.

—No sé de qué me estás hablando. —Sonrió.

—No te lo voy a repetir. Quiero que me enseñes la pierna. —Alzó la voz, con las pupilas dilatadas.

—¡Estás loco!

Joaquín observó cómo la expresión de Jano cambiaba poco a poco, como si intentara averiguar cuánto sabía.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jano con voz seria.

—¿Va a ser por las buenas o por las malas? —Se levantó y lo miró a la cara con los puños apretados.

—No.

La respuesta fue inmediata. Si Joaquín había aprendido algo durante sus años de servicio, era a detectar el miedo, y lo veía en los ojos de Jano.

—Como quieras. No voy a pedírtelo otra vez.

—Lárgate de aquí. —Jano tragó saliva. Sabía que estaba acorralado.

—No te lo estoy pidiendo como amigo porque no lo somos.

La palabra quedó suspendida en el aire: «Amigo». Ambos sabían que aquella relación había dejado de existir, no aquel día, sino cuando Jano asesinó a Samuel.

—Llama a tus compañeros —dijo Jano con una calma inquietante—. Sé que están fuera.

Joaquín no se movió.

—¡Agentes!

Entraron inmediatamente.

—Por favor, necesitamos que se quite la toalla —dijo uno de ellos.

Jano esbozó una sonrisa cansada. Después negó lentamente con la cabeza. Joaquín se acercó, dispuesto a quitársela él mismo. Bastó una mirada de rabia contenida para que el gesto de Jano cambiara.

—De acuerdo.

Sin oponer resistencia, aflojó el nudo de la toalla.

—¿Ya has visto lo que querías? Es mi cicatriz de caza. Ya lo sabes. Estuve varias semanas de baja.

La cicatriz marcaba el muslo exactamente en el lugar que Irene había señalado una y otra vez durante la reconstrucción de sus recuerdos.

—Durante años te creí. —Negó con la cabeza—. Que se vista y esposadlo.

Joaquín necesitaba salir de allí. Mientras se alejaba, escuchó cómo formalizaban la detención a sus espaldas.

—Jano Salvatierra, queda detenido por su presunta implicación en el secuestro y asesinato de varias menores, así como por los homicidios de Samuel Hernández y Santiago Montes…