No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

La comisaría se había ido quedando en silencio con el paso de las horas.

Todavía había agentes en el edificio; siempre quedaba alguien.

Un par de compañeros terminaban informes en la planta inferior, el equipo de guardia ocupaba la zona de atención y, de vez en cuando, se escuchaba alguna llamada al otro lado del pasillo.

Pero ya no tenía nada que ver con el movimiento de la mañana.

A esas horas, las puertas permanecían cerradas, los teléfonos sonaban menos y la luz artificial hacía que todo pareciera más pequeño.

Joaquín caminó hasta su despacho con Irene, Marcos y Adrián detrás.

No habían querido hacerlo en la sala común, no porque estuvieran haciendo nada ilegal, sino porque todos sabían que aquel cotejo podía cambiar la investigación y nadie quería miradas curiosas, preguntas inoportunas ni comentarios a media voz de alguien que pasara por allí. Era lo más prudente.

—Entrad —dijo Joaquín mientras abría la puerta.

Marcos pasó primero con la carpeta bajo el brazo. Adrián entró después y dejó dos vasos de café en una esquina de la mesa. Irene cerró la puerta y se quedó unos segundos junto a ella, observando cómo Joaquín se sentaba frente al ordenador.

—Parece que vayamos a hacer algo clandestino —comentó Marcos mientras se sentaba junto a Joaquín.

—No estamos haciendo nada fuera de la ley —matizó el comisario—.

Pero no sabemos si la persona que buscamos está en esta misma comisaría o incluso si es amigo nuestro.

—Respiró hondo—. Estamos intentando evitar que media comisaría se entere de que tenemos el ADN del hombre que lleva veinte años eludiéndonos.

Adrián arrastró una silla hasta colocarse junto a Marcos.

—Dicho así, suena hasta prudente.

—Es prudente —corrigió Irene mientras se acercaba al escritorio—. Y necesario.

Joaquín introdujo su clave de acceso. El sistema tardó unos segundos en cargarse. Después, Joaquín abrió la carpeta protegida donde habían guardado la secuencia que Eva les había entregado. Durante un momento ninguno habló. El zumbido del ordenador llenaba el despacho.

Marcos se inclinó hacia delante.

—La secuencia está limpia. Eva hizo un buen trabajo —confirmó Irene, nerviosa.

Joaquín abrió el archivo sin responder. Llevaba varias horas pensando en lo mismo: en todas las personas que habían ido dejando pequeñas piezas sobre la mesa sin saber que, juntas, ofrecían la respuesta.

—Vamos primero a comprobar que no es de ninguna de las niñas. Es la única manera de descartar que el ADN pertenezca a una de ellas. —Joaquín tragó saliva y miró al resto del equipo.

Todos se reunieron alrededor de la mesa. Esperaban nerviosos a que los resultados aparecieran en la pantalla del ordenador.

Prepararon la comparación.

—Las muestras de Diana, Alma y Leticia están en el expediente antiguo —dijo Marcos.

Irene soltó el aire lentamente para tranquilizarse. Aquellos nombres aún le removían demasiados sentimientos. Adrián se dio cuenta y le acarició el antebrazo.

—¿Estás bien? —quiso asegurarse.

—Sí, estoy bien. Vamos a continuar. Necesito saber si tenemos el ADN de ese desgraciado.

—Marcos, hazlo tú. Me están sudando las manos.

Joaquín se levantó para que el inspector se sentara. Permaneció de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla. No quería perderse ni un detalle de los resultados de la búsqueda.

Marcos no añadió nada. Seleccionó los perfiles, introdujo la secuencia de Eva y ejecutó la comparación. El programa comenzó a procesar datos. Los cuatro contuvieron la respiración. Adrián sentía que sudaba por todos los poros.

No tardó demasiado, pero los segundos se hicieron eternos. Irene miró a Joaquín mientras movía la pierna para tranquilizarse.

La pantalla devolvió la respuesta. Marcos leyó primero en silencio y después soltó el aire con lentitud.

—No coincide con ninguna de las tres —exclamó con alegría.

—¡Lo tenemos! ¡Es su ADN! —exclamó Irene con una sonrisa.

—Es suyo —añadió Joaquín, incapaz de creer que lo hubieran conseguido.

—Estamos tan cerca que no me lo creo. —Adrián se giró para sonreír a Irene—. Vamos a encontrarlo.

Joaquín seguía observando el resultado con una seriedad que no tenía nada que ver con el alivio.

Durante años habían deseado encontrar una prueba así, una que no dependiera de recuerdos incompletos, agendas escondidas ni interpretaciones.

Ahora que la tenían delante, lo único que sentía era miedo a encontrar al asesino. Sabía que era alguien cercano.

—Tenemos el ADN completo, pero no su nombre —suspiró Irene, preocupada.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Marcos.

Joaquín siguió apoyado en el respaldo de la silla sin apartar la vista de la pantalla. Aquello era exactamente lo que más le inquietaba. Habían alcanzado el mismo punto al que había llegado Samuel antes de morir. Y, aun así, seguían teniendo delante la misma pared.

—Mete la secuencia en la base de datos general. —Irene cruzó los brazos.

—Ya sabemos que no va a salir —anticipó Joaquín, convencido.

—Lo sé, pero hay que intentarlo igualmente —replicó Irene.

—Puede que salga. No perdemos nada. Han pasado muchos años. Puede que haya cometido otro delito y que su perfil esté registrado sin que sepamos que es nuestro hombre, ¿no? —Adrián conservaba el optimismo en cualquier circunstancia.

—Claro, no perdemos nada. —Marcos sonrió a su compañero.

—Hagámoslo —ordenó el comisario.

No quiso discutir más. Había que agotar el último cartucho. Era prácticamente imposible, pero en esos meses habían ocurrido tantas cosas improbables que, por un segundo, pensó que el milagro podía suceder.

—Nada, chicos. Su perfil no aparece en la base de datos —informó Marcos—. No lo entiendo. ¿Por qué lo haría?

Durante unos segundos ninguno supo qué decir.

Habían confirmado lo que llevaban años buscando y, aun así, el nombre seguía oculto.

Sin embargo, ahora ya no buscaban a un fantasma.

De alguna manera, sentían que el asesino se había vuelto tangible gracias a su ADN.

Era una persona que había sangrado, que había secuestrado a unas niñas, que había sobrevivido a una puñalada y que, de algún modo, había conseguido seguir viviendo sin que nadie lo relacionara jamás con aquel caso.

Irene se acomodó con gesto abatido.

—Samuel y Santiago lo averiguaron —dijo en voz alta.

—Pero ¿cómo? —preguntó Adrián, pensativo.

—La pregunta que hay que responder es cómo avanzaron ellos si nosotros no tenemos nada —continuó Marcos, frustrado.

—No, la pregunta es otra. ¿Con qué lo comparó Samuel para saber de quién era? —El rostro de Joaquín comenzó a cambiar.

—Es cierto, esa es la clave —confirmó Marcos—. Joaquín tiene razón. Hasta aquí sabemos que llegaron. Ahora bien, tuvieron que compararlo con otras bases de datos.

Joaquín se levantó con una sonrisa. Comenzó a andar por el despacho sin dejar de frotarse la cara. El equipo lo miraba sin atreverse a interrumpirlo.

—¡Joder! ¡No me puedo creer que sea tan estúpido! —exclamó Joaquín al detenerse—. Mónica tenía razón. Es increíble. Nosotros la acusábamos y ella nos ha dado la respuesta sin siquiera saberlo.

—¡Me estás poniendo de los nervios! ¿Qué pasa? ¿Qué te dijo? —exclamó Irene, desesperada, mientras movía la pierna cada vez más deprisa.

—Me dijo que, si no estábamos seguros de que no había sido ella, comparáramos la muestra con su ADN —explicó Joaquín sin dejar de sonreír.

—Perfecto, pues lo hacemos. Supongo que te has traído la muestra —intervino Adrián.

—¿Para qué? Ya la tenemos —corrigió el comisario, aún sonriente.

El rostro de Irene palideció. Comprendió lo que quería decir Joaquín y recordó la visita a la cabaña.

—Salcedo me dijo que registraron la cabaña y los alrededores de arriba abajo. Pensaban que las niñas estaban enterradas. —Irene sonrió.

Adrián y Marcos se miraron sin comprender.

—¡Exacto! —confirmó Joaquín—. Casi todos los efectivos disponibles se destinaron a la búsqueda de las niñas. También acudió una multitud de voluntarios. Se removió cielo y tierra para encontrarlas. Fue después de que te rescatáramos de allí.

—¿Y? —Adrián no conocía los procedimientos del departamento de Homicidios.

—Se registró a todos los voluntarios y al personal del cuerpo, así como a los sanitarios que accedieron a las inmediaciones de la cabaña —reflexionó Marcos con un hilo de voz.

—Se solicita una muestra de ADN a quienes intervienen para excluirlos de la escena y aislar cualquier posible contaminación —explicó Irene—. Por eso sus huellas y sus perfiles genéticos quedaron registrados en la Policía Científica.

Marcos resopló.

—Hay que intentarlo.

—¿Creéis que habrá una coincidencia? —preguntó Adrián, inseguro.

—Tiene que haberla. Siempre creímos que fue un policía, ¿no? —Joaquín estaba emocionado.

—Sí, eso es. Puede que estuviera en la cabaña y así justificara su presencia. Sería lógico pensar que, si estuvo ayudando y era policía, dejó su rastro en la escena por un descuido, ¿no? —dedujo Irene.

—Exacto. Tenía una manera de justificarse y, además, la Policía Científica excluiría su perfil de la investigación —concluyó Joaquín—. Compara los perfiles.

Marcos tecleó con los dedos temblorosos. El resto del equipo seguía el proceso con impaciencia. La barra de carga empezó a llenarse mientras buscaba la coincidencia.

Irene cogió la mano de Joaquín sin apartar la vista de la pantalla.

—¡No puede ser! —gritó Joaquín—. ¡Es imposible que hayamos sido tan estúpidos!

Irene se quedó paralizada. Sintió que nada de aquello era real. Miró a Joaquín y rompió a llorar. No daba crédito a una traición tan cruel y duradera.