No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 48
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Capítulo 48

Patricia la recibió con la misma tranquilidad de siempre. No hizo preguntas al verla entrar ni intentó interpretar su rostro antes de tiempo. Se levantó, cerró la puerta de la consulta y esperó a que Irene dejara el abrigo sobre el respaldo del sofá.

—¿Qué tal estás? Me sorprende que hayas venido sin avisarme.

Irene se sentó despacio.

—He ido a la cabaña.

Patricia ocupó el sillón frente a ella, cruzó las piernas y dejó la libreta cerrada sobre el regazo.

A Irene siempre le había llamado la atención ese detalle.

Había días en los que Patricia anotaba cuanto decía y otros en los que parecía saber que tomar notas solo servía para estorbar. Aquel era uno de esos días.

—¿Cómo fue?

Irene tardó unos segundos en responder. Miró hacia la ventana, a la luz que entraba entre las cortinas, y buscó una palabra que no sonara demasiado grande ni demasiado pequeña.

—No sé. Raro, supongo.

—Raro está bien para empezar. —Patricia asintió con suavidad.

—No había nada. Solo ruinas. Unas piedras, restos de madera podrida, maleza…

Durante años lo imaginé como algo enorme, ¿sabes?

Como si el sitio siguiera allí esperando.

Pero, cuando llegué, me di cuenta de que solo era un claro en el bosque.

—Dudó antes de continuar—. Parecía como si el universo hubiera querido destruir ese lugar y lo hubiera conseguido.

—¿Te decepcionó?

—Un poco, la verdad. Pasé tantos años huyendo de aquel lugar y no tenía ningún sentido. Pero supongo que las cosas se ven desde otra perspectiva cuando eres pequeña.

—Lo que te sucedió fue terrible por sí solo. Pero, si añadimos que eras una niña… Es normal que magnificaras tanto el lugar como lo que sucedió.

—Me siento ridícula diciéndolo —admitió—, pero creo que una parte de mí esperaba encontrar algo. No una prueba, sino una pista: un olor, una imagen o una sensación. Pensaba que, si volvía allí, mi cabeza iba a reaccionar.

—¿Y lo hizo? —Patricia se recostó en el sillón.

—No como yo quería.

La psicóloga observó las manos de Irene. Irene llevaba varios minutos frotándoselas sin cesar.

—¿Y cómo querías que reaccionara?

Irene exhaló por la nariz. No era una pregunta difícil, pero contestarla la obligaba a admitir algo que llevaba horas evitando.

—Quería recordar. Sé que recordarlo todo es imposible y que es probable que nunca lo haga. Pero quería recordar al menos aquel día.

Patricia mantuvo el silencio con la barbilla apoyada en la mano.

—Sé que suena absurdo —continuó Irene—. Sé que no funciona así. Me lo has dicho mil veces. Pero, en el fondo, pensaba que, si volvía allí, iba a aparecer algo. Día tras día me convencí de que te equivocarías. Bueno, tú y todo el mundo. —Sonrió, avergonzada.

—Irene, es normal que lo pensaras. Querías ayudar al resto de las niñas, ¿no es así?

Irene miró otra vez hacia la ventana. Durante los últimos días había repetido muchas veces que necesitaba ayudar en el caso, avanzar, encontrar respuestas. Pero la verdad era mucho menos profesional de lo que había admitido en voz alta.

—Todo ha sido por ellas. —Contuvo el llanto—.

Saber que Lucía había sobrevivido, pero que la había perdido sin llegar a conocerla…

No lo puedo explicar. —Cogió aire con los ojos cerrados—.

Ha sido duro. No espero que lo entiendas, pero necesitaba hablar con ella.

La recordé durante la investigación. Los recuerdos volvieron y pensé que al volver a la cabaña podría ocurrir lo mismo.

—Y salvar a las demás. ¿Sientes que las abandonaste?

—Sí.

Patricia notó que a Irene se le quebró la voz al mencionar a Lucía, pero no quiso interrumpirla.

—Se acordaba de mí y yo no la recordaba. Es muy triste. Me callé para salvarme. Sé lo que me vas a decir, así que no hace falta que lo digas —dijo con los ojos humedecidos—. Fui pensando que quizá conservaba algún recuerdo que nadie más podía conocer. Y no era así. Volví sin nada.

—Pero no volviste igual. Volviste al lugar donde te tuvieron encerrada y saliste de allí por tus propios medios —matizó.

—Lo sé, pero eso no ayuda a nadie.

—Sí, te ayuda a ti.

La inspectora bajó la mirada.

Aquello era lo que más rabia le daba. Una parte de ella sabía que Patricia tenía razón; otra se negaba a aceptar que algo tan íntimo pudiera tener importancia cuando todavía había tres niñas desaparecidas y un asesino sin nombre.

—Me siento culpable —admitió con la voz temblorosa.

Patricia abrió la libreta, pero no escribió. Solo apoyó el bolígrafo sobre la página.

—¿Por qué?

—Porque salí y las dejé allí dentro. Sabía que iban a morir, pero me dio igual.

Irene se arrepintió de haberlo dicho en cuanto lo escuchó en voz alta, pero ya no podía retractarse.

—Tú eras una niña.

—Lo sé.

—No, no lo sabes porque aún no lo has aceptado.

Irene no contestó. La miró con los ojos entrecerrados.

—No eras responsable de nadie, ni siquiera de tus actos. El ser humano tiene instintos y, aunque creamos que somos una especie superior, no lo somos. Siempre lucharemos por sobrevivir. Eso fue lo que hiciste.

Irene había escuchado muchas veces versiones de aquella frase, pero aquel día sonó distinta. Quizá porque acababa de estar allí o porque había visto las ruinas. Sin embargo, ahora ya no veía la cabaña como un monstruo, sino como lo que era: una casa destruida.

—Pero fui yo quien sobrevivió.

—Da igual, Irene. Eso no convierte tu vida en una deuda.

—Es fácil decirlo —contestó Irene con frialdad.

A Patricia le dolió aquella frase.

—No sé vivir sin sentir que les debo algo —se justificó.

—Y quizá por eso te aferras tanto a la idea de recordar. Si recuerdas algo útil, si ayudas a encontrarlo o si das una respuesta, entonces todo el dolor parece tener un sentido. —Se inclinó un poco hacia delante.

—¿Y no lo tiene? —Tragó saliva.

—No siempre. A veces el dolor es solo dolor. Y obligarlo a convertirse en una pista, en una prueba o en una misión puede ser otra forma de no mirarlo de frente.

La consulta se quedó en silencio.

Irene se pasó una mano por la frente. Estaba más cansada de lo que quería reconocer.

—Salcedo me dijo algo parecido.

—¡Vaya! Tendré que preocuparme por si me quita el trabajo.

—Puedes estar tranquila. Él lo expresó de manera mucho menos bonita.

—Eso me tranquiliza. ¿Te ayudó ir con Salcedo?

—Sí, siento que no me juzga todo el rato…, como haces tú —añadió con ironía.

—Bueno, en mi caso es la única manera que tengo de ayudarte.

—Lo sé. —Se miró las manos, que se frotaba cada vez que se ponía nerviosa—. Conocía muchos detalles. Estuvo allí. Hubo un momento en el que pensé… —Se detuvo, avergonzada—. Da igual.

—Pensaste que podía saber más de lo que decía.

Irene no respondió, y eso fue suficiente.

—Tiene sentido —respondió Patricia sin juzgarla.

—No, no lo tiene. Es mi amigo. Por eso le pedí que me acompañara.

—Lo sé, pero estás inmersa en una investigación. Personas de tu confianza han ocultado información durante años. Tu cerebro hace lo que cree necesario: buscar el peligro para protegerse.

—¿Contigo también?

Patricia no se ofendió. Al contrario, sonrió con tristeza.

—En todas partes, Irene —afirmó con rotundidad—. Ahora no buscas amigos ni conocidos, sino sospechosos. Tu cerebro funciona así. No hay nada de malo.

—Lo siento. No quería decir eso. Ya no pienso con claridad —se disculpó, avergonzada.

—Sí querías, y está bien. —Patricia asintió—. No tienes que sentirte culpable por desconfiar. Lo importante es que aprendas a distinguir entre una intuición y una herida que habla por ti.

—¿Y eso cómo se hace? —preguntó con impaciencia.

—Con tiempo y pruebas.

—Ya, pero no es tan fácil.

—Por cierto, ¿habéis encontrado algo nuevo?

La pregunta era normal, pero hizo que Irene se pusiera en guardia. Patricia llevaba años escuchando fragmentos de aquella investigación. Aun así, Irene sintió que se encendía una señal de alerta.

—Bueno, algo —contestó, evasiva.

—¿Algo importante?

Irene observó a Patricia, inquieta por su interés en la investigación.

—No estoy segura.

—Bueno, pues espero que encontréis a la persona responsable. —Sonrió.

Cuando la sesión terminó, Irene recogió el abrigo con más calma que cuando había entrado. Patricia la acompañó hasta la puerta y se detuvo antes de abrirla.

—Irene, se me olvidaba. Te dije hace tiempo que escribieras un diario con los recuerdos. ¿Lo hiciste?

—No, lo siento. No he tenido tiempo con la investigación.

—De acuerdo. Creo que te habría venido bien para recuperar nuevos recuerdos. Si te parece bien, comienza esta semana. Quizá, si los leemos después en consulta, aparezca algún recuerdo más. ¿Qué te parece?

—Claro. Empezaré hoy mismo —mintió. No tenía ninguna intención de escribir el diario.

Patricia se despidió apoyada en el marco de la puerta.

Irene se sintió aliviada, menos culpable por lo que había sucedido.

Sin embargo, la conversación con Patricia la había dejado inquieta.

Puede que tuviera razón en que su cerebro buscaba escenarios de peligro, pero sentía que su intuición no fallaba, aunque en ocasiones no supiera interpretar las señales.