No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 47
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Capítulo 47

Irene apagó el motor y permaneció unos segundos mirando a través del parabrisas.

—Todavía podemos dar media vuelta —dijo Salcedo desde el asiento del copiloto.

Lo miró con una sonrisa nerviosa.

—Gracias por acompañarme.

—¡Qué menos! Pensé que te habías arrepentido, pero ya veo que eres de ideas fijas. De todas maneras, Irene, si no quieres hacerlo, nadie te va a juzgar. ¿Estás segura de esto? —insistió.

La inspectora le cogió la mano y asintió.

—Vamos. Ha llegado el momento de hacer esto de una vez. —Se quitó el cinturón—. No pienso cambiar de opinión.

Bajaron del coche en silencio y con sentimientos encontrados. Salcedo sentía que Irene le había otorgado un papel demasiado importante en un momento tan relevante para ella. Sin embargo, Irene pensaba que necesitaba a alguien de su confianza que no juzgara cada uno de sus gestos.

Salcedo rodeó el vehículo y se colocó a su lado.

—No tienes que demostrarle nada a nadie.

—Lo sé. Pero sí tengo que demostrármelo a mí misma.

Irene observó el sendero que se internaba entre la maleza.

—Estoy cansada de que este sitio siga ocupando espacio en mi cabeza.

Salcedo asintió lentamente.

—Lo entiendo. Cuando quieras. —Señaló el camino con el brazo.

Comenzaron a caminar juntos. El corazón de Irene latía cada vez con más fuerza.

Durante los primeros minutos ninguno habló. Salcedo no quería interrumpir sus pensamientos. Era un momento complicado y suponía que Irene tendría sentimientos contradictorios hacia aquel lugar. Allí había estado secuestrada, pero también había logrado escapar, y su vida cambió para siempre.

El sonido de sus pasos sobre las hojas secas era lo único que rompía el silencio del bosque. Irene esperaba sentir miedo, rabia o angustia. Cualquier emoción relacionada con aquellos recuerdos. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más extraña le parecía aquella calma.

—La cabaña estaba más adelante —susurró Salcedo.

—¿Cómo lo sabes? —Irene giró la cabeza.

—Estuve aquí.

—¿Cuándo?

—No lo recuerdo con exactitud, pero fue después de que escaparas. Estuvimos rastreando la zona. Pensábamos que podía haber algún rastro o alguna pista de las otras niñas, pero no encontramos nada —explicó sin dejar de andar y con la mirada puesta en el suelo.

—Ah.

Salcedo entendió que aquella contestación tan escueta era fruto de los nervios. Decidió guardar silencio. Siguieron avanzando hasta que el sendero desembocó en un pequeño claro.

Irene se detuvo en seco. Habían llegado, pero la cabaña ya no estaba. Solo quedaban ruinas. El techo se había hundido y la estructura estaba medio derruida.

Durante años había imaginado aquel lugar de mil formas distintas, pero jamás así.

Apenas quedaban restos de paredes o tablones que indicaran que allí había vivido alguien.

La naturaleza había recuperado el terreno y, si alguien hubiera pasado por allí por casualidad, nunca habría sospechado que en aquel rincón del bosque varias niñas habían permanecido cautivas.

—Vaya… —Colocó los brazos en jarras.

—¿Esperabas encontrar algo? —Salcedo se colocó a su lado.

—No lo sé.

—Han pasado más de veinte años.

—Lo sé —respondió sin dejar de mirar las ruinas.

—Puede que sea lo mejor, Irene. Hay cosas que deben desaparecer.

No respondió. Comenzó a caminar por el claro observando cada rincón.

Intentó encontrar algo que despertara un recuerdo concreto y ayudara a la investigación.

Cerró los ojos. Solo necesitaba un rasgo físico para dar con el secuestrador.

Si aquella persona había sido tan cercana a Samuel, deberían haberla visto en algún momento.

Apretó los ojos con fuerza. Salcedo la observaba en silencio.

—Nada. ¿Seguro que registrasteis la zona?

—Por supuesto. Y no se escatimó en agentes. Fuimos muchos los que ayudamos.

—¿Y la Científica no dijo nada? ¿Algo relevante?

—No, Irene. Ya viste la documentación de Samuel.

—Lo sé, pero puede que escondiera algo.

Salcedo sonrió antes de contestar.

—¿Como la agenda? Ya me enteré de que la tenía Tomás.

—¡Qué rápido corren las noticias!

—Tú no lo entiendes, Irene, pero han sido muchos años odiándonos por una estupidez. Al final, todos queríamos lo mismo, pero la falta de comunicación hizo que estuviéramos en bandos opuestos —explicó sin acritud.

—Por mi culpa. Lo sé. —Agachó la cabeza.

—No, es culpa de todos. Si no hubiéramos contribuido a echar más leña al fuego, no habríamos llegado hasta aquí. Tienes que perdonarte, igual que hemos hecho los demás.

—Gracias de nuevo, Salcedo.

Se abrazaron. Irene se sentía cada vez más sensible.

—¿Sabes una cosa, Salcedo? Nunca pensé que fueras a convertirte en alguien de mi confianza —añadió después de separarse.

—Lo sé. Yo tampoco. Soy un viejo, pero simpático. —Sonrió.

—¡No eres ningún viejo!

—Sí que lo soy, pero la experiencia te permite ver las situaciones desde otro punto de vista.

Por eso entiendo la necesidad que tenías de venir aquí.

—Hizo una pausa—. Espero que encuentres la paz en tu interior y que dejes de sentirte insegura.

¿Quieres que demos una vuelta más? Puede que aparezca algún recuerdo —la animó.

Irene volvió la vista hacia las ruinas.

El viento movía las ramas de los árboles y hacía crujir las hojas secas que cubrían el suelo.

Durante años había imaginado aquel lugar como una herida abierta, como un rincón del mundo al que jamás podría regresar sin romperse por dentro.

Sin embargo, después de tanto miedo a revivir el secuestro, allí estaba y seguía entera.

Por primera vez comprendió que llevaba demasiado tiempo esperando recuperar los recuerdos perdidos, como si en ellos estuviera la respuesta que necesitaba para seguir adelante; como si recordar el rostro del hombre que la secuestró fuera a devolverle los años que le había robado. Pero no era así.

Nada de lo que encontrara allí cambiaría lo que había ocurrido. Nada le devolvería a Lucía ni le revelaría el destino de Diana, Alma o Leticia.

Cerró los ojos unos segundos y dejó que el aire frío le llenara los pulmones.

Después sonrió con tristeza.

—No —dijo finalmente.

—¿Segura?

—Creo que ya he conseguido salir del zulo. —Sonrió ampliamente.

—¿Qué?

—Nada. —Hizo un gesto para restar importancia a sus palabras—. Es lo que siempre me dice Patricia.

El agente siguió su mirada hacia las ruinas antes de asentir.

—Vámonos, amigo.

Irene contempló aquel lugar una última vez. Durante demasiado tiempo había sentido que una parte de ella seguía atrapada allí. Ahora estaba convencida de lo contrario.

Se giró y comenzó a caminar junto a Salcedo por el sendero de regreso.