No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

Joaquín llegó a la casa de Mónica sin comprender cómo la investigación había regresado al punto de partida.

Le costaba creer que tuviera algo que ver con todo aquello.

Pero sabía que debía seguir las pistas y ser lo más objetivo posible.

Eso era lo que estaba haciendo. Llamó al timbre conteniendo la respiración.

Pensó en Samuel y en lo que diría si lo viera en la puerta de su casa intentando averiguar si su mujer estaba implicada en su asesinato.

—Hola, Joaquín —saludó con una sonrisa.

—Hola, Mónica.

Mónica no necesitó conocer el motivo de la visita para darse cuenta de que no traía buenas noticias. Se conocían lo suficiente para interpretar cada uno de sus gestos.

—Pasa.

Joaquín entró nervioso. No recordaba haber estado nunca en una situación semejante. Le sudaban las manos y las palabras se le atragantaban. Había ensayado la conversación en el coche, pero no sabía cómo plantearla para que Mónica entendiera lo que estaba ocurriendo.

—Ya sabes el camino. —Mónica señaló el salón.

—Gracias.

Caminó en silencio. Mónica lo siguió con gesto escéptico. Se sentaron uno enfrente del otro.

—Cuando quieras. No sé qué has venido a decirme, pero puedes soltarlo sin rodeos. No soy ninguna niña. —Su tono era áspero, pero firme.

—Hemos encontrado la agenda. —Se frotaba las manos sudadas sin mirarla—. También hemos encontrado un trozo de guante sanitario. —Respiró profundamente.

Mónica soltó una risa sonora.

—No me digas que estás pensando que yo maté a mi marido. ¡No me hagas reír! ¿También secuestré a las niñas?

—Sé lo que parece, pero las pruebas apuntan a ti y han surgido varias preguntas. —Alzó la palma de la mano para que le dejara terminar—. Estoy seguro de que no has sido tú. Recuerdo ese día. Estuvimos juntos, pero son varias pruebas, Mónica.

Joaquín sacó el móvil y le enseñó las fotos de la agenda. Mónica las miró con detenimiento.

—Supongo que quieres ser objetivo y que tu equipo no piense que te has dejado llevar por tus sentimientos. Lo entiendo.

—Gracias —susurró.

—Pero aquí pone tu nombre y el mío. Por esa regla de tres, supongo que deberíamos pensar que fuimos los dos, ¿no? Estuvimos juntos ese día, tú tenías la información y éramos amantes. ¿Es lógico?

—Sí, lo es. —Se pasó la lengua por los labios secos.

—¿Qué pasa, Joaquín? Esa semana Santiago le enseñó a Samuel nuestras fotos y le demostró que los dos le estábamos engañando. Los dos —insistió.

Mónica se levantó. Joaquín la miró sorprendido.

—Voy a por agua. Sé que los nervios te dan sed. —Se giró y habló con tranquilidad.

Volvió a los pocos segundos. Colocó el vaso de agua sobre la mesa y volvió a sentarse.

—Puedes seguir con tus acusaciones. No te cortes.

—No hace falta que te pongas a la defensiva.

—Ah, ¿no? —Se colocó en el borde del sofá—.

Mira, Joaquín, sé que te arrepientes de lo que hicimos.

Yo no. Pero ese no es el tema. En todo lo que ocurrió estuvimos implicados los dos.

No fui yo sola. Ese día estuvimos juntos, me trajiste hasta casa y te llamé en cuanto subí.

¿En qué momento lo maté y lo preparé todo?

—Tenía norketamina en el organismo, Mónica. Se la administraron para preparar la escena y que pareciera un suicidio.

—Vale, pero ¿en qué momento lo hice, si estábamos juntos? Joder, Joaquín. Si estáis siendo objetivos, es más probable que fueras tú que yo. ¿No te parece? Sabes de sobra que jamás… Ninguno de los dos hablabais conmigo de los casos.

—Lo sé. Samuel no quería ponerte en peligro… Y yo tampoco.

—¿Entonces?

—No lo sé. —Negó con la cabeza, arrepentido.

—Jamás habría matado a mi marido y lo sabes. Además, no tengo acceso a ese tipo de sustancias. Soy enfermera. Tendría que ser alguien con acceso autorizado para sustraerlas.

Joaquín suspiró. Se frotó la cara con las dos manos.

—Estamos barajando que fueran dos personas.

—No lo creo. Irene recuerda a un hombre, ¿no? Centraos en las estadísticas. Es poco probable que una mujer secuestre niñas y las retenga. —Guardó silencio—. Las mató. Por eso no volvisteis a encontrarlas.

Joaquín recordó el pasado. Mónica siempre había sido su amiga. Era una mujer sensata y empática. Esas fueron las razones por las que se enamoró de ella. Por unos segundos, volvió a sentir el apoyo incondicional que siempre le había brindado.

Mónica le cogió la mano con un gesto lento y cariñoso.

—Yo no tengo nada que ver y lo sabes. Me temo que tu visita tiene más que ver contigo que conmigo.

No tienes que demostrar que eres un buen policía.

Tu equipo lo sabe. —Cogió aire—. Si hubiera sido yo o hubiera tenido algo que ver, no habría dicho desde el principio que fue un asesinato.

Mi marido no se suicidó. Tú y yo lo sabemos desde siempre.

Recuerda el pasado para cerrar el futuro —dijo con voz triste.

Joaquín no contestó. Solo se quedó mirando sus manos entrelazadas.

«Tiene razón. Nadie nos creyó». Llevaba tanto tiempo persiguiendo teorías, nombres y sospechosos que se había olvidado de los hechos.

Quizá las ganas de cerrar el caso y los nervios de acercarse a la persona que les arruinó la vida le habían hecho perder de vista lo importante que había sido Mónica, no solo en su vida, sino también en la de Samuel.

—¿Tenéis el ADN del asesino? ¿O una huella?

Joaquín frunció el ceño.

—Me ofrezco voluntaria para las pruebas que necesitéis. Es la única manera de que me descartéis y te quedes tranquilo. ¿Te parece bien?

—Sí, tenemos el ADN. Estamos intentando averiguar a quién pertenece.

—Perfecto. Entonces me haré la prueba, aunque ya tenéis mi perfil. Cuando asesinaron a Samuel, me tomaron una muestra para descartarme e intentar aislar mi ADN de los objetos de la casa, igual que con las huellas. Esas cosas las guardáis, ¿no?

—Sí, así es. Lo guardamos todo —contestó con la mirada perdida.