No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 45
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Capítulo 45

Eva dejó una carpeta sobre la mesa de la cocina justo cuando Irene y Joaquín terminaban de sentarse frente a ella.

—Aquí lo tenéis.

La carpeta se deslizó sobre la mesa hasta quedar entre los tres. Joaquín apoyó los antebrazos y la observó antes de abrirla.

—No me gusta cuando haces eso —comentó.

—¿El qué? —Eva se recostó en la silla.

—Lo de dejar una carpeta delante de nosotros y quedarte callada.

—Bueno, son los nervios. Remover el pasado pone en tensión a cualquiera —se justificó.

—Antes de que empecéis a preguntar, os ahorraré tiempo. No he recurrido a ningún contacto de la policía. Creo que es mejor que esto quede entre nosotros. No me gustaría que una filtración generara nuevas incógnitas.

—Es lo mejor. Así nos aseguramos de que nadie más conozca esta información —confirmó Joaquín.

—Si Samuel me pidió que destruyera todas las pruebas, fue por algo. Es mejor que sigamos su misma lógica. —Encendió un cigarrillo con las manos temblorosas.

—Gracias, Eva. Sabemos que te hemos metido en una situación desagradable —añadió Irene.

—Bueno, para ser sinceros, fue Samuel —respondió con una sonrisa fugaz al recordar a su amigo.

La tensión seguía en el aire, pero recordar al inspector Hernández los tranquilizaba, aunque la culpa por el desenlace no desaparecía.

—Podéis estar tranquilos. La persona que lo ha analizado es de mi absoluta confianza —aclaró—. No tiene relación con la policía ni con ninguna institución pública, y prefiero que siga siendo así hasta que metamos entre rejas a ese malnacido.

—De acuerdo. Ábrela, Irene.

Lo hizo. Leyó rápidamente hasta llegar a la última hoja.

—Me alegro mucho de que se haya podido analizar. —La inspectora sonrió mientras miraba a Joaquín—. Lo tenemos.

—Ha sido complicado. La ropa no se guardó en las mejores condiciones, pero lo hemos conseguido. Al principio pensé que no iba a ser posible… Hemos tenido suerte.

Irene entregó la carpeta al comisario.

—¿Había restos de sangre de otras personas? —indagó.

—No. Había sangre de una sola persona. La muestra se ha cotejado con el ADN de Irene y Lucía para descartar que perteneciera a alguna de ellas —explicó Eva.

—Perfecto. Entonces podría pertenecer a la persona que las secuestró —aventuró Joaquín.

—Sí, pero primero hay que descartar que sea de alguna de las otras niñas —añadió Irene.

—Exacto. En la casa estaban todas juntas. Irene no recuerda nada, ¿verdad? —preguntó Eva para asegurarse.

Irene negó con la cabeza.

—Así estaremos seguros.

—Entonces tendremos que introducirlo en la base de datos de la policía —prosiguió Joaquín.

—Puede que Samuel lo hubiera introducido y ya esté en la base de datos —añadió Irene.

—No lo creo. Guardó la ropa para que pudiéramos obtener el ADN, lo que sugiere que no conservó la muestra en otro lugar ni la registró —explicó Joaquín.

Eva asintió antes de volver a hablar.

—Exacto. Me mandó destruir las pruebas para no dejar constancia de sus hallazgos. —Calló unos segundos antes de dar una calada—. En el fondo, siempre pensaba en protegeros. Y lo hizo hasta el final.

Irene apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Llevo varios días dándole vueltas a la misma pregunta —dijo Joaquín, preocupado—. ¿Por qué Samuel no siguió adelante? Si sabía quién era, ¿por qué no lo detuvo?

—Es la misma respuesta de siempre, Joaquín. Quería rescatar a las demás. Pensó que podía negociar con un psicópata —explicó Eva.

—No exactamente. —Irene se pasó la lengua por los labios—. Creo que lo conocía, que era alguien cercano a él.

—¿Qué quieres decir? —Eva miró a Joaquín para comprobar si estaba tan perdido como ella.

—Puede que parezca una tontería, pero creo que quiso salvar a todos: al culpable, a las niñas y a nosotros. —Irene bajó la mirada—. Pero a un psicópata no se le puede salvar.

—¿Crees que es Mónica? —preguntó Joaquín sin rodeos.

Eva se quedó boquiabierta. Conocía a la viuda de Samuel.

—¿Estás de broma? —preguntó sin pensar.

—Había nitrilo en el despacho de Santiago. La cantidad de norketamina y la forma en que la utilizaba apuntan a alguien que sabía lo que hacía —explicó Irene.

—Entiendo. Es Mónica porque es enfermera, ¿no?

—Es probable que tuviera información del caso y era alguien cercano a Samuel. Quizá por eso él no registró los datos —aventuró Irene.

Eva dirigió la mirada a Joaquín.

—Su nombre estaba apuntado en la agenda durante toda la semana. Junto al mío.

—¿Y eso quiere decir que fuiste tú? ¡Claro que no! —replicó Eva.

El silencio se instaló en la habitación.

Los ojos de Joaquín se detuvieron en las bolsas con la ropa.

—Solo hay una manera de saber si Mónica tiene algo que ver: preguntárselo. —Joaquín se puso en pie.

—¿Estás de broma? —exclamó Irene—. Te va a decir que no.

—Lo sé, pero Mónica siempre sostuvo que lo habían asesinado. Si hubiera sido ella, no habría insistido en que reabriera el caso. No tiene lógica.

Irene se levantó con rapidez.

—Ahora lo entiendo. Es lo mismo que pasó con la agenda. Parece que señaló a los asesinos, pero la explicación es que conocía las fotos. Solo quería hablar con vosotros —dedujo Irene mientras caminaba por la cocina.

—No entiendo adónde quieres llegar —admitió Joaquín.

—¿Y si alguien quiere que parezca que ha sido ella? —concluyó Irene.

Eva se quedó sin palabras.

—No sé qué pensar. —El comisario negó con la cabeza—. ¿Puedes hacernos un favor? No te pediremos nada más.

—Claro. ¿Qué queréis que haga?

—Necesito que tengas más cuidado de lo normal.

—Vale.

—Y que guardes la ropa y el informe del ADN. No sé qué pasa, Eva, pero, hasta que sepamos quién es, creo que la prueba definitiva estará más segura contigo.

—Samuel y Santiago nos hicieron superar una yincana para conseguirla. Ahora mismo eres la única persona de confianza que no es policía —explicó Irene.

—De acuerdo. Pero necesito que me confirméis que no es de ninguna de las niñas, ¿vale?

—Por supuesto. Una última cosa, Eva. —Irene se sentó a su lado, en el borde de la mesa—. Si me pasa algo, quiero que lo destruyas todo y que nadie vuelva a investigar este caso. —Sus ojos se enrojecieron.

—Pero, Irene…

—No, Joaquín. Es lo que quiero. No quiero que siga muriendo gente por este caso. Es mi decisión. Samuel dejó todas las pruebas para mí. Lucía ya no está; murió porque reabrieron el caso. Por mi culpa. Estoy cansada de esto. —Se frotó los ojos—. Quiero que me lo prometáis los dos.

Asintieron.

—No, decidlo.

—Lo prometo.

—Lo prometo. Pero no estoy de acuerdo —añadió Joaquín.

—Gracias a los dos. Y ahora vámonos. Tenemos mucho trabajo que hacer. Hay que comprobar si el ADN pertenece al asesino o a una de las niñas.