No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

La mañana siguiente llegó demasiado pronto. Irene casi no había dormido. No porque pasara la noche revisando informes o dándole vueltas al caso, sino porque la conversación con Tomás había regresado una y otra vez a su cabeza desde que abandonó la comisaría.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan cansada ni, al mismo tiempo, tan bien.

Durante años había convivido con una culpa que apenas se permitió reconocer.

Sospechó de Tomás, lo señaló y cuestionó cada una de sus acciones.

Aunque intentó convencerse de que era policía y solo hacía su trabajo, la realidad era mucho más sencilla: se había equivocado.

Olvidó que detrás de aquellas sospechas había una persona que también había perdido a Samuel.

Cuando llegó a la comisaría, aún era temprano. Apenas había movimiento en los pasillos y muchas luces seguían apagadas. Saludó distraídamente a un agente del turno de noche y continuó hasta la sala donde trabajaban en el caso.

Agradeció estar sola y poder pensar sin interrupciones.

Dejó el bolso sobre una silla, se sentó y miró el móvil antes de repasar la documentación de su caso.

Las carpetas seguían donde las había dejado.

La agenda de Samuel descansaba junto a varios informes abiertos, rodeada de fotografías y anotaciones acumuladas durante la investigación.

Irene permaneció ensimismada unos segundos.

Estaba segura de que algún detalle se les escapaba.

Samuel les había dejado pistas, pero él descubrió la identidad del asesino con muchas menos.

Abrió una carpeta y empezó a revisarla con atención.

Después apoyó los codos en la mesa y cerró los ojos.

No lograba concentrarse. Solo pensaba en la pista que debía encontrar.

Entonces recordó la grabación del secuestro. «Tengo que ir a la cabaña». Quizá regresar allí la ayudara a recordar algún momento clave de la huida.

Miró el reloj. Incapaz de concentrarse y como aún faltaban unos minutos para que llegaran los demás, se levantó para ir a por un café. A mitad del pasillo se encontró con Joaquín, que llevaba la chaqueta colgada del brazo y el aspecto de alguien que tampoco había dormido demasiado.

—Pensaba que llegaría antes que tú —saludó Joaquín nada más verla.

—Yo también. Voy a por un café, ¿quieres uno?

—Vale. Espera un segundo, voy a dejar la chaqueta y vuelvo.

Fue deprisa hasta el despacho y regresó.

—Ya está. Vamos. ¿Y los chicos?

—Estarán de camino. No creo que tarden. —Carraspeó—. Ayer hablé con Tomás.

—¿Y? ¿Todo en orden? —preguntó Joaquín mientras caminaban hacia la máquina de café.

—Sí. Los dos nos hemos equivocado. —Hizo una breve pausa—. Pero, sobre todo, yo.

—Bueno, da igual lo que pasó. Lo que importa es que ahora empecéis de cero. Sois compañeros. Sois policías. Eso no se os debe olvidar.

—Este trabajo es muy duro, Joaquín.

—Lo sé. —Joaquín sonrió.

—Y cuando afecta a un compañero de la manera en que ocurrió con Samuel…

—Lo sé —repitió—. Es mejor que cambiemos de tema. No me gusta hablar de lo que siento por Samuel. Sé que le fallé y, antes de que digas nada, fue así. No puedo cambiarlo, pero sí darle el final que merecía.

Irene no dijo nada, solo lo abrazó junto a la máquina.

—No merecía que cerráramos su muerte como un suicidio cuando lo habían asesinado. —Joaquín cerró los ojos para no llorar.

—Vamos a cambiarlo. Quienes lo conocimos, aunque yo apenas lo recuerde, sabemos que no fue un suicidio.

—Gracias, Irene. No sé si tú eres más importante para mí o yo para ti. —Soltó una carcajada.

—¡Qué tonto eres! Sabes la respuesta: yo para ti. —Negó con la cabeza mientras sacaba dinero del bolsillo trasero del pantalón—. ¿Cómo lo quieres?

—Con leche.

Oyeron las voces de Marcos y Adrián a lo lejos.

—Ahí vienen Zipi y Zape —comentó Joaquín—. Voy a decirles que estamos aquí.

—Vale. Voy sacando café para ellos.

Irene metió más monedas en la máquina.

Los tres entraron en la sala.

—Hola, Irene. ¿A qué hora has llegado? —preguntó Marcos.

—Cada día llegas más pronto —añadió Adrián.

—Yo creo que duerme aquí. Mirad qué pelos lleva —dijo Joaquín con guasa.

Irene sonrió. Necesitaban unos segundos de desconexión antes de volver al caso. Cada investigación y cada asesinato se llevaban un trozo del corazón de los agentes. Para no derrumbarse necesitaban empatía y un buen ambiente. Aquellos minutos de bromas eran el pegamento que los mantenía unidos.

Se sentaron en una mesa del comedor para tomar café antes de empezar el día.

El móvil de Joaquín vibró en el bolsillo del pantalón. Miró la pantalla y reconoció el número.

—Hola, Eva —saludó en voz alta para que los demás prestaran atención.

—Ya lo tengo. Venid a mi casa. Os espero.

—De acuerdo.

Colgó y soltó un suspiro angustiado.

—Chicos, necesito que repaséis mi investigación del caso de Samuel. Está claro que me equivoqué en algo.

—Claro. ¿Vais vosotros? —quiso saber Marcos.

—Sí. No quiero atosigar a Eva con tanta gente. Se apartó de todo por un motivo.

—Bueno, pero somos policías —alegó Adrián.

—Lo sé, y ese es el motivo. Quien nos ha llevado hasta todo esto es un policía o está muy cerca de uno de nosotros —susurró Joaquín.

—¿Estás seguro de esa hipótesis? —intervino Irene.

—Ya no estoy seguro de nada. —Se bebió el café de un sorbo—. Espérame aquí. Voy a por la chaqueta y vuelvo.

—Vale.

Joaquín desapareció y los demás se miraron.

—¿Qué te pasa? —susurró Marcos al notar que Irene estaba inquieta.

—No sé. Tengo un mal presentimiento y no sé cómo explicarlo.

—¿Acerca del asesino? —indagó Adrián.

—Sí, como si se estuviera riendo de nosotros.

—Irene, sé que estás segura de que es un hombre —continuó susurrando Marcos—, pero ¿y si son dos…?

Se levantó rápidamente al ver a Joaquín.

—¿Ya estáis con los cuchicheos?

—Hablábamos de la investigación —se apresuró a contestar Adrián.

Joaquín sonrió ampliamente.

—Por supuesto. No tenía ninguna duda. Luego os veo, chicos. —Tiró de Irene del brazo.

—No hagáis nada importante sin mí —gritó Irene antes de desaparecer.

Marcos y Adrián se quedaron solos.

—¿De verdad piensas que son dos personas?

—No lo sé, compañero, pero, si solo es una, resulta tan meticulosa que casi parece multiplicarse. —Resopló.

—Las pruebas me dan mala espina, Adrián.

—¿Nos hemos vuelto a equivocar de pista?

—Ojalá estemos equivocados. —Se levantó—. Vamos, hay que revisar la investigación de Joaquín.

Adrián cogió el café y siguió los pasos del inspector.