Capítulo 43
La reunión había terminado hacía más de una hora.
Después de poner en común lo descubierto durante el día, la comisaría fue vaciándose.
Marcos y Adrián se marcharon los últimos, todavía comentando el informe sobre el fragmento de nitrilo hallado en el despacho de Santiago.
Joaquín tampoco tardó en irse. Llevaban demasiadas horas trabajando y habían concluido que aquella noche no sacarían nada más en claro. O, al menos, eso pensaban los demás.
Irene seguía sentada en la sala de trabajo, rodeada de carpetas, fotografías e informes abiertos.
Durante los últimos días, las piezas habían encajado a una velocidad difícil de asumir.
La ropa hallada en la casa de la madre de Santiago, el testimonio de Almudena sobre Samuel y Lucía, el fragmento de nitrilo y la agenda empezaban a revelar lo ocurrido.
Todo parecía conducirlos hacia alguna parte. El problema era que todavía no sabían adónde.
Irene volvió a abrir la copia de la agenda que descansaba junto al ordenador. Sus ojos se detuvieron una vez más sobre la misma anotación: «Hablar con Joaquín y Mónica».
Durante la reunión, Marcos y Adrián habían planteado la posibilidad de que Mónica estuviera relacionada con el caso.
Sobre el papel tenía cierta lógica: era enfermera, accedía a determinados medicamentos y su nombre aparecía en la agenda de Samuel pocos días antes de su muerte.
Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, menos convencida estaba.
Apenas conocía a Mónica y solo habían hablado una vez, por lo que le costaba llegar tan lejos con tan poca información.
Además, algo seguía sin encajarle: si Samuel hubiera sospechado realmente de ella, ¿por qué anotarla junto al nombre de Joaquín?
La frase no parecía una acusación, sino una conversación pendiente con los dos.
Cuantas más vueltas le daba, más lógica encontraba en la explicación que Joaquín les había dado aquella tarde. A Samuel le enseñaron las fotografías de los dos juntos y quiso hablar con ellos. Aquello tenía más sentido que convertir a Mónica en la principal sospechosa.
Irene cerró despacio la agenda y se recostó en la silla.
Empezaba a dolerle la cabeza. Llevaban semanas persiguiendo pistas, reconstruyendo conversaciones antiguas e intentando entender decisiones tomadas años atrás por personas que ya no podían explicarlas.
Todos habían dejado fragmentos de una historia que ahora les tocaba recomponer.
Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
El golpe resonó en la sala vacía y la sobresaltó. Irene miró el móvil sobre la mesa. Era mucho más tarde de lo que había imaginado.
Frunció el ceño.
A esas horas casi no quedaba nadie en el edificio, así que la visita le pareció extraña. Tras el asesinato de Santiago, incluso sintió miedo.
Se levantó para abrir la puerta. Al verlo, se quedó paralizada.
—Hola, Tomás. No sabía que aún seguías aquí —dijo al final con la boca seca.
—Hola, Irene. Perdona si te molesto. Solo quería decirte que, si necesitáis ayuda, podéis contar conmigo.
Tomás se giró para marcharse. No quería incomodarla, solo enterrar el hacha de guerra de una vez.
—Espera. Pasa unos segundos si quieres. —Sonrió levemente—. No hay nada que no puedas ver.
—¿Seguro? —dudó.
—Segurísima.
Tomás entró y se sentó en la silla contigua a la de Irene. No iba a poner más obstáculos a su relación. Había llegado el momento de hablar como adultos, dejar las diferencias a un lado y centrarse en el bien común.
—Parece que vais avanzando.
—Eso espero. —Se sentó.
—Samuel siempre decía que, cuando una investigación empezaba a tener sentido, era cuando más cuidado había que tener.
Aquella frase provocó una pequeña punzada en el pecho de Irene.
—Lo siento —dijo Irene sin pensarlo.
—No pasa nada. Vamos a dejar el pasado atrás. Yo también lo siento —prosiguió con la voz quebrada—. Quizá tendría que haber hablado contigo… No sé, haber actuado de otra manera. Ponerme a la defensiva fue un error.
Los dos se miraron sin parpadear.
—Y acusarte sin pruebas también lo fue. —Estiró el brazo—. ¿Hacemos las paces?
—Por supuesto.
Tomás le estrechó la mano con una sonrisa.
—Bueno, para un día ya hemos avanzado bastante. —Se levantó—. No quería molestarte. Nos vemos mañana —dijo al llegar a la puerta.
—Un momento, no te vayas todavía —rogó.
Tomás se giró con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó, extrañado.
—Bueno, quería darte las gracias por la agenda. Sé que fuiste tú y que no querías entregármela porque apuntaba directamente a Joaquín.
Tomás no contestó, solo apretó los labios.
—Eso dice mucho de ti. Me avergüenzo de todo lo que te he hecho pasar y de lo que he dicho sobre ti. Es lógico que no fueras amable conmigo. —Cogió aire—. Solo quería repetirte que lo siento y agradecerte que fueras tan buen compañero, no solo de Joaquín, sino también de Samuel.
—Samuel quería protegeros a todos y la única manera de hacerlo era controlando la información. Era muy buena persona. Me enseñó a proteger a quienes queremos, aunque se equivoquen.
—Como a Joaquín, ¿no?
—Sobre todo a Joaquín. Puede que no me creas, pero Samuel se alegraba de que Joaquín estuviera con Mónica. El amor entre ella y Samuel se había acabado hacía tiempo.
—Dejó bastantes pistas.
—Sí, y patrones como los que seguís. Por eso estaba seguro de que la agenda solo perjudicaría a Joaquín. La guardé durante muchos años con la única intención de protegerlo.
—Y no la destruiste por si había alguna pista.
—Sí, eso es. Eras muy pequeña cuando llegaste, pero todos te teníamos mucho cariño. Mucho.
Irene bajó la vista. Se avergonzaba de lo que había hecho.
—Solo hice lo que Samuel habría hecho. —Sonrió con tristeza.
—Estaría orgulloso de ti.
—Y de ti. —Tomás agachó la cabeza a modo de reverencia—. Buenas noches, Irene. Mañana nos vemos.
—Buenas noches, Tomás.
Tomás cerró la puerta. Irene permaneció inmóvil unos segundos, observando la silla donde él había estado apenas unos instantes antes. La conversación había sido breve, pero bastó para cerrar una herida demasiado antigua.