Capítulo 42
La mañana avanzaba despacio en la comisaría.
Marcos llevaba varios minutos observando la misma fotografía sin verla.
La imagen mostraba la ropa encontrada en la casa de la madre de Santiago.
Desde que Joaquín e Irene se marcharon para hablar con Almudena, él y Adrián intentaban ordenar la información acumulada durante las últimas semanas.
La tarea resultaba cada vez más complicada. Cuantas más piezas aparecían, más difícil era entender cómo encajaban entre sí.
Adrián estaba sentado frente al ordenador revisando varios informes antiguos. Junto al teclado tenía una libreta llena de anotaciones y un café que llevaba más de una hora frío.
—Empiezo a pensar que deberíamos haber elegido otra profesión —murmuró sin apartar la vista de la pantalla.
Marcos soltó una pequeña risa.
—¿Y a qué nos íbamos a dedicar?
—No lo sé. A mí cualquiera me parece perfecta. Ser jardinero estaría muy bien. Daríamos vida. Cuidar plantas y trabajar al aire libre todos los días debe de ser gratificante. ¿No crees?
—La verdad es que sí —contestó con la cabeza ladeada.
—En fin… —Adrián cerró una carpeta y se frotó los ojos.
El cansancio empezaba a pasarles factura. Desde la muerte de Santiago apenas habían tenido tiempo de descansar. Cada descubrimiento abría dos preguntas nuevas y ninguno sentía que estuvieran acercándose a una respuesta definitiva.
Marcos volvió a mirar la fotografía.
—¿Sabes qué sigo sin creerme? —preguntó Adrián.
—¿El qué?
—Que nadie las hubiera encontrado antes.
—Es que nadie las buscaba. Archivaron el caso de las niñas cuando Samuel murió. Nadie quiso conocer la verdad; se conformaron con la nueva situación —supuso el inspector.
—¿Y Santiago se imaginaría que iba a morir?
—Creo que, cuando descubrió que Samuel fue asesinado, supo que corría el mismo riesgo. Ahora bien, dudo que lo supiera a ciencia cierta. En el fondo, los humanos somos optimistas. Por eso ahorramos para el futuro. —Sonrió—. A veces estamos más cerca de la muerte de lo que imaginamos.
—Pero, si sabía que se estaba acercando a algo importante, ¿por qué no se lo dijo a nadie?
—Puede que no estuviera tan seguro de lo que había encontrado.
—Y nosotros, como locos, intentando seguir los pasos de ambos… Puede que terminemos en el mismo lugar —confesó con tristeza.
Ninguno añadió nada. Ambos llevaban días pensando lo mismo, pero no querían decirlo en voz alta.
El sonido de una notificación rompió el silencio. Adrián miró el monitor. Al principio no prestó atención, pero después leyó el asunto del correo y se incorporó de golpe.
—Marcos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Ha llegado el correo con los resultados.
El inspector se colocó al lado de su compañero.
—Es el informe. Ábrelo y saldremos de dudas. Puede que haya sido una tontería y no contenga nada, pero más vale analizar de más que de menos —dijo con cautela para no hacerse ilusiones.
Los dos comenzaron a leer. Durante los primeros segundos ninguno dijo nada. Después Adrián volvió al inicio del documento para asegurarse de que había entendido correctamente lo que estaba viendo.
—Por lo menos, tenemos la respuesta.
—No era goma corriente.
Marcos siguió leyendo. A medida que avanzaban por las páginas, la información cobraba sentido. El fragmento encontrado en el despacho de Santiago no pertenecía a ningún objeto doméstico, a una herramienta ni a una pieza cualquiera de plástico. Era nitrilo.
—Es un trozo de guante. —Adrián soltó el aire despacio.
—Joder.
El inspector continuó leyendo.
La composición química coincidía con la de los guantes desechables de nitrilo. No había restos biológicos aprovechables, ni ADN ni huellas.
—Un guante. ¿Eso nos sirve para algo?
—Me temo que no. —Marcos se encogió de hombros.
—Suponemos que era del asesino. Se le rompería al ponérselo o al quitárselo, pero no nos aporta información nueva. Solo confirma lo que imaginábamos, que llevaba guantes.
No era una prueba definitiva, pero sí una pista real, no una simple suposición.
Después de tantos días persiguiendo teorías y recuerdos, cualquier evidencia física tenía un valor enorme.
—¿Dónde suelen usarse esos guantes?
—Tienen una composición concreta. Ya la había visto en otros informes. No son los típicos guantes para limpiar la cocina. Ya me entiendes.
Ambos guardaron silencio, preguntándose si aquella información tenía relevancia para la investigación o era solo un dato aislado.
—Creo que deberíamos hablar con Eva. Puede que ella nos ayude con esto —sugirió Adrián.
—Estaba pensando exactamente lo mismo. —Marcos sonrió.
—Parece que tantas horas juntos han sincronizado nuestra forma de pensar.
Chocaron las manos en el aire.
Marcos tenía ante sí la agenda de Samuel. La página abierta correspondía al día del asesinato. Fue entonces cuando leyó los nombres de Joaquín y Mónica.
El corazón del inspector comenzó a latirle con más fuerza.
—¿A qué se dedicaba la mujer de Samuel?
—Creo que era enfermera. ¿Por qué lo preguntas?
—Ya sabes por qué lo pregunto. —Levantó la agenda y le enseñó el nombre—. ¿Y si es ella?
—¿Mónica? ¡No puede ser!
—¿Por qué no puede ser?
—Irene recuerda a un hombre.
—Lo sé, Adrián. Pero eso no excluye que fueran dos personas y que, por eso, nunca hayamos llegado al final.
—El hombre las retenía y ella secuestraba a las niñas —aventuró Adrián.
—Puede ser, ¿por qué no? En cuanto a los asesinatos de Santiago y Samuel…
Marcos miró la agenda una vez más.
—A Samuel lo encontró su mujer. Tenía la coartada de Joaquín… Ella conocía el caso y disponía de la información. Estoy seguro —argumentó Marcos.
—¡Joder, Marcos! —exclamó Adrián, conmocionado.
—¿Qué pasa?
—No sé, puede que me equivoque, pero sí revisé la investigación de Joaquín sobre el caso de Samuel —dijo, incómodo.
—No entiendo. Dijiste que no lo habías hecho.
—Lo sé. Mentí porque no entendía nada. Las pruebas apuntaban a Joaquín. Preferí no volverme loco y dejarlo estar. Pero ahora… Ahora todo encaja si fue Mónica. Ella pudo prepararlo. Tal vez quisiera estar con Joaquín sin obstáculos.
Marcos se recostó en la silla, se llevó las manos a la nuca y cerró los ojos. Adrián lo observó mientras repasaba las pruebas reunidas hasta entonces.
—Está en la agenda. El nombre aparece durante toda la semana. Samuel sabía que estaban juntos. Intentaba avisar a Joaquín y encontrar el mejor momento para que lo creyera, para que no pensara que eran celos. ¿Lo crees posible?
—No lo sé, compañero. Ya no sé nada. Ni siquiera sé si son solo suposiciones nuestras para que las piezas encajen. —Resopló el inspector.
—No podemos acusarla solo por un trozo de nitrilo y una anotación en la agenda.
—Lo sé, pero tampoco podemos fingir que no existen indicios razonables. ¿No te parece?
—Lo que sí sabemos —concluyó Adrián— es que Samuel tenía una conversación pendiente con Joaquín y con Mónica por algún motivo importante.
Aquella anotación podía significar muchas cosas: una conversación pendiente, una advertencia o algo completamente distinto. Tal vez Joaquín pudiera aclarar qué quería decirle Samuel y, sobre todo, por qué esperó tantos días para hacerlo.
—Los nombres de los dos aparecen juntos durante la semana anterior al asesinato —recalcó Marcos mientras revisaba la agenda.
—Lo sé.
—¿Y qué lectura podemos darle? Aparecen cerca de la fecha del asesinato, aunque no sabemos por qué.
Adrián negó con la cabeza y se pasó las manos por la cara.
—Es lo que debemos averiguar. Puede que Joaquín tenga la respuesta.
—Puede —respondió Marcos con un tono poco esperanzador.
Ambos sintieron que se acercaban a la verdad, pero también que no les gustaría lo que encontraran.