Capítulo 41
Almudena no pareció sorprendida al verlos. Cristina le había advertido que irían a hablar con ella. No sabía cuándo, pero suponía que no tardarían en aparecer por la comisaría.
Estaba en la sala de descanso cuando aparecieron Joaquín e Irene. Tenía el rostro serio y los brazos cruzados sobre la mesa. Contemplaba el vaso de café, pensativa, y al verlos alzó la vista.
—Supongo que esto tenía que pasar tarde o temprano. —Almudena esbozó una sonrisa educada.
—Tenemos que hablar contigo sobre Santiago Montes. Es importante. ¿Podemos ir a algún lugar más privado? —susurró Joaquín ante las miradas indiscretas de los demás policías.
—Por supuesto.
Cristina observaba la escena desde lejos. Conocía a Almudena desde hacía poco, pero sabía que aquel era el único tema del que no quería hablar.
Llegaron a la sala donde Joaquín había hablado con Almudena la primera vez que la conoció. La agente cerró la puerta y tiró el vaso de café a la papelera antes de sentarse.
—Santiago vino a verte varias veces antes de morir —empezó Joaquín sin rodeos.
Almudena bajó la vista hacia sus manos.
—Sí, así es —contestó con sequedad.
—Tienes que ayudarnos —imploró Irene, desesperada—. Si no lo haces, el asesino se saldrá con la suya. Santiago ha sido su última víctima, pero puede que la próxima sea una de nosotras o alguien que conozcamos.
—Lo sé. —Tardó unos segundos en continuar—. Samuel le había hablado de un patrón. Santiago quería descubrirlo para terminar con esto de una vez, pero no lograba identificarlo.
—¿Qué patrón? —preguntó Joaquín después de mirar a Irene.
—Eso es lo que Santiago quería descubrir.
Se hizo un breve silencio, cargado de una tensión que nadie intentó romper. Almudena se levantó para bajar la persiana. Después volvió a sentarse y apoyó las manos sobre la mesa.
—Recordar a Samuel es muy difícil para mí. Lo quería mucho. Era un buen policía y su muerte me afectó profundamente. —Cogió aire—. Nunca volví a ser la misma.
—Lo sé —contestó Joaquín—. A mí también me cambió. Bueno, a todos los que lo conocimos. Por eso creo que le debemos descubrir quién lo asesinó.
La agente asintió antes de contestar.
—Samuel nunca me dijo qué había encontrado, ni a él ni a nadie.
Solo le repitió varias veces que existía un patrón y que, si lograba identificarlo, quizá entendería qué había ocurrido con las niñas.
Santiago se quedó con esa idea durante años.
Cuando las familias volvieron a buscarlo y retomó el caso, aquella frase empezó a obsesionarlo.
Joaquín se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Por qué acudió a ti?
—Porque sabía que Samuel confiaba en mí —dijo, convencida—. Teníamos muy buena relación. No era ningún secreto. —Se recostó instintivamente—. No había nada amoroso. Éramos muy buenos amigos y se desahogaba conmigo. —Miró a Joaquín—. Yo sabía cosas que no estaban en ningún informe.
Aquellas palabras cayeron entre los tres con un peso incómodo. Irene no necesitó preguntar a qué se refería. Todos pensaron en el pelo de Lucía, en Eva y en los análisis que habían reabierto la investigación que Samuel intentó dejar preparada.
—Santiago no entendía cómo Samuel podía hablar de un patrón si oficialmente solo habían encontrado a Irene.
—La miró como si al verla recordara a Samuel—.
Me lo repitió muchas veces. Decía que, para encontrar un patrón, necesitaba comparar y que, si no tenía a las demás niñas, Samuel debía de haber conseguido información por otro lado.
—Te presionó —dedujo Joaquín.
—Sí. Entiendo que lo hiciera. Solo quería ayudar y averiguar qué le había pasado a Samuel, pero no dejó de presionarme.
No de manera brusca; sabía cómo hacerlo.
Apelar a mis sentimientos era mi punto débil, y pensar en los padres de aquellas niñas…
Me equivoqué. —Se frotó la cara—. No fue una decisión que tomara a la ligera, pero cometí el mismo error que él.
—¿Qué quieres decir? —Irene tragó saliva.
—Que sentí compasión, y esa compasión nos ha llevado hasta aquí. —Respiró con los ojos cerrados.
La respuesta fue tan sencilla que resultó devastadora.
—Santiago me habló de las niñas y de los padres que llevaban veinte años esperando un cuerpo, una explicación, cualquier cosa. Me dijo que, si existía la mínima posibilidad de encontrarlas, no podía ignorarlo.
Joaquín guardó silencio. Sabía cómo sonaba aquello. Lo habría pensado cualquiera.
—Y entonces le hablaste de Lucía, ¿verdad? —Las palabras se le atragantaron.
—Sí —contestó, culpable.
Almudena bajó la mirada con vergüenza.
—¿Qué le dijiste exactamente, Almudena? —preguntó Irene.
—Que Lucía estaba viva. Solo eso. —Una lágrima resbaló por su mejilla—. No le dije dónde estaba ni cómo encontrarla, ni le entregué ninguna prueba. Solo le confirmé que no se había equivocado al pensar que existía más información de la que constaba oficialmente.
—Pero le pediste que no hiciera nada, ¿no?
—Se lo rogué. Me lo prometió y yo lo creí. Todo por compasión. Ese fue nuestro error; sobre todo, el mío. Guardé el secreto durante años. Si hubiera mantenido mi palabra… —Inspiró profundamente—. Nada de esto habría pasado. Nada. —Negó con la cabeza.
Irene y Joaquín se miraron sin saber qué decir. Revelar aquel secreto había desencadenado nuevas muertes.
—Insistí en que Lucía había sobrevivido precisamente porque nadie sabía dónde estaba. Le dije que remover aquello podía ponerla en peligro. Pero Santiago estaba convencido de que quizá las otras también seguían vivas o, al menos, de que podía descubrir dónde acabaron.
—No es tu culpa —balbuceó Irene, conmovida.
Le acarició el antebrazo. Los tres comprendían la insistencia de Santiago. Quería ayudar, pero al final solo consiguió provocar nuevas muertes.
—¿Por qué no le diste el pelo? Necesito que me lo digas. Es importante.
—Porque no era para él, Irene. Samuel me dijo expresamente que era tuyo. Solo tú tenías derecho a usarlo. Siempre fue tu caso y tu secuestro. Si querías correr el riesgo de acabar asesinada, era tu decisión, no la de nadie más. —Se secó las lágrimas—. Al menos en eso mantuve mi palabra.
—¿Solo para mí? —Miró a Joaquín.
—Fue muy claro —respondió Almudena—. Me dijo que, si algún día necesitabas respuestas, estabas preparada y querías saber la verdad, debía entregártelo. Pero solo a ti, no a Santiago ni a ninguna otra persona —recalcó.
—¿No sabes qué encontró? Es muy raro que Samuel tomara una decisión tan drástica —indagó el comisario.
—Samuel sabía que buscar a las niñas podía poner en peligro a las pocas supervivientes. Lucía y tú erais su prioridad. Siempre lo fuisteis. Pensaba que las demás probablemente habían muerto y que, si buscarlas os ponía en peligro, no merecía la pena.
Irene tragó saliva. Escuchar aquello sobre Samuel le encogió el corazón. Lo entendía. Ella habría tomado la misma decisión.
—Santiago no lo vio así —dedujo Joaquín.
—Él cargaba con demasiada culpa. Cuando supo lo de Lucía, empezó a investigar por su cuenta. Revisó la muerte de Samuel, la autopsia, los informes antiguos, todo lo que pudo encontrar. Y al final hizo lo que me había prometido no hacer.
—Se lo contó a Izan.
—Sí —contestó en un susurro—. No creo que quisiera hacer daño a nadie. Solo vio a familias destrozadas y pensó que les daba esperanza. Pero, cuando Lucía murió, Santiago se rompió.
Durante unos segundos nadie habló. Irene recordó a Izan, el dolor, la rabia y aquella cadena de decisiones que había acabado con otra muerte.
—Después de eso dejaste de hablar con él —dedujo Joaquín.
—No del todo. Pero ya no le conté nada más. Comprendí que Samuel tenía razón. Algunas verdades no salvan a nadie si llegan en el momento equivocado.
—¿Samuel sospechaba de alguien? —indagó Irene.
—Por supuesto. Por eso terminó muerto. Pero estoy casi segura de que no se lo dijo a nadie.
—No tiene sentido. Se lo tuvo que decir a alguien —insistió Irene, sin comprender que pudiera haberse llevado el secreto a la tumba.
—Samuel nunca me lo dijo porque no quería arrastrarme más de lo necesario. Creo que por eso dejó tantas piezas separadas. Cada persona de su confianza guardaba una pista para ti, aunque ni siquiera sabía lo importante que era. Samuel sabía lo que hacía.
—Ninguno sabía lo suficiente como para reconstruirlo todo, pero todos sabíamos algo —concluyó Irene.
Joaquín respiró hondo. Aquella forma de actuar encajaba perfectamente con Samuel. No había confiado el secreto a una sola persona, sino que repartió la verdad para que Irene pudiera descubrirla si así lo deseaba.
—¿Santiago no te dijo qué había encontrado?
—No, pero creo que descubrió lo suficiente para asustarse. Siguió el mismo camino y encontró el mismo final —resumió Almudena.
Irene sintió un escalofrío.
—No voy a poder ayudaros más. Lo siento. Creo que pensáis que sé más de lo que os he dicho, pero no es así. Cada uno tenía su parte en este caso y yo cumplí la mía: darte el pelo.
—Gracias, Almudena.
Cuando salieron de la comisaría, caminaron hasta el coche en silencio, cada uno atrapado en sus pensamientos. La mañana era clara y tranquila, pero Irene tenía la sensación de que acababan de cruzar una línea invisible.
Samuel había escondido las piezas. Santiago había intentado unirlas. Y ahora les tocaba a ellos terminar el rompecabezas.
Joaquín abrió la puerta del coche, pero antes de entrar se detuvo.
—Samuel sabía que esto podía pasar.
—Lo sé.
—Por eso no se lo contó todo a nadie. ¿Estás segura de que quieres continuar?
Irene subió al coche antes de responder. Necesitaba unos segundos para pensar si estaba tomando la mejor decisión para todos, no solo para ella.
—Creo que sí. Es hora de juntar las pistas. Quiero terminar con esto. Necesito poner fin a esa parte de mi vida —concluyó.
Almudena acababa de confirmar algo que ninguno quería decir en voz alta: debían seguir las pistas. Samuel había confiado a sus allegados la información que Irene necesitaba. Ella solo esperaba que esta vez llegaran al final antes de que alguien más muriera.