No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

Irene llevaba buena parte de la tarde en la cocina cuando sonó el telefonillo.

Había insistido en que aquella noche cenaran en su casa.

No porque tuvieran nada especial que celebrar, sino porque necesitaba reunirlos lejos de la comisaría, de los informes y de las pruebas.

Durante las últimas semanas, sus conversaciones siempre acababan ante una carpeta abierta o una fotografía del caso.

Aquella noche quería recordar que seguían siendo personas.

Cuando abrió la puerta, se sorprendió al ver a Marcos.

—Pensaba que llegarías más tarde. —Le dio un abrazo.

—Yo también. He venido antes de que Nieves empezara a echarme la bronca por alguna tontería —se quejó.

—Puede que no sean tonterías —le advirtió Irene al cerrar la puerta.

—Puede. —Le dedicó una sonrisa cansada mientras alzaba una bolsa de bebidas.

Irene se hizo a un lado para dejarlo pasar. Le bastó mirarlo un segundo para saber que estaba agotado por el trabajo y los problemas personales. Tenía ojeras profundas y la expresión de quien lleva demasiado tiempo sin descansar.

—¿Seguro que está todo bien?

—Más o menos.

—Marcos.

Él dejó la bolsa sobre la encimera y soltó una pequeña risa.

—Déjalo, Irene. No me apetece seguir pensando en eso. Me duele la cabeza. Necesito despejarme un rato y sentir que no soy el peor marido y padre del mundo —admitió con tristeza.

Irene no insistió. Lo conocía lo suficiente para saber cuándo necesitaba hablar y cuándo prefería que lo dejaran tranquilo.

—Es lo de siempre. Que no le hago caso y estoy todo el día trabajando.

—Y es verdad. Ahora me siento culpable. —Bajó la mirada.

—No es culpa tuya. Me ha venido grande el nacimiento de Bruno. Solo es eso.

—¿Y no lo puedes arreglar?

—Sí, claro, pero si cada vez que llego lo único que hace es decirme todo lo que hago mal… Solo tengo ganas de volver a marcharme. —Se apoyó en la encimera.

—Arréglalo. No seas tonto.

—Lo sé. Estoy en ello. Creo que cuando acabemos con el caso tendré la mente más despejada.

—¡Más te vale! —Lo regañó.

El timbre volvió a sonar. Esta vez llegaron Adrián y Joaquín. Entraron discutiendo sobre el tráfico y arrastrando el cansancio de los últimos días, aunque ambos parecían más relajados de lo habitual.

—Espero que haya comida de verdad —dijo Adrián mientras dejaba una bolsa sobre la mesa.

—Pues depende. ¿Qué consideras comida de verdad, exactamente? —preguntó Irene con los brazos cruzados.

—¿Algo que no venga de una máquina expendedora? —contestó Joaquín antes de echarse a reír.

—Entonces estás de suerte —respondió Irene con una sonrisa.

Fueron ocupando sus sitios alrededor de la mesa y durante los primeros minutos evitaron hablar del caso.

Comentaron tonterías, recordaron anécdotas de antiguos compañeros y disfrutaron de una conversación normal.

Hacía tanto que no pasaban una noche tranquila que casi habían olvidado cómo era.

Sin embargo, el caso terminó apareciendo. Siempre aparecía.

—¿Sabéis qué es lo que más me impresiona de todo esto? —preguntó Adrián mientras jugueteaba con el vaso.

—Sorpréndenos —contestó Joaquín con los codos sobre la mesa.

Adrián observó a sus amigos para calibrar su reacción.

—Samuel. Cada vez que descubrimos algo nuevo, me doy cuenta de que él ya había llegado allí antes.

La observación quedó suspendida en el aire.

—Era un buen policía. —Joaquín tragó saliva.

—¿Y Santiago? Era un gran detective. Ambos llegaron al mismo sitio —recordó Irene.

Todos pensaban lo mismo. Samuel y Santiago habían llegado más lejos que cualquiera de ellos, pero lo habían pagado demasiado caro.

El sonido del timbre rompió la tensión antes de que la conversación se volviera demasiado oscura.

—¿Esperáis a alguien más? —preguntó Irene, sorprendida.

Todos negaron con la cabeza e Irene se levantó para abrir. Miró por la mirilla y sonrió al reconocer a la visitante.

—¡Qué sorpresa más agradable! —Le dio un abrazo.

—Espero no interrumpir nada —dijo Cristina mientras aún se abrazaban.

—Pasa. Estamos cenando todo el equipo. —Tiró de su brazo para que la siguiera hasta el salón.

—Lo siento, te he llamado varias veces. Pero, como tienes la costumbre de no contestar, he decidido venir a comprobar que estabas bien —se justificó.

—Aquí siempre eres bien recibida.

Cuando entró en el salón y vio a todos reunidos alrededor de la mesa, arqueó una ceja.

—¡Cuánta gente! Espero no interrumpir nada —saludó Cristina, sonriente.

—Compórtate —le advirtió Irene—. Te los presento por orden. —Sonrió—. Marcos, Joaquín y Adrián.

—Hola a todos.

Cristina saludó a Joaquín y a Adrián antes de fijarse en Marcos. Lo observó durante unos segundos.

—Bueno, vamos a dejarnos de policías, de casos y de caras largas. ¿Quién es este chico tan guapo? —preguntó Cristina mientras acercaba una silla y se sentaba a su lado con desparpajo.

—Inspector —recalcó Irene con una sonrisa.

Marcos estuvo a punto de atragantarse con la bebida.

Adrián soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse en la mesa.

—Ya estamos —dijo Marcos sin dejar de sonreír.

—Encantada. —Cristina le dio dos besos mientras el resto se reía.

Aquello provocó otra ronda de risas y disipó la tensión que aún flotaba en el ambiente. Irene le ofreció algo de comer y beber.

—Bueno, Cristina, ahora nos tendrás que decir de qué conoces a Irene, ¿no? —comentó Adrián.

—Eso lo solucionamos rápido. Nos conocimos en la academia de policía —explicó, sonriente—. Hacía tiempo que no teníamos contacto porque Irene es una persona un poco despegada. Pero me cambié de comisaría y conocí a Almudena.

A todos les cambió la cara.

—Sí, esa Almudena. Y retomamos el contacto cuando me trajo el pelo de Lucía Rosales. Fin de la historia —terminó Irene.

Cristina bajó la mirada.

—¿Qué pasa? —preguntó Joaquín.

—Nada, probablemente sean tonterías mías. Es que desde ese día está muy rara, como si hubiera vuelto a recordarlo todo. —Se encogió de hombros—. Me da pena. Debió de pasarlo mal.

—Bueno, tuvo que ser duro —contestó Irene.

—Tenemos que ir a hablar con ella. Creemos que puede ayudarnos con la investigación —añadió Joaquín.

—Eso va a ser difícil. No quiere hablar del tema. Cada vez que le pregunto, se cierra en banda —explicó Cristina.

—Algo le preocupa —intervino Adrián.

—Seguramente —confirmó Marcos.

La conversación cambió de rumbo poco después, aunque Irene siguió pensando en las palabras de Cristina. Mientras los demás hablaban, se preguntó cuánto tiempo llevaría Almudena guardando secretos.

La cena continuó entre bromas y recuerdos. Desde hacía mucho tiempo, parecían algo más que un equipo de investigación. Eran amigos cenando juntos.