Capítulo 39
A la mañana siguiente apenas tuvieron tiempo de comentar lo ocurrido el día anterior.
Después de intercambiar la información más importante, decidieron dividirse el trabajo.
Marcos y Adrián continuarían revisando la documentación de Santiago y la pista que los había llevado hasta Almudena, mientras que Joaquín e Irene se encargarían de las prendas encontradas en la casa de su madre.
El trayecto se les hizo más corto de lo normal.
Irene condujo más deprisa de lo permitido.
Necesitaba que Eva analizara aquellas bolsas para descubrir por qué Samuel y Santiago las habían guardado con tanto cuidado.
Las pruebas descansaban en el asiento trasero y, aunque ninguno lo mencionó, ambos eran conscientes de su importancia.
Habían permanecido ocultas durante veinte años: Samuel las conservó y Santiago las protegió después.
Ahora, por primera vez desde que Irene escapó de aquella casa, alguien volvería a analizarlas.
Cuando llegaron, Eva ya los esperaba. Había pasado la noche en vela, a base de café y cigarrillos.
La antigua policía abrió la puerta antes incluso de que terminaran de aparcar y los recibió con gesto serio.
Desde la conversación telefónica de la noche anterior no había podido pensar en otra cosa.
Había repasado las palabras de Irene una y otra vez, intentando imaginar qué podían haber encontrado para estar tan alterados.
—Pasad.
Joaquín levantó una de las bolsas.
—Creo que vas a querer ver esto.
Como de costumbre, Eva los condujo hasta la cocina, la estancia más amplia de la casa y donde solía recibir a las visitas. Sobre la mesa de madera descansaban una taza de café a medio terminar y varios documentos relacionados con el análisis del pelo de Lucía.
Eva observó las bolsas sin tocarlas y sintió que el corazón se le aceleraba. No recordaba haber estado nunca tan nerviosa ante unas pruebas.
—¿Estaban las dos en la caja fuerte?
—Sí.
—¿Por qué las escondería allí? —preguntó, aunque intuía la respuesta.
—Le parecería el sitio más seguro. Supongo que buscó un lugar que no tuviera relación con Samuel para que nadie sospechara.
Eva guardó silencio unos segundos antes de apartar la taza y despejar la mesa.
Después abrió uno de los cajones de la cocina y sacó un rollo de plástico transparente.
—Antes de tocar nada, vamos a hacer bien las cosas —prosiguió Eva.
Extendió con cuidado el plástico sobre la mesa y alisó las arrugas. Después abrió otro cajón y sacó una caja de guantes desechables.
—Si esas prendas han llegado hasta aquí después de veinte años, no voy a ser yo quien las contamine.
Joaquín sonrió, satisfecho.
—Sabía que dirías eso.
Eva se colocó los guantes y dejó otro par delante de cada uno de ellos.
—Vosotros también.
Irene obedeció sin protestar. Mientras se ajustaba los guantes, observó las bolsas transparentes y sintió el mismo nudo en el estómago que el día anterior, cuando reconoció la ropa.
Eva abrió la primera bolsa con extremo cuidado.
Durante un momento no dijo nada. Examinó la tela, las costuras y, en especial, las manchas. A juzgar por su gesto, el estado de conservación era bueno.
Después levantó la vista hacia Irene.
—¿Estás segura de que era tu ropa?
—Completamente.
Eva volvió a mirar la sudadera con detenimiento. Se detuvo en las manchas de sangre.
—Parece que está bien conservada. Crucemos los dedos.
—¿Se podrá obtener ADN? —preguntó Irene, impaciente.
—Depende de muchas cosas: el estado de la sangre, la exposición a la humedad o cómo se almacenó… No voy a precipitarme todavía.
Continuó examinando las prendas durante unos minutos. No veía solo ropa vieja y manchada, sino una de las pruebas más relevantes de la investigación.
Finalmente, dejó a un lado las prendas de la primera bolsa y abrió la segunda. La ropa de Lucía también tenía manchas que, a primera vista, parecían de sangre. Eva entrecerró los ojos, concentrada.
—¿Qué pasa? —interrumpió Joaquín.
—Nada.
La mujer acercó una lámpara de mesa y dirigió la luz hacia una de las zonas más oscuras del tejido.
—Simplemente estoy mirando.
Joaquín intercambió una mirada con Irene. Ambos conocían a Eva lo suficiente para saber que aquello significaba exactamente lo contrario: había visto algo, aunque todavía no sabía qué.
—Eva.
La mujer levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Dinos qué estás pensando. Estamos igual de nerviosos que tú —pidió Joaquín.
—Estoy pensando que Santiago sabía perfectamente qué estaba guardando. —Se quitó las gafas y se volvió hacia ellos.
—Eso ya lo sabemos.
—Ya, pero me refiero a que sabía exactamente por qué lo estaba guardando.
La respuesta hizo que Irene frunciera el ceño.
—¿Qué quieres decir? —añadió Irene.
Eva volvió a mirar las manchas.
—No guardaron estas prendas por sentimentalismo. Las conservaron para un análisis posterior. ¿No había resultados en la caja fuerte?
—No, solo las pruebas.
—Se arriesgaron demasiado. Si las pruebas no se conservan en condiciones adecuadas, pueden degradarse —explicó Eva—. Me sorprende que no dejaran también los análisis.
—Puede que fuera por seguridad, igual que con el resto de las pruebas. Dejaban la muestra o el informe, pero nunca ambos —aventuró Irene.
—Puede… —añadió Joaquín.
Eva apartó una de las mangas y observó una pequeña etiqueta adherida a la bolsa.
—Mirad esto.
Ambos se acercaron. El paso del tiempo había borrado parcialmente la inscripción y apenas se distinguían algunos números y varias letras.
—¿Qué significa?
—Todavía no lo sé.
Eva acercó la lámpara y contuvo el aliento.
—Parece una referencia de inventario —dijo al final.
Joaquín sintió que el corazón se le encogía.
—¿De la Científica? —Tragó saliva.
—Es posible.
—¿Y eso qué significa? ¿Ya lo analizaron?
—Esta ropa pasó por algún laboratorio antes de acabar en esa caja fuerte. Ellos ya lo sabían. —Comenzó a guardarla en las bolsas de pruebas.
La investigación parecía estar repleta de incógnitas.
—¿La puedes analizar? —preguntó Irene, impaciente.
—Claro, pero necesito unos días. —Eva se quitó las gafas.
—¿Cuánto? No queremos atosigarte, pero, si nos permite obtener el ADN del asesino, estaremos más cerca de resolver el caso —explicó Joaquín.
—Lo sé, pero no queréis que haya ningún fallo, ¿no? Y tampoco que nadie lo sepa, ¿verdad? —Eva se encendió un cigarrillo.
—De acuerdo.
—Si las pruebas aún pueden analizarse, estaremos exactamente donde Samuel y Santiago querían que estuviéramos —dijo Eva al recordar a sus amigos asesinados.
La cocina quedó sumida en un silencio abrumador.