No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

La comisaría estaba casi vacía cuando Marcos regresó al despacho con dos cafés recién hechos.

Había oscurecido hacía rato y en los ventanales solo se distinguían los reflejos amarillentos de las luces del edificio.

La mayoría de los agentes habían terminado su turno, pero ellos seguían allí, rodeados de fotocopias, informes y páginas de la agenda de Samuel.

—Gracias. —Adrián aceptó el café sin apartar la vista del ordenador.

Marcos dejó su café junto a una carpeta abierta y miró el móvil por tercera vez en menos de diez minutos.

Tenía dos mensajes de Nieves y una fotografía del niño dormido en el sofá, con el pijama puesto.

No abrió el chat. Sabía lo que encontraría: la misma pregunta de siempre, a qué hora pensaba volver.

Sintió una punzada de culpa que intentó apartar concentrándose de nuevo en la agenda.

—¿Alguna novedad? —preguntó mientras se sentaba.

Adrián negó con la cabeza y se frotó los ojos con cansancio.

—Nada que no hayamos leído ya mil veces.

Marcos cogió una de las fotocopias y repasó las anotaciones de Samuel.

Llevaban horas cruzando fechas, nombres e iniciales en busca de algún detalle que hubiera pasado desapercibido.

La agenda no era clara, pero tampoco parecía escrita al azar.

Samuel había sido meticuloso incluso cuando intentaba ocultar algo.

—A mí esto me sigue chirriando —comentó Marcos, señalando una de las páginas.

—¿La A? —Adrián apartó los ojos del monitor.

—Sí. Primero escribe Almudena con todas las letras y después, de repente, solo aparece una inicial. Siempre igual. Siempre en los mismos días.

Adrián acercó la silla y revisó las marcas que Marcos había ido haciendo con rotulador.

—Si lo hizo así, fue por algo.

—Para protegerla.

—O para protegerse él.

Marcos dejó la hoja sobre la mesa y se recostó en la silla.

Aquella idea llevaba toda la tarde rondándolos, pero ninguno conseguía convertirla en una conclusión firme.

Sabían que Santiago también conocía a Almudena.

Lo que no entendían era por qué ambos investigadores habían recurrido a ella antes de morir.

—Cada vez que tocamos una pista nueva acabamos volviendo al mismo nombre —dijo Marcos en voz baja.

—Eso es lo que me preocupa —admitió Adrián.

El sonido de una notificación interrumpió la conversación. Adrián se giró hacia el ordenador y abrió el correo que acababa de llegar. Durante unos segundos no dijo nada, pero su expresión cambió lo suficiente para que Marcos se incorporara.

—¿Buenas noticias?

—Los registros de localización del teléfono de Santiago.

Marcos apartó el café y acercó la silla.

Llevaban días esperando aquella información.

No necesitaban disponer del teléfono para reconstruir parte de los movimientos de Santiago.

Las compañías no solían enviar los datos con rapidez, pero podían ofrecer una aproximación suficiente para saber dónde había estado durante los últimos meses.

Adrián descargó el archivo y revisó las primeras páginas.

Al principio, todo encajaba con una rutina normal: la casa de Santiago, la comisaría, la oficina, varios restaurantes, la vivienda de Luca y zonas ya mencionadas durante la investigación.

Marcos tomó notas en una libreta, aunque cada nueva línea parecía confirmar que no encontraban nada útil.

—Esto no nos lleva a ninguna parte —murmuró después de varios minutos.

—Sigue mirando.

Adrián no parecía convencido, pero tampoco estaba dispuesto a rendirse.

Avanzó varias páginas mientras comparaba horarios y ubicaciones con las anotaciones de la agenda.

La mayoría de los movimientos no aportaban nada, hasta que una dirección comenzó a repetirse en distintas fechas: un lugar al que Santiago había acudido varias veces durante los últimos meses.

—Marcos, mira esto —dijo con el ceño fruncido, acercándole la pantalla.

Marcos se inclinó sobre el ordenador. Ambos revisaron las fechas en silencio.

Santiago había estado allí en varias ocasiones: algunas visitas apenas duraron unos segundos y otras se prolongaron más de dos horas.

Lo más llamativo era que casi todas se habían producido fuera de su horario habitual de trabajo, como si hubiera intentado mantener aquellos encuentros alejados de cualquier registro oficial.

—¿Sabes qué dirección es?

—No.

Adrián copió los datos y abrió la base policial. La búsqueda tardó unos segundos que se les hicieron eternos. Cuando apareció el resultado, ninguno de los dos habló de inmediato.

La vivienda figuraba a nombre de Almudena Navarro.

Marcos soltó el aire despacio y se apartó de la pantalla.

—¡No me jodas!

Adrián permaneció inmóvil, con los ojos fijos en el nombre.

La conexión era demasiado evidente para ignorarla.

Samuel había anotado a Almudena en su agenda; Maribel había confirmado que Santiago habló con ella sobre Lucía y ahora los registros demostraban que la visitaba con frecuencia antes de morir.

—Ya no es una coincidencia —dijo Marcos.

—No. Nunca lo son.

—Los dos iban a verla.

Adrián revisó las fechas con más atención. No podían asegurarlo todavía, pero la conexión era lo bastante clara para cambiar el rumbo de la investigación.

—Puede que fuera su fuente —planteó Adrián.

—¿De los dos? —Marcos lo miró.

—Pues parece que sí. Tiene lógica. Trabajó con los dos cuando encontraron a Irene.

La idea quedó flotando entre ellos. Si Almudena había informado primero a Samuel y después a Santiago, llevaba años guardando una parte esencial de la investigación. Tal vez no supiera quién era el asesino, pero conocía algo que ambos consideraban lo bastante importante para buscarla en secreto.

Marcos volvió a mirar la fotografía de la ficha policial.

—¿Y si sabe quién es?

Adrián no respondió enseguida. Se reclinó en la silla y se pasó una mano por la mandíbula. La posibilidad era incómoda, pero inevitable. Samuel y Santiago habían muerto después de acercarse demasiado. Si ambos siguieron el mismo camino hasta Almudena, tenían que hablar con ella cuanto antes.

—Tenemos que avisar a Joaquín e Irene —dijo Marcos, cogiendo el móvil.

Adrián levantó una mano para detenerlo.

—Espera.

—¿Por qué?

—Ahora mismo están en la casa de la madre de Santiago. Puede que encuentren algo importante. Es mejor que no los distraigamos.

Marcos dudó unos segundos con el teléfono en la mano. Quería llamar, compartir el hallazgo y poner a todo el equipo en marcha, pero sabía que Adrián tenía razón. Si Joaquín e Irene estaban a punto de encontrar lo que Santiago había escondido, interrumpirlos podía ser un error.

—De acuerdo —aceptó al fin, dejando el móvil sobre la mesa—. Pero en cuanto salgan, los llamamos.

Adrián asintió y volvió a mirar la pantalla.

El nombre de Almudena seguía allí, nítido, como si hubiera esperado a que alguien lo encontrara.

Marcos sintió una mezcla de alivio y desasosiego.

Por primera vez en mucho tiempo tenían una dirección concreta, una persona viva a la que preguntar y una conexión entre Samuel y Santiago que ya no dependía de intuiciones.

Aun así, aquella certeza no lo tranquilizó.

Si Almudena sabía tanto como empezaban a sospechar, también podía estar en peligro.

Y quizá llevaba veinte años sabiéndolo.