No debiste seguir (Irene Vega 3) Capítulo 37
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Capítulo 37

La casa de la madre de Santiago se encontraba a las afueras de la ciudad, en una urbanización antigua donde la mayoría de las viviendas permanecían cerradas gran parte del año.

Cuando Irene detuvo el coche frente al pequeño chalé de una sola planta, ambos lo observaron unos segundos en silencio.

El lugar tenía algo melancólico: el jardín delantero estaba descuidado, con la hierba demasiado alta y varias macetas vacías junto al porche.

Nada hacía pensar que allí pudiera esconderse una pieza decisiva de la investigación.

Joaquín sacó la llave del bolsillo de su chaqueta y la observó un instante.

—Espero que Santiago no haya arriesgado la vida para dejarnos una pista inútil.

—Estoy convencida de que en esta casa vamos a encontrar la pista más importante de todas. Santiago se aseguró de enviarnos la llave a través de alguien de absoluta confianza: Eva. Además, la vivienda tiene una alarma con un código que solo conoce su mujer —explicó Irene.

—Demasiados obstáculos para llegar hasta aquí por casualidad, ¿no?

—Exacto. —Irene apagó el motor—. Vamos.

Caminaron hasta la puerta principal. La cerradura cedió sin dificultad. Al entrar, Irene introdujo el código antes de que sonara la alarma.

—Hecho —dijo, satisfecha.

—¿Y ahora cómo vamos a encontrar la pista si no sabemos qué estamos buscando?

—Ya, es una pregunta difícil de responder. Creo que Santiago sobreestimó nuestra inteligencia —admitió Irene, desanimada.

Los envolvió el olor característico de las casas cerradas durante mucho tiempo: un aire pesado, impregnado de polvo y madera antigua.

La vivienda estaba completamente amueblada. Había fotografías familiares sobre los muebles del salón, libros en una estantería y varios cuadros en las paredes. Les pareció imposible relacionar aquel lugar tranquilo con los asesinatos que investigaban.

Joaquín avanzó despacio observando cada rincón.

—Maribel tenía razón. Conservó la casa tal como estaba porque le tenía cariño.

—Precisamente por eso creo que no escondió nada aquí arriba. —Irene recorrió el salón con la mirada. Todo parecía demasiado normal.

Joaquín se giró hacia ella.

—¿Dónde lo esconderías tú?

—No sé, nunca he tenido una casa tan grande. Pero supongo que lo escondería abajo, en el sótano o en el trastero, si hay uno.

—Yo estaba pensando exactamente lo mismo. —Joaquín sonrió al escuchar la respuesta de Irene.

La puerta que conducía al sótano se encontraba junto a la cocina. Descendieron por una estrecha escalera de cemento hasta llegar a una estancia amplia donde se acumulaban muebles antiguos, cajas de cartón y herramientas cubiertas por una fina capa de polvo.

La luz amarillenta del techo apenas iluminaba el lugar.

Irene avanzó despacio entre los objetos almacenados mientras Joaquín inspeccionaba las paredes.

—Si yo fuera Santiago —murmuró— y quisiera asegurarme de que nadie encontrara algo importante, lo ocultaría aquí abajo.

—¿Dónde estaba la caja fuerte del despacho? —preguntó Irene mientras se llevaba una mano a la barbilla.

—¡Qué lista eres!

—Puede ser, pero ¿dónde estaba?

—Escondida en el suelo, debajo de una alfombra.

—Vaya, esto me parece otra prueba más para llegar hasta la pista, ¿no crees?

—Cierto —afirmó Joaquín mientras apartaba una gran alfombra de yute.

Al descubrir la puerta de la caja fuerte, ambos sonrieron.

Sin embargo, cuando Joaquín se acercó y vio el teclado numérico, la sonrisa dio paso a la preocupación.

—¿Tiene un código? —resopló, derrotado.

Irene se agachó y observó la cerradura. Pensó que el código podría ser el mismo que el de la alarma, sacó el papel del bolsillo y tecleó los números.

Un sonido de error los desanimó.

—¡Joder! —exclamó Irene.

—¡Un momento! Luca abrió la caja del despacho.

—¿No sabes el código que introdujo?

Joaquín negó con la cabeza mientras sacaba el móvil. Se puso de pie y se frotó la barba de varios días.

Luca respondió al instante.

—¡Hola, Joaquín! Iba a llamarte para darte las gracias por la vigilancia de mi casa. Así mi familia está más tranquila —dijo Luca nada más descolgar.

—Me alegro, Luca. Pero te llamaba para pedirte un favor.

—Por supuesto. Lo que sea —respondió con preocupación.

Le explicó dónde estaban, cómo habían llegado hasta allí y lo que acababan de encontrar. Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.

—Probad con el mismo código del despacho. Es el día que fundamos la empresa. Si quería que pasarais por mí, es ese.

Con los dedos temblorosos, Joaquín marcó los números que le indicó Luca. El sonido de apertura y la luz verde confirmaron su intuición.

—Gracias, Luca.

—¿Habéis encontrado algo? —preguntó nervioso.

—No estoy seguro. Vamos a vaciarla. Luego te llamamos —susurró, absorto en la caja fuerte.

—Claro, cuando podáis. Tened cuidado.

—Gracias, Luca. Has sido de mucha ayuda.

Colgó el móvil y miró a Irene.

—¿Lo sacamos? Son bolsas de pruebas —dijo Irene con un hilo de voz.

—Sí, ten cuidado. No sabemos si escondió algo entre ellas. Esperaba un disco duro o carpetas con información… —titubeó sin apartar la mirada de las bolsas.

Irene sacó la primera bolsa con especial cuidado y la colocó sobre una mesa de madera antigua. Miró a Joaquín y comprobó que compartía su desconcierto. Después sacó la segunda y la dejó junto a la primera.

—¿Qué demonios es esto? —Joaquín las miraba, escéptico.

Irene levantó las cejas como respuesta. Se acercó a las bolsas y las observó más detenidamente.

—Vamos a estrujarnos la cabeza. Santiago ha guardado estas pruebas aquí por algo.

—¿Las abrimos? —preguntó, desesperada, aunque sabía que no debía manipular las pruebas.

—¡Estás loca! Son pruebas; podrían contener algo importante. Espera, no veo bien. —Encendió la linterna del móvil—. ¡Joder, Irene! Estas manchas son de sangre.

—¿Sangre? —Se acercó para confirmar lo que había dicho Joaquín—. ¡No puede ser! ¡Es imposible! —exclamó alzando la voz.

Irene sintió que el corazón le latía con más fuerza y que el aire empezaba a faltarle. Se llevó una mano al pecho.

Un recuerdo regresó de golpe. La oscuridad. Las voces. La sangre. La huida desesperada por el bosque.

—Joaquín…

Se agarró a su brazo.

—¿Qué te pasa?

—Esa ropa… —Calló para recuperar el control—. Es la que llevábamos Lucía y yo el día que escapamos —explicó con un hilo de voz.

El color desapareció del rostro del comisario. Miró de nuevo la ropa. En ese momento comprendió la magnitud de lo que Santiago había escondido allí.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Santiago conservó esto durante veinte años porque se lo entregó Samuel. —Bajó la mirada—. Ambos se aseguraron de que llegara hasta nosotros pasara lo que pasara.

—Tenemos que llevar la ropa a analizar, pero no a la policía. Sabes que Samuel la ocultó porque no confiaba en que estuviera a salvo dentro del cuerpo.

—Lo sé. Eva.

—Es lo más prudente. Confiaban en ella. Además, si ella no nos hubiera dado la llave, no estaríamos aquí.

Joaquín sonrió al darse cuenta.

—Santiago nos dejó el camino de baldosas amarillas.

—¿A qué te refieres? —preguntó Irene, aún algo mareada y agarrada al brazo de Joaquín.

—Eva fue quien nos dio la llave y es quien debe analizar la ropa.

—No podemos fallarles, Joaquín.

—No lo haremos.

Todavía no sabían exactamente qué tenían entre manos, pero comprendían que Samuel y Santiago se habían esforzado demasiado para hacerles llegar aquella información. Irene tuvo la sensación de que al asesino empezaban a faltarle lugares donde esconderse.