Capítulo 36
El trayecto hasta casa de Maribel, la viuda de Santiago Montes, transcurrió en un silencio extraño.
Irene conducía mientras Joaquín observaba distraídamente las calles que dejaban atrás.
En el asiento trasero descansaba la carpeta con los informes de Eva y el comisario llevaba, en el bolsillo interior de su chaqueta, la llave que Santiago había escondido en el cartón de tabaco.
Desde que la encontraron, no había dejado de pensar en ella.
Santiago sabía que corría peligro, así que aquello que abría debía de ser importante.
Cada nueva pista parecía confirmar la misma idea.
Samuel había intentado dejarles un camino hacia la verdad. Santiago había hecho exactamente lo mismo.
—¿Crees que abrirá algo importante? —preguntó Irene sin apartar la vista de la carretera.
—Estoy seguro. Si escondió una llave en un paquete y se aseguró de que llegara a Eva después de morir, es porque lo que abre es todavía más importante de lo que imaginamos —aseguró el comisario sin mirarla.
—Y si no hay nada…
—Entonces seguiremos buscando. No queda otra, Irene. Hay que encontrar a ese desgraciado. —El tono de Joaquín reflejó la culpa que sentía.
—Me gusta tu optimismo. Pero sé que te pasa algo. ¿Me lo quieres decir?
Joaquín contuvo el aliento antes de responder.
—Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Eres mi familia —añadió Irene con la voz quebrada.
—Lo sé. —Guardó silencio unos instantes.
—No hace falta que me lo digas ahora.
—Irene, me siento culpable. Tengo la sensación de que no arrestamos a ese desgraciado por mi culpa. Samuel insistió en que vio a otra niña. Creo que estaba cerca. Fue cuando escapasteis… Si le hubiera hecho caso, lo habríamos atrapado —explicó con voz contenida.
—Eso nunca lo sabremos. No puedes seguir culpándote por las decisiones que tomasteis entonces.
—Detuvo el coche y lo miró—. Joaquín, sé que es complicado, pero el trabajo de policía es así.
Solo tenemos unos segundos para decidir y, a veces, nos equivocamos.
—Sonrió—. Preferiste cuidar a la niña que ya habías salvado antes que arriesgarte a buscar a un fantasma y perder a las dos.
—Te desmayaste. No podía dejarte así en medio del bosque e ir a buscar supuestamente a otra niña. Yo no vi nada. Samuel insistió… pero…
Irene le agarró el brazo para que dejara de hablar. Conocía el dolor que lo acompañaba desde aquel día, pero ya no podían cambiar lo ocurrido.
—Te debo la vida, Joaquín. Puede que hubieras podido salvar a las dos, puede. Pero yo estoy aquí y te necesito. —Lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento, Irene.
Se abrazaron. Irene lo apretó con fuerza. Tenía con él una deuda que jamás podría pagar.
—Siento haber desconfiado de ti. —Se secó las lágrimas—. Cuando vi tu nombre en la agenda… Fue solo un segundo, pero lo pensé. Lo siento. —Moqueó.
Se separaron y Joaquín le dedicó una sonrisa comprensiva.
—Lo sé. Pero yo no fui. Nunca tuve nada que ver.
—Ahora lo sé. Me gustaría volver a tener la misma confianza que antes.
Joaquín extendió la mano.
—Empezamos desde el principio. ¿Trato hecho? Ninguna mentira más, ¿vale?
—¡Claro!
Se dieron la mano para sellar el pacto. Debían confiar el uno en el otro sin reservas. De lo contrario, nunca llegarían al fondo de la investigación.
Se secaron los ojos con disimulo antes de continuar.
—¡Vamos! —Irene abrió la puerta del coche y se bajó.
Joaquín imitó el gesto. Caminaron uno junto al otro con una confianza renovada. Maribel los esperaba y no querían llegar tarde.
La mujer de Santiago los esperaba con la puerta entreabierta cuando llegaron al rellano.
—Buenos días, soy Joaquín Requejo y ella es Irene Vega.
—Buenos días. Pasad, por favor. —Se apartó de la puerta.
—Lo sentimos mucho —dijo Irene al acceder al interior.
—Gracias, bonita. ¿Eres la Irene a la que rescataron?
—Sí.
—Tenía muchas ganas de conocerte. Tantos años oyendo hablar de ti y ha tenido que morir mi marido para que nos veamos. Te vigiló durante años. ¿Lo sabías?
Joaquín la miró con los ojos muy abiertos.
—No solo al principio. Sobre todo, desde que asesinaron a Samuel. —Se secó las lágrimas—. Se lo prometió.
—No lo sabía. —Irene no encontró nada más que decir.
—Lo suponía. —Maribel comenzó a andar hacia el salón.
La casa de Maribel era pequeña y acogedora, de esos lugares que transmiten años de rutina y tranquilidad familiar. Sin embargo, aquel día parecía distinta.
Maribel tenía el rostro cansado y los ojos hinchados. Sostenía un pañuelo entre las manos e intentó sonreír por educación, aunque el gesto apenas duró unos segundos. Los recuerdos de su marido regresaban y las lágrimas afloraban de forma intermitente.
—¿Queréis tomar algo?
Ambos negaron con la cabeza. Maribel asintió y volvió a retorcer el pañuelo entre los dedos.
—Supongo que no habéis venido solo a preguntarme cómo estoy —dijo Maribel sin acritud.
La frase iba acompañada de una sonrisa triste. Joaquín intercambió una rápida mirada con Irene antes de sacar la llave. La dejó sobre la mesa.
—¿La reconoce?
Maribel entrecerró los ojos, desconcertada al ver la llave.
«La reconoce. Sabe de dónde es», pensó Irene.
—Sí. ¿Dónde la habéis encontrado? —Tomó la llave entre los dedos y permaneció observándola durante varios segundos.
—Santiago le mandó un paquete a una compañera de su confianza. La había escondido en el interior. Su marido era muy inteligente —comentó Joaquín.
—Sabía que estaba en peligro —añadió Irene con tristeza.
—Lo sé. Le dije que parara, pero quería protegerte, Irene. Sabía que no estabas a salvo. —Maribel bajó la mirada al recordar por qué su marido continuó pese al peligro.
—¿Por mí? —preguntó frunciendo el ceño.
—Bueno, por ti, en primer lugar. Pero también por las demás. Santiago estaba convencido de que había más niñas desaparecidas. Durante todos estos años le habían seguido llegando casos.
—¿Más niñas desaparecidas? —Joaquín miró a Irene.
—Sí, y nunca se encontró a ninguna. Es raro, ¿no os parece?
Por eso, aunque no estaba del todo de acuerdo con que se pusiera en peligro…
—Se calló—. Me daban tanta pena esas niñas.
Nadie las buscaba. La policía tiene muchos casos, lo entiendo, de verdad.
Pero alguien debía hacerlo. —Maribel se encogió de hombros—.
Santiago pensaba que era la única persona que podía ayudarlas.
—¿Y qué abre la llave?
Maribel sonrió antes de contestar.
—Es la llave de la casa de su madre. Temía que le robaran la información acumulada durante años. —Movió la cabeza con una sonrisa al recordarlo—. Santiago sabía que podía acabar muerto, pero no quería que desapareciera la investigación.
—Por eso decidió sacar la documentación del despacho —dedujo Irene.
—Sí, y no se lo contó a Luca. Bueno, sí le contó algunas cosas, pero no todo. No quería ponerlo en peligro —terminó de explicar Maribel.
—No lo entiendo. Si la guardó en casa de su madre, ella podía correr peligro, ¿no? —indagó Joaquín.
—No os preocupéis. Su madre murió hace muchos años. Santiago no quería vender la casa porque le recordaba su infancia y los momentos felices que vivió allí. Por eso la utilizó como almacén. Además, aunque lo vigilaran, sus visitas frecuentes no llamarían la atención. La vivienda era suya.
—Por eso se llevó la documentación poco a poco.
—Exacto —asintió Maribel.
—¿Le dijo algo durante las últimas semanas? ¿O notó algo extraño? —indagó Irene.
—Había temporadas en las que parecía olvidarlo, pero nunca lo hizo de verdad. Siempre volvía al caso, revisaba alguna nota o algún informe y hablaba con alguien relacionado. Pero empeoró hace unos meses —concluyó Maribel antes de secarse los ojos.
—¿Sabe si ocurrió algo que desencadenara ese comportamiento en su marido?
—Volvió a hablar con uno de los padres de las niñas.
Irene se quedó paralizada.
—¿Sabe el nombre?
—Creo que Federico, pero no estoy segura. —Desvió la mirada mientras intentaba recordarlo.
—¿Recuerda qué pasó entonces? —Irene se estaba poniendo cada vez más nerviosa.
—Empezó a quedarse hasta tarde trabajando, a revisar documentación antigua y a visitar esa casa constantemente. Al principio pensé que solo estaba obsesionado con el caso, pero después comprendí que era algo más.
—¿El qué?
—Pasó del miedo al terror. Creo que, después de esa conversación, sabía que lo iban a asesinar. Se estaba acercando demasiado. —Se detuvo un momento para sonarse la nariz—. Le dije que parara, que lo iban a matar… Pero no quiso.
—No lo entiendo —replicó Irene—. ¿Qué podía decirle Federico? Era el padre de una de las niñas. No podía tener información.
—Ya, pero le hizo recordar el pasado, la investigación con Samuel y a una policía que trabajó con ellos.
—¿Una policía? —Irene tragó saliva. Sabía la respuesta antes de que la dijera.
—Almudena. Pero no sé sus apellidos ni nada más.
Joaquín e Irene se miraron, desconcertados. Ambos conocían a la agente y sabían que había encontrado a Lucía Rosales, conocida después como Inmaculada Otero.
—Tenemos que saber qué guardó su marido en la casa. Nos mandó la llave para que fuéramos. ¿Nos da su permiso? De lo contrario, tendríamos que pedir una orden y eso nos retrasaría —explicó Joaquín, aún conmocionado.
—Por supuesto. —Maribel se levantó con lágrimas en los ojos.
Escribió la dirección en un papel y se lo dio.
—Por cierto, la casa tiene alarma. Supongo que Santiago la instaló para que nadie entrara sin mi permiso si él faltaba. —Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Le gustaba tenerlo todo bajo control. —Sonrió.
—¿Cuál es el código? —preguntó Irene.
—El día que nos casamos. Era un romántico. —Tomó el papel y anotó también la fecha.
—Gracias, Maribel. La información que nos has dado va a ser clave en la investigación —aseguró Irene después de leer la fecha.
Maribel asintió con lágrimas en los ojos. El recuerdo de la boda avivó la añoranza de su marido.
—Por favor, encuentren a quien lo mató. Necesito cerrar esta etapa de mi vida. —Se volvió a secar las lágrimas.
Los policías se levantaron. Irene se acercó a la viuda, le cogió la mano y la miró a los ojos con firmeza.
—Se lo prometo. No pararé hasta descubrir quién fue.
La conversación se prolongó algunos minutos más. Cuando salieron de la vivienda, la luz del día empezaba a apagarse. Caminaron en silencio hacia el coche.
—Joaquín, hay una cosa que no te he dicho. Al principio pensé que no era importante y ahora creo que es fundamental para que encontremos al asesino.
El comisario hizo un gesto para que continuara.
—Cuando revisé la agenda de Samuel, el nombre de Almudena aparecía una semana después de que me encontrarais. —Tragó saliva—. Me fijé y, después, todas las semanas, el mismo día, aparecía la letra A.
—¿Crees que es de Almudena?
—Sí, y creo que solo ponía la inicial para protegerla.
—Deberías ir a hablar con ella —concluyó Joaquín.
—Hay otra cosa que te tengo que decir —balbuceó con los ojos cerrados.
—¿Qué pasa, Irene?
La inspectora suspiró hondo. No quería más secretos y estaba a punto de contarle que Almudena había custodiado el pelo de Lucía Rosales. Samuel había dejado pistas en distintos lugares para que pudieran recogerlas y resolver el caso.